Miguel Ángel Cuevas

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Publicado el 25 Jun 2018

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Apasionada y crítica

Miguel Ángel Cuevas (2016) | Cedida

Además de una isla, Sicilia es una pasión que ocupa, y a veces obsesiona, a mucha gente en todo el mundo. Y como todas las pasiones compartidas, acaba creando comunidades virtuales de fervorosos feligreses, condenados a simpatizar y a abrirse puertas los unos a los otros. En mi caso, uno de los mejores descubrimientos que me ha deparado la pertenencia a la concurrida parroquia de los sicilianófilos es el de Miguel Ángel Cuevas.

Solo la labor de estudio y difusión de la obra del gran Vincenzo Consolo debería bastar para reservarle un lugar de honor en la citada cofradía. Pero en Cuevas se da, además, la doble circunstancia de profesor –elevado recientemente a la cátedra– y de creador, lo que acaba modelando una sensibilidad ciertamente peculiar. Una sensibilidad que no solo no colisiona con la erudición, sino que viene engastada en ella sin estorbarse. Antes bien, demuestra que conocer mucho y bien no solo no aleja los sentimientos, sino que los funda y consolida, como suele decirse, con más razón.

Hombre mediterráneo de Alicante y del 58, a él le debemos algunas de las mejores versiones al castellano de Pirandello, Lampedusa, Pasolini y del propio Consolo, así como de autores vivos como Angelo Scandurra y Maria Attanasio, y al mismo tiempo una estimable obra plástica (casi secreta aún) y una poesía con sello propio y personalísimo, honda y a ratos gozosamente hermética, recogida en libros como Silbo o Modus deridendi, entre otros. En esta ocasión, ofrecemos una muestra en prosa de su Sicilia deambulada, en claro y nada disimulado guiño a la Sicilia paseada del maestro Consolo, boceto quizás de un empeño futuro de mayor envergadura, pero al que dota ya de un vehemente aliento poético y de esa mirada, apasionada y crítica a la vez, que delata a los que aman profundamente un lugar.

[Alejandro Luque]

 

Una Sicilia deambulada

·

Detuvo sus sentidos
negándose a saber.

Miguel Hernández

 

·

.

I

 

Catania marengo tierra en cicatrices de piel olivácea, de voz gastada, gentes agraces. Ebrio el extranjero del sonido el trazo el olor del mercado en la plaza de oblicua geometría. Canalones plomos carteles en ruinas, maderas corroídas, muros desmoronados, desconchada argamasa donde la arena lávica dibuja la materia, los portales oscuros, lugares clausurados. La confusión y escándalo del vencido para la nueva visión, antigua de descomposición y carcomida entre las calles donde resuenan pasos que apresuran el ansia. No fue naufragio todo, en dos riberas, a las lindes del mar.

 

II

 

Isla acerba como las almendras que le ofreció el anciano ante barbechos de cereal y baldíos alcores, de dulzor de tuera, al sur del Val Dèmone. Vareado el almendro, sajó la vaina verde, la cáscara leñosa contra la barda seca: y le donó, el viejo, en sus manos cóncavas de sudor oxidado, decantado en palabra el fruto y el suco del fruto: ménnula mándorla mandorla. Que solo vislumbrara la sazón en su boca, en sus labios de huido que elige la demora, la transmuta en el lugar hallado.

 

III

 

Isla de zagra y cieno, donde acaso arribar. Quiso la casa más al sur, retazo de heredad dentro del cercado de piedra cruda, cual Sigüenza nombrara la albarrada: en el Val de Noto, cerca de la punta de las dos corrientes jónica y africana, tierra de hoces, Ibleos abajo, de cauces de aluvión. (Ya no, ahora. Cola de lobo, surco de serpiente, despeñadero y ciénaga de reabsorbidas aguas. Figura absorta, ciega cual estatua volcada al hondo de los fangos negros, manos mutiladas, cercenadas al borde del brocal, muñones que resbalan en la memoria de viscosos sueros. Que algún día descienda, diáfana: quiera ser en las aguas diáfanas.)

 

IV

 

Hacia Caltagirone como la Toledo del Greco y de Rilke. La Calacte de Maria, lejos del mar que se adivina cuando el humo del volcán y la flama y siroco no enturbian la mirada. Peñascos rompiendo el herbazal, el posible sembrado, el ocre verdoso, el gris cobalto de la tierra color de arena áspera. Regresaba a la ciudad de casas monocromas y explosión ahogada de luz en las cárcavas, en barros y pigmentos.

Un cruce de caminos en el sol indolente, una sombrilla fucsia que estride y rompe la teoría de óxidos verdegrises. Una mujer joven, una estatua negra sentada a la espera. Y evoca al clérigo laico de Ortigia que en las palabras póstumas tocó la dimensión más alta: Rea Silvia, la muchacha que huye y deambula por ciudades del mundo y extiende sus velos entre las ramas de los algarrobos; y encuentra a Odeida, la ajada ramera que acompaña y acaricia su ansioso desaliento inexpresable: a Odeida que la vela.

Una fúlgida imagen, que acabará por ser otra entre otras: un poema futuro, un fragmento, un residuo que aferrar.

····· 

©  Miguel Ángel Cuevas ·   | Cedido para la revista Caleta.

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