El terrible problema

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 15 Oct 2017

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Ze’ev Begin, hijo de Menachem Begin, es un ser humano muy agradable. Siempre cae bien. Se trata de la típica persona educada, amable y modesta que a uno le gustaría tener como amigo.

Por desgracia, sus ideas políticas no son tan agradables. Son incluso más extremistas que las acciones de su padre. Después de dejar el Irgun, su padre firmó la paz con Anwar el Sadat de Egipto. Ze’ev está más en la línea de Golda Me’ir, que ignoró las propuestas de paz de Sadat y nos condujo a la desastrosa guerra del Yom Kippur.

Begin hijo es un estricto seguidor del credo sionista “revisionista” de Vladimir Ze’ev Jabotinsky. Una de las características de este movimiento ha sido siempre la importancia concedida a los textos escritos y a las declaraciones. Al movimiento laborista de Ben Gurion las palabras y las declaraciones nunca le importaron un comino. Solo prestaba atención a los “hechos sobre el terreno”.

Begin prueba que los palestinos nunca jamás renunciarán al “derecho de retorno”

La semana pasada, Ze’ev publicó uno de sus escasos artículos (Haaretz, 10 de septiembre). Su objetivo era demostrar que la paz con los palestinos es imposible, una quimera de los sensibleros pacifistas israelíes. Por medio de citas de numerosos textos, discursos e incluso libros escolares palestinos, Begin prueba que los palestinos nunca jamás renunciarán al “derecho de retorno”.

Dado que tal retorno significaría el fin del Estado Judío, afirma Begin, la paz es una quimera. Por lo tanto, nunca habrá paz. Punto final.

Por su parte, otro sesudo pensador, Alexander Jakobson, abunda en el tema en otro importante artículo publicado por Haaretz (26 de septiembre). Está dirigido contra mí personalmente, y ya en el titular afirma que soy “Fiel a Israel pero no a la verdad”. Me acusa de tolerancia con el movimiento BDS, cuyo objetivo es acabar con el estado de Israel.

¿Cómo lo sabe? Es muy sencillo: el BDS apoya el “derecho de retorno” de los palestinos, lo cual, como todo el mundo sabe, implica la destrucción del Estado Judío.

Al boicotear todo Israel, el BDS empuja a los israelíes a los brazos de los colonos

La verdad es que me opongo al BDS por varios motivos. En 1997, Gush Shalom (Coalición por la Paz), el movimiento al que pertenezco, fue el primero en declarar el boicot a los asentamientos. Pretendíamos separar de ellos a los israelíes. Al boicotear todo Israel, el movimiento BDS (Boicot, Desinversión, Sanciones) produce el efecto contrario: empuja a los israelíes a los brazos de los colonos.

Aparte de eso, tampoco me gusta hacer llamamientos a que me boicoteen.

Sin embargo, entre todos los puntos de la plataforma por el BDS, el que menos me molesta es precisamente la exigencia de que el Estado de Israel reconozca el derecho de retorno de los palestinos. ¿Para qué molestarse por semejante ridiculez? El BDS no logrará obligar a Israel a hacerlo ni en mil años.

Empecemos arrojando un poco de luz sobre el asunto.

Cuando los británicos se retiraron de Palestina en 1948, entre el río Jordán y el mar Mediterráneo vivían alrededor de 1.200.000 árabes y unos 635.000 judíos. Después de la guerra que siguió a la retirada británica, unos 700.000 árabes habían huido o habían sido expulsados. Aquella guerra fue lo que más tarde se empezó a llamar una “limpieza étnica”.

¿Retornarían los refugiados palestinos -todos- si se les diera la oportunidad?

Quedaron muy pocos árabes en el territorio que los judíos conquistaron por las armas, pero conviene no olvidar que en el territorio que los árabes conquistaron por las armas no quedó un solo judío. Afortunadamente para nosotros, los árabes sólo consiguieron hacerse con pequeños trozos de tierra habitada por judíos como Gush Etzion, Jerusalén Este y demás, mientras que en cambio nuestro bando conquistó territorios amplios y habitados. Como soldado, lo vi todo con mis propios ojos desde la primera línea.

Desde entonces el número de refugiados árabes se ha incrementado de forma natural y hoy en día son unos seis millones. Cerca de un millón y medio de ellos vive en Cisjordania, un millón en la Franja de Gaza y el resto se encuentra disperso entre Jordania, el Líbano, Siria y el resto del mundo.

¿Retornarían si se les diera la oportunidad? Detengámonos un momento a considerar esta cuestión.

Hace ya muchos años viví una experiencia única.

Me encontraba en Nueva York, donde me habían invitado a dar una conferencia. Me sorprendió gratamente ver que en la primera fila se encontraba mi buen amigo el joven poeta palestino Rashid Hussein (1936-77), nacido en un pueblo cerca de Nazareth. Me invitó encarecidamente a su apartamento de Nueva Jersey.

Cuál no sería mi sorpresa al llegar a un pequeño apartamento lleno de todo tipo de refugiados palestinos, hombres, mujeres, ancianos y jóvenes. Mantuvimos una larga e intensamente emotiva conversación.

