Pepinillos en vinagre

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 29 Oct 2017

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¡Aleluya! Por fin he encontrado algo en lo que estoy de acuerdo con Binyamin Netanyahu. ¡Lo digo en serio!

Este lunes la Knesset se ha reunido para inaugurar el periodo de sesiones de invierno después de unas largas (y benditas) vacaciones. En estas ocasiones, el presidente del Estado y el primer ministro suelen dirigirse a la Cámara. Normalmente son discursos festivos llenos de perogrulladas piadosas. De esos que entran por un oído y salen por el otro.

Pero esta vez no.

Sentado junto al presidente de la Cámara, el presidente de Israel, Reuven Rivlin, pronunció un discurso sin precedentes en todos los aspectos. Atacó a la coalición de gobierno que dirige el Likud y la acusó de socavar el estado de derecho, al fiscal general y a la policía.

El presidente no es en absoluto una persona de izquierdas. Pertenece a la derecha nacionalista. Su ideología es la de la “indivisibilidad de Eretz Israel”. Es militante del Likud.

El presidente israelí, Reuven Rivlin, cae bien a todo el mundo… menos a Netanyahu

Para comprenderle, hay que remontarse hasta Vladimir Jabotinsky, que allá por 1920 fundó el Partido Revisionista, antecesor de la derecha sionista. Jabotinsky nació y creció en la Odessa de los zares, pero estudió en Italia en la época en que el recuerdo del Risorgimento aún estaba fresco en todas las memorias. Este movimiento se había caracterizado por una inusual mezcla de nacionalismo y liberalismo extremos y Jabotinsky adoptó su ideología.

En todas las oficinas del Likud hay colgado un retrato de Jabotinsky, aunque hace ya tiempo que la militancia del partido ha olvidado sus enseñanzas, a excepción de algún que otro miembro de la vieja guardia como Rivlin, que tiene setenta y ocho años. Nació con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Pertenece a un grupo especial: los descendientes de judíos de la Europa Oriental que emigraron a Palestina antes del nacimiento del movimiento sionista. Su padre era un experto en cultura árabe.

Rivlin es una de las personas más agradables que conozco. Cae bien a todo el mundo. Es decir, a todo el mundo menos a Netanyahu, que, en un inopinado alarde premonitorio, se opuso a su nombramiento.

Netanyahu escuchó impertérrito las palabras de Rivlin. Después se puso en pie para pronunciar su discurso que, aunque redactado mucho antes de la sesión, sonaba como si Rivlin lo hubiera oído antes de escribir el suyo.

Según Netanyahu hay un complot de Policía y fiscales para derrocarlo

El primer ministro atacó al Tribunal Superior, al fiscal general, al jefe de la Policía, a los medios de comunicación y a la izquierda como si mantuvieran reuniones secretas para planear su derrocamiento. Lo cual era bastante llamativo, ya que tanto el fiscal general como el jefe de la Policía fueron en su día elegidos a dedo por Netanyahu. Según el primer ministro, las mencionadas instituciones estarían confabuladas en un complot antidemocrático para derrocarle, un putsch de investigadores policiales y fiscales de lo criminal. Las frecuentes filtraciones a la prensa serían, según Netanyahu, parte de la conjura.

Desde luego, se ha tenido al público bien informado de las investigaciones, una de las cuales se ocupa de los carísimos regalos con los que ciertos multimillonarios obsequian a Netanyahu, que ya es de por sí bastante rico. Entre tales regalos hay puros de precio exorbitante, por lo que la investigación por soborno se conoce como “el caso puros”.
Estos mismos millonarios y algunos otros también obsequian a Sarah, la muy impopular esposa de Netanyahu, con champán rosa, por lo que la investigación se ha bautizado como “el caso ‘pink champagne’”.

Netanyahu pide la “ley francesa”, que da inmunidad al presidente durante su mandato

Pero todo eso son bagatelas si lo comparamos con el nubarrón que se le viene encima a Netanyahu y que lleva por nombre el “caso submarinos”, que se refiere a la compra de submarinos y otros navíos a unos astilleros alemanes. Dado que los fabricantes de armas alemanes son conocidos por los enormes sobornos que pagan a los líderes de países subdesarrollados, a nadie le han sorprendido los rumores acerca de las decenas de millones de euros recibidos por políticos, almirantes e intermediarios israelíes. Ahora bien, ¿dónde se detuvo la marea de millones? ¿Llegó acaso a lo más alto?

Las reacciones de Netanyahu son más elocuentes que los rumores. Incluso han desplazado a sus habituales obsesiones con la bomba nuclear iraní, la terrible amenaza de Hizbulá e incluso la traicionera izquierda israelí. Parece que este tema es ahora su principal obstinación.

Con el objeto de neutralizar a los conjurados, a Netanyahu y sus secuaces se les ha ocurrido una sencilla solución. La adopción de la “ley francesa”, que dicta que a un “presidente en el ejercicio de sus funciones” no se le puede investigar ni imputar crimen alguno. En detrimento de todo lo demás, a esto es a lo que se dedican principalmente el gobierno israelí y el partido Likud.

