El extraño caso de Bashar

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 2 Jul 2017

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Conan Doyle, el creador del legendario Sherlock Holmes, habría titulado su relato sobre este incidente como “El extraño caso de Bashar al-Asad”.

Y vaya si es extraño.

El caso trata de los malvados actos de Bashar al-Asad, el dictador de Siria, quien bombardeó a su propia gente con sarín, un gas nervioso, provocando una muerte espantosa a las víctimas.

Como todo el mundo, me enteré del terrible acto tan solo unas pocas horas después de que hubiera sucedido. Como todo el mundo, me quedé estupefacto. Y aun así…

Y aun así, soy un periodista de investigación profesional. Durante cuarenta años fui el editor jefe de una revista de investigación publicada semanalmente, la cual sacó a la luz casi todos los escándalos importantes de Israel durante aquellos años. Nunca he perdido un pleito en el que se me acusara de libelo grave, y de hecho me han demandado en muy contadas ocasiones. Menciono esto no para presumir, sino para dar cierta autoridad a lo que voy a decir.

Hay algo en la mente de un editor que le dice: “Espera, aquí falla algo, algo no cuadra”

En su momento, tomé la decisión de publicar miles de artículos de investigación, incluyendo algunos que afectaban a las personas más importantes de Israel. Pero pocos saben que también decidí no publicar otros cientos de artículos, al considerar que carecían de la suficiente credibilidad.

¿Cómo decidía qué publicar y qué no? Bien, lo primero que hacía era pedir pruebas. ¿Dónde están las pruebas? ¿Quiénes son los testigos? ¿Existe documentación por escrito?

Pero también había siempre algo que no se puede definir con palabras. Dejando a un lado a los testigos y los documentos, hay algo en la mente de un editor que le dice: “Espera, aquí falla algo. Algo falta. Algo no cuadra.”

Es una sensación. Llámala una voz interior. Una especie de intuición. Una alarma que te dice, en el mismo instante en el que oyes hablar del caso por primera vez: “Ten cuidado. Verifícalo una y otra vez.”

Esto es lo que me ocurrió cuando oí por primera vez que, el cuatro de abril, Bashar al-Asad había bombardeado Jan Sheijun con gas nervioso.

Mi voz interior me susurró: “Espera. Algo falla. Algo huele mal.”

En primer lugar, todo pasó muy deprisa. Solo unas pocas horas después del suceso, todo el mundo sabía que Bashar era el responsable.

¡Por supuesto que fue Bashar! No hacen falta pruebas. No hay necesidad de perder el tiempo comprobándolo. ¿Quién sino Bashar?

Bueno, hay muchos otros candidatos. La guerra en Siria no es entre dos facciones. Ni siquiera entre tres o cuatro facciones. Es casi imposible cuantificar el número de facciones que están involucradas en ella.

Está por una parte Bashar, el dictador, y sus aliados cercanos: la República islámica de Irán y el Partido de Dios (Hizbulá) en Líbano, ambos chiíes. Luego está Rusia, con un estrecho apoyo. Está también Estados Unidos, el enemigo en la distancia, que apoya a media docena (¿quién las cuenta?) de milicias locales. Encontramos asimismo a las milicias kurdas. Y, por supuesto, a Daesh (o ISIS, o EIIL, o EI), el Estado Islámico de Iraq y al-Sham (al-Sham es el nombre árabe para referirse a la Gran Siria.)

Siria no es una guerra de una coalición contra otra: todos luchan junto a todos contra todos

Esta no es una guerra limpia de una coalición contra otra. Todos luchan junto a todos contra todos. Los estadounidenses y los rusos luchan junto a Bashar contra Daesh. Los norteamericanos y los kurdos luchan contra Bashar y los rusos. Las milicias ‘rebeldes’ luchan unas contra otras y contra Bashar e Irán, y así sucesivamente (en alguna parte se encuentra también Israel, pero, ¡chitón!)

Teniendo en cuenta este campo de batalla tan extraño, ¿cómo podría alguien afirmar pocos minutos después del ataque con gas que Bashar es el responsable del mismo?

La lógica política no señalaba en esa dirección. Últimamente, Bashar ha salido victorioso en todas las contiendas. No tenía ningún motivo para cometer un acto que avergonzaría a sus aliados, especialmente a los rusos.

La primera pregunta que Sherlock Holmes formularía sería: ¿Cuál es el motivo? ¿Quién saca algún beneficio?

Bashar no tenía ningún motivo. Bombardeando a sus ciudadanos solo conseguiría perjudicarse a sí mismo.

A no ser, por supuesto, que esté loco. Y nada indica que lo esté. Al contrario, parece estar en pleno uso de sus facultades mentales. Incluso parece ser más normal que Donald Trump.

No me gustan los dictadores. No me gusta Bashar al-Asad, dictador e hijo de dictador (Asad, por cierto, significa “león”.) Pero entiendo por qué está donde está.

