«En este oficio uno apuesta por vivir en la cuerda floja»

Luis Pastor

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 13 Feb 2018

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Luis Pastor | © Antonio Barcé


Sevilla | Enero 2018

Tras toda una vida en los escenarios, Luis Pastor (Berzocana, Cáceres, 1952) ha aparcado por una vez la guitarra para tomar papel y pluma y poner por escrito sus memorias. El autor de discos como Diario de a bordo, Soy, Pásalo o En esta esquina del tiempo lo ha hecho además en octosílabos, y el resultado tiene el mismo título que su último álbum, ¿Dónde están los cantautores? El sello Capitán Swing es el encargado de publicarlo.

Un problema clásico que tal vez hayan tenido los cantautores es la dificultad para delimitar su definición, ¿no? Porque no son exactamente como los songwriter anglosajones, aunque compartan el nombre…

«Ha habido años en que no había ganas de poesía ni de cantautores, por más que algunos triunfasen»

En España hay un apelativo negativo que se acuña al final de la Transición, cuando cantautor vino a ser sinónimo de tío coñazo, aburrido, el barbudo con su guitarrita, y de alguna manera eso se queda. Y hace que en los 80 y 90 muchos renuncien al término, se sienten señalados por el hecho de llamarse cantautores. Ya no, la cosa se ha normalizado, la poesía vuelve a ser una ventana a la sensibilidad y los oídos de mucha gente. Es verdad que ha habido años en que no había ganas de poesía ni de cantautores, por más que algunos triunfasen. Pero aquel colectivo de cantautores que luchó contra la dictadura, que éramos abanderados de las reivindicaciones sociales en este país y jugamos ese papel porque nos tocó jugarlo, es la historia que he querido contar, más allá de la radiografía del franquismo, la vida en la dictadura y todo lo que cuento en mis memorias.

Hay quien habla de la llegada de la democracia como el momento clave: cuando la gente se expresó a través de las urnas, dejó de necesitar la mediación de los cantautores. ¿Fue así?

No creo que fuese así. Creo que fue más bien la renuncia a las señas de identidad, a la memoria de los partidos que pasaron a gobernar en ciudades y en la administración central. Pero es relativo, ese análisis es el mío, no el de todos. Otros nadaron en mejores aguas. Yo me retiro en el 79, soy un hombre conflictivo, señalado, que ha hecho dimitir a la mano derecha de Suárez en Televisión Española. Pero soy un mindundi, un muchacho de barrio, y eso tiene sus consecuencias, es una manera de ser, de ser cantante sobre todo.

¿Cuál es esa manera?

«Multas y persecuciones a raperos, a titiriteros… una dinámica que son tics de la dictadura»

Yo soy el que soy por mi propia historia, por mi procedencia, por mi barrio de Vallecas, lo que significó aquellos años de sueños, de utopía, de ilusiones… Unas se consiguieron y otras no, pero lo que vivimos es inolvidable. Y no es un recuerdo mío solo, es de millones de españoles. Yo estaba en la música, pero había muchos frentes, universitarios, colectivos, trabajadores, células clandestinas de sindicatos, barrios, clubes juveniles… Era un tejido social que fue conformando un movimiento ciudadano que haría posible que el régimen, en lugar de alargarse diez años más, una vez muerto el gran jefe, durase menos tiempo.

Usted conoció la censura muy pronto, desde su primer disco. Cuando se habla ahora de censura, ¿se refiere a lo mismo? ¿Ha cambiado el sentido de esa palabra, se frivoliza con ella?

Creo que con la censura nunca se frivoliza, como sucede con los términos dictadura y democracia, equiparándolos cuando no hay memoria y no hay constancia de la Historia. Pero hay cosas que se censuran en democracia que no tienen por qué ser censurables. Multas y persecuciones a raperos, a titiriteros… Estamos en una dinámica que son tics de la dictadura, no de la democracia. No hay que equiparar el sentido sobre el cual a veces frivolizamos ciertos partidos jóvenes, como no dar importancia a lo que supuso a la Transición. Eso es tirar por tierra nuestra propia memoria desde la izquierda.

Y el público, ¿cómo ha cambiado a lo largo de estos años?

