La caída de una moneda

Publicado por

Lara Villalón

@vm_lara

Periodista (Barcelona, 1992). Vive en Estambul.

Publicado el 21 Sep 2018

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Billetes de la lira turca con raki, la bebida nacional | © I. U. T. / M’Sur

Estambul | Septiembre 2018 |

Cuando Francisco González se despertó, sus acciones ya no seguían allí. Era el 10 de julio de 2018 y González, presidente del banco español BBVA, fijó su mirada al otro lado del Mediterráneo, donde las acciones del banco turco Garanti, de las cuáles el BBVA es el principal propietario, se habían desplomado un 8,2% en una sola sesión. La razón de la precipitada venta de títulos era el nombramiento del nuevo gabinete de ministros turco tras las elecciones del 24 de junio. En particular la personalidad del flamante ministro de Finanzas: Berat Albayrak.

Pese a tener experiencia en dirección de empresas y como ministro de Urbanismo en la pasada legislatura, los inversores recelaban de Albayrak por su cercanía a las ideas de su suegro, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan. “Pienso que veremos bajar los intereses pronto”, dijo el mandatario al ser reelegido. Saltaron las alarmas. Durante esa semana la lira turca se depreció un 7 % frente al dólar y al euro. Y desde entonces ha seguido cayendo. Si aquel 10 de julio, la lira estaba a 4,7 por dólar, hoy supera las seis unidades. En cuando al euro, aquel día el mercado turco cerró a 5,5 liras. Hoy no consigue bajar de las 7 unidades por euro. En conjunto, desde inicios del año, la moneda ha perdido un 40 % de su valor.

“Cuando Erdogan empezó a contar sus teorías a los inversores, ellos se dijeron que hay que salir pitando de Turquía”

El economista Emre Deliveli enumera tres acontecimiento recientes que han motivado una acelerada retirada de capitales, provocando así la volatilidad de la lira turca. El primero es la visita de Erdogan a Londres el pasado mayo en la que se entrevistó con importantes inversores. El segundo era el nombramiento de Albayrak, y el tercero, y más importante, la crisis con Estados Unidos. Las relaciones entre los dos países, tradicionalmente aliados, llevaban un tiempo tensos, pero el conflicto estalló tras la negativa de Ankara de liberar al pastor estadounidense Andrew Brunson, detenido en Turquía desde octubre de 2016.

“Hasta la charla en Londres, los inversores habían dudado de si los discursos de Erdogan sobre la economía reflejaban lo que cree de verdad o formaban parte de un show para conseguir apoyo público en época electoral”, comenta Deliveli. “Pero cuando en ese encuentro, cerrado a la prensa, Erdogan les seguía contando su teoría de que subir los tipos de interés provoca una mayor inflación, ahí empezaron a pensar que se lo cree de verdad. Que está majara. Y que hay que salir pitando de Turquía”, exclama.

La estabilidad política es un factor fundamental para la economía turca, que depende enormemente de la inversión extranjera.

Turquía, un país que prácticamente no dispone de hidrocarburos propios, basa sus ingresos sobre todo en la exportación de productos manufacturados, en primer lugar automóviles y textiles, a lo que se añaden la agricultura y el turismo. Pero la caída de la lira ha encarecido las materias primas necesarias, por lo que el margen de ganancias se mantiene escaso.

El llamativo crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) – un 6,8% de media en los últimos 8 años, con un pico del 11% en 2011 y un llamativo 7,4% en 2017 – se basa en gran parte en el consumo interno y la intensa actividad constructora -tanto viviendas como infraestructuras públicas – fomentada por el Gobierno. Pero es lo que los economistas llaman un crecimiento sobrecalentado: para mantener este nivel de consumo, el país necesita continuamente dinero fresco del exterior en forma de inversion financiera.

