El velo y la piruleta

Publicado por

Imane Rachidi

Publicado el 23 Nov 2017

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Una vez un hombre en Egipto
me impuso escuchar su opinión sobre la necesidad que tiene una mujer de cubrirse el pelo con un pañuelo. Su metáfora me provocó ganas de llorar, pero también resumía muy bien la mentalidad de los que defienden que una mujer es propiedad de un hombre, y un solo hombre.

“Imagina que alguien te ofrece dos piruletas, y tienes que elegir una de ellas. Una está envuelta en su plástico. La otra no está cubierta porque alguien la ha probado ya y de haberla usado, está ahora rodeada de moscas. ¿Con cuál te quedarías?”, me preguntaba, con una sonrisa pintada en la cara y un gesto de “¡Te pillé!”.

En la respuesta obvia de quien no quisiera comerse un chupa-chups usado y envenenado por los bichos, una mujer debería encontrar la justificación de por qué usar el pañuelo. Y sobre todo, una fémina debería considerarse una valiosa piruleta.

Una mujer decente no se quita el envoltorio. Solo se lo puede quitar su dueño

¿Qué quería decirme con esto ese amable señor, con el que compartí diez minutos de mi tiempo, y que me obligó a escuchar su brillante argumento? Pues varias cosas. La más directa es que él solo se casaría con una mujer velada y tapada, porque las demás, las que llevan su pelo al aire y usan esas camisetas de manga corta tan provocativas, están envenenadas y rodeadas de moscas y moscones.

Una mujer decente no se quita el envoltorio. Solo se lo puede quitar su dueño, ese hombre que la elige. Afortunada ella.

Estos moscones violarían a una mujer porque consideran que ella lo pide a gritos

¿Moscas? ¿Qué quería decir con eso? Pues gente como él. Hombres que hacen sufrir a cualquier chica que se atreva a salir a la calle sin el envoltorio. Esos que la siguen hasta quedarse sola en un callejón. Los que, además de perseguirla con la mirada hasta que ella desaparezca, no se olvidan de un solo “piropo” para describir su trasero, su codo y su tobillo. Porque una mujer expuesta a los ojos de quienes la acosan en la calle por no ir velada, tapada, que aguanta cómo se le acercan y le hablan, la observan, e intentan descubren si es una piruleta de fresa o de limón, esa mujer atrae a las moscas.

Estos moscones violarían a una mujer porque consideran que ella lo pide a gritos. Por haber elegido no llevar velo (en Egipto) o por haber escogida una minifalda esta noche (en Pamplona). Y si se atreve a quejarse, hasta un juez acabaría apoyando la teoría de “esto es la apocalipsis” y “Satanás ha pervertido a nuestras mujeres”. O que sonreír al día siguiente es señal de que en el fondo le gustaba.

El velo islámico es machista. Habrá aficionadas que digan que es una prenda bonita y que la usan por iniciativa propia. Bien. Adelante. No se lo voy a rebatir. Pero su uso actual y real es político y social, no es una cuestión de estilo ni de belleza, y eso tampoco me lo pueden rebatir ellas, ni ellos, los principales interesados en su uso.

Recuerdo mis tiempos de instituto. Varias chicas con las que compartía clase, o recreo, aparecían de un día para otro con el pelo cubierto. Algunas se lo quitaban en horario escolar y se lo volvían a poner en la ruta hacia casa. Esas me explicaron que su padre les había obligado a llevarlo y que no le iban a llevar la contraria.

Otras no. Varias lo llevaban todo el tiempo porque tenían claro que era una cuestión de identidad. Me lo explicaron como una señal de que han llegado a la edad casadera, de que ya no son chiquillas sino mujeres de los pies a la cabeza, y han de actuar como tal. El pañuelo era para ellas como una especie de abrirse un perfil en Tinder: mandar la señal de búsqueda. “Ya tengo una edad. He visto que hay muchos chicos musulmanes aquí, así que me lo he puesto, porque yo quiero”, me dijo una de ellas. Claro. Ponerse el velo para ser piruletas con envoltorio, esa es la simbología, esa es la identidad.

Yo he usado el velo en alguna ocasiones y no por gusto ni por respeto, sino por miedo

Esas chicas: Nayat, Miriam, Fátima y Zineb empezaron a desaparecer del instituto a medida que cumplían los 16 años, la edad en la que la educación deja de ser obligatoria en España. Los chicos – por otros motivos – también, aunque a ellos les conocía menos. Nunca me había puesto el envoltorio, con lo que nuestras conversaciones se limitaban a menudo a insultos de su parte. De todas formas, ni el matrimonio es mi fuerte, ni mi padre le tenía alergia a mi melena.

Yo he usado el velo en alguna ocasiones y no lo he hecho precisamente por gusto, ni tampoco por respeto, sino por miedo. En El Cairo y en Marruecos, en ramadán. No me he mirado al espejo para ver si me combinaba con el resto de la vestimenta. Lo he usado para protegerme de las miradas que me rodeaban, para pasar desapercibida. No me gusta que me acosen en la calle, ni que me miren como si ese hubiera de ser mi último día de vida. Me cubría el pelo cuando estaba en medio de una situación desagradable. Lo hice para no llamar la atención.

El día que una mujer se cubra el pelo por una cuestión de belleza, otro gallo cantaría. Una mujer que usa el velo por belleza, también se lo quitaría por cuestiones de belleza cuando le apetece. Hasta entonces, y mientras se siga haciendo política desde un lado y otro sobre su uso y su prohibición, mientras la dignidad de una mujer esté en su velo, seguimos siendo piruletas.
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