Para aquellos cantantes de largo recorrido y que tenemos una obra, hay un público fiel, pero en nuestro caso hay un corte, una brecha grande que se produce con el desencanto del 78-79, renunciar al cantantautor, a los poetas, a la esencia de la cultura de aquellos años. A partir de ahí se construye otro público, el anterior abandona. Yo hago un público nuevo en la tele, me hago famoso, pero es verdad que no es el mío, es un público efímero. Y una vez transcurren los 80, donde la cultura es gratis, donde no sabes si estás cobrando por tus propios méritos o por la propia realidad. Desde final de los 80, conquisto una generación nueva con Diario de a bordo, Por el mar de mi mano, Soy, los libro-discos…

¿Un público nuevo?

Un público que viene a los locales pequeños, a los bares, y todo se va retroalimentando. Y ahora, con ¿Dónde están los cantautores?, siento que la gente de mi generación me está retomando. Ese poema ha tenido en Spanish Revolution 7 millones de descargas, tiene la fuerza para remover y levantar el culo de los asientos de gente de mi generación que se ha conformado, que se ha acomodado, que ha renunciado a su memoria.

Y se rejuvenece el perfil de su seguidor…

«A mi hijo Pedro yo le doy público, y él me trae chavales y chavalas jovencísimos a mis conciertos»

Hay una mezcla de todo. Me pasa con mi hijo Pedro, de 22 años, a quien yo le doy público, y él me trae chavales y chavalas jovencísimos a mis conciertos. Hay una nueva remesa de jóvenes cantautores y un despuntar de la poesía donde los cantautores son una pieza clave, como vemos en el caso de Marwan, que están rompiendo los parámetros de ventas de poesía. Muchos chicos van a descubrir por ahí a los grandes poetas, a Miguel Hernández, y a Neruda, y a Lorca, a Machado, a Guillén, a Vallejo y tantos otros.

Se le conoció como maestro de cantautores, no solo como compañero leal, sino también como quien siempre ha tendido la mano a los más jóvenes. Y a veces, incluso esos jóvenes acababan siendo más famosos que usted. ¿Cómo lo encajaba?

«Lo aprendí de los portugueses en los 70, eso de compartir el escenario»

Así es [risas] Pues con mucha alegría, y mucha riqueza. No son ellos los que aprenden de mí, yo también aprendo de ellos. Eso me mantiene en la profesión con la energía, la vitalidad y las ganas todavía intactas, después de los desengaños que llevo vividos. Es verdad que ha habido generaciones, como la de los 80, con [Javier] Batanero y demás, que no cuajó tanto. Luego con los posteriores, Pedro Guerra, Ismael [Serrano], Javier Álvarez, yo estaba ahí. Con Marwan y toda esa gente que está ahora triunfando, yo estaba ahí. Siempre he estado ahí porque lo aprendí de los portugueses en los 70, eso de compartir el escenario. La primera vez que vi a José Afonso, en el San Juan Evangelista, venía con cuatro cantautores jóvenes que tocaban la guitarra para él, y luego él los dejaba cantar un par de canciones, para que el público español los conociera. Estamos obligados a esa generosidad, ya que tenemos la suerte de haber hecho posible el sueño de vivir de lo que nos gusta. Y me alegro del éxito de todo aquel que a través de su capacidad musical, poética y personal, ha sido capaz de trascender.

A propósito de los portugueses, usted ha sido de los pocos exponentes de la cultura española que no volvió la espalda al país vecino, y se interesó por su cultura. ¿Eso le viene por su cuna extremeña?

No, porque yo estoy en el noreste de Cáceres, mi único conocimiento de Portugal cuando vivía en Berzocana era una señora portuguesa que venía vendiendo una vez al mes café de contrabando El Camello. Mi acercamiento a Portugal tiene que ver con la música y sus cantautores. Cuando descubrí con 17 años –esto no lo cuento en mis memorias, pero es una anécdota muy linda- a un vecino rubio, con barba y pelo largo, al que llamábamos Cristo Moto, que hizo la heroicidad de ir de Vallecas a Lisboa en vespino, ida y vuelta. Ahí me trajo singles de José Afonso y de algunos más. Me apasionó su voz, su lírica, y la cercanía de un idioma que para mí era más comprensible que el inglés.

