En busca del unicornio

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Ramón de España

Escritor (Barcelona, 1956). Vive en Barcelona.

Publicado el 13 Jun 2018

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El domingo me acerqué al nuevo mercado de Sant Antoni no sé muy bien porqué, puede que para celebrar que las magnas obras del recinto hubiesen concluido tras apenas diez años de esfuerzo. Sostenía hace unos días Juli Capella en este mismo diario que la autoridad competente nos debía una explicación por el enorme tiempo invertido, y no puedo estar más de acuerdo, pero, por si acaso, esperaré esa explicación convenientemente sentado.

Llevaba tiempo sin deambular por el barrio y, claro está, lo encontré muy cambiado, con todos esos restaurantes trendy, esas tiendas para moderniquis y esos bares de diseño (a los inquilinos expulsados por la codicia del casero o de los fondos buitre había que imaginárselos, pero no costaba ver a gente con cara de víctima de la especulación entre los que se pateaban el nuevo mercado de material añejo).

Sant Antoni ya no es aquella especie de gran zoco de Estambul que fue antaño

Tranquilos, que no les voy a dar la chapa nostálgica: las ciudades cambian -no siempre como nos gustaría-, la gentrificación ha venido para quedarse y el mensaje generalizado es que, si usted es un pelagatos que no se puede permitir vivir en un sitio para ricos y turistas, ya se puede ir labrando un futuro en el extrarradio que más le guste.

En cualquier caso, dicha gentrificación ha llegado hasta el mercado de Sant Antoni, que ya no es aquella especie de gran zoco de Estambul que fue antaño, sino un sitio bastante limpio y ordenado, por más que quienes se dedican a esta clase de comercio traigan siempre consigo una cierta tendencia al caos y al mogollón. No compré nada y no me quedé por ahí mucho tiempo, pero la visita tuvo el esperado efecto de la célebre magdalena de Proust: de regreso a casa, enhebré un relato autobiográfico centrado en el viejo mercado que, si no les importa, voy a compartir con ustedes, que se lo pueden ahorrar pasando ipso facto la página.

Empecé a visitar Sant Antoni de niño, con mi padre, para buscar los cromos que me faltaban, que se podían conseguir en ciertas paradas o, cediendo a la competencia desleal, cambiando los propios por los ajenos en corrillos de padres e hijos que, curiosamente, no suscitaban las iras de los profesionales del cromo: hasta ellos sabían que aquello era, por definición, Can Pixa i rellisca y que no estaba el horno para bollos legales.

Más adelante, visitaba Sant Antoni con mi hermano mayor, coleccionista de folletos y prospectos cinematográficos. El prospecto era un cartoncillo de tamaño postal que reproducía el cartel de la película de la semana que viene y que solían obsequiarte en los cines de programa doble. No recuerdo el nombre del tendero, pero me fascinaba que tuviese acceso a todo ese material promocional que mi hermano archivaba cuidadosamente.

Con los ejemplares bajo el brazo, uno se trasladaba a alguno de los churrosos bares de la zona

Luego vino la etapa de los tebeos, cuyos militantes éramos una pandilla de frikis similar a la de los cinéfilos, pero no nos parecíamos tanto a los amigos de Jacques Dutronc en Lo importante es amar. En esa época reinaban los Sánchez, padre e hijo – que también tenían una tienda en el Paralelo-, quienes se distinguían por un farfulle de difícil comprensión (el padre) y una tendencia insana a explicar chistes verdes a voz en grito (el hijo). Ahí encontré ejemplares de Metal Hurlant, L’echo des savanes y otras publicaciones francesas difíciles de localizar. Con los ejemplares bajo el brazo y en compañía de otros simpáticos enfermos, uno se trasladaba a alguno de los churrosos bares de la zona para tomar el aperitivo. Los camareros eran pintorescos: ¿cómo olvidar a aquél que servía los berberechos con el pulgar sumergido en la salsa del platito?; ¿o al del tic en el ojo izquierdo que iba picando patatas fritas de un plato que había en la barra esperando ser transportado a alguna mesa?

Echándole un poco de imaginación, aquel mercado caótico, promiscuo y sudoroso nos recordaba los pulcros encantes en los que Tintín se hacía con el Unicornio, barco que protagonizaría una de sus mejores aventuras. El mercado limpio y (más o menos) ordenado de ahora se parece más al de Hergé, pero los supervivientes del de antes somos como esos señores de Bilbao que echan de menos la ciudad sucia, gris y un pelín putrefacta de antes del Guggenheim.

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© Ramón de España| Primero publicado en El Periódico 4 Jun 2018

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