Ojalá te destruyan la casa

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 21 Ene 2018

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Cuando conocí a Yasser Arafat en el Beirut sitiado del verano del 82, Abu Mazen no estaba presente. Cuando me reuní con él en Túnez unos meses después, me pidió que también me reuniera con Abu Mazen.

Resulta que Abu Mazen era el líder de Fatah a cargo de los asuntos israelíes.

Mi primera impresión de Abu Mazen, Mahmoud Abbas, fue que era exactamente lo contrario que Arafat. Tenía aspecto de director de colegio.

Arafat era extrovertido. Le gustaban los abrazos y los besos y establecía relaciones cercanas con la gente desde el principio. Abu Mazen es mucho más tímido y reservado. Sin embargo, me gustó su personalidad.

Ya entonces, hace 35 años, era uno de los líderes de primer orden tanto de Fatah como de la OLP, codo con codo con personajes como Abu Yihad (asesinado por Israel), Abu Iyad (asesinado por extremistas palestinos) o Faruk Kaddoumi (expulsado por su oposición a los Acuerdos de Oslo).

Abbás no cree en la violencia. No es su naturaleza. Cree en la gran arma de los árabes: la paciencia

Siempre que visité a Arafat en Túnez me reuní también con Abu Mazen. El hecho de que hubiera nacido en Safed, un pueblo de población mixta judía y árabe en el norte de Israel, supuso un vínculo adicional entre nosotros. Safed era el segundo hogar de mi esposa, Rachel, que pasaba allí los veranos cuando era niña. Su padre, pediatra, ejercía su profesión allí durante los veranos. Abu Mazen no pudo recordar si había sido tratado por él de niño, antes de que su familia tuviera que huir del lugar en 1948.

Tras el asesinato de Arafat (no tengo pruebas pero creo que fue asesinado), Abu Mazen asumió el mando de Fatah (el partido) y de la OLP (el semigobierno). No es un segundo Arafat; no tiene ni la estatura heroica ni el estatus internacional del Fundador. Sin embargo, todos lo aceptaron.

Como líder de un pueblo pequeño y débil enfrentado a un adversario mucho más fuerte, Arafat sostenía que los palestinos debían utilizar la totalidad de los no muy numerosos medios a su disposición: organización, diplomacia, violencia… lo que fuera. Sin embargo, después de la Guerra del Yom Kippur (1973), comenzó a preparar el camino para los Acuerdos de Oslo. Me dijo: “Cuando vi que después de una enorme victoria inicial por sorpresa, los árabes perdimos la guerra, me di cuenta de que sería imposible recuperar nuestra tierra por las armas”.

Mi opinión es que Abu Mazen no cree en la violencia. No es su naturaleza. Cree en la gran arma de los árabes: la paciencia.

La doctrina de Abbás es esperar a que las circunstancias cambien. Dejar que Israel se agote

Los árabes tienen un concepto del tiempo muy distinto del de los israelíes. Los israelíes somos impacientes, necesitamos gratificación inmediata. Nuestra historia política es corta, nuestro país se fundó hace apenas 70 años. No tenemos ninguna paciencia.

La historia de los árabes es larga y está llena de vicisitudes. Están acostumbrados a esperar. La paciencia es un arma poderosa.

Creo que frente al poder de Israel la verdadera doctrina de Abu Mazen es esperar pacientemente hasta que las circunstancias cambien. Dejar que Israel se agote. Y mientras tanto, resistir, aferrarse a la tierra, no ceder ni un palmo. Los árabes llaman a esta estrategia sumud (tenacidad, perseverancia). Tardaremos una generación, dos, tres, pero al final venceremos.

Quizá no sea una estrategia popular ni heroica, pero puede que a la larga sea efectiva.

Al menos, esa es mi hipótesis.

A pesar de todo, incluso alguien como Abu Mazen puede perder la paciencia de vez en cuando.

Su ya célebre discurso de Yekhreb Beitak ha sido una de esas ocasiones.

Estados Unidos fingen ser el árbitro imparcial entre sionistas israelíes y árabes

Yekhreb Beitak significa literalmente Ojalá te destruyan la casa. En el vasto arsenal de insultos árabes es uno de los más suaves. Podría traducirse como maldito sea. Desafortunadamente, en hebreo moderno no tenemos palabrotas, así que los israelíes hebreoparlantes de hoy las tomamos prestadas del ruso o del árabe.

Desde cualquier punto de vista, Donald Trump es capaz de sacar de sus casillas a cualquiera. Desde el punto de vista palestino, merece maldiciones mucho peores.

Hace ya muchas décadas que los Estados Unidos fingen ser el árbitro imparcial entre sionistas israelíes y árabes. Todos los presidentes han presentado planes de paz y organizado iniciativas de paz, ninguna de las cuales ha llegado a ninguna parte. Tanto la iniciativa de paz egipcio-israelí como los Acuerdos de Oslo se concibieron a espaldas de los americanos.

