La gran coalición francesa

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Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 24 May 2017

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Con la elección de Macron, una forma peculiar de “gran coalición” se está abriendo paso, mutatis mutandis, en Francia.

En Alemania existe la gran coalición modélica: la CDU de Merkel y el partido socialdemócrata se oponen en las elecciones y al mismo tiempo gobiernan juntos. En España la gran coalición es soft: gobierna el PP, y el PSOE intenta hacer creer que es oposición mientras en el Congreso sirve de muleta al Gobierno.

En Países Bajos, las elecciones de marzo fueron un desastre para la gran coalición: el Partido ‘del Trabajo’ ha perdido 19 puntos y ha caído al 6%. La gran coalición ha perdido 37 diputados (en una cámara de 150 escaños) y el partido de derecha tiene que buscarse nuevos socios.

Los partidos socialdemócratas aceleran su desaparición, al ser muletas de las derechas “de gobierno”

Desde la posguerra, los partidos socialdemócratas han sido la espina dorsal del sistema en los países de Europa y occidentales, impulsando Estados de bienestar que han otorgado mejoras históricas a las clases obreras. Pero esos partidos han dado la espalda a sus políticas históricas y van perdiendo voto rápidamente, por las consecuencias espantosas en las categorías populares de las políticas impuestas desde treinta años.

Entonces se suman al proyecto político de gran coalición para sobrevivir como sea. Pero el resultado es que van acelerando su desaparición, al ser muletas de las derechas “de gobierno”. Esas derechas van perdiendo fuelle, pero resisten mucho mejor.

Los partidos no pactan

En Francia, la orientación del Gobierno no la pactan los partidos con sus escaños; de nada sirve el “pactometro” del señor Ferreras.

La piedra angular del sistema político es la elección del presidente de la República. Concentra prácticamente todos los poderes, incluso puede derogar todas las instituciones si considera que la Nación corre peligro. Puede hacer lo que le parece cuando le viene bien; disuelve el Parlamento cuando quiere y nombra directamente al Gobierno. El único poder real del Parlamento es darle la confianza al gobierno o censurarlo.

Pero fijémonos en los resultados de la primera vuelta de las presidenciales: la suma de los votos a Macron, al candidato socialista y al candidato de la derecha solo alcanza el 50% de votantes. La misma suma de votos socialistas, derechistas y centristas era de 65% en 2012 y de 75% en 2007. Ese desmoronamiento es parecido al de los demás países en donde izquierda y derecha llevan treinta años perpetuando las mismas políticas económicas.

Entonces la gran coalición se les hace imprescindible. Pero aquí se va a dar en términos peculiares, à la française. El primer paso ha sido la elección de Macron (ver mi crónica del 2 de marzo pasado).

Muchos diputados socialistas aspiran a salvar su escaño presentándose bajo la bandera de Macron

Macron necesita ahora una “mayoría presidencial” en el Congreso de Diputados, que se elige los 11 y 18 de junio próximos. Macron había anunciado que presentaría candidatos de su movimiento, La République en marche (LREM) para los 577 escaños del país. Pero al final ha dejado varias decenas de circunscripciones sin candidato, haciéndole un favor a diputados del Partido Socialista (PS) y de la derecha que se han manifestado a favor de su elección.

Un gran número de diputados socialistas aspiran a salvar su escaño presentándose bajo la bandera de Macron: el PS yendo a otro histórico desastre electoral. El propio Manuel Valls, exjefe del Gobierno, ha pedido ser candidato de LREM. Macron se lo ha denegado, mientras que el PS ha anunciado que lo iba a excluir… Pero detrás de tal humillación mediática, Valls se presenta como candidato de “mayoría presidencial” sin que se le oponga nadie.

Gobierno nuevo… con los de siempre

El nuevo gobierno integra importantes dirigentes socialistas, destacando Le Drian que ya era ministro con Hollande, y Collomb, alcalde de Lyon, marcando así la continuidad con la era Hollande.

Asimismo, Macron ha nombrado jefe de Gobierno al derechista Édouard Philippe, afín a Alain Juppé, que pide no oponerse a Macron. Juppé fue la otra apuesta del sistema: se enfrentó a Sarkozy en las primarias de la derecha, contando con el apoyo de mucha gente de izquierda que incluso ha votado en aquellas primarias (pero François Fillon les ha ganado a los dos).

