Los altavoces ¿un dogma de fe?

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Sanaa El Aji

@SanaaElAji

Socióloga (Casablanca, 1977). Empieza a trabajar como periodista en el semanario Nichane en 2006 con un reportaje sobre chistes irreverentes, por el que se le condena a tres años de cárcel (con pena suspendida). Continúa publicando en diversos medios marroquíes y hasta 2017 fue columnista del diario arabófono Al Ahdath Al Maghribia, uno de los diez periódicos más vendidos de Marruecos.

Publicado el 5 Oct 2018

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Durante una asamblea de residentes de una de las nuevas urbanizaciones, los vecinos hablan de todos los aspectos técnicos relacionados con los bienes comunes que necesitan mantenimiento: la limpieza, la seguridad etcétera.

Un vecino titubea un buen rato antes de levantar la mano y pedir la palabra. Cuando arranca a hablar se dedica al tema de los altavoces de la mezquita y la necesidad de someterlos a un arreglo técnico. Porque, dice, suenan extremamente altos en comparación con los estándares aplicados en las demás mezquitas del reino marroquí.

El pobre vecino se ve inundado por un alud de ataques violentos. Como si hubiera pedido a sus vecinos que abandonaran la fe.

¿Cuándo se convirtieron los altavoces en uno de los fundamentos del islam? ¿Es un altavoz algo más que un mero invento tecnológico del que uno se sirve para facilitar los ritos religiosos (aparte de otros muchos menesteres para los que se fabrica)? ¿Cuándo lo hemos convertido en un dogma de fe? ¿Por qué consideramos todo debate sobre su volumen una evidente herejía?

Aquel vecino que puso en la mesa la propuesta no estaba pidiendo derribar la mezquita, ni tampoco acallar ni acortar la llamada a la oración. Solo pedía un ajuste técnico de los altavoces porque tenían el volumen muy alto, sobre todo a la hora de la llamada del alba, lo que supone una molestia para los residentes.

Vivimos en un siglo con un sinfin de medios tecnológicos para despertar al practicante rezador

Vamos a ser objetivos, sin ninguna intención de arengas ideológicas: hay gente que necesita dormir bien para que sean capaces de trabajar durante el día. Hay ancianos. Hay bebés. Cuando el volumen de la llamada a la oración de la madrugada es muy alta, toda esa gente se ve expuesta a una perturbación de su ritmo de sueño, y esto puede tener numerosas consecuencias para su vida cotidiana.

Por eso, la llamada a la oración puede adecuarse a ciertos estándares técnicos para permitir que lo oigan los creyentes que desean rezar pero sin molestar a los demás. Y entre quienes arremeten contra esa sugerencia, probablemente haya cientos de personas que alguna vez se han sentido incomodadas ellas mismas por la misma causa. Es que hoy no estamos hablando de que alguien se sienta molesto por la llamada a la oración en sí, sino por las condiciones técnicas en las que se efectúa.

Vamos a ser ecuánimes y alejarnos de las emociones: vivimos en una época en la que las condiciones de trabajo y de vida son distintas de las de los siglos pasados, en una época en la que se han creado todas las condiciones necesarias para que se pueda despertar a la hora precisa alguien que desea rezar: la alarma del móvil, el despertador de toda la vida, el de la radio y un sinfin de otros dispositivos personales que pueden ponerse al servicio del creyente rezador sin molestar a los demás. En un siglo como este podemos perfectamente utilizar los altavoces – que, por cierto, no existían tampoco en la época del profeta – de una forma distinta.

No estamos hablando de los derechos de los ateos, sino del respeto a personas en su mayoría musulmanes practicantes

Lo que está sucediendo hoy es que se mete el aspecto religioso en todo debate técnico sobre el empleo de los altavoces para la llamada a la oración: como si cualquiera que hablara de bajar el volumen estuviera atacando el islam como tal o reclamara que se prohíba la oración. Cuando, al igual que hay que respetar todos los ritos religiosos, y entre ellos la obligación de realizar la plegaria del alba, también hay que respetar a las personas que no las practican… entre ellas quienes cumplen con los demás ritos del islam, aunque no con los rezos, o los que llevan a cabo las demás oraciones, pero no la de la madrugada. Es decir: aquí no estamos hablando de los derechos de los ateos, sino del respeto a personas que en su mayoría son musulmanes practicantes, solo que no se levantan para la oración del alba. Y nosotros no somos quiénes para juzgarlos, porque eso es un asunto entre ellos y su Creador.

Por todo eso se puede realizar la llamada a la oración sin altavoces, o con altavoces ajustados a un nivel que no llegue a molestar a los demás.

Históricamente, cuando el profeta encargó a su seguidor Bilal que llamara a la oración, su objetivo no era molestar a los musulmanes ni a los demás que convivían con estos en la misma zona, sino anunciar a los practicantes que había llegado el momento de la cita para rezar. Esa era la única finalidad de la llamada. Ahora, cuando hay multitud de medios técnicos para facilitar que todo el mundo se entere de la hora de la plegaria, podemos tratar el asunto con más inteligencia.

Por última vez: hay que recordar que los altavoces no son un fundamento de la oración ni una condición necesaria para realizar la llamada al rezo. Un altavoz es un invento tecnológico que podemos poner al servicio de nuestras convicciones religiosas sin someter por eso a presión a los demás.

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© Sanaa El Aji | Primero publicado en Al Hurra · 13 Sep 2018 | Traducción del árabe: Ilya U. Topper

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