Ojos de anhelo

Publicado por

Uri Avnery

Publicado el 14 Oct 2018

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El mundo entero observaba conteniendo la respiración mientras pasaban los días. Las horas. Los minutos.

El mundo observaba mientras el condenado, Muhammad Abu Ali, de Qalqiliya, esperaba su ejecución.

Sobre Abu Ali pesaba una condena por terrorismo. Había comprado un cuchillo y había matado a cuatro miembros de una familia de un asentamiento cercano. Había actuado solo, en un ataque de furia, después de que agentes de la Policía de fronteras israelí dispararan contra una manifestación y mataran a su primo, al que quería mucho.

El caso es imaginario. Pero guarda muchas semejanzas con lo que sucedería si un caso real que ahora está a la espera de que se dicte sentencia acabara tomando ese cariz.

En Israel no existe la pena de muerte. Fue abolida en los primeros años después de la independencia, cuando el recuerdo de la ejecución de los “luchadores por la libertad” judíos (a los que los británicos llamaban “terroristas”) estaba aún fresco en la memoria de la población.

Fue un momento de solemne celebración. Después del voto, en un arranque espontáneo de emoción, la Knesset al completo se puso en pie y guardó un minuto de silencio. Expresiones de emoción como los aplausos están prohibidos en la Knesset.

Aquel día me sentí orgulloso de mi país, del país por el que había derramado mi propia sangre.

Antes de eso, en Israel se había ejecutado a dos personas.

El primero fue fusilado poco después de la independencia. Se trataba de un ingeniero judío acusado de filtrar información a los ingleses, que a su vez la filtraron a los árabes. Tres oficiales del ejército se constituyeron en tribunal y lo condenaron a muerte. Más tarde se descubrió que el acusado era inocente.

Soy incapaz de matar un mosquito. No siempre era así. Con 15 años ingresé en una organización “terrorista”

La segunda condena fue la de Adolf Eichmann en 1962, un nazi austriaco que dirigió en 1944 la deportación de los judíos de Hungría a los campos de exterminio. No era un oficial de muy alto rango en las SS, no pasaba de teniente coronel (“Obersturmbannführer”), pero fue el único oficial nazi con el que los líderes judíos tuvieron contacto directo. Lo consideraban un monstruo.

Cuando lo secuestraron en Argentina y lo trajeron a Jerusalén tenía el aspecto de un vulgar empleado de banco, no muy impresionante ni muy inteligente.

Cuando lo condenaron a muerte, escribí un artículo en el que me preguntaba a mí mismo si estaba a favor o en contra de su ejecución. Escribí: “No me atrevo a decir que sí, ni me atrevo a decir que no”. Lo ahorcaron.

A modo de confesión personal diré que no puedo matar una cucaracha. Soy incapaz de matar un mosquito. No es una aversión consciente. Es casi una imposibilidad física.

No siempre era así. Cuando acababa de cumplir quince años, ingresé en una organización “terrorista”, el Irgun (‘Organización Militar Nacional), que por aquellos tiempos mataba a montones de personas en los mercados árabes, mujeres y niños incluidos, en represalia por los asesinatos de judíos durante el levantamiento árabe.

Yo era demasiado joven para participar en las acciones, así que mis colegas y yo nos ocupábamos de distribuir panfletos que informaban orgullosamente de estos actos. De manera que yo era, por supuesto, un cómplice, hasta que abandoné la organización, porque empezar a estar en deacuerdo con el “terrorismo”.

Sin embargo, el cambio verdadero en mi personalidad se produjo después de resultar herido en la guerra de 1948. Me pasé varios días en una cama de hospital sin poder comer ni beber. Solo podía pensar. El resultado fue mi incapacidad de dar muerte a ningún ser vivo, