Todos sois cómplices

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Sanaa El Aji

@SanaaElAji

Socióloga (Casablanca, 1977). Empieza a trabajar como periodista en el semanario Nichane en 2006 con un reportaje sobre chistes irreverentes, por el que se le condena a tres años de cárcel (con pena suspendida). Continúa publicando en diversos medios marroquíes y hasta 2017 fue columnista del diario arabófono Al Ahdath Al Maghribia, uno de los diez periódicos más vendidos de Marruecos.

Publicado el 8 Sep 2018

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Seguro que la culpa era de ella. Siempre. Siempre.

Seguro que ella era la única responsable de lo que le ha pasado. Su ropa. Lo de salir a la calle. Como se movía. Como se quedaba quieta. Como respiraba… Hasta respirar puede ser un delito.

Cuando el agresor es famoso, lo defendemos porque es majo y guapo. Su guapura y su fama son razones suficientes como alejar toda sospecha de él. Segura que era ella quien lo acosaba, porque, en fin, es guapo y atractivo.

Cuando el agresor o los agresores son pobres, pues la culpa la tendrán la pobreza y la ignorancia, el régimen, la educación, el Gobierno, el Banco Mundial, la Liga de Campeones, los Pokemon o Trump. Lo que importa es buscar todas las causas posibles para acabar excusando la violación o el acoso, no vaya a ser que nos veamos forzados a condenar al verdadero criminal.

Obviamente, si no era virgen, no puede reclamar haber sido víctima de violación o acoso

Era ella quien iba a la habitación de él. Es que llevaba una falda corta. Era ella quien le seducía a él. Es que ella llevaba un hiyab y unos vaqueros ajustados que no casaban con el hiyab. Era ella quien salía por la noche. Es que aparece en un vídeo subido de tono. Es que estaba bebiendo un zumo. Era ella quien sonreía de forma desvergonzada. Es que saludaba a su amiga con la mano de una manera tan desinhibida… Es que parecía una puta. Una zorra. Una chica fácil.

Desde hace algunos meses, cuando se debate sobre el acoso social y el intento de violación al que se vio expuesta la chica del autobús de Casablanca, no falta quien sale diciendo que ella no era virgen y que además tenía sida. Así, los agresores se convierten por arte de magia en víctimas afectadas por la ‘corrupción moral’ de la chica que les puede inocular el sida. Y además, si no era virgen, eso significa que era una ‘perdida’ que se merecía todo lo que le pudiera pasar. En realidad todo el problema se reduce a este punto: ¿había sido capaz de conservar su himen o no? Porque obviamente, si no era virgen, no puede reclamar haber sido víctima de violación o acoso.

A continuación viene el debate sobre la chica de Marrakech a la que su agresor le bajaba los pantalones en medio de la calle, mientras ella gritaba como una histérica, y de nuevo, muchos achacan toda la responsabilidad a la pobreza y la ignorancia que padece la juventud.

En ambos casos, a sus defensores no ven nada malo en buscar excusas para quienes han cometido estos intentos de violación o abuso en el espacio público. Nadie se pregunta por la responsabilidad ética o penal de los agresores. Ni siquiera se plantea nadie que incluso desde una perspectiva religiosa deberían prohibirse este tipo de comportamientos. Es como si las obligaciones religiosas solo se pudieran conjugar en femenino. Como si solo a las mujeres se les juzgara por no respetar los principios de la religión y la moral. Mientras que la violación de estos mismos principios religiosos y morales – además de los princpios de derecho universalmente reconocidos– por parte de algunos hombres no se convierte jamás, bajo ningún concepto, en tema de debate.

Y así nos encontramos hoy ante tres problemas nuevos y bastante desagradables que han llegado a la luz pública en Marruecos y el extranjero (las cosas que siguen ocultas tal vez sean mucho peores aún): El caso del cantante Saad Lamjarred en Francia, el de la chica de Alejandría y el de Khadija en Marruecos.

Lo espantoso es que la víctima, Khadija, se puso a hablar de su “honor” y su “virginidad”… y de nada más

En Alejandría, una señora nadaba en el mar junto a su marido; ella llevaba burkini. Es decir que estaba cubriéndose todo el cuerpo y el pelo (¡mira que ya estamos aclarando que la mujer agredida no andaba desnuda ni vestía de forma provocadora, cuando deberíamos defender la libertad de cada una de vestir como quiere! Eso en sí mismo ya es algo odioso, que nos debería avergonzar a todos). El agresor comienza a acosarla. El marido le dice que se aleje de su mujer y que deje de acosarla. ¿Y qué hace el acosador? Simplemente, coge y mata al marido delante de todo el mundo.

