Francia ¿plurinacional?

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Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 27 Oct 2017

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Visto desde Francia, la batalla soberanista e independentista desencadenada en España parece exótica. Lo mismo ocurre con la reivindicación escocesa, la oposición entre valones y flamencos belgas, el movimiento soberanista del norte de Italia… Tan solo puede tener algún eco la reivindicación de Irlanda del norte, que mantiene alguna simpatía por aquí, como también la reivindicación de Quebec en Canadá.

Francia siempre aparece como una construcción singular, un Estado centralizador diferente al de la mayoría de países occidentales, en donde la forma federal es corriente. Curiosamente, el carácter centralista del Estado francés moderno, diseñado e impulsado por la Revolución francesa, es recibido hoy en la cultura progresista como reaccionario, mientras las identidades y organizaciones regionales, tal como existían antes del nacimiento de tal Estado, son percibidas como buenas y devolviendo a los pueblos sus raíces naturales.

Los revolucionarios quisieron desmontar la organización aristocrática del Estado y unificar el país

Los revolucionarios franceses diseñaron una organización territorial del Estado totalmente nueva, creando 83 ‘departamentos’ para acabar con parroquias, condados y baronías, y dando a casi todos los departamentos nombres de ríos y montes para borrar las apelaciones tradicionales. Napoleón instaló más tarde en cada ‘ciudad-jefatura’ – capital de cada departamento – servicios ‘desconcentrados’ del Estado nacional dirigidos por un préfet – gobernador civil – nombrado por el gobierno.

Las fronteras de cada departamento fueron concebidas para que los servicios del Estado pudieran ser alcanzados en menos de un día de viaje a caballo por cada habitante: con eso se pretendía acercar el Estado al ciudadano y permitir al ciudadano acudir con facilidad a la representación del Estado, incluso para quejarse y manifestarse. Puedes hacer llegar tus reivindicaciones al Estado, y ese Estado puede llegar cómodamente hasta ti, incluso para darte palos. Las provincias españolas fueron creadas en 1833 a semejanza de Francia, después de que las Cortes de Cádiz dieran en 1812 el primer impulso revolucionaria a tal organización del Estado.

Con eso, los revolucionarios quisieron claramente desmontar la organización aristocrática del Estado y unificar el país borrando particularidades y soberanismos provinciales. Tales rasgos de identidades regionales han seguido manifestándose en Francia, pero hasta ahora sin grandes consecuencias políticas.

No se publicita el caso de Alsacia y Mosela, y  muchos franceses desconocen  esa excepción

Valga una – enorme – excepción: Alsacia y Mosela. Los tres departamentos que entre 1870 y 1945 han sido sucesivamente franceses, alemanes, franceses, alemanes y por fin franceses, mantienen un importantísimo bloque de leyes locales de origen alemán, muy diferentes al del conjunto francés –con seguridad social diferente, clérigos de varias religiones pagados por las arcas públicas, días festivos diferentes, organización judicial especial, uso del idioma alsaciano – un dialecto del alemán muy practicado… Tal particularismo, equiparable a lo que puede ser un estatuto de autonomía español, es una absoluta excepción para Francia – al contrario de España en donde las autonomías son la forma fundamental del Estado de la Constitución de 1978.

Con tres guerras, dos de ellas mundiales, donde los nacionalismos francés y alemán se enfrentaron por Alsacia y Mosela, la paz justifica que tal parte de Francia quede un poco alemana. Pero no se publicita, y los franceses desconocen mayoritariamente esa excepción.

Quitadas Alsace y Moselle, lo más parecido a los soberanismos españoles puede encontrarse en Córcega y en Bretaña.

