El día favorito de Terenci Moix

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Ramón de España

Escritor (Barcelona, 1956). Vive en Barcelona.

Publicado el 23 Abr 2018

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Se cumplen 15 años de la muerte de Terenci Moix y me acuerdo una vez más de él ante la inminencia del Día del Libro, que le encantaba, lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta las colas que se formaban donde firmaba ejemplares. De hecho, lo conocí compartiendo mesa en una parada. Huelga decir que él se hartó de dedicar libros y que a mí se me acercaba alguien de vez en cuando (y no todos estaban en sus cabales; recordemos la célebre frase de John Cheever: “¡Cómo me gustaría que alguna vez se me acercase un lector que no estuviese completamente loco!”).

Terenci era un gran compañero de mesa, pues encontraba tiempo para animar a jóvenes promesas, que es lo que yo me consideraba en esa época ya lejana. Pero lo cierto es que él se había hecho notar desde muy joven: pensemos en El dia que va morir Marilyn, que ahora se reedita y que tan buena impresión me causó en la adolescencia, pues hablaba de una ciudad que era la mía y de asuntos que me resultaban muy cercanos con un lenguaje serio e irónico a la vez que nunca derivaba hacia lo pomposo o lo solemne.

¡Las dos cosas más bonitas del mundo son el Ave María de Schubert y una polla tiesa!”

Nunca fuimos amigos íntimos, pero siempre hubo entre ambos una gran simpatía. Gracias a Elisenda Nadal, la gran jefa de Fotogramas, pude compartir con él algunos almuerzos hilarantes que él solía regar parcamente con un dry martini que le duraba todo el papeo. Hablaba bastante alto y parecía divertirse haciendo como que escandalizaba a Elisenda, aunque solo obtenía alguna mirada severa de los de la mesa de al lado, como cuando declaró, con una sonrisa de oreja a oreja: “¡Las dos cosas más bonitas del mundo son el Ave María de Schubert y una polla tiesa!”

Si le hacías una visita a domicilio, te lo solías encontrar fabricando cubiertas para su colección de videos, que proyectaba en una enorme pantalla. En aquella época llevaba una especie de vida conyugal platónica con su fiel Inés González, secretaria y chica para (casi) todo (tras una discusión sobre los colores de la pantalla, que a Terenci se la antojaban emborronados y churretosos, mientras que a Inés le parecía que se veía todo maravillosamente, nuestro hombre descubrió que su ayudante era daltónica). Un día me envió a buscar no sé qué a la parte alta de un armario y, al abrir la puerta, se me vinieron encima como 30 cajetillas de tabaco, la droga que lo acabó matando, si es que no es más certero hablar de un lento suicidio, extrañamente compatible con su habitual joie de vivre.

“Sabes que te quiero mucho, Terenci”. “Preferiría que me quisiese Leonardo di Caprio”

Elisenda lo visitaba con frecuencia en el hospital donde transcurrieron sus últimos días, cosechando intercambios gloriosos. Ejemplo 1: “Sabes que te quiero mucho, Terenci”. “Y yo que te lo agradezco, pero preferiría que me quisiese Leonardo di Caprio”. Ejemplo 2: “¿Qué tal estás, Terenci?”. “¡En mi mejor momento como mujer y como actriz!”. Terenci no se tomaba en serio ni su propia muerte.

Gracias a eso, los amigos pudimos disfrutar de una capilla ardiente estupenda en el ayuntamiento, mientras sonaba de fondo, entre muchos de sus temas favoritos, la canción de los siete enanitos (“Aibó, aibó, a casa a descansar…”). El difunto lucía una chaqueta de pata de gallo que le gustaba mucho, aunque le quedaba un pelín apretada. Inés perfeccionó la performance fúnebre metiéndole en esa chaqueta un paquete de tabaco y una foto de Sal Mineo. El espectáculo fue, junto a El dia que va morir Marilyn y el texto autobiográfico El peso de la paja, una de mis obras favoritas de Terenci.

Sigo echándolo de menos, especialmente en estos tiempos tan solemnes para Catalunya que, en el fondo, dan cierta risa. Me consuelo pensando que, por lo menos, se ha librado del procés.
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© Ramón de España| Primero publicado en El Periódico 20 Abril 2018

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