Historia de la idiotez

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 19 Nov 2017

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Estoy furioso. Y tengo buenos motivos para estarlo.

Quería escribir un artículo acerca de un tema sobre el que llevo mucho tiempo pensando.
Y de pronto esta semana abro el New York Times y cuál es mi sorpresa al encontrarme mi artículo aún sin escribir, entero y verdadero, argumento a argumento, en las páginas de opinión.

¿Que cómo es posible? Solo puede haber una explicación. El autor, cuyo nombre he olvidado, me ha robado las ideas de dentro de la cabeza con algún tipo de embrujo, lo cual solo puede calificarse de delito. En cierta ocasión alguien quiso matarme por hacerle eso mismo.

Así que he decidido escribir el artículo de todos modos.

Trata de la idiotez. Particularmente, del papel de la idiotez en la historia.
Cuanto más viejo soy, más me convenzo de que la simple y llana estupidez ha desempeñado un papel fundamental en la historia de las naciones.

Los filósofos más importantes han tratado de hallar una explicación profunda a la guerra

Grandes pensadores, en comparación con los que yo no soy más que un enano intelectual, han estudiado otros factores que dan cuenta del motivo por el que la historia ha acabado por convertirse en un auténtico desastre. Karl Marx lo achacó a la economía. La economía ha sido motor de la humanidad desde sus inicios.

No faltan quienes culpan a Dios. La religión ha provocado guerras terribles, y aún lo hace. Las Cruzadas arrasaron lo que hoy es mi país durante más de dos siglos. La Guerra de los 30 años devastó Alemania. El recuento no tiene fin.

Hay quien responsabiliza al racismo. Rostros pálidos contra pieles rojas. Arios contra untermenschen. Nazis contra judíos. Horrible.

También está la geopolítica. Kipling y La carga del hombre blanco. Los pueblos germánicos y su Drang nach Osten.

Durante generaciones, los filósofos más importantes han tratado de hallar una explicación profunda a la guerra. Dicha explicación debe existir. Después de todo, los episodios históricos más terribles no suceden porque sí. Tiene que haber algo profundo, algo siniestro que sea el origen de tanta desgracia. Algo que acompaña a la raza humana desde su nacimiento y aún rige nuestro destino.

A lo largo de mi vida, he creído en la mayoría de estas teorías. Muchas me han influido profundamente. Grandes pensadores. Profundos pensamientos. Libros y más libros. Nada me satisfacía.

Hasta que por fin caí en la cuenta. Hay, efectivamente, un factor común a todos los mencionados sucesos históricos: la idiotez.

Sé que suena increíble. ¿La idiotez? ¿Miles de guerras, cientos de millones de víctimas se deben a la idiotez? ¿Todos los emperadores, reyes, estadistas, estrategas eran idiotas?

Hace poco me pidieron un ejemplo. “Demuéstrelo”, me exigió un lector incrédulo.
Saqué a colación el estallido de la Primera Guerra Mundial, un conflicto que cambió Europa y el mundo para siempre y terminó solo cinco años antes de mi nacimiento. Pasé mi infancia bajo la sombra de aquel cataclismo.

Sucedió así:

¿Qué importancia tenía matar al archiduque? Actos como ese han tenido lugar a millares

Un anarquista serbio asesinó a un archiduque austríaco en Sarajevo. Fue casi por casualidad. El plan del atentado original no había tenido éxito, pero algo más tarde el terrorista se topó con el archiduque y lo mató.

¿Qué importancia tenía? Aquel archiduque no era una persona muy relevante. Actos como ese han tenido lugar a millares antes y después. Sin embargo, en aquella ocasión el emperador austrohúngaro pensó que era el momento ideal para darles una buena lección a los serbios bajo la forma de un ultimátum.

Nada grave. Este tipo de cosas suceden todo el tiempo. No obstante, el poderoso imperio ruso era aliado de Serbia, así que como medida de presión el zar ordenó la movilización de su ejército a modo de advertencia.

El Alemania saltaron todas las alarmas. Alemania está en el centro de Europa y no tiene montañas, ni océanos, ni ninguna otra inexpugnable frontera natural. Además estaba rodeada por dos grandes potencias bélicas, Rusia y Francia. Los generales alemanes llevaban años planeando un modo de salvar a la patria en caso de ataque simultáneo por ambos flancos.

Idearon una estrategia. Dado el enorme tamaño de Rusia, su ejército tardaría varias semanas en completar su movilización. El ejército alemán aprovecharía ese tiempo para aplastar a Francia y después se daría la vuelta para detener a los rusos.