Curiosamente, los gobernantes franceses llevan desde 1975 abriéndole poco a poco cada vez más espacio al nacionalismo corso, a pesar de su expresión terrorista cuyo punto álgido fue el asesinato del ‘préfet’ Claude Érignac en 1998. Sarkozy, cuando era ministro del Interior, organizó en 2003 un… referéndum para conceder a Córcega una organización especial y un alto grado de autonomía. Pero la mayoría del pueblo corso voto “No”, al contrario de lo que pedían juntos el gobierno francés, los medios y los nacionalistas corsos vinculados al grupo terrorista FLNC: la gente temía, con razón, darle a gobernantes corruptos el poder de derogar leyes como las que limitan el ‘ladrillazo’. Años más tarde, ya sin referéndum (no vaya a ser que la gente vuelva a votar “mal”), Córcega tiene su régimen territorial derogatorio, y el presidente de esa pequeña casi-autonomía es… un independentista.

En Bretaña, el movimiento autonomista-soberanista mantiene algún fuelle, pero le ha salido fatal haberse beneficiado de la alta simpatía de los nazis durante la ocupación militar alemana de 1940 a 1944. Movimientos locales de extrema-izquierda de tipo CUP llevan desde 1968 intentando lavarle la cara a ese nacionalismo, pero hacer olvidar los nazis todavía cuesta trabajo. También los nacionalistas se benefician de la simpatía de los ediles socialistas, que han ido financiando escuelas privadas derogatorias ‘diwan’ en donde se imparte la enseñanza en bretón, y han ido poniendo nombres bretones a las calles.

ERC pide acabar con las provincias “españolas” para volver al orden “natural” parroquial

Debo confesar que, cuando voy a Rennes, preciosa ciudad ‘capital’ de Bretaña, siento algún cabreo al ver las estaciones de metro lucir carteles en bretón. Nadie nunca ha hablado bretón en Rennes: allí se hablaba galo (y hasta hace treinta años aún se encontraban hablantes). Sí, sí: el galo de Asterix. Algo perfectamente insoportable para el ultraminoritario movimiento nacionalista bretón, y en eso se mide el grado de oportunismo barato de los ediles locales. Y se puede ver como la reivindicación de reencontrarse con raíces “naturales” oprimidas por el Estado francés está basada en una construcción cultural ideológica moderna, que se salta sin reparo la verdad histórica.

También debo confesar que, cuando el gobierno de Sarkozy hizo una gran reforma de la organización judicial del país, sentí alguna simpatía por tal reforma (sin entenderla del todo) cuando los grupos izquierdosos soberanistas bretones montaron una manifestación para denunciar la desaparición del ultimo vínculo histórico entre la región de Nantes y la región de Bretaña. Resulta que quedaban, en la organización territorial judicial, rasgos del régimen prerrevolucionario, y ahí estaban los que se pretenden progresistas exigiendo nada menos que volver al Ancien régime. ERC hace lo mismo cuando pide acabar con las provincias “españolas” para volver al orden “natural” parroquial, tan de izquierdas que son.

Así se construye el discurso nacionalista: mentiras que vas a amar porque te dan un enemigo

Mi último roce con el nacionalismo bretón lo tuve en una gira común de debates organizados por colectivos progresistas en toda Bretaña, presentando conjuntamente Syriza y Podemos (2015, parece casi un siglo). Paseando en un pueblo, paramos ante un monumento comunal a los muertos en guerra. En Francia cada uno de los 36000 municipios tiene su monument aux morts; se montaron al acabar la primera guerra mundial, y más tarde se añadieron a esos monumentos los nombres de los muertos de la segunda guerra mundial y de las guerras coloniales. Pero lo verdaderamente impresionante es la cantidad de nombres de fallecidos entre 1914 y 1918. Esa fue la gran matanza que, en Francia, devoró una generación entera.

Uno de los organizadores de la gira comentó entonces que hubo tantos muertos porque el Estado francés mandaba a primera fila a los bretones para matarse ellos primero. Lo peor es que este compañero, que no es soberanista bretón, se cree sinceramente tal sorprendente estupidez: ese bulo tiene como característica que no se puede desmentir, es difundido como una evidencia gracias a publicaciones de “universitarios expertos”. Luego se queda sorprendido cuando lo invitas a salir de Bretaña y a fijarse en cualquier monumento semejante de cualquier pueblo remoto de Francia, o en París, y a contar los muertos.