A primera vista se diría que hay cierto sentido en ello. Al fin y al cabo nuestro primer ministro debe dirigir los asuntos del Estado, planear la próxima guerra (siempre hay una) y promocionar el crecimiento económico, funciones todas ellas que se resentirían de encontrarse el jefe del Gobierno enmarañado en docenas de procedimientos criminales. Pero pensándolo un poco mejor, lo que la “ley francesa” implica es que un delincuente puede ocupar el puesto de mayor responsabilidad de la nación, y que el primer ministro, y solamente él en todo el país, está exento de ser investigado.

Es cierto que de acuerdo con esta ley las investigaciones solo se posponen hasta que el susodicho primer ministro vuelva a ser un ciudadano corriente. Pero Netanyahu se encuentra en su cuarta legislatura de cuatro años y todas las señales indican que tiene intención de seguir en el sillón una quinta, una sexta y una séptima si Dios, bendito sea, le da salud.

En las filas del Likud no se oye una sola voz que disienta, no hay un solo rebelde

Ningún otro líder mundial disfruta de este privilegio, a excepción de uno. Por eso se suele hablar de la “ley francesa”, pero hay enormes diferencias. La ley francesa evita que el presidente sea imputado mientras esté en el ejercicio de sus funciones, pero no dice nada del primer ministro. Además, y no es poca cosa, el presidente de Francia solo puede ocupar el cargo dos legislaturas, de modo que un juicio no se pospone durante mucho tiempo.

Ahora mismo, la totalidad de la maquinaria del gobierno está en funcionamiento para convertir esta abominación legal en ley.

Algunos socios del Likud se resisten. La coalición está compuesta de muchos partidos, seis si no me equivoco, y si uno de ellos se abstiene, puede haber problemas. De momento, dos de ellos han anunciado que conceden “libertad de acción” a sus diputados.
Furioso, el jefe del grupo parlamentario de Netanyahu amenaza con romper el gobierno y convocar elecciones, serio peligro para los socios de la coalición, que podrían verse abocados a la desaparición.

En las filas del Likud no se oye una sola voz que disienta, no hay un solo rebelde al estilo de esos dos valientes senadores del Partido Republicano estadounidense que esta misma semana han plantado cara a Trump.

Eso sí, el presidente Rivlin ha condenado la ley en los términos más enérgicos, y el fiscal general la ha tildado de “absurda”.

Y entonces, ¿en qué estoy de acuerdo con Netanyahu? En que ha acusado a la izquierda de ser una “fábrica de depresión” que ha propagado una atmósfera avinagrada por el país.

Netanyahu acusa a la izquierda de crear una “atmósfera de agriedumbre” para derrocarlo

En hebreo existe una palabra para los alimentos agrios como los pepinillos en vinagre. Una traducción libre sería “agriedumbres”. Netanyahu ha acusado a la izquierda de crear una “atmósfera de agriedumbre” con el objeto de derrocarlo.

Algún lector recordará que también yo he acusado a la izquierda de generar esa misma desazón, si bien desde otro punto de vista. Es cierto que amplios sectores del bando por la paz israelí están aquejados de un estado de ánimo depresivo, un estado de ánimo desesperado, verdaderamente agrio.

Dicho estado de ánimo produce la impresión de que no podemos hacer nada para salvar a nuestro país del desastre al que lo conducen Netanyahu y sus secuaces. Es un estado de ánimo de lo más oportuno, ya que como no podemos hacer nada no es necesario arriesgar nada dado que la batalla está perdida de antemano.

No hay motivos para la desesperanza. Dios no hace la historia. La hacemos nosotros

Hay quien ha llegado a la conclusión de que hay que librar la batalla en otros ámbitos, lejanos, por ejemplo, la lucha del movimiento BDS por el boicot de todos los productos israelíes. Esta batalla ha alcanzado últimamente nuevas cotas de absurdo en EE UU donde una ciudad arrasada por el huracán anunció que sus ciudadanos solo recibirían ayuda si se comprometían a no boicotear a Israel. Sin duda es el país de los disparates ilimitados.

(Por cierto, el rotativo Haaretz informaba esta semana que nuestro Gobierno ha contratado a una firma norteamericana de abogados para luchar contra el BDS.)

Un estado de ánimo avinagrado no crea luchadores. Un estado de ánimo optimista sí. Cuando todo va mal, cuando la esperanza parece perdida, un puñado de luchadores optimistas es capaz de darle la vuelta a la tortilla.

No hay motivos para la desesperanza. Dios no hace la historia. La hacemos nosotros.
Hablando del presidente francés, no olvidemos que Emmanuel Macron salió de la nada, fundó un partido y ganó las elecciones con mayoría absoluta al primer intento. Si los franceses pueden, nosotros también.

La desesperanza y la depresión son lujos que no podemos permitirnos. Debemos volver a la lucha con esperanza y seguridad en nosotros mismos.
Como dijo aquel tipo: Yes, we can.

Arriba los corazones. Retomemos el combate con rostro alegre.

Jabotinsky escribió una novela histórica sobre Sansón, el héroe bíblico. Antes de derribarse encima el templo de los filisteos, se dirigió a su pueblo y le ordenó tres cosas: elegir un rey, hacer acopio de hierro y… ¡reír!

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 28 Oct 2017 | Traducción del inglés: Jacinto Pariente.

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1 comentario en “Pepinillos en vinagre

  • Luciano Tanto opina:

    Bien. De ahí que el combativo autor, mayormente más combativo que ecuánime, demuestre con su artículo cómo funciona la democracia israelí.

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