Se fugan los años sesenta

Publicado por

Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 3 Feb 2018

Publicidad

opinion

 

Al despertar el martes 5 de diciembre, recibí un sms de una amiga que, en un primer momento, me alarmó: “¡Qué dolor! Mi amigo ha muerto”. Yo, inquieto: “¿Quién?”. “Mi amigo Jojo”. No escucho la radio por la mañana, por eso tardé unos segundos en entender que se trataba de Johnny Hallyday. “Duele tanto como cuando murió mi hermano”.

Es difícil entender la emoción desatada por la muerte de Johnny en Francia. El rockero era prácticamente un desconocido fuera de Francia y del área francófona. Pero el 100% de los franceses saben quién era, y todos conocen varias de sus canciones.

Johnny era como un hermano para millones de francesas y franceses: ídolo de la clase obrera

Johnny Hallyday no tenía nada de norteamericano: se llamaba Jean-Philippe Smet y era de origen belga. Al inicio de los años sesenta, los productores apodaban a muchos debutantes con nombres de películas del Oeste, muy populares en aquel entonces: Johnny Hallyday, Dick Rivers, Eddy Mitchell, Mike Brant, Sheila, Ringo… No todos cambiaban de nombre: el elenco se completa con Sylvie Vartan (casada con Johnny ante el acoso de todos los medios, como ocurrió con la boda de Sheila y Ringo), Françoise Hardy y Jacques Dutronc (otra pareja mítica), Claude François, Christophe, Michel Polnareff, Barbara, Antoine, Michel Delpech, France Gall…

Casi todos estos artistas irrumpieron al mismo tiempo gracias al impacto de la televisión, cuya presencia se fue generalizando en los años sesenta, que difundía programas de “variétés” y concursos para jóvenes cantantes. La tele inventó la ola “yé-yé”, como llegaron a ser calificados los que cantaban versiones en francés de hitos norteamericanos: Johnny Hallyday y Sylvie Vartan fueron los más destacados.

Johnny era como un hermano para millones de francesas y franceses. Algunos comentaristas han considerado que solo era querido y acompañado en su entierro por la gente “blanca”, en una lectura racializada del pueblo que ya empleó Olivier Todd para “analizar” el movimiento Je Suis Charlie. Tal inclinación ideológica, disfrazada de sociología, a identificar la raza como rasgo fundamental del comportamiento, se ha vuelto corriente en importantes sectores de la izquierda. Yo conozco a bastante gente de origen argelino o marroquí – con quienes he crecido – que lo idolatraban, como para poder afirmar que Johnny Hallyday era, sencillamente, el ídolo de buena parte de la clase obrera, es decir, hoy en día, millones de paradas y parados.

Con Johnny los medios escenificaron el “sueño americano” a la francesa

Johnny empezó como representante de los jóvenes gamberros, que destrozaban la sala de L’Olympia en sus conciertos, se gastaban su sueldo mínimo del trabajo en la fábrica para comprar una moto e ir a emborracharse y pelearse en bares del barrio de La Bastille en París. Su fama cobró una dimensión especial con la escenificación del cuento de su vida, marcada en sus inicios por el abandono de su padre y una infancia sin ver a su madre, su gran belleza de varón y su personalidad singular mezclando violencia en su cante, virilidad en su actitud, timidez y aparente buena educación cuando contestaba a entrevistas.

Con Johnny los medios escenificaron el “sueño americano” a la francesa: Johnny en Harley Davidson recorriendo la ruta 66 de EEUU, Johnny tumbado en su limusina, drogado y borracho, Johnny conquistando actrices y modelos, agregándolas a su colección, Johnny y su yate lujoso, su casa en Los Ángeles y su chalé en la isla caribeña francesa de Saint-Barth’, allí tomando copas con sus vecinos: celebridades francesas, corruptos y evasores fiscales… como él.

La gente que lo amaba tenía su edad, y los hijos e hijas de esos primeros fans entregados y otra generación más heredaron esa devoción sorprendente. Johnny se convirtió en el que conseguía la vida que ellos sonaban, cumpliendo ese sueño de éxito individual total mientras ellos seguían viviendo su condición modesta de obrero o empleado. Tal sueño no aparece tan amable, progre, generoso y solidario como suele ser la clase obrera soñada por la mística revolucionaria y filmada por Ken Loach.