Así se construye poco a poco el discurso nacionalista anti-Estado central: mentiras descomunales que vas a amar porque te dan un enemigo y una explicación, y te propician una identidad “natural”. Y te lo van a confirmar políticos que quieren seguir elegidos utilizando esos sentimientos baratos, pero que más tarde, si la cosa se les desborda y sale mal como en Yugoslavia o Bélgica (sin sangre en ese caso) te dirán que no querían llevarlo tan lejos.

Salidos de Bretaña y Córcega, el nacionalismo regionalista queda realmente marginal. Al menos hasta hoy, en Francia no cuaja.

Ni siquiera en Savoya y en el “Pays niçois”, esa parte de Italia donde nació Garibaldi (en Niza), anexada por Francia muy a pesar de la oposición de Garibaldi mediante un referéndum pactado, que Garibaldi denunció como fraude.

Eso también es obvio en País Vasco francés y la Cataluña francesa. A pesar de la proximidad fronteriza con Euskadi y Catalunya, la inmensa mayoría de los ciudadanos al norte de los Pirineos no comparte en absoluto la reivindicación soberanista.

Hoy, para decir “Estado malo centralista” que hay que modernizar se dice “Francia jacobina”

Y mira que por allí también, los ediles locales de todo partido han ido poniendo los nombres de pueblos en euskera, en catalán, como también en la antigua área occitana los carteles anunciando los pueblos vienen escritos en occitano, y en provenzal cuando te vas a Provenza.

Y mira que algún politicastro ya ha querido subirse al carro del nacionalismo vasco participando en alguna manifestación para crear un “departamento vasco” exigiendo volver a la “frontera natural” oprimida desde la Revolución.

¿Veis cuál? Esa de los derechos humanos y de la Ilustración, a la que se acusa hoy de oprimir a los pueblos por haber tirado a la tapia las fronteras medievales al mismo tiempo que los privilegios aristocráticos… Hoy, para decir “Estado malo centralista” que hay que modernizar porque deja Francia atrás, se dice “Francia jacobina”: es decir, se culpa a la corriente más progresista del periodo revolucionario de impedir la democracia por el autogobierno local. Los gobiernos llevan diez años programando suprimir los departamentos, para acabar por fin con la herencia revolucionaria jacobina (que realmente, en su forma centralizadora, es de Napoleón).

Qué bonito es sentirse de una identidad y oprimido por el malvado, sin tener que pensar

Suelo decirle a esos compañeros franceses que creen que los nacionalismos son progresistas en España: Mirad que puto lío tenemos montado, mirad como eso divide y separa el pueblo, arrincona las fuerzas del cambio y mirad como se legitima el poder de las burguesías. Mirad como montar nuevas fronteras es cargarse la separación de poderes, achicar los países y las mentes…

Pero algo les gusta. Miran con simpatía la promoción de los nacionalismos locales como forma de conseguir aglutinar un movimiento popular. Y qué bonito es sentirse de una identidad y oprimido por el malvado, qué bonito pintarse los colores en la cara y comulgar apasionadamente, qué bonito no tener que pensar.

La gracia viene cuando, mientras en Catalunya se han prohibido las corridas para marcar la diferencia con lo que se identifica como cultura española, en toda la región pirenaica francesa y hasta Nimes y Arles, se han promovido con fuerza… ¡las corridas! como marca fuerte de afirmación cultural frente a París. Hace diez años, el presidente socialista de la región Languedoc-Rosellón – todo un personaje que hubiera gustado a Berlanga – quería llamar su región “Septimania” para revitalizarla partiendo de sus raíces naturales romanas.

De momento, hemos quedado en ferias de toros, con mucha borrachera. Veremos si vienen los romanos.

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© Alberto Arricruz |  30 Abr 2017

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