Autorretrato con niña

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 12 Mar 2018

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Farideh Lashai
Llegó el chacal

 

Género: Ensayo
Editorial: Ediciones de Oriente y del Mediterráneo
Páginas: 276
ISBN: 978-849465-643-9
Precio: 20 €
Año: 2003 (2017 en España)
Idioma original: farsi
Título original: Shal Bamu
Traducción: Maryam Esmailpour


No me he enterado
todavía de nada. Veamos: la historia arranca en Estambul, donde se halla la narradora-autora-protagonista, la pintora iraní Farideh Lashai, camino del exilio a Estados Unidos, con su hija pequeña y con su madre. Es 1981, Jomeini lleva dos años en el poder, acaba de empezar la guerra Iraq-Irán, caen bombas en Teherán y no sabemos de qué huyen las tres.

Impresiones de la ciudad, una imagen de la niña jugando, algún diálogo. Otra imagen de la niña jugando, pero ahora en una playa. En Irán. No es la misma niña. Es la autora. Un flashback. Y otro. Y otro. Esto parece un collage de flashback. Casi siempre es una niña jugando en alguna parte. Pero ya no es la autora: ahora es la madre, Parvin, cuya infancia a orillas del Mar Caspio, o por ahí, va tomando forma. Y en algún momento, o eso parece hasta vemos de joven a la madre de Parvin…

No hay manera de enterarse de nada, pero Farideh Lashai cautiva. Como cuando habla de Turquía: “Me hacía ilusiones en vano considerándolos asiáticos. Su Asia es menor”.

Farideh se educa con Brecht, como toda su generación en Irán

De esta frase no deduzcan que la autora se siente asiática frente a esa entelequia que hoy día se ha dado en llamar Occidente. No, no: Parvin se ha criado con el Conde de Montecristo y Sherlock Holmes, y Farideh se educa con Brecht. Como toda su generación. Bertolt Brecht tiene el doble de páginas en este libro que Firdusi y Hafez juntos. Y eso que Rostam, el héroe del Shahnameh, cabalga mucho por este libro. Irán, deducimos, es ambas cosas.

No hay manera de enterarse de nada. Porque esto no es una saga familiar dedicada a mujeres de tres generaciones. Es una caleidoscopio de recuerdos, de imaginaciones recordadas, de recordamientos imaginarios. Un bandolero en los montes de Gilán, esa provincia caspia. Una princesa, terratenientes, derviches, gobernadores, yo qué sé. La pequeña Farideh de nuevo. La pequeña Parvin. La pequeña Farideh, cantando versos a Mosaddegh, el primer ministro al que acaban de derrocar en un golpe de Estado. Eso al menos lo ubicamos: es 1953.

Es un libro sobre el hermano ausente y sobre una niña que no sabe qué hacer con la revolución

Porque esto es un libro sobre Irán, sobre las convulsiones políticas de esta tierra entre Caspio e Índico, tan castigada con sahs y mulás. También el bandolero gilaní era político: un revolucionario. Esto es un libro sobre la izquierda iraní, que arrostró el sah y su temible Savak, la policía secreta, sinónimo de tortura y muerte. Sobre su arrojo y sus renuncias, sus divisiones internas, su certezas, su dogmatismo, su capacidad de afrontar la cárcel sin pestañear, y su incapacidad de entender que alguien pensara distinto.

Es un libro sobre el hermano ausente – revolucionario él también – y sobre una niña que no sabe qué hacer con la revolución, que llega finalmente. Llega, sí, al ritmo de las marchas de estudiantes y artistas como Farideh, solo para que, antes aún de haber culminado, ya hay quien se encare con las propias manifestantes y les grite: Muerte a las mujeres sin velo.

No sabemos si Farideh Lashai huye de los bombardeos sobre Teherán o de quienes le arrebataron la revolución.

Estados Unidos es un exilio que apenas sirve para dar arranque a las secciones del libro: el nombre de un mes, el d euna ciudad, Fresno, Los Ángeles, calor seco, un autobus Greyhound. La niña que no soporta la agresividad de los estadounidenses, educados para pelear. Y nuevo flashback: Farideh en el colegio – también lo pasó mal – , en fiestas de poetas, en la cárcel de mujeres. En el bando disidente: vota sí al televisor, contra el dogmatismo de las compañeras que rechazan ese opio del pueblo. Pero ella quiere ver los Hermanos Marx.

El exilio: viajar de Los Angeles a Alemania, pero una vez llegado a Berlín, ese Berlín es el de los años sesenta. La ciudad en la que la joven artista cruza cada dos por tres la frontera para sentarse ante la casa de Brecht o acudir a su Ensemble. Brecht, Weigel, Berlau, Ernst Busch. La izquierda también puede ser una patria.

Como si el texto fuera solo el letrero que pone un Sin Título a los dibujos de Farideh Lashai

No hay manera de enterarse de nada: si les digo que al final, cuando dice que su madre era una mujer vieja a los cuarenta y cinco y se apagó como un suspiro, eché cálculos y concluí que Parvin había viajado a Estados Unidos en forma de fantasma, años después de morir. Pero están las fotos: Farideh y la niña y Parvin en Fresno o por ahí. (Hay más fotos: Farideh de niña, Parvin como joven madre, Farideh de estudiante…) Por supuesto la madre se murió mucho más tarde, tras el regreso a Teherán. Hay que leerse la solapa del libro para saber que eso fue en 1984. Aún caían bombas sobre Teherán.

También hay que leerse el prólogo de Ana Martínez de Aguilar, y sobre todo hay que leerse el glosario final, con sus voces persas y sobre todo sus nombres de personajes, una vez que las editoras han tenido el exquisito gusto de no estropearnos la lectura con notas a pie de página. Así que usted, lector, puede decidir si se estudia este glosario antes de cada párrafo, o prefiere leer el libro del tirón como lo que es: una autorretrato de la artista con niña al fondo. Sin enterarse de absolutamente nada, por supuesto. Como si el texto fuera solo el letrero que pone un Sin Título a la veintena de dibujos de Farideh Lashai intercaladas entre las páginas.

Ante un cuadro del Bosco, me recomendó un gran pintor, hay que quedarse mirando unas cuantas horas, luego hay que irse a casa y estudiar la sociedad holandesa del siglo XVI, y luego hay que regresar al museo. Y así se puede continuar un buen tiempo. Con el cuadro que Farideh Lashai ha pintado apretando las teclas de su máquina de escribir pasa un poco lo mismo. Ha tardado doce años en terminarlo, dicen. No vamos a ser menos. Porque yo no me he enterado todavía de nada, pero eso se lo aseguro: hace rato que no disfrutaba tanto una obra de arte.

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