Una persona muy inteligente

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Uri Avnery

Publicado el 2 Sep 2018

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Un día allá por finales de los ochenta, mi secretaria me dijo que el jefe adjunto del Estado Mayor deseaba verme.

Me quedé más bien sorprendido. Las relaciones del alto mando del Ejército con mi periódico, HaOlam Hazeh (Este Mundo en hebreo), no eran precisamente amistosas. El ejército nos boicoteaba oficialmente desde hacía décadas por haber publicado ciertas noticias que el por entonces jefe de Estado Mayor consideraba ofensivas.

Por eso entré en el despacho del jefe adjunto del Estado Mayor poseído por la curiosidad. Se llamaba Ehud Barak y no nos conocíamos.

La conversación derivó rápidamente hacia temas de historia militar europea. Esto también me sorprendió mucho. Por lo general los mandos militares israelíes son técnicos, no teóricos. Pero ya que la historia militar es una de mis aficiones, me alegró descubrir que Barak era todo un experto en la materia.

Mientras conversábamos cordialmente acerca de la Guerra de los 30 Años yo esperaba que me aclarara el porqué de su invitación. Sin embargo, el tiempo transcurría y no abandonábamos el tema. No había otro tema.

Ehud Barak no era el típico soldado. En una ocasión su hermano me contó cómo consiguió ingresar en las fuerzas especiales: de niño era bajito y regordete, así que hubo que mover muchos hilos para que lo aceptasen en la unidad de élite.

Los resultados fueron espectaculares. Barak resultó ser un intrépido soldado de las fuerzas especiales. Recibió varias condecoraciones al valor, dirigió audaces operaciones tras las líneas enemigas, ascendió velozmente por el escalafón y al final acabó desempeñando prácticamente todos los cargos de rango superior, incluyendo el de jefe de los servicios de inteligencia, hasta convertirse en comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.

Con semejante currículum, lo normal en Israel era que se metiera en política. En 1999, tras ingresar en el Partido Laborista y hacerse con su jefatura, le ganó en las elecciones generales a Benjamín Netanyahu.

¡Qué maravilla! Cuando la radio anunció los resultados hubo una tremenda explosión de alegría popular espontánea. Una multitud emocionada convergió en la plaza central de Tel Aviv, donde Yithzak Rabin había sido asesinado cuatro años antes. Yo estaba presente cuando Barak proclamó desde la tribuna: “¡Este es el amanecer de un nuevo día!”

La alegría estaba justificada. Algunos años antes, Barak le había confesado al periodista Gideon Levy que, de haber sido un joven palestino, se habría unido a una organización terrorista. Era un nuevo espíritu.

Sin embargo, algo se torció. En 2000 el presidente Bill Clinton convocó una conferencia de paz en la residencia vacacional de Camp David. Allí, Clinton, Arafat y Barak debían alumbrar un acuerdo de paz histórico.

No funcionó. En lugar de buscar la compañía de Arafat y solucionar los problemas en privado, Barak se quedó encerrado en su cabaña. Para las cenas, lo habían colocado entre Arafat y la joven hija del presidente y él se dedicó a prestarle atención exclusivamente a esta.

Aunque es cierto que las condiciones de paz que ofreció Barak en Camp David eran mejores que las que había ofrecido hasta entonces cualquier otro primer ministro, no alcanzaban el mínimo de lo aceptable para los palestinos. La conferencia concluyó sin resultados.

Las declaraciones de un auténtico hombre de estado habrían sido del tenor de: “Hemos mantenido fructíferas conversaciones. Habría sido un milagro que después de un siglo de conflicto hubiéramos llegado a un acuerdo al primer intento. Seguiremos celebrando conferencias hasta alcanzarlo”.

En lugar de eso, las declaraciones de Barak fueron inauditas: “He ofrecido concesiones que iban más allá de lo que nunca ha ofrecido Israel. Los palestinos las han rechazado todas. Lo que quieren es arrojarnos al mar. No existen posibilidades de paz”.

Viniendo de labios del “líder del Bando por la Paz”, aquellas palabras convirtieron el fracaso en catástrofe. El bando por la paz israelí se vino abajo. Nunca se ha recuperado. Después de Barak llegó Ariel Sharon y después vino Ehud Olmert, seguido de Benjamín Netanyahu, al parecer para siempre.

Cuando hoy en día a un israelí de a pie le preguntan quién piensa que puede reemplazar a Bibi, la respuesta es prácticamente automática: nadie. Los votantes no encuentran sucesor posible en el Likud ni en la oposición.