Hasta mucho tiempo después de la Primera Guerra Mundial, Líbano era una parte del Estado sirio. Ambos países eran una mezcolanza de grupos religiosos y de pueblos. En Líbano hay cristianos maronitas, griegos melquitas, greco-católicos, católicos romanos, drusos, musulmanes suníes y musulmanes chiíes, entre muchos otros. La mayor parte de los judíos se ha ido.

Todos estos grupos religiosos existen también en Siria, con la adición de los kurdos y de los alauíes, los seguidores de Ali, que pueden ser musulmanes o no (depende de a quién le preguntes). Siria se encuentra también dividida por las ciudades que se odian unas a otras: Damasco, la capital política y religiosa, y Alepo, la capital económica, con varias ciudades como Homs, Hama o Latakía situadas entre ambas. La mayor parte del país es desierto.

Se escogía al dictador de entre uno de los grupos religiosos menos poderosos: los alauíes

Tras muchas guerras civiles, los dos países adoptaron dos soluciones diferentes. En Líbano se llegó a un pacto nacional según el cual el presidente siempre sería un maronita, el primer ministro siempre sería un musulmán suní, el comandante del Ejército sería siempre un druso y el presidente del Parlamento, un cargo sin autoridad, sería siempre un chií (hasta la aparición de Hizbulá, los chiíes eran el último mono.)

En Siria, un lugar mucho más violento, adoptaron una solución distinta: una especie de dictadura consensuada. Se escogía al dictador de entre los miembros de uno de los grupos religiosos menos poderosos: los alauíes (los amantes de la Biblia recordarán que cuando los israelíes escogieron a su primer rey, eligieron a Saúl, miembro de la tribu más pequeña.)

Es por eso por lo que Bashar sigue gobernando. Los diferentes grupos religiosos y localidades tienen miedo unos de otros. Necesitan un dictador.

¿Qué sabe Donald Trump de todos estos entresijos? Nada.

Trump quedó profundamente impactado por las imágenes de las víctimas del ataque con gas. ¡Mujeres! ¡Niños! ¡Preciosos bebés! Así que sobre la marcha decidió castigar a Bashar bombardeando uno de sus aeródromos.

Tras tomar la decisión, convocó a sus generales. Todos se opusieron débilmente. Sabían que Bashar no estaba implicado en el ataque. Pese a ser enemigos, las Fuerzas Aéreas estadounidenses y rusas mantienen en Siria una estrecha colaboración (otro detalle extraño) para evitar posibles incidentes y el inicio de la Tercera Guerra Mundial. Por tanto, tienen conocimiento de todas las misiones que se llevan a cabo. Las Fuerzas Aéreas sirias forman parte de este acuerdo.

Los generales parecen ser las únicas personas medio normales del entorno de Trump, pero Trump se negó a escucharles. Así que lanzaron sus misiles para destruir un aeródromo sirio.

Estados Unidos estaba entusiasmada. Todos los periódicos importantes anti-Trump, liderados por The New York Times y The Washington Post, se apresuraron a expresar su admiración por el genio de Trump.

Seymour Hersh descubrió que era improbable que Bashar hubiera empleado gas nervioso

Y en esto llega Seymour Hersh, un periodista de investigación mundialmente reconocido, el hombre que destapó las masacres estadounidenses en Vietnam y las cámaras de tortura norteamericanas en Iraq. Investigó el incidente en profundidad y descubrió que no había ni una sola prueba y que era muy improbable que Bashar hubiera empleado gas nervioso en Jan Sheijun.

¿Qué es lo que ocurrió a continuación? Algo increíble: todos los periódicos estadounidenses de renombre, incluyendo The New York Times y The New Yorker, se negaron a publicar el reportaje. Lo mismo hizo la prestigiosa revista London Review of Books. Al final, Hersh encontró refugio en el periódico alemán Welt am Sonntag.

Para mí, esta es la verdadera historia. Uno querría creer que el mundo, especialmente el ‘mundo occidental’, está repleto de periódicos honestos que investigan concienzudamente y que solo publican la verdad. Esto no es así. Claro, probablemente no mienten a propósito. Pero sin darse cuenta son prisioneros de las mentiras.

Unas semanas después del incidente, una emisora de radio israelí me entrevistó por teléfono. El entrevistador, un periodista de derechas, me preguntó sobre el empleo ruin de gas por parte de Bashar contra sus propios ciudadanos. Le contesté que no había visto pruebas de que Bashar fuera el responsable del ataque.

El entrevistador se quedó audiblemente sorprendido. Rápidamente cambió de tema. Pero su tono de voz traicionó sus pensamientos: “Siempre supe que Avnery estaba un poco loco, pero ahora se ha vuelto completamente majareta.”

A diferencia del viejo Sherlock, no sé quién lo hizo. Quizás Bashar, después de todo. Solo sé que no existe ni una sola prueba de ello.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 1 Julio 2017 | Traducción del inglés: Pablo Barrionuevo

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