Lo de tener ministros “de la sociedad civil” no es novedad: Sarkozy tuvo a Bernard Kouchner

Entra en el gobierno Bruno Le Maire, candidato en la primaria de la derecha y aspirante a liderar el partido de derecha Les Republicains (LR), la antigua UMP. Entra también otro líder de derecha, esta vez afín a Sarkozy. Nada nuevo, solo que son los cuarentones ambiciosos del LR. Mucho menos jóvenes son los “centristas” Bayrou y De Sarnez, ministros también.

Macron reproduce lo que hizo Sarkozy en 2007 con tránsfugas socialistas en su Gobierno, y que también hizo Mitterrand en… 1988, con el gobierno “de apertura”. Incluso lo de tener ministros “de la sociedad civil” no es novedad: Macron ha sumado el famoso periodista ecologista Nicolas Hulot; Sarkozy puso de ministro a Bernard Kouchner, socialista y fundador de Médicos sin Fronteras, y Mitterrand inventó un puesto especial para el vulcanólogo Harun Tazieff (entonces tan famoso en Francia como Cousteau).

Lo nuevo es que Macron quiere en la “mayoría presidencial” al moribundo partido socialista y también al LR, pero sin que esos partidos dejen de existir. Sus ministros no dejan de ser del PS o de LR, no cambian de siglas. Normalmente tal maniobra debería conllevar alguna escisión en el PS y sobretodo en LR. Pero ni siquiera eso es hoy tan seguro.

Los actores de la victoria de Emmanuel Macron han hecho una apuesta que les está saliendo bien: viendo como los pueblos van rechazando el bipartidismo, Macron se ha presentado como joven, nuevo y virgen de la vieja política, libre de los partidos y proponiendo energía y hasta revolución para el país.

El proceso electoral ha confirmado lo que el candidato progresista Jean-Luc Mélenchon ha llamado “dégagisme”. Los manifestantes de las primaveras árabes gritaban contra los sátrapas que gobernaban: “¡Dégage!”, es decir “¡Fuera!” en francés: el lema de los tunecinos que consiguieron derrocar a Ben Ali.

Hollande ni se ha atrevido a presentarse, ahorrándose la humillación que le esperaba

En menos de un año han caído del cartel el jefe del gobierno socialista, Valls, el veterano de derecha Juppé y su adversario Sarkozy, la ecologista Duflot, todos ellos barridos en las primarias montadas por sus partidos. El presidente socialista Hollande ni se ha atrevido a presentarse, ahorrándose la humillación que le esperaba.

Con oportunismo, audacia y talento, Macron ha convencido a los dueños de los medios de comunicación – el núcleo de la oligarquía capitalista francesa – de que era capaz de presentarse al pueblo como el que va a regenerarlo todo subiéndose a la ola de “dégagisme”, pero para perpetuar y ahondar las políticas de integración europea y desmantelamiento del Estado de bienestar.

Tal juego de manos es propio del juego tramposo francés de bonneteau, con el que te sacan dinero en apuestas y que todavía se puede ver en las calles de algunos barrios populares.

La “operación Macron” tiene mucho parecer con la de Albert Rivera en España. Pero ha llegado mucho más lejos.

Macron ha tenido el apoyo descarado de la casi totalidad de los medios de comunicación, la ayuda a penas enmascarada del gobierno y la adhesión del aparato del partido socialista a pesar de que ese partido tenga otro candidato. También ha conseguido el apoyo decisivo del centrista François Bayrou.

Macron ha conseguido generar simpatía y levantar un movimiento de compromiso militante

Bayrou consiguió un 6,8% en las presidenciales de 2002. Obtuvo un gran resultado en 2007 (18,6%) pero bajó en 2012 (9,1%). Barajaba presentarse una cuarta vez, y denunciaba a Macron como candidato de la banca y puro montaje del sistema. Pero a finales de febrero se subió al carro (decía el histórico centrista Edgar Faure: “No es la veleta que va girando, es el viento”). Macron le debe a Bayrou esos cuatro pequeños puntos que lo separan del candidato del LR y de Mélenchon.

