Georges Salameh

Mediterráneo

Una tradición típica ateniense en crisis: menos cines al aire libre.Contrastes que identifican la tierra mediterránea. Mar de olivas junto a la pared.Edificio de apartamentos.¿Amanece?Retrato junto al pequeño embalse.Echando el oráculo en un túnel peatonal.Sacos de aceitunas en el almacén.Sólo el Mediterráneo separa a esta pareja de la otra orilla.El olvido deja sedimentos. En el Mediterranéo aprendemos historias en fragmentos.En una orilla de Salina, frente a Strombolicchio.La solemnidad del crucifijo.Un barco de pesca llamado Esperanza.

Diario de un viaje por los sedimientos

Olivos, ágaves, cañaverales y cipreses, y el azul dubitativo del mar siempre como telón de fondo. Incluso cuando estos elementos no aparecen de forma explícita, no cabe duda de dónde estamos: esa pared desconchada o esa caja de berenjenas que se pudre despiertan una añoranza tan viva porque no podrían existir en otro lugar que no fuera el Mediterráneo.

Georges Salameh, un cineasta y fotógrafo nacido en Beirut que se trasladó a Atenas en los años 80, ha recorrido su perímetro para coleccionar los paisajes y ciudades crecidos en sus costas. Son esbozos de Sicilia, del Líbano, de Grecia, de Egipto y de Chipre, tomados, como si dijésemos, a vuelapluma, que no buscan retratar un lugar ni un momento histórico determinados.

La sedimentación es el concepto central de la obra de Salameh, que ve el Mediterráneo como un cuenco en el que desaguan los desechos de tres continentes. Durante milenios, los sedimentos tangibles e intangibles de innumerables pueblos y culturas han ido a parar al mar, como si se tratara de un enorme aljibe. En ese sentido, es también una tumba donde está enterrado el pasado –y que aún a día de hoy sigue cobrándose sus muertos.

Pero el proceso también funciona a la inversa. Parece como si esos objetos solitarios y singulares que pueblan las fotografías hubieran sido arrojados sobre la playa por la mar. Las ciudades y puertos que Salameh recorre en su periplo parecen ser algo prácticamente orgánico, parte del aluvión regurgitado por las olas.

El asfalto, los muros que Salameh fotografía no son sino un estrato geológico más, que humildemente viene a incorporarse a los detritos que ya han sido amontonados por el mar. Lo que les presta su belleza es precisamente su carácter fortuito (como si, en lugar de la mano humana, los hubiera configurado el azar) y, sobre todo, su caducidad. A fin de cuentas, parece, pronto se verán cubiertos por la siguiente capa de sedimento.

[Clara Palma]

 

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Publicado el 24 May 2018


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