El motivo es sencillo: en los Estados Unidos hay millones de votantes judíos, la mayoría de los cuales son ardientes sionistas. Después de abandonar a su suerte a los judíos europeos durante el Holocausto, el remordimiento les corroe. Los votantes árabes dan igual.

Por lo tanto, uno tras otro, los presidentes, excepto Dwight Eisenhower, que gozaba de tal popularidad que no necesitaba el voto judío, han estado siempre del lado de Israel. Dado que los sucesivos gobiernos israelíes se han negado a devolver los territorios ocupados, especialmente Jerusalén Este, la imparcialidad americana ha sido una farsa.

Trump ha nombrado a su yerno judío y a otros sionistas como mediadores entre Israel y los palestinos

Pero lo de Trump es lo nunca visto. Ha nombrado embajador en Israel a un devoto sionista judío de derechas. Ha nombrado a su yerno judío y a otros sionistas como mediadores entre Israel y los palestinos. Y finalmente ha reconocido Jerusalén como capital de Israel y ha anunciado que trasladará la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén.

Si se hubiera referido a Jerusalén Oeste, la tormenta habría sido más suave. En la práctica, todo el mundo está de acuerdo en que Jerusalén Oeste es la capital de Israel. Pero Trump ha hablado de todo Jerusalén, apuntando de boquilla que en algún punto del futuro se delimitarán las fronteras definitivas.

El verdadero campo de batalla es Jerusalén Este, claro está. El gobierno israelí lo reclama como lugar de nacimiento de la religión hebrea y como ubicación del Primer y el Segundo Templo y del Muro de las Lamentaciones, que formaba parte del muro de cimentación del Templo, no del Templo en sí.

Reconocer “Jerusalén” como parte del Estado Judío ha supuesto un grave golpe a las más profundas creencias religiosas y nacionalistas de los árabes.

En 1948 propusimos una “Jerusalén unida, capital de los dos Estados”: sigue siendo la única solución

Cuando Naciones Unidas diseñó el plan de partición en 1947, definió un estado judío y otro árabe y dejó Jerusalén como unidad independiente. Ninguno de los bandos aceptó la medida.

Inmediatamente después de la Guerra de 1948, cuando mis amigos y yo pergeñamos el primer plan de paz basado en el principio de “dos estados para dos pueblos”, propusimos una “Jerusalén unida, capital de los dos estados”. Hoy en día sigue siendo la única solución viable.

El ya fallecido Faisal Husseini, líder indiscutible de la población palestina de Jerusalén Este, aceptaba este principio. Aparecemos juntos en muchas fotos bajo este eslogan en cientos de manifestaciones. Abu Mazen también lo acepta.

Entonces ¿qué ha dicho Abu Mazen en su largo discurso en el Parlamento palestino, aparte de la maldición medio humorística que ha copado los titulares?

Había poco de nuevo en sus palabras. Ha confirmado los términos del “plan de paz árabe”, con el que yo estoy completamente de acuerdo.

Ha rechazado de plano la llamada “solución de un estado”, que ciertos extremistas de izquierdas defienden ahora por pura desesperación. Esta solución implicaría un estado de apartheid dominado por Israel.

Abbás ha puesto fin a la ilusión de que los Acuerdos de Oslo siguen vivitos y coleando

Ha puesto fin a todos los eslóganes falsos que circulan por ahí: la idea de que los Estados Unidos pueden ejercer el papel de mediador en el conflicto; la ficción de que existe un “proceso de paz”; la ilusión de que los Acuerdos de Oslo siguen vivitos y coleando.

Las resoluciones de la reunión del Consejo Central de la OLP, el Parlamento palestino, rechazan finalmente la noción de que Estados Unidos pueda ejercer de mediador imparcial.

El Consejo ha decidido también “suspender el reconocimiento de Israel”, lo cual es un gesto más bien vacío. Pero también ha ordenado “detener la coordinación (con Israel) de la seguridad en todas sus formas”, lo cual es un asunto mucho más serio. Dudo que Abu Mazen pueda hacer algo así.

El Consejo se ha referido específicamente a la joven Ahed Tamimi, que abofeteó a un oficial del ejército israelí ante las cámaras, a la que yo he llamado la Juana de Arco palestina.

Ha hecho un llamamiento al boicot de productos israelíes, boicot que Gush Shalom, el movimiento pacifista al que pertenezco, comenzó ya en 1988. Pero también ha llamado a apoyar el movimiento BDS, que propugna el boicot de todo lo israelí.

A falta de algo mejor, también pide más implicación diplomática por parte de Naciones Unidas, el Tribunal Penal Internacional y otras instituciones internacionales.

Nada nuevo. Solo la voluntad de resistir.

Abu Mazen no tiene heredero político. Como tantos líderes políticos en todas partes del mundo, detesta la idea.

Aunque es más joven que yo, tiene ya 82 años. Se diría que ha decidido vivir para siempre. Como yo.

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© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 20 Ener0 2018 | Traducción del inglés: Jacinto Pariente.

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