«Ahora soy capaz de amar una Grecia mucho más real»

María Belmonte

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 17 Abr 2018

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María Belmonte (Abr 2015) | © Cedido por la autora

Sevilla | Marzo 2018

A María Belmonte le gusta mantener un perfil bajo: nada de redes sociales, justa exposición pública, alergia a las fotos. Sin embargo, en la distancia corta se revela como una conversadora apasionada, cercana, en consonancia con el personaje que asume su nombre en sus libros. Cuenta que tras quedarse una temporada en el paro, su pareja la invitó a viajar por el Mediterráneo y le preguntó: “¿No ves que te están regalando tiempo?”

Ese tiempo lo aprovechó muy bien, primero escribiendo Peregrinos de la belleza, una galería de nueve excéntricos personajes enamorados del Mediterráneo –de Axel Munthe a Norman Lewis, pasando por Henry Miller o Patrick Leigh Fermor–, y luego volviendo a su tierra con un viaje a pie lleno de curiosidades titulado Los senderos del mar, ambos publicados por Acantilado. Lejos de su norte natal, en una Sevilla en la que empieza a desperezarse la primavera, Belmonte accedió a hablar de todos los mares de su devocionario.

A la vista de los peregrinos que ha estudiado, ¿podemos pensar que existe una identidad mediterránea?

«Para mí ese espíritu mediterráneo es ese legado grecolatino que nos configura como ciudadanos europeos»

No solo creo que exista, sino que lo siento dentro de mí. Ayer me invitaron a hablar de filohelenismo precisamente, y tuve la ocasión de desarrollar esta idea que compartimos muchísimas personas. Y conté, por ejemplo, que nada más irme a vivir a Barcelona me inscribí en la Escuela de Idiomas para aprender griego, porque amo ese país y me gusta viajar por él. Y descubrí que allí hay un nido de filohelenos, gente que viaja una o dos veces a Grecia y siente también la necesidad de aprender el idioma para conocerlo más. Son casos de enamoramiento. Es muy irracional, algo relacionado con vivencias muy especial, que la gente sensible y un poco presupuesta percibe allí y no, por ejemplo, en Vietnam-. Para mí ese espíritu mediterráneo es ese legado grecolatino que nos configura como ciudadanos europeos.

En Msur intentamos siempre trabajar sobre la idea de que el Mediterráneo no son dos orillas, sino una sola. ¿Por qué se nos olvida tan a menudo la zona sur, por qué pensamos en ella como algo ajeno, o cuanto menos exótico?

Creo que es una brecha que existe desgraciadamente desde hace muchos siglos, pero que no lo había en el mundo antiguo… o quizá sí, no lo sé, tal vez haya algo de idealización en todo esto. Pero existe y es una brecha cultural. Me siento mejor viajando por la otra orilla, la que podemos llamar del Norte, que la del Sur. Me siento más en casa. Igual hay que intentarlo, y romper la barrera. Sin embargo, leyendo a Paul Bowles, que vivió en Tánger, siento que se marca esa diferencia. Presenta un mundo muy extraño, que quizá era lo que buscaba para escribir, y para vender: el exotismo. Igual como mujer es más incómodo, cuando viajaba de joven a esa zona se me hacía muy pesado, y eso que nunca fui descocada, todo lo contrario. Y no te digo nada ahora…

Volviendo a sus peregrinos. ¿No encontró peregrinas, no hubo también viajeras en el Mediterráneo?

«Von Gloeden inauguró el turismo sexual de los ricos, que van a comprarle fotografías… pero me atrae»

Debo decir que no las he encontrado, no hay crónicas femeninas de este mundo. Seguro que existen, pero no di con ellas, ¡me encantaría que me las presentaran! Me temo que lo único que hay son o bien señoras victorianas que lo único que hacen es tomar el té con las amigas, o mujeres actuales que se compran una casa en Grecia y escriben un libro para contar los problemas que tienen con los albañiles. Si hubiera ampliado el territorio a Oriente Medio, te das cuenta de que es al contrario, casi todas las crónicas son de viajeras. Hubo un aluvión de mujeres valientes, intrépidas, y ese libro ya existe, es el de Cristina Morató. Cuando le enseñé el libro por primera vez a Jaume Vallcorba, el editor, que me tuvo diez minutos sin decirme que me lo iba a publicar, y a mí me daba un apuro terrible… Bueno, empezó a sonreír, y me dijo: “María, tus personajes bailan. ¿Y sabes qué? Tú eres un personaje más del libro”. Así que suelo decir que sí hay una mujer en el libro: soy yo.