¿Hasta hoy?

Esa pasión no ha decaído, ha alimentado mi música, mis influencias han tenido que ver con Portugal, Angola, Mozambique, Cabo Verde, he musicado para Cesária Évora… Hay todo un mundo ahí que he querido trabajar, hasta acabar grabando en portugués dos disco-libros de José Saramago, el último en concreto solo en portugués, El viaje del elefante, que he estado haciendo durante tres años en Portugal. Cuanto canto a Saramago en España trato de cantar en portugués, para que la gente ponga oído para ese idioma. Porque aquí decimos que no los entendemos, pero ellos nos entienden perfectamente. Es una cuestión de actitud.

¿Qué recuerda más de su experiencia con Saramago?

El privilegio y la amistad de una persona excepcional, generosa y sabia al mismo tiempo, que sabía explicar en ejemplos y palabras sencillas lo que a veces nos empeñamos en hacer complicado. Tuve la suerte de hacer el disco En esta esquina del tiempo, donde participó él hasta en la elección del color de la portada, y de estar con él en actos políticos, manifestaciones, manifiestos… Estuve con él en la primera manifestación del 2003 en todo el mundo contra la guerra, y compartimos momentos de charla en su casa, de café, de libros debajo del brazo.

Usted también supo lo que era crear su propio sello discográfico. ¿Ha sido la industria más dura con los cantautores que con otros sectores?

«Hay una democratización de las formas de grabar, antes exclusivas de los que tenían mucho dinero»

No, no, creo que el declive de la industria va más allá de las etiquetas. Hay una realidad, una nueva manera de hacer llegar la música, unos formatos que caen, las redes como una forma diferente de oír música, hay una crisis real en las casas de discos, hay una democratización de las formas de grabar, que antes eran exclusivas de los que tenían mucho dinero, con aquellos sellos y sus estudios grandilocuentes… Todo eso ha cambiado y ha hecho que la música vaya por otros derroteros.

¿Porque se compra menos?

En el fondo, antes de la crisis gorda la industria ya dejaba fuera a quienes como yo vendían menos de 300.000 discos. Se ponían un tope, tenían que presentar cuentas a sus multinacionales a final de mes, y había una estrategia puramente comercial. La industria, como en todo, quiere exprimir y ganar, pero también es verdad que en los 70 hubo algún sello que apostó por los cantautores. Pero creo que no influye más ni menos. El cantautor tiene la suerte de ser un superviviente que solo depende de su guitarra sobre el escenario. A veces los grupos se deshacen en épocas de crisis, y los líderes acaban convirtiéndose en cantautores porque es una forma más fácil de sobrevivir.

Imagino que ha conocido también eso de no llegar a fin de mes. ¿De dónde saca uno fuerza y convicción para seguir, en ese caso?

«Las crisis que uno pueda vivir no tienen que ver tanto con el dinero como con la creatividad»

Hombre, creo que uno en este oficio apuesta por ese riesgo de vivir en la cuerda floja, no sabes cuándo vas a tener, y eres un manirroto cuando tienes algo. Pero también es bonito vivir en sa situación. Es verdad que el día que no tienes, piensas “joder, si yo soy bueno, me tengo que poner la pila”. Y te pones la pila y vuelve a salir el trabajo. Las crisis que uno pueda vivir en tantos años no creo que tengan que ver tanto con el dinero como con la creatividad, las ganas de creerte lo que haces. Uno tiene muchas muertes y resurrecciones, pero te salva la poesía, la música y el espejo en el que tratas de reflejarte.

Si no hubiera sido músico, ¿sabe qué habría sido?

Picapedrero, amo de casa, no sé… [risas] Yo sé que tengo una procedencia humilde, sé lo que es trabajar. Cuando ha habido que apechugar, siempre lo he hecho. No me asusta nada. Creo en el trabajo como forma de ganar para vivir, no como una obsesión o una dedicación. Trabajo lo imprescindible. El resto del tiempo es para ti, para quererte, mirarte, querer al otro, ver una puesta de sol… Eso es lo que hay que conseguir.

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