Dicho eso, es innegable que Macron ha conseguido generar simpatía en una parte de la población y levantar un movimiento de compromiso militante. En pocos meses, contra todo pronóstico, su organización “En Marche” ha sumado miles de jóvenes de clase media superior o pequeña burguesía que, sin haber jamás militado en partidos políticos, se han dedicado con entusiasmo a difundir octavillas en plazas y mercadillos, ir hacia la gente en “puerta a puerta”, llenar mítines con aliento.

Las dos caras del cambio

El otro movimiento crecido con esa elección es el del progresista Jean-Luc Mélenchon: “La France insoumise”. Su movimiento político es lo que se parece más en Francia a lo que es Podemos en España.

Como Macron, Mélenchon se ha liberado de la tutela de los partidos y ha sumado a 500.000 afiliados en pocos meses

Como Macron, Mélenchon se ha liberado de la tutela de los partidos y ha sumado en France insoumise a más de quinientos mil afiliados en pocos meses. Ha liberado los ánimos militantes de decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, llenando los mítines más multitudinarios, despertando un voto popular que se abstenía y arrebatando a Marine Le Pen la representación de las preocupaciones populares.

A falta de trabajos sociológicos serios sobre estos dos fenómenos de movilización ciudadana, los encuentros con militantes muestran semejanzas en las afiliaciones a Macron y Mélenchon. Se puede encontrar entre los ‘macronistas’ a gente que en sus años estudiantiles rechazaban a los partidos pero se movilizaban a favor de inmigrantes, refugiados, personas sin hogar. También hay alguna similitud de origen, o pequeñoburgués o popular en posiciones sociales mejoradas y con buen nivel universitario.

En el movimiento de Macron hay gente del partido socialista y ‘tránsfugas’ de organizaciones de derecha

Manu Bompard, director de campaña de Mélenchon, es un joven doctor en matemáticas y trabaja en una ‘start-up’, palabra que llena la boca de Macron. Encontramos también en el equipo de Mélenchon a Sophia Chikirou, quien fue dirigente nacional del partido socialista, portavoz del ‘elefante’ socialista Laurent Fabius, más tarde colaboradora de Jean-Pierre Jouyet, uno de los padrinos políticos de… Macron.

Diferencias importantes entre las dos militancias las hay, por supuesto. El movimiento de Mélenchon recicla a muchos militantes del partido comunista, de sindicatos, del partido socialista también. En el movimiento de Macron está gente del partido socialista y muchos ‘tránsfugas’ de organizaciones de derecha o centro-derecha. Quizás más pequeña burguesía con Macron y más gente de origen popular con Mélenchon.

Pero encontramos semejantes ganas de cambio, la misma idea de que los significantes izquierda/derecha han perdido realidad, el mismo rechazo a los viejos aparatos, similar creatividad y modernidad en el uso de las redes sociales, etc. Y claro, encontramos deseo, pasión, ganas de formar parte de un movimiento que lo cambiara todo, y también identificación con las personas que lo lideran.

A falta de verificarlo y cuantificarlo con encuestas, la experiencia militante permite decir que muchos electores han dudado entre Macron y Mélenchon. Parece extraño, ya que los programas políticos y económicos se oponen en casi todo: eso demuestra que las corrientes políticas se nutren con afectos y pasiones antes que con programas. Los dos aparecían – y aparecen todavía – como llevando la ola del “dégagisme”.

Un periódico español ha presentado Mélenchon como “el Pablo Iglesias francés”: eso es muy cierto en la orientación política y en el movimiento que ambos lideran, y Pablo Iglesias ha venido a París apoyar a Mélenchon. Pero en edad y novedad la similitud está con Macron.

Los franceses no quieren cortar puentes con Alemania y el resto de Europa ni salir del euro

A la hora de convencer a electores indecisos, muchas veces los militantes de Macron se han llevado el gato al agua oponiendo la juventud de Macron al currículo de viejo profesional de la política de Mélenchon. Y la gente en su mayoría quiere jóvenes; inclusos los mayores quieren ese recambio y esperan generosidad de los viejos políticos. El “story telling” de Macron le ha dado una ventaja.