Entre los hombres que retrata, aparecen algunos que llegan al Mediterráneo por lo que hoy llamaríamos turismo sexual, como Winckelmann o Von Gloeden, que es fascinante y al mismo tiempo nos plantea serios dilemas morales…

Sí, es una figura muy comprometida, está en el límite, ¿no? Ahora sería considerado un pederasta total, aunque no sé, él tenía un amante que vivió con él toda su vida, pero no sé si eran ciertas esas orgías que organizaba con el cura. Él inauguró el turismo sexual de los ricos, que primero van a comprarle las fotografías… Pero a mí me atrae, qué quieres que te diga. Aunque te pones a rastrear fotografías suyas en internet, y con algunas te pones colorado.

Sin embargo, el retrato suyo que más me ha gustado siempre es un rostro de niña, vestida, con una mirada impresionante…

Pues te voy a decir una cosa: es un niño.

¡No!

«Los que echaban pestes eran los nietos que veían a sus abuelos en pelotas con flores en el pelo»

Vuelve a mirar esa foto, y verás que lleva peluca. Porque lo fascinante en Von Gloeden es el atrezzo, siempre era el mismo, ¡debía de estar todo tan apolillado! Las mismas túnicas transparentes… Recuerdo que Vallcorba, que era un hombre de convicciones religiosas, me dijo: “Lo que menos me gusta son las dos locas prusianas”, refiriéndose a él y a Winckelmann, que era de urinarios… Pero me parecen maravillosos, qué quieres que te diga. Lo que se sabe de Von Gloeden es que echaban pestes los nietos que veían a sus abuelos en pelotas con flores en el pelo. Por eso ya no los venden, han retirado las postales y los catálogos de las tiendas de Taormina. La familia Malambri, que tenía una tienda especializada en corso Umberto, ahora vende souvenirs.

También están los que, como Norman Lewis o Patrick Leigh Fermor, descubrieron el Mediterráneo gracias a la guerra. Algo bueno tenía que tener, ¿no?

Son otros personajes increíbles. Tuvieron la suerte de salir con vida, y vivieron experiencias tan emocionantes y variadas, que su vida después ya no les deparó nada mejor. Les comprendo y les creo. Te imaginas a Norman Lewis en el Nápoles aquel… Y Leigh Fermor en Creta, para mí es de las vidas más logradas que han existido, es tan envidiable.

Es el ejemplo del antiturista, ¿verdad? No solo se queda a vivir, sino que termina sabiendo más que nadie del lugar donde se afinca.

«Leigh Fermor se sentía feliz en un campamento de gitanos y en un palacio centroeuropeo»

Y le adoran, vayas donde vayas la gente te habla de él de una manera… Sobre todo en Creta. De hecho, le preguntaba, ¿y usted, con lo que le aman en Creta, por qué no está allí? Y contestaba: precisamente, allí tendría tantas visitas, tantos compromisos, que no habría podido escribir nada. Por eso se retiró a aquel pueblecito maravilloso, …, que te recomiendo si no has estado nunca. Yo llegué a tener una cita para visitarlo, pero ese día se lo llevaron a urgencias. Yo me lo había encontrado por la calle, aunque nunca me atreví a abordarle. Ya tenía sus libros.

¿Considera a esos personajes irrepetibles, o es posible que haya hoy algún Leigh Fermor viviendo en algún rincón del Mediterráneo, y aún no lo sepamos?

Estoy segura de que sí, que existe, aunque no sé si saldrán a la luz, ellos y ellas. Espero, además, que escriban y nos deleiten, aunque Leigh Fermor en concreto parece irrepetible. Lo tuvo todo, y con esa alegría de vivir. Se sentía feliz en un campamento de gitanos y en un palacio centroeuropeo. Tenía ese don. Amaba a la gente, lo transmitía, y la gente lo quería mucho. Pero no sé quiénes serán hoy esos. Descúbremelos tú, porque tengo unas ganas… ¿quiénes son? Estarán gestándose ahora, tal vez.