Las empresas constructoras tiene dificultades de devolver los préstamos en divisas para los macroproyectos del Gobierno

Para acometer macroproyectos como el tercer puente sobre el Bósforo, el del Golfo de Izmit – el cuarto más largo del mundo – o el túnel bajo el Bósforo, todos inaugurados en 2016, las empresas constructores han necesitado enormes préstamos en divisas. Lo mismo vale para el del tercer aeropuerto de Estambul, que se abrirá parcialmente este otoño y que pretende convertirse en el mayor del mundo cuando funcione a pleno rendimiento. Son precisamente estas deudas las que ahora se han encarecido enormemente por el desplome de la lira. Esta situación amenaza con dañar a todo un sector, especialmente el de las empresas cercanas al Gobierno y receptoras de los grandes encargos públicos, opina por su parte el economista Mustafa Sönmez.

Es el caso de la compañía de telecomunicaciones Türk Telekom, de la que el Estado turco posee el 25%. La operadora tiene que hacer frente a un préstamo de 4.000 millones de euros, que con la caída de la lira cada vez es más difícil de gestionar. El banco turco Garanti es dueño de parte de las acciones de Türk Telekom, otra preocupación para el BBVA de Francisco González.

Deuda pública

La deuda pública de Turquía se disparó el año pasado hasta el 53% del PIB según cifras oficiales. Si bien es una proporción aún muy por debajo de la media, que se sitúa en torno al 100% en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Sönmez señala varias características específicas que convierten la deuda turca en un serio problema. “No dejan de ser 466.000 millones de dólares, y el 65 % de esta suma está en el sector privado. Además, casi un 40 % corresponde a préstamos de corto plazo”, indica. “En los próximos 12 meses hay que devolver 180.000 millones de dólares. A eso se añade un déficit por cuenta corriente de 50.000 millones. En total, en el próximo año, el Gobierno debe encontrar 230.000 millones de dólares en divisas”, precisa el economista.

Sönmez se muestra convencido de que Ankara tendrá que acudir finalmente al Fondo Monetario Internacional (FMI) para evitar la bancarrota, si bien hasta ahora el Gobierno ha negado rotundamente su intención de hacerlo.

Pero la economía ya ha empezado a cojear. Varias históricas empresas ya se han declarado en bancarrota debido a la crisis de la lira. Firmas de joyería, ropa interior, alquiler de coches, supermercados y sobre todo del sector de la construcción, no han podido seguir pagando sus deudas porque la pérdida de valor de la lira ha disparado el precio de las materias primas y de los productos importados. El consumo de artículos caros se ha reducido y las tienas pierden clientes. Entre los afectados están firmas internacionales como la zapatería Hotiç, fundada en 1938, con 150 tiendas y 900 empleados en Turquía, y delegaciones en Suiza, Liechtenstein, Kuwait, Balcanes y Asia Central.

El Gobierno ha decretado que todos los alquileres en dólares o euros deben convertirse a liras

La Asociación de Marcas Turcas (BMD) ha apuntado otro factor: el principal problema financiero “deriva de los costes de alquileres fijados en moneda extranjera”, asegura. La presidencia turca reaccionó en septiembre, emitiendo un decreto que obliga a convertir a liras turcas todos los contratos de compraventa o alquiler firmados en divisas.

Ertugrul, propietario de un comercio de bolsos en el barrio de Eminönü en Estambul, comenta que el alquiler le ha subido casi 2.000 liras porque arrendó el local en dólares. “Eso es un sueldo. A mi empresa le irá muy bien si se hace este cambio por ley; de otra forma el propietario de mi local no me bajaría el alquiler”, comenta.

El último suceso que ha provocado el despeñe de la lira, una caída del 25% en el mes de agosto, ha sido el encontronazo diplomático con Estados Unidos. El presidente estadounidense, Donald Trump, pidió en su famosa cuenta de Twitter la liberación del religioso estadounidense Andrew Brunson, encarcelado en Turquía por su supuesta relación con la cofradía del predicador Fethullah Gülen, a la que Ankara atribuye el fallido golpe de Estado del 15 de julio de 2016.

El clérigo protestante lleva en prisión preventiva desde otoño de aquel año, pero fue en julio pasado cuando Washington exigió su liberación con un ultimátum. Ante la negativa turca, el Gobierno estadounidense impuso sanciones a dos ministros turcos, medida respondida en términos idénticos por Ankara días más tarde. Pero fue el 10 de agosto cuando Trump anunció por Twitter la duplicación de los aranceles sobre las importanciones de aluminio y acero turcos.Con una lapidaria aclaración política: “¡Nuestras relaciones con Turquía no son buenas en este momento!”.