Era un plan brillante, desarrollado al detalle por brillantes mentes militares. Sin embargo, el ejército alemán se quedó a las puertas de París. Los británicos intervinieron en favor de los franceses y el resultado fueron cuatro largos años de guerra en los que apenas sucedió algo, excepto la masacre y mutilación de millones de seres humanos.

Al final se firmó la paz. Una paz tan estúpida que hizo inevitable la Segunda Guerra Mundial, que estalló solo veintiún años después y que produjo un número de víctimas aún mayor.

Se ha escrito mucho sobre “julio del 14”, aquel mes crucial en que la Primera Guerra Mundial se hizo inevitable.

Millones de seres humanos desfilaron hacia la matanza con confianza ciega en su rey, su presidente

¿Cuánta gente había implicada en el proceso de toma de decisiones? ¿Cuántos emperadores, reyes, ministros, parlamentarios, generales, por no mencionar a los intelectuales, periodistas, poetas y demás?

¿Es que eran todos idiotas? ¿Es que estaban todos ciegos ante lo que estaba sucediendo, no ya en sus propios países sino a lo largo y ancho de su continente?

Cualquiera se sentiría tentado de gritar ¡Imposible! Muchos de ellos eran personas muy competentes, bien versadas en historia. Lo sabían todo sobre las antiguas guerras que habían asolado Europa durante siglos.

Y sin embargo… Cada uno de ellos tuvo su parte de culpa en el desencadenamiento de la más terrible de las guerras que hasta aquel momento había conocido la historia. Un acto de absoluta idiotez.

La mente humana es incapaz de aceptar esta verdad. Tuvo que haber otras razones. Razones profundas. Por eso se han escrito innumerables volúmenes que explican la lógica del asunto, por qué fue inevitable, cuáles fueron sus causas “subyacentes”.

La mayor parte de estas teorías son completamente verosímiles. Pero a la vista de las consecuencias del conflicto, resultan poco convincentes. Millones de seres humanos desfilaron hacia la matanza con confianza ciega en su emperador, su rey, su presidente, su comandante en jefe. Nunca volvieron.

¿Acaso es posible que todos aquellos líderes fueran idiotas? Sin duda es posible. Eran idiotas.

No necesito recurrir al ejemplo de las miles de guerras y conflictos que han tenido lugar en otros lugares del mundo porque yo mismo vivo en medio de una guerra.

Qué importa cómo empezó. La situación actual es que en el país que antes se llamaba Palestina ahora viven dos pueblos de diferente origen, cultura, historia, religión, idioma, estilo de vida… Tienen aproximadamente el mismo tamaño.

Los dos pueblos llevan más de un siglo enfrascados en un conflicto.

Binyamin Netanyahu es un político mediocre, carente de visión y de profundidad

En teoría solo existen dos soluciones razonables. O ambos pueblos conviven como ciudadanos iguales de un mismo estado, o viven uno junto al otro en dos estados separados.

La tercera posibilidad, el conflicto eterno, la guerra perpetua, no es una solución.
Es tan evidente, tan sencillo, que negarlo es de una idiotez absoluta.

La opción de convivir en un mismo estado suena lógica, pero no lo es. Es la receta para el conflicto perpetuo y la guerra interna. Por tanto, solo queda lo que se ha dado en llamar la solución de los “dos estados para dos pueblos”.

Cuando llamé la atención sobre ello en 1948, justo después de la guerra en la que se fundó Israel, prácticamente nadie me apoyaba. Hoy en día la idea ha alcanzado consenso global, excepto en Israel.

¿Cuál es la alternativa? No la hay. Tan solo continuar la situación actual, un estado colonial en el que siete millones de israelíes oprimen a siete millones de árabes palestinos. La lógica dicta que esta situación no puede durar eternamente. Antes o después se vendrá abajo.

¿Qué dicen nuestros líderes? Nada. Fingen no darse cuenta del hecho.

En la cúspide de la pirámide tenemos a un líder que parece estar dotado de inteligencia, que es un buen orador, que parece competente. En realidad, Binyamin Netanyahu es un político mediocre, carente de visión y de profundidad. Ni siquiera finge tener otra solución. Tampoco sus colegas y posibles herederos.

¿Cómo definir todo esto, entonces? Lamento tener que decirlo, pero la única definición posible es el gobierno de la idiotez.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 18 Nov 2017 | Traducción del inglés: Jacinto Pariente.

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