Mientras volvíamos a casa en coche, le dije a mi mujer: “¿Sabes lo qué he percibido? Que aunque pocos de ellos retornarían, todos estarían dispuestos a morir por el derecho a hacerlo”.
Rachel, que siempre fue una perspicaz observadora, respondió que a ella le había dado la misma impresión.

Hoy en día, décadas después, sigo convencido de la validez de esta simple verdad: hay una enorme diferencia entre un principio y su aplicación.

El principio de derecho de retorno es innegable. Pertenece individualmente a cada refugiado. Está amparado por el derecho internacional. Es sagrado.

Cualquier tratado de paz futuro entre el estado de Israel y el estado de Palestina tendrá que incluir un párrafo en el que Israel reconozca el principio del derecho de retorno de los refugiados palestinos y sus descendientes.

En cualquier tratado de paz futuro, Israel tendrá que reconocer el principio del derecho de retorno

Es imposible que un líder palestino firme un tratado en el que no se incluya dicha cláusula.
Un debate real para encontrar soluciones sólo puede tener lugar después de superar este escollo.

Me imagino la escena: después de alcanzar el acuerdo en la conferencia de paz, el moderador respirará hondo y dirá: “Bien, amigos, manos a la obra. ¿Cómo solucionamos de forma práctica el problema de los refugiados?”

Los seis millones de refugiados palestinos constituyen seis millones de situaciones individuales. Hay muchas categorías de refugiados. No se puede medir a todos con el mismo rasero.

Durante los últimos cincuenta años muchos refugiados, quizá la mayoría, han construido una vida nueva en otro país. Para ellos, el derecho de retorno es más que nada un principio. No se les ocurriría volver a sus pueblos de origen ni aunque siguieran en pie. Algunos son adinerados, algunos son ricos, algunos son muy ricos.

Uno de los más ricos es mi amigo (¿puedo llamarte así?) Salman Abu Sitta, que empezó como un niño sin zapatos en el desierto del Néguev, huyó con su familia a Gaza en 1948 y más tarde se convirtió en un contratista de gran éxito en Gran Bretaña y el Golfo Pérsico. Nos conocimos en una conferencia de paz y más tarde compartimos una larga cena privada en la que discutimos acaloradamente si bien no conseguimos llegar a un acuerdo.

Abu Sitta afirma que debe permitirse el retorno a Israel de todos los refugiados, aunque haya que instalarlos en el Néguev. Por mi parte no le encuentro la lógica a tal postura.

En poquísimos casos, los pueblos de origen de los refugiados aún existen, aunque abandonados

He mantenido cientos de conversaciones sobre cómo solucionar el conflicto entre Israel y Palestina con una enorme variedad de personas que van desde Yasser Arafat hasta los habitantes de los campos de refugiados. Hoy en día la gran mayoría estaría de acuerdo con una fórmula que busque una “solución pactada del problema de los refugiados”. El “pacto” incluye a Israel.

Dicha formula aparece en el Plan de Paz Árabe diseñado por Arabia Saudí y aceptado oficialmente por todo el mundo musulmán.

¿Cuáles serían las implicaciones reales de dicho plan? Para empezar, se ofrecería a cada familia de refugiados la opción de elegir entre el retorno o una compensación adecuada.

Pero retornar ¿a dónde? En poquísimos casos, los pueblos de origen de algunos refugiados aún existen, aunque están abandonados. Puedo concebir una especie de reconstrucción simbólica de algunos de ellos, digamos dos o tres, por sus antiguos habitantes.

Se debe permitir el retorno de un número pactado de refugiados, sobre todo aquellos que tengan parientes en Israel que puedan ayudarles a arraigarse de nuevo.

Esto es un asunto difícil de encajar para muchos israelíes, pero tampoco es para tanto. Israel cuenta ya con dos millones de ciudadanos árabes, más del 20 por ciento de la población. Alrededor de un cuarto de millón más no sería una gran diferencia.

Israel tendría que poner su parte del dinero, reduciendo su enorme presupuesto militar

Los demás recibirían una compensación generosa. Podrían usarla para consolidar sus vidas allá donde se encuentren o para emigrar a países como Australia o Canadá que los recibirían, a ellos y a su dinero, con los brazos abiertos.

En Cisjordania y la Franja de Gaza viven alrededor de dos millones y medio de refugiados. Otro gran contingente vive en Jordania y tiene nacionalidad jordana. Algunos aún siguen en campos de refugiados. A todos les vendría bien una compensación.

¿De dónde saldría tanto dinero? Israel tendría que poner su parte, reduciendo al mismo tiempo su enorme presupuesto militar. Las organizaciones mundiales tendrían que aportar una buena suma.

¿Es posible lograrlo? Sí.

Incluso me atrevo a afirmar que, con la actitud adecuada, es incluso probable. Contrariamente a las creencias de Begin en textos demagógicos coyunturales que solo pretenden alcanzar objetivos coyunturales, una vez que se echara a rodar el proceso, una solución de este tipo, o parecida, sería inevitable.

Además, tengamos presente en todo momento que todos esos “refugiados” son ante todo seres humanos.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 14 Oct 2017 | Traducción del inglés: Jacinto Pariente.

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