También ha influido la cuestión europea. Los franceses no tienen miedo a quedarse en África como los españoles o los portugueses, ni como los griegos a quedarse con Turquía y Oriente Próximo en guerra. Pero no quieren cortar puentes con Alemania y el resto de Europa, tampoco quieren salir del euro porque identifican eso como un desastre y una vuelta atrás. Mientras la oposición a la UE aparezca como “romper Europa”, a día de hoy una mayoría se quedará con los “europeístas”.

También se nota el alto nivel de penetración de la idea de que el Estado de bienestar ya no se puede pagar. Defender un Estado de bienestar más amplio, como Mélenchon, aparece menos creíble que “modernizarlo”… es decir recortarlo. El asalto al estatuto de los trabajadores anunciado por Macron (para “liberar” el trabajo) incluso aparece como bueno para gente que se siente progresista, debido al descredito mayor de los sindicatos.

Las gente progresista que ha votado a Macron aún debe descubrir que el juego de bonneteau es pura trampa.

Ahora, los diputados

Los socialistas y la derecha acordaron en 2001 reducir el mandato presidencial de siete a cinco años, coincidiendo con el de los diputados. Y han puesto las elecciones parlamentarias al mes siguiente de las presidenciales, para garantizar al presidente un Congreso de diputados ganado en la racha du su victoria. Hasta ahora ha funcionado: cada presidente elegido desde 2002 ha conseguido después mayoría absoluta de escaños.

El sistema electoral desfavorece descaradamente el voto popular y el de las ciudades

El sistema electoral desfavorece descaradamente el voto popular y el de las ciudades. Ese sistema, vigente desde 1958 (con un paréntesis en 1986), multiplica en escaños el resultado del partido mayoritario.

Antes de declinar, el Partido Comunista Francés (PCF) obtuvo, en 1978, 86 diputados con el 20,6% de votos. Pero en 1968, con un 20%, solo sacó 34 escaños.

El Frente Nacional (FN) obtuvo un 15% en 1997 y ningún escaño. En 2012, obtuvo 2 escaños por un 13,6%, mientras que el PCF sacaba 10 diputados con un 6,9%. Con cerca del 40%, el Partido Socialista consiguió 331 diputados, mayoría absoluta.

En 2012 el PS conseguía un diputado con 31 000 votos, la derecha uno por cada 39 000 votos; un comunista necesitaba 180 000 votos, y un diputado del FN… un millón y 764 000 votos.

Último dato: la abstención es siempre más alta que en las presidenciales. Eso conlleva menos votos populares y reduce las expectativas del FN y de France insoumise.

Extrapolando esos datos, podemos apostar que, salvo sorprendente terremoto electoral:

  • Macron conseguirá una mayoría parlamentaria,
  • El movimiento de Mélenchon puede conseguir un grupo parlamentario importante,
  • el FN (o lo que sea, ya que Marine Le Pen quiere crear su movimiento y librarse del FN) se quedará con un número reducido de escaños y sin grupo en el congreso de diputados.

Segundo acto

Queda por ver cómo va a funcionar la “mayoría presidencial”, y sobre todo si consigue la mayoría absoluta. Y veremos cuál va a ser el resultado del LR, al menos de la parte de irreductibles galos de ese partido que no quiere entrar en la gran coalición à la française. Tendrá grupo, seguro.

Si Macron saca mayoría absoluta, el LR podrá hacer de oposición, y todos reanudarán con el cuento bipartidista. Si no consigue mayoría absoluta, entonces el LR tendrá que hacer lo mismo que el PSOE: mucho teatro de oposición de día y muleta del gobierno de noche.

Macron y la gran coalición empiezan con una base históricamente baja. Necesitan tener al FN como única oposición “no moderada” (ellos considerándose “moderados” y “realistas”). Ya hablan como si France insoumise no existiese, o estuviera a punto de desvanecerse.

Pero no va a ser así. El movimiento creado por Mélenchon va a ejercer una oposición visible, y si consigue consolidarse como organización, va a ponerle muchas trabas a la presidencia de Macron y estará en condiciones de crecer como alternativa de Gobierno.

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© Alberto Arricruz | Primero publicado en Disparamag  · 20 Abr 2017

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