Los ministros y ministras del actual gabinete son insignificantes. Políticos de medio pelo que no saben más que crear escándalos, llamar la atención del público y poco más. Si en el Likud hubo alguna vez líderes de talento, hace tiempo que Netanyahu se deshizo de ellos.

La mitad de los israelíes creen que Bibi es un líder excelente. Y de hecho, es una persona que entra bien por los ojos, es un político astuto y un as de las relaciones públicas. Da buena impresión en el extranjero y gestiona los asuntos diarios del país de forma aceptable.

El juicio más exacto sobre Bibi lo expresó su propio padre, catedrático de historia: “Bibi sería un excelente ministro de Asuntos Exteriores. Pero no un primer ministro”.

Nada podría ser más cierto. Netanyahu tiene todas las cualidades de un ministro de Exteriores, pero ninguna de las necesarias para ser primer ministro. Carece de visión política. No tiene respuesta para los problemas históricos de Israel. No desea superar las divisiones internas de Israel. Muchos israelíes lo odian hasta la médula.

¿Quién puede reemplazarle, aunque sea teóricamente?

El panorama político parece un desierto humano. Los políticos vienen y van. El Partido Laborista (en sus distintas advocaciones) cambia de líder como el que cambia de camisa. El glamuroso recién llegado, Yair Lapid, creador y líder indiscutible del partido Yesh Atid (Hay Futuro), está perdiendo relumbrón a toda velocidad.

Cuando alguien pregunta en voz baja “¿Y Ehud Barak?” se hace el silencio. La respuesta no es fácil.

Barak se ha hecho muy rico desde que se retiró de la vida pública. Se ha dedicado principalmente a asesorar a gobiernos extranjeros. Vive en el edificio más lujoso del centro de Tel Aviv. No tiene partido político. Quizás esté esperando la Llamada.

Sin duda alguna, Ehud Barak es una personalidad de primer orden. Está mucho más cualificado que cualquier otro político israelí. A no ser que un nuevo y joven líder surja de la nada, Barak es el único capaz de enfrentarse a Netanyahu.

Sin embargo, flota en el ambiente una palpable vacilación. No tiene seguidores. La gente lo admira pero no lo quiere. No inspira la confianza de un Rabin. Siente un descarado desprecio por los que no tienen su talento, lo cual es un gran defecto en un político.

Y después está el historial de sus pasados fracasos.

En el Fausto de Goethe, la obra maestra de la literatura alemana, Mefistófeles, el diablo, se presenta a sí mismo como “la fuerza que siempre anhela el mal pero siempre hace el bien”. De igual forma, Barak es un arcángel que siempre desea el bien pero siempre hace el mal.

Está Camp David, por supuesto. Está su odio por Yasser Arafat, el único palestino que podía haber firmado la paz con Israel.

Su propia superioridad es un problema. Genera muchos recelos.

Uno de los más perniciosos problemas de Israel es el profundamente arraigado sentimiento de discriminación de la comunidad mizrají (el segundo es la relación entre ultraortodoxos y ateos).

Cuando era primer ministro, Barak hizo algo único: pidió disculpas en nombre del gobierno a la comunidad mizrají por la discriminación sufrida. Sin embargo, la disculpa cayó en saco roto. Hoy en día nadie recuerda el gesto. Para los mizrajíes, Barak representa el típico asquenazí prepotente.

Por el contrario, a pesar de que parece y es tan asquenazí como el que más, la mayoría de los mizrajíes adoran a Bibi Netanyahu.

¿Por qué? Solo Dios lo sabe.

¿Votaré, pues, a Barak en las próximas elecciones?

Solo habrá posibilidad si Barak se decide a aceptar el desafío y consigue unir a su alrededor a todos los partidos de la oposición, que se odian entre ellos. Eso es ya de por sí una tarea hercúlea.

En tal caso, yo recomendaría que se le votara. La verdad es que recomendaría que se votara a cualquiera con un mínimo de seriedad que se enfrente a Bibi. Creo que Bibi está abocando a Israel al abismo, una guerra eterna con los palestinos que nadie puede ganar.

¿Votaría a Barak a pesar de su historial? Las personas inteligentes saben aprender de la experiencia, aunque pocos lo hagan.

Ehud Barak es una persona muy inteligente.

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© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 30 Junio 2017 | Traducción del inglés: Jacinto Pariente

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