¿Tal vez la atención se ha desplazado a otros sitios? Y es verdad que el sur se ha puesto un poco feo…

Sí, puede que sea el momento histórico que nos ha tocado vivir, pero esperemos que haya alguien. Ahora igual se busca más el espectáculo en todo, libros de gente que hace cosas muy difíciles, como dar la vuelta al mundo sin piernas, en un carricoche… O quizá ese Mediterráneo ha desaparecido, y ellos tuvieron el privilegio de ser los últimos cronistas de un mundo que ya no existe. Alquilaban casas por una miseria, ellos eran pobres, todos los del libro; y vivían en unos lugares privilegiados que ahora han sido tomados por el turismo y la especulación. Tal vez ya no exista ese Mediterráneo.

Usted, como filohelénica, ¿vivió la crisis griega como si saquearan algo suyo, algo que la conecta con la Grecia clásica?

«Grecia fue durante mucho tiempo el Imperio Romano con capital en Constantinopla»

La Grecia clásica es otra cosa distinta a la de hoy, incluso para ellos creo que es una herencia pesada. Grecia fue durante mucho tiempo el Imperio Romano con capital en Constantinopla, y hasta Melina Mercouri, la que fue ministra de Cultura con el gobierno socialista, tituló sus memorias Soy romana. Se reivindicaba de la Grecia bizantina. La Grecia actual es un mundo, como el nuestro, sometido a todos los problemas de hoy. Yo lo viví con un sufrimiento personal enorme, tengo amigos que no podían ganarse la vida y han emigrado, y políticamente el neoliberalismo es un horror. Pero en España nos están haciendo lo mismo: salvan a los bancos y nos ahogan a los pobres desgraciados.

Pedro Olalla acaba de hacer una película en la que hace un paralelismo entre la agresión a la Grecia de hoy y los ataques a la democracia.

Sí, me la ha mandado. Eso exige una discusión profunda, hay que analizar ¿qué era la democracia cuando se inventó? Todos los ciudadanos con derecho a voto se reunían para discutir los problemas de la ciudad. Eso es impensable en sociedades de millones y millones de habitantes. La democracia ahora es tan distinta… Y este régimen de votar cada cuatro años a unos señores que a su vez son siervos de los verdaderos amos, ¿es democracia, o somos todos una pandilla de peleles consumistas? Lo que veo en Pedro es que idealiza demasiado aquel mundo, también tendría sus sombras aquello. Son cosas muy profundas, no sé si entraría en esos berenjenales.

Otra cuestión sobre sus peregrinos: son todas miradas desde fuera. ¿Qué veían ellos que pasara desapercibido a los locales?

Mira, en 2007 subí al monte Olimpo con dos amigos atenienses. Dos personas que eran de los que habían creado Syriza precisamente para atajar un país asolado por la corrupción, el clientelismo, la alternancia de dos familias políticas. Y me decían: “María, ¿por qué vienes? Este país es asqueroso, desastroso”. Me hicieron reflexionar sobre mi propia mirada idealizada, porque yo buscaba el país de los filósofos con toga, de las estatuas bellísimas. Pero conocer la historia, la triste historia de Grecia, la guerra civil, la dictadura de los coroneles…

¿Un jarro de agua fría?

«Los extranjeros te dulcifican la imagen; leer algo sobre España escrito por nosotros mismos es muy duro»

Yo iba también a buscar un país que no existe, y un ideal que quizá no existió jamás, porque los hombres ni las mujeres eran tan bellos como las estatuas, y todo fueron una serie de repúblicas que se hicieron la guerra continuamente. A mí me encanta también leer cosas de España escritas por extranjeros, te dulcifican la imagen, ves tu propio país como algo exótico. Sin embargo, leer algo sobre España escrito por nosotros mismos es muy duro. Ahora le contestaría a mis amigos –los dos tuvieron que emigrar– que soy capaz de amar una Grecia mucho más real, con sus ruidos, su contaminación…

