Los condenadores de la tierra

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 30 Abr 2018

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Hélé Béji
El desencanto nacional

Género: Ensayo
Editorial: La Piedra Lunar
Páginas: 184
ISBN: 978-84-9391-025-9
Precio: 15 €
Año: 1982 (2015 en España)
Idioma original: francés
Traducción: Amalia López Flores
Título original: Le désenchantement national

Veinte años después de Frantz Fanon, la pensadora tunecina Hélé Béji pide la cuenta y saca el total. Túnez, país en el que el siquatra y activista de la Martinica desarrolló su ideario sobre la lucha anticolonial en los años 50 (si bien referidas a la vecina Argelia, inmersa en una sangrienta guerra contra la metrópoli francesa) quizás sea el país que con mayor consecuencia haya llevado a la práctica las ideas de Fanon (o viceversa): Habib Bourgiba, el padre de la independencia en 1956, proclamó el nacionalismo como única ideología necesaria para crear un Estado moderno, ni marxista ni capitalista, ni europeo ni tribal.

Túnez se formó como nación en contraposición al poder colonial de Francia, pero no buscó una identidad islámica, pretendía crear la igualdad de los ciudadanos, sin adoptar un ideario de la lucha de clases. Todo, así lo decía Bourguiba, se iba a conseguir gracias a la ilusión, la convicción, la conciencia y la voluntad de ser una nación. Con esa voluntad ¿para qué tener partidos? ¿para qué un debate intelectual? ¿para qué una ideología? Ser Túnez era suficiente ideología.

No es que el Partido se haya desviado de sus ideales, sino que nunca los tuvo

Las ilusiones se desgastan, y tras un cuarto de siglo bajo un partido único sin más ideario que el de representar la nación, Hélé Béji (Túnez, 1948), constata lo que ha quedado: el desencanto. Estamos en 1982. El Partido Neo-Destour (‘Neoconstitución’) se ha convertido en un aparato administrativo cuyo único objetivo es mantenerse en el poder, y en el que el único objetivo de sus miembros es subir los escalones del poder. Por su propia naturaleza ha asfixiado todo debate, todo pensamiento, porque no hay nada que pensar si uno representa la nación. L’état, c’est moi: una cita aplicable a muchos autócratas. Aquí va más lejos: Le peuple, c’est moi. Yo soy el pueblo.

Hélé Béji analiza con mirada precisa esta evolución: no es que el Partido se haya desviado de sus ideales, sino que nunca los tuvo. Desde el principio se ha negado a asumir, aclarar, equilibrar los diferentes elementos y aspiraciones de la sociedad. Este proceso se puede observar en mayor o menor medida en muchos países que nacieron sobre los restos de imperios coloniales: el objetivo era ser una nación uniendo tribus o pueblos que solo habían quedado encajados en una geografía concreto por los diseñadores de mapas coloniales (algunos ejemplos se salen de esta dinámica, por ya existir antes como Estados nacionales definidos: Marruecos, Irán…)

El libro nos muestra, así, la trampa en la que cae Frantz Fanon: el buen salvaje no existe. Liberarse del yugo colonial no solo no sirve de nada, si los liberadores imponen – como impondrán – ese mismo yugo con otros colores, sino que yugula al pueblo para siempre. Contra el opresor colonial puedes luchar: es el Otro. Contra sus sucesores nacionales no puedes luchar: son Tú mismo.

Béji se ve ante este cul de sac, esta vía muerta, y – estamos en los años ochenta – solo intuye lejanamente, sin precisarlo aún, lo que décadas más tarde se convertirá en la gran oleada de lucha contra el yugo nacional: la ideología islamista que precisamente supera el concepto de nación, se siente global, convierte en Otro y en objetivo a combatir a todo el que sea algo distinto a un un miembro de la comunidad llamada islámica. Es capaz de luchar contra el opresor poscolonial porque rechaza ser ciudadano y se declara creyente.

Leyendo a Béji se entiende que no hubo otra salida, en términos psicohistóricas. Porque en los ochenta, el marxismo – la otra vía capaz de superar el nacionalismo – ya había perdido fuelle, tras décadas de persecución: más de un régimen había dedicado enormes recursos a combatir, con tortura y cárcel, a combatir esta ideología, precisamente porque fue ideología.

Como si la injusticia se resolviera porque explotador y explotado pertenecen al mismo pueblo

Pese a su escaso volumen, El desencanto nacional no es un libro fácil de leer. El lenguaje es demasiado abstracto, introspectivo, filosófico: de alguien que ha leído demasiado Hegel. No hay prácticamente una sola anécdota de vida observada, no hay calle de Túnez, no hay siquiera sociología: solo una reflexión. Eso sí, una reflexión de enorme calado, que puede, si somos capaces de sostener esa mirada en el espejo, explicar gran parte de lo ocurrido en el mundo llamado descolonizado desde mediados del siglo XX.

Es más: un ejercicio intelectual fascinante es leer El desencanto nacional con una mirada en los titulares de los periódicos de Cataluña. También ahí, ciertos políticos prometen la liberación del pueblo y un futuro mejor mediante el proceso de levantarse contra el Otro: como si ser catalán fuese suficiente para garantizar el bienestar y la felicidad. Explotación industrial, poderes de la banca, corrupción de los cargos públicos se hermanan con discursos de igualdad y derechos sociales, como si fuesen compatibles, como si siglos de injusticias se resolvieran por el hecho de que explotador y explotado pertenecen al mismo pueblo.

Quizás, mirando de cerca Cataluña, donde tenemos toda la información en tiempo real, donde vemos cómo el obrero lucha en la calle para proteger al banquero que lo explota, entendamos mejor a Hélé Béji, comprendamos por fin qué fue mal en esa inmensa parte del mundo donde los condenados de la tierra siguen cumpliendo condena.
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