Muestra cómo convertirse en súperrico y evadir impuestos puede ser una hazaña aplaudida por las clases populares. Muestra también la gran influencia conseguida por la cultura y el imaginario de EEUU, que tiene mucho que ver con la actuación en Francia del ejército norteamericano en las dos guerras mundiales. Johnny y los rockeros imitadores de americanos consiguieron la mayor fama popular al mismo tiempo que De Gaulle cerraba las bases militares de EEUU en Francia y sacaba el país del mando unificado de la OTAN (lo que Sarkozy revirtió hace diez años, acatado después por Hollande y ahora Macron). Eso deberían pensárselos todos los que afirman que el pueblo francés no es un pueblo occidental.

Convertirse en súperrico y evadir impuestos puede ser una hazaña aplaudida por las clases populares

A pesar de ser hasta su muerte despreciado por la izquierda pija heredera del Mayo 68, Johnny Hallyday fue en sus inicios reconocido como artista de interés nada menos que por Elsa Triolet y Louis Aragon, los intelectuales oficiales del partido comunista francés, que con la revista Les lettres françaises gozaban de una influencia determinante en el mundo artístico. Johnny ha dejado centenares de canciones, la gran mayoría anecdóticas, pero muchas de ellas compuestas por los mejores músicos del momento y con letra a veces excelente, como las canciones escritas por el franco-español republicano y anarquista Étienne Roda-Gil.

Bueno, debo confesar que a mí no me gustaba; yo me quedo con el inmenso Jacques Brel. Será en parte porque siendo yo niño mi padre se enfadaba cuando Johnny salía en la tele, es decir ¡con frecuencia! Pero alguna canción suya se te acaba quedando en la mente para siempre (yo me quedo con “¿Quoi ma gueule?” y “Ça ne pleure pas un homme”).

Étienne Roda-Gil decía que Johnny exponía una herida abierta, que la gente sabia reconocer y que le llegaba al corazón. En sus canciones siempre escenificaba y ahondaba en su personaje mítico, en sus apariciones en el cine también, y esa herida dolorosa y enfadada solía aflorar en sus inmensos conciertos.

Claude François fue el otro cantante de los sesenta que al morirse desató una inmensa emoción popular en Francia; fue en 1978. Pero no se le organizó entonces un funeral oficial de Estado, y ningún ministro se atrevió a compararlo a Victor Hugo, como si se ha permitido una ministra de Macron hablando del duelo popular hacia Johnny Halliday. Tal afirmación no solo muestra la ignorancia satisfecha de esa generación de políticos al gobierno, también muestra el desprecio y la voluntad oportunista de recoger la adhesión del pueblo a cualquier precio, como desde tantos años hacen los políticos de EEUU.

Comparar a Hallyday con Victor Hugo, el oportunismo de recoger la adhesión del pueblo a cualquier precio

Durante su preparación a la campaña electoral, Macron tuvo conversaciones con intelectuales destacados. Se vio con el geógrafo Christophe Guilluy, que describió a partir de 2004 cómo la mayoría de la población francesa sufre las consecuencias de la mundialización, se encuentra profundamente dividida por las evoluciones de la inmigración y desaparece de la agenda política al ser empujada cada vez más lejos fuera de los centros urbanos.

Al preguntarle Guilluy a Macron que pensaba hacer para ellos, Macron habría contestado “No lo sé”. Con la muerte de Johnny Hallyday, ha sabido qué hacer para esa parte del pueblo: ha montado un funeral de Estado y ha echado un discurso. Al verlo subirse al carro del sentimiento popular, me he acordado del presidente de EEUU interpretado por Jack Nicholson en Mars Attacks, cuando le pide a su ‘spin doctor’ escribirle un discurso de bienvenida a los marcianos que sea acorde con su traje Cerruti.

Eddy Mitchell, rockero y actor francés de calidad (de verdad se llama Claude Moine) se ha jubilado hace dos años. Pero inmediatamente después de su disco de despedida ha realizado una gira conjunta con Jacques Dutronc y Johnny Halliday, titulada “Los viejos canallas”. Sabían que Johnny tenia los días contados, y esa gira era un adiós al público entre viejos amigos.

Dutronc también se ha convertido en leyenda viva de la canción francesa, con “Paris s’éveille” entre muchos títulos exitosos.