… su espantoso vino retsina…

Horroroso [risas], pero con su gran generosidad. Llegas a un lugar cualquiera después de caminar todo el día por la naturaleza, y un desconocido te abre el patio de su casa, te ofrece asiento y te trae un vaso de agua fresca y un poco de dulce, lo que se ha ofrecido siempre al viajero. Luego es verdad que vuelves a Atenas y se te cae el alma a los pies: todo cerrado, gente pidiendo desesperada…

Acaba de decirme que los relatos de España escritos por españoles son duros, pero usted escribió un viaje a su propia tierra, y no le quedó nada mal.

«Thoreau decía que 30 kilómetros cuadrados bien explorados dan para toda una vida»

Hice un viaje a pie por la costa vasca, y he utilizado un territorio tan familiar como excusa para ensayar ese género anglosajón que a mí me fascina, que es la nature writing, la escritura sobre la Naturaleza. Tengo un filtro grande en ese proyecto, y es que si te fijas no hablo de seres humanos. Hablo de pulpos, de lapas, de agua, del musgo. Lo que he querido demostrar es que no tienes que viajar a lugares lejanos para encontrar la belleza, porque nos rodea por todas partes. Tienes que aprender a mirar. Thoreau, ahora tan de moda, decía que 30 kilómetros cuadrados bien explorados dan para toda una vida, y de hecho él nunca salió de Concord y alrededores.

¿Se tuvo que preparar para este viaje?

Soy de letras pero me encanta la ciencia, y he tenido que leer mucha divulgación, porque tengo un nivel muy básico, no creas… Mi gran dolor es saber tan poco de química, matemáticas, biología. Debe de ser muy grave para nuestro cerebro, según los matemáticos, que sepamos tan poco. La mayor aberración educativa es la separación tan brutal que hay entre ciencias y letras. De hecho, filósofo es el que ama la sabiduría. Y en la filosofía antigua no se distinguía entre uno y otro, era un saber. Había que conocer la geometría y las matemáticas para comprender el mundo.

Cuando reseñé su libro, me llamó la atención un hecho: que no mencionara en ningún momento a ETA. ¿Eso es autocensura, o simplemente no encontró ninguna reminiscencia de ese fenómeno?

«Cuando fui a Pasajes, yo iba en compañía de Víctor Hugo: los otros no tenían cabida»

Me llamó mucho la atención. Imagínate, cuando entro en San Sebastián, la de lugares manchados de sangre que hay allí. Pero yo escribía un libro de Naturaleza, y la política no tenía entrada. Es como si mi ídolo, Robert MacFarley, cuando viaja por Irlanda, te hablara del IRA, y no de las piedras. Habría sido otro libro. Lo único que hago alusión es a la guillotina que estuvo instalada en la plaza de San Juan de Luz durante la Revolución Francesa, muy activa además.

Cuando regresa, ¿vuelve a un sitio en paz?

Vuelvo a un sitio irreconocible, no solo en paz, sino como una amnesia… Allí no ha pasado nunca nada, el PNV dicen que hace las cosas muy bien, porque hay mucho dinero, todo el mundo está feliz. Parece que no han muerto nunca 800 personas. Pero yo puedo olvidarlo cuando estoy allí, la gente es muy simpática. Cuando fui a Pasajes, yo estaba arrobada, iba en compañía de Víctor Hugo. Los otros no tenían cabida.

Para cerrar el círculo, ¿qué tiene de Mediterráneo esa costa norte?

No te sé contestar. Creo que afortunadamente son distintos. Cuando vas al Mediterráneo encuentras una esencia distinta, y cuando vas al norte también, con ese mar tan bravo, con ese color. En cuanto a las personas… Quizá entre navegantes sí exista esa afinidad. Piensa en el griego Piteas, que sale de Marsella y se va nada menos que hasta la última Thule, y navegó hasta donde, dice, “el mar se hizo sólido”. Esos navegantes vascos que salían de Pasajes o Zarauz, y se iban guiándose por la Osa Mayor hasta la península de Labrador eran una casta muy necesitada, pasaron mucha hambre, pero es una sola casta en todo el mundo.
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