¿Saben ustedes por qué lo mata? Porque le movía la sensación de ser fuerte… la fuerza del acosador al que no juzgan ni la ley ni la sociedad. La fuerza del acosador que sabe con certeza que la sociedad no le culpará, sino que le echará al culpa a la mujer que “ha aniquilado a su marido con su falta de recato”. Para empezar ¿cómo se le ocurrió ir a la playa? Vestir un burkini canónico no es un salvoconducto. Es a ella a quien juzgarán las miradas de sus vecinos y de su familia, porque ella se ha convertido en la causa de la muerte de su marido.

En alguna ciudad de esas partes de Marruecos que llaman improductivas, una chica menor de edad, de 17 años, fue víctima de un secuestro y una violación masiva por parte de 15 personas. Y para demostrar de qué salvajadas es capaz la especie humana, no se contentaron con violarla sino que tatuaron todos los miembros de su cuerpo con frases, nombres y símbolos. Como si quisieran firmar su crimen.

Esto no es lo espantoso. Lo realmente espantoso es que la víctima, Khadija, en una de sus apariciones, se puso a hablar de su “honor” y su “virginidad”… y de nada más. La primera penetración le suponía un problema. Ya la violación múltiple, el tatuaje, las torturas, todo eso no le causaban el dolor que se debe suponer que causan. Para ella – y para tanta gente más – , el único problema era que se había desvanecido su virginidad. Su honor había sido arrastrado por el fango: ahora era una “mujer perdida”.

En el momento en el que la víctima deja de ser virgen – y no importa si es mediante ese mismo delito, o desde antes – la violación ya no supone ningún peligro ni problema. Porque el verdadero peligro que ella afronta es perder “lo más preciado que tiene”.

¿Cuándo entenderemos que una chica por dejar de ser virgen no se convierte en un bien de acceso público?

La segunda atrocidad del mismo debate es la difusión de mensajes y vídeo en las redes sociales que proclaman que Khadija era una chica disoluta para empezar. Que abandonó su casa dos meses antes. Que era una puta. Que es la causa de que unos chavales inocentes hayan tenido que ir a la cárcel. Entre los que difunden ese mensaje, nadie se fija en que la chica en la grabación de vídeo no tiene nada que ver con Khadijan (ni en el aspecto ni en como habla)… pero lo más grave, lo más horrible, lo más amargo es que su hipotética fuga de casa, el que andara con un chico o tuviera una relación amorosa con él… ¿le da a alguien el derecho a violarla y torturarla?

Lo mismo pasa con el debate o los debates en torno a Saad Lemjarred: ¿Cuándo nos daremos cuenta de que  una chica que ha dejado de ser virgen, una chica que ha tenido una relación anterior con alguien, no se convierte en un bien de acceso público para el que quiera? ¿Cuándo aprenderemos que una chica a la que le gusta un chico y le acompaña a su habitación, y especialmente en un ambiente cultural distinto al de nuestra “educación de buen comportamiento”, no le da a ese chico el derecho a forzarla a tener relaciones sexuales? ¿Cuándo nos convenceremos de que una chica, por mucho sexo que haya tenido anteriormente, tiene derecho a decir No a cualquiera que no leguste y que el otro está obligado a respetar eque ella no tenga ganas de tener sexo con él?

El que una chica no sea virgen, el que beba alcohol, el que disfrute de una libertad que a los demás no les gusta, el que lleve minifalda o traje de baño… nada de todo eso, ni nada distinto tampoco, le da a nadie el derecho a violarla.

Aducir este tipo de detalles (y que además son mentira, en muchos casos) es simple y llanamente un respaldo a la cultura de la violación y una contribución a que se expanda de la manera aterradora en la que lo está haciendo.

Personalmente no le deseo a nadie que experimente esos sufrimientos. Pero la cuantía, el volumen y la forma de esas justificaciones a veces me hacen decir en secreto, cuando las escucho o leo: “Quizás os haga falta que viváis esos tormentos en vuestra carne para que entendáis lo terrible que son”. Luego me arrepiento de haberlo pensado, porque la violación, hasta a quien la justifique, es una experiencia humana terrorífica y no podemos deseársela a nadie.

Y vosotros, con toda frialdad, la justificáis? Sois cómplices del crimen.

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© Sanaa El Aji | Primero publicado en Marayana · 29 Agosto 2018 | Traducción del árabe: Ilya U. Topper

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