“Si ellos tienen dólares, nosotros tenemos a Dios”, es uno de sus lemas favoritos de Erdogan

Este encontronazo provocó un desplome inaudito de la moneda turca y la retirada de varios inversores, pese a que Estados Unidos solo representa el 5% del comercio internacional turco. “El impacto real de los aranceles no es tan importante. El efecto más grave ha sido mostrar las malas relaciones entre Turquía y EEUU. Eso ha hecho que la prima de riesgo se dispare. Ahora es mucho más difícil conseguir un préstamo”, comenta el economista Sönmez.

La teoría del ataque

Erdogan, lejos de buscar una política conciliatoria para calmar los mercados, ha remarcado en más de una ocasión que lo que está viviendo Turquía no es una crisis económica, sino un ataque desde el exterior. “Si ellos tienen dólares, nosotros tenemos a Dios”, es uno de sus lemas favoritos en sus discursos. El mandatario también ha pedido a sus ciudadanos que saquen los dólares y oro que guardan debajo del colchón y los conviertan a liras turcas para favorecer la economía del país. “Hable con un taxista, con el de la tienda de la esquina: creen que lo que dice Erdogan es verdad, que es un ataque. Pero ya no todo el mundo se lo traga”, comenta Sönmez. Mientras tanto, el Banco Central turco intentó dar un respiro a la lira otorgando mayor liquidez a los bancos y aumentando los intereses de depósitos específicos. Medidas insuficientes para frenar el aumento de la inflación, que alcanzó el 17,9% el pasado mes de agosto.

Con la caída de la lira y la inflación, no solo las materias primas para producir han aumentado su precio. También han subido los costes de producción porque el país euroasiático importa energía y tecnología. El gobierno anunció a principios de septiembre un incremento del 15% en las tarifas eléctricas y un 9% para las de gas, mientras que en la producción industrial el gas ha subido un 14%. El encarecimiento de los costes de producción ha llevado a varias empresas a aumentar el precio de sus productos. Entretanto otras han optado por camuflar una subida de precio mediante la reducción de la cantidad de producto, para evitar un aumento directo del precio.

“Quiero felicitar a las empresas que no han aumentado sus precios. Les agradezco sus esfuerzos en reducir el peso de sus productos”, comentaba con ironía un usuario de Twitter. Compartía la imagen de una chocolatina que ha pasado de 35 a 32 gramos, con el mismo precio de venta. “‘¡Nos ayudan a no engordar!”, le respondía otro usuario. Ante las quejas de varios consumidores, el Ministerio de Comercio turco anunció que investigará e impondrá multas a empresas que hayan aumentado de forma “anormal” los precios o hayan recurrido a “subidas de precio encubiertas”.

“Hay productos de repostería que han pasado de 170 a 150 gramos pero el precio es el mismo”

Ahmet, dueño del supermercado Arzum, situado en el centro de Estambul, comenta que los ciudadanos empiezan a notar la crisis de la lira en la cesta de la compra. Solo en el mes de agosto las ventas en Arzum han descendido entre el 30 y el 40%. “Hemos tenido que prescindir de uno de nuestros trabajadores porque han caído mucho las ventas”, lamenta. El empresario indica que ha observado una “subida de precios encubierta” de varios productos. “Lo he notado en varios productos de repostería industrial y algunos aperitivos. De repente han pasado de 170 a 150 gramos pero el precio es el mismo. Espero que el gobierno tome medidas”, apunta.

Kemal por su parte, regenta una tienda de bebidas alcohólicas y tabaco y también ha notado un cambio en el consumo. “La mayoría de productos que vendemos son marcas extranjeras y con la caída de la lira han encarecido mucho, pero no hemos perdido clientes. Simplemente compran la opción más barata”, señala. Los bares y restaurantes en cambio luchan por ajustar sus precios para no perder parroquianos. “Hace un año vendíamos la jarra de medio litro a 12 liras. Ahora la vendemos a 17 y seguimos perdiendo clientes porque los sueldos no suben y la gente no puede costearlo. Hemos ajustado los precios todo lo que podemos”, señala Serhat, dueño del bar Tanya. “Algunos bares mantienen los precios muy bajos porque compran una cerveza llamada ‘Pera’, que no se vende en el mercado minorista, y la ofrecen como si fueran cañas de barril de una marca conocida”, alerta.