France Gall ha muerto el 7 de enero pasado. Se hizo famosísima con 17 años, ganando Eurovisión con una canción escrita por Serge Gainsbourg (muerto en 1991), que le escribió después el súperexito “A Annie le gustan las piruletas, laqs piruletas de anís”. Sigue corriendo la leyenda (muy probablemente falsa) según cual France Gall no entendió entonces el significado erótico de la letra, a pesar de la fama de Gainsbourg, amante de la cultísima Brigitte Bardot con quien cantó “Bonnie and Clyde” y “Je t’aime moi non plus” y para quien escribió “Harley Davidson”.

Charles Aznavour sigue cantando, con 94 años de edad y Julien Clerc sigue guapo

Brigitte Bardot sigue viva, pero ha sufrido el desprecio de los medios desde cuarenta años por haberse dedicado apasionadamente a la defensa de los animales… y también por sus simpatías con la extrema derecha. La prensa se hace eco de inquietudes sobre la salud de Michel Polnareff, que ha tenido que interrumpir una gira este año. También Jacques Dutronc parece no estar muy bien.

A Pierre Perret le acaban de dedicar un disco homenaje toda una generación de jóvenes artistas. Y mira que Charles Aznavour sigue cantando, con 94 años de edad. Salvatore Adamo también permanece activo, y Julien Clerc sigue guapo. Mireille Mathieu es ahora casi desconocida en Francia, pero realiza conciertos multitudinarios en Rusia.

En enero de 2016 murió Michel Delpech, que atravesó las décadas sesenta y setenta con una camisa abierta sobre su pecho viril, la devoción de miles de mujeres y también con canciones inscritas en la memoria francesa, algunas verdaderamente finas y poéticas detrás de su aparente ligereza.

Últimamente ha muerto el icónico cocinero Paul Bocuse, máximo “chef” e iniciador de la “grande cuisine” francesa.

Las muertes de Bocuse y de France Gall, como la de Delpech el año pasado, han generado emoción y nostalgia. Nada que ver con la ola emocional producida por la muerte de Johnny Halliday, pero con ellos se está desvaneciendo una época.

Tiempos de triunfos tecnológicos, cuando Francia construía centrales nucleares y bombas atómicas

Desaparece la época de Charles De Gaulle y de su corriente política, el gaullismo, que llegó hasta el año pasado, lo que es muchísimo ya. Época de hegemonía del soberanismo francés que miraba con recelos la “construcción europea”, hoy cualquier discurso de De Gaulle seria tachado de populismo malvado. Tiempos de descolonización con las independencias de Marruecos, Túnez y los demás países africanos, tiempos de la guerra de Argelia que acabaría en 1962 con el éxodo masivo de centenares de miles de ‘pieds-noirs’ y ‘harkis’ expulsados de la nueva Argelia independiente.

Tiempos de triunfos industriales y tecnológicos, cuando Francia construía decenas de centrales nucleares y también bombas atómicas, lanzaba submarinos nucleares, producía sola helicópteros, barcos gigantes, aviones de caza y aviones civiles iniciando Airbus, desarrollaba las investigaciones para el tren de alta velocidad, empezó a lanzar cohetes y satélites desde Guyana francesa, desarrollaba electrónica de punta, producía coches que como en Citroën Tiburón conseguían la fama que tienen hoy los coches alemanes. Tiempos de ‘grandeur’, de independencia y orgullo nacional, pero también de dura lucha de clases.

Tiempos del Tour de France ciclista televisado cuando Raymond Poulidor, eterno secundo, no podía con el fenomenal Jacques Anquetil. Tiempos en televisión de la estupenda serie animada “Les Shadocks” con la voz única de Claude Pieplu (“Más vale movilizar su inteligencia para gilipolleces que movilizar su gilipollez para cosas inteligentes”), de las canciones cómicas de Henri Salvador, de la popularización de clásicos literarios franceses adaptados en películas de grandísima calidad para la tele. Tiempos de la “nouvelle vague” en el cine, de Truffaut, Godard, de Belmondo y Jeanne Moreau, de Johnny Hallyday, Claude François y los “yé-yé”.

Es la Francia clásica del siglo XX, la del gaullismo y del desarrollo, la Francia ambiciosa de los años sesenta, que se está desvaneciendo de la cultura y la política de este país, como la juventud y la vida de todos los amantes de Johnny.

·

© Alberto Arricruz |  2 Feb 2018

¿Te ha interesado esta columna?

Puedes ayudarnos a seguir trabajando

Donación únicaQuiero ser socia



manos

Post relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *