La palabra de cuatro letras

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 25 Jun 2017

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Cuando un británico o un americano habla de una “palabra de cuatro letras”, se refiere a un término vulgar con connotaciones sexuales, una palabra que no debe mencionarse entre gente educada.

En Israel, también tenemos una palabra así, una palabra de cuatro letras. Una palabra que no debe mencionarse.

Esta palabra es “Shalom”: paz. (En hebreo, “sh” es una letra y la “a” no se escribe).

Hace ya años que esta palabra ha desaparecido de cualquier conversación (salvo como saludo). Todo político sabe que es mortal. Todo ciudadano sabe que es innombrable.

De pronto aparece Donald Trump y habla de paz: no sabe que es una palabra tabú

Existen muchas palabras para reemplazarla. “Acuerdo político”. “Separación”. “Nosotros estamos aquí y ellos allí”. “Acuerdo regional”. Por citar algunas.

Y de pronto aparece Donald Trump y vuelve a mencionar la palabra. Trump, un completo ignorante, no sabe que en este país es una palabra tabú.

Quiere hacer las paces aquí. SH-A-L-O-M. Eso dice él. Cierto, no existe la más mínima posibilidad de que realmente quiera hacer las paces. Pero ha reintroducido la palabra en el lenguaje. Ahora la gente vuelve a hablar sobre la paz. Shalom.

¿Paz?¿Qué es la paz?

Existen todo tipo de paces. Desde un poquito de paz, una paz pequeña, hasta una gran – incluso imponente – paz.

Por lo tanto, antes de abrir un serio debate sobre la paz, debemos precisar a qué nos referimos. ¿Un intervalo entre dos guerras? ¿No beligerancia? ¿La existencia de muros y vallas en los diferentes bandos? ¿Un armisticio prolongado? ¿Una hudna (en la cultura árabe, un armisticio con una fecha fija de vencimiento)?

¿Algo así como la paz entre la India y Pakistán? ¿La paz entre Alemania y Francia? Y si es así, ¿la paz antes de la Primera Guerra Mundial o la paz que prevalece ahora? ¿La Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos o la paz caliente entre Vladimir Putin y Donald Trump?

¿Hablamos de la paz entre un pueblo de amos y un pueblo de esclavos?

Hay todo tipo de situaciones de paz. ¿A qué tipo de paz israelí-palestina nos referimos? ¿A la paz entre un caballo y su jinete? ¿A la paz entre un pueblo de amos y un pueblo de esclavos? ¿Algo así como la paz entre el régimen del apartheid sudafricano y los bantustanes que se crearon para los negros? ¿O una paz de diferente naturaleza, una paz entre iguales?

Es sobre esta paz que me gustaría hablar. No la paz “real”. No la paz “perfecta”. No la paz “completa”.

Sobre la paz. La paz pura y simple. Sin calificaciones, por favor.

¿Cuándo comenzó todo? El conflicto que ahora domina la vida de los dos pueblos, ¿cuándo comenzó?

Es difícil decir.

Es fácil decir: comenzó cuando el primer inmigrante judío llegó a estas costas.

Suena simple. Pero no es del todo cierto.

Parece que los inmigrantes presionistas del movimiento Bilu, que llegaron a finales del siglo XIX, no despertaron hostilidad.

Tengo una teoría al respecto: algún tiempo antes de que llegara la Bilu (abreviatura de “Vayamos, oh casa de Jacob”), una secta religiosa alemana, los templers, se establecieron en este país. No tenían objetivos políticos, sólo una visión religiosa. Crearon aldeas y municipios modelos y lo lugareños estaban agradecidos. Cuando llegaron los primeros judíos, los lugareños asumieron que esto era más de lo mismo.

Después llegó el movimiento sionista, que definitivamente tenía objetivos políticos. Sólo hablaban sobre un “hogar nacional”, pero el fundador, Theodor Herzl, había escrito previamente un libro llamado “El Estado Judío” (o, mejor dicho, “El Estadode los judíos”). Se ocultó el objetivo durante un tiempo porque el país pertenecía al Imperio otomano.

La propuesta: Si los judíos apoyaban a los árabes, estos apoyarían la inmigración sionista

Sólo una pequeña parte de la población local se dio cuenta desde el principio que esto era un peligro mortal para ellos. La gran mayoría de los musulmanes veían a los judíos como una comunidad religiosa inferior, a los que el profeta les había ordenado proteger.

Entonces, ¿cuándo comenzó el conflicto? Existen varias teorías al respecto. Me adhiero a la teoría del casi olvidado historiador Aharon Cohen, quien señaló un acontecimiento concreto. En 1908, estalló la revolución de los “Jóvenes Turcos”. El Imperio otomano islámico se convirtió en un Estado nacionalista. Como reacción, surgió en Palestina y en los países vecinos un movimiento nacional árabe, que reclamaba la “descentralización” del imperio, dando autonomía a sus muchos pueblos.

Un dirigente local árabe se acercó al representante sionista en Jerusalén con una oferta tentadora: si los judíos apoyaban el movimiento árabe, los árabes apoyarían la inmigración sionista.

Con gran entusiasmo, el representante sionista acudió al entonces líder del movimiento sionista mundial, Max Nordau, un judío alemán, y le instó a aceptar la oferta. Pero Nordau la desestimó. Después de todo, eran los turcos los que estaban en posesión del país. ¿Qué tenían que ofrecer los árabes?