Otros sectores han resistido los aumentos de precio gracias a las subvenciones del Estado, pero con la frenética caída de la lira este verano se han visto obligados a encarecer los productos. La Federación de Panaderos turca informó recientemente que tendrán que aumentar el precio de las barras de pan y del ‘simit’, un panecillo de consumo habitual en Turquía. “El simit se ha encarecido no solo por el precio de la harina, sino también por el del sésamo, que recubre el panecillo”, comenta Figen, dueña de una panadería.

La caída de la lira ha tenido cierto efecto provechoso porque ha hecho los productos turcos más baratos y más competitivos en el mercado mundial, lo que ha incrementado las exportaciones… pero esto mismo empieza a tener un impacto negativo en el bolsillo de los consumidores: si hay una fuerte demanda externa, la cantidad disponible en el mercado interior es menor, y aumenta el precio. Así, el Ministerio de Comercio ha tenido que limitar las exportaciones de harina para frenar la subida de precios – de 150 a 175 liras el saco de 50 kilos- en el mercado nacional.

“El dinero que llega del mundo árabe no es tan voluminoso: solo representa el 10% del total de inversiones”

Ante la crisis, muchos miran al sur: los inmensos fondos soberanos de los países árabes del Golfo son desde hace tiempo un factor en la inversión. La esperanza es Qatar: Turquía fue el único país que acudió al rescate en todos los frentes, el diplomático, el económico e incluso el militar, cuando Arabia Saudí y Emiratos lanzaron su boicot contra Doha en junio de 2017. Durante una visita a Ankara en agosto, el emir qatarí, Tamim bin Hamad Al Thani, prometió poner en marcha un paquete de inversiones por 15.000 millones de dólares, o eso al menos filtró la prensa turca progubernamental, pero queda por ver cuánto de esto se materializará.

“Lo único que sí se ha firmado es un acuerdo por el que Turquía le da a Qatar 3.000 millones de dólares en liras turcas y recibe a cambio el mismo valor el rial qataríes, pero eso no es una inversión”, advierte Sönmez. “De todas formas, el dinero que llega del mundo árabe en su conjunto no es tan voluminoso como se pinta: solo representa el 10 por ciento de todo el dinero que llega desde fuera. Se suele exagerar su importancia. La relación con Qatar se basa en una solidaridad política, pero no es una salvación económica”, sentencia.

Varios economistas turcos han señalado que la única manera de frenar el debacle de la lira sería un drástico aumento de los tipos de interés, que hasta inicios de septiembre estaban en el 17,75 %, ligeramente por debajo de la tasa de inflación. Pero precisamente esta medida se encuentra con el tajante rechazo de Erdogan, que sigue defendiendo la poco ortodoxa teoría de que ello aumentaría la inflación en lugar de bajarla. Cuando, el 13 de septiembre, el Banco Central dio el paso y subió los tipos en 625 puntos básicos, hasta el 24%, Erdogan se volvió a oponer, aludiendo a principios éticos. Aunque subrayó que el Banco Central es una entidad independiente, adivirtió: “Mi percepción respecto a las tasas de interés es la misma. Nosotros no debemos ser partícipes en el uso de esta herramienta de explotación que llaman ‘tipos de interés’. La lira reaccionó bien: subí un 5% en pocas horas, pero volvió a perder la mayor parte de la subida en los días siguientes.

Sönmez entiende el rechazo de Erdogan a la subida de los tipos: motivará una reducción de la demanda que desembocará en una recesión. Pero cree que ésta llegará igualmente. “Ocurriá de todas formas, porque el alto precio de las divisas reducirá la demanda interna de muchos productos y provocará el descenso de la producción y un aumento del desempleo”, concluye. También Deliveli pinta el futuro negro: “La inflación subirá hasta el 20 % en los próximos meses. Muchas empresas irán a la bancarrota porque no tendrán capacidad de pagar sus deuda. Afortunados serán los que pueden mantener su empleo. Muchos no podrán”.

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