Es difícil saber cómo hubiera evolucionado la historia si se hubiese creado dicha cooperación árabe-sionista. Pero un judío europeo no podía siquiera imaginarse un giro así de los acontecimientos. Por lo tanto, los sionistas cooperaron con el régimen colonial turco – y más tarde con el británico – contra la población local árabe.

Desde entonces, el conflicto entre los dos pueblos se ha ido intensificando de generación en generación. Ahora la paz está más lejos que nunca.

Pero, ¿qué es la paz?

El pasado no puede borrarse. Cualquiera que sugiera que el pasado debe ignorarse y que podemos “empezar de nuevo desde el principio” está soñando.

Cada uno de los dos pueblos vive en un pasado propio. El pasado determina su carácter y su comportamiento cada día y cada hora. Pero el pasado de un bando es totalmente diferente al pasado del otro.

Los sionistas compraban las tierras a los propietarios ausentes que vivían en Haifa o Montecarlo

No es sólo una guerra entre dos pueblos. Es también una guerra entre dos historias. Dos historias que se contradicen prácticamente en todos los aspectos, aunque se refieren a los mismos acontecimientos.

Por ejemplo: todo sionista sabe que hasta la guerra de 1948, los judíos pagaban una pasta gansa por la adquisición de tierras, dinero aportado por judíos de todo el mundo. Todo árabe sabe que los sionistas compraban las tierras a los propietarios ausentes que vivían en Haifa, Beirut o Montecarlo, y después exigían que la policía turca (y después la británica) desalojara a los fellahin que habían estado cultivando la tierra durante generaciones. (Toda la tierra pertenecía originalmente al sultán, pero cuando el imperio entró en quiebra, el sultán se la vendió a los especuladores árabes).

Otro ejemplo: todo judío se siente orgulloso de los kibutz, un único logro del progreso humano y la justicia social, a los que sus vecinos árabes atacaban frecuentemente. Para los árabes, los kibutz eran simplemente instrumentos sectarios de desplazamiento y deportación.

Otro ejemplo: todo judío sabe que los árabes empezaron la guerra de 1948 para exterminar a la comunidad judía. Todo árabe sabe que en aquella guerra, los judíos expulsaron a la mitad del pueblo palestino de su patria.

La paz no tiene por qué basarse en el amor mutuo, pero sí en el respeto mutuo.

Y así sucesivamente: hoy en día, los israelíes creen que la Autoridad Palestina, que paga un salario mensual a las familias de los “asesinos”, apoya el terrorismo. Los palestinos creen que la Autoridad está obligada a apoyar a las familias cuyos hijos e hijas han sacrificado sus vidas por su pueblo.

Y así sucesivamente, sin final.

(Por cierto, estoy muy orgulloso de haber inventado la única definición científicamente sólida de “terrorista”, que ambos bandos pueden aceptar: “Los luchadores por la libertad están en mi bando, los terroristas están en el otro”).

Nunca habrá paz si los dos pueblos no conocen la narrativa histórica del otro bando. No es necesario aceptar la narrativa del oponente. Uno puede negarla totalmente. Pero uno tiene que conocerla para así entender al otro pueblo y respetarlo.

La paz no tiene por qué basarse en el amor mutuo. Pero debe basarse en el respeto mutuo. El respeto mutuo puede surgir sólo cuando cada pueblo conozca la narrativa histórica del otro bando. Cuando entiendan eso, también entenderán por qué el otro pueblo actúa de la manera que lo hace y qué es lo que se necesita para la coexistencia pacífica.

Sería mucho más fácil si cada judío israelí aprendiera árabe y cada árabe palestino aprendiera hebreo. Eso no resolvería el problema, por supuesto, pero nos acercaría a una solución.

Cuando cada pueblo entienda que el otro bando no es un monstruo sanguinario, sino que actúa por motivos naturales, descubrirá muchos aspectos positivos en la cultura del otro bando. Se establecerán contactos personales, quizás incluso amistades.

Es imposible hacer algo grande, algo histórico, si no se tiene la convicción de que es posible

Esto ya está pasando en Israel, aunque a pequeña escala. En el mundo académico, por ejemplo. Y en los hospitales. Los pacientes judíos a menudo se sorprenden al descubrir que su simpático y competente doctor es árabe y que los enfermeros árabes son a menudo más amables que los judíos.

Eso no puede reemplazar la necesidad de abordar los problemas reales. Nuestros dos pueblos están divididos por controversias reales e importantes. Hay un problema respecto a la tierra, a las fronteras, a los refugiados. Hay problemas de seguridad y otras innumerables cuestiones. Una guerra de más de cien años no terminará sin compromisos dolorosos.

Cuando exista una base para las negociaciones entre iguales, una base para el respeto mutuo, los problemas insolubles se convertirán de repente en problemas solubles.

Pero la condición previa para este proceso es el retorno de la palabra de cuatro letras al lenguaje.

Es imposible hacer algo grande, algo histórico, si no se tiene la convicción de que es posible.

Una persona no enchufa un cable eléctrico en la pared si no cree que se conectará a la electricidad. Deben creer que las luces se encenderán.

Nadie comenzará las negociaciones de paz si creen que la paz es imposible.

La creencia en la paz no hará la paz segura. Pero al menos hará la paz posible.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 24 Junio 2017 | Traducción del inglés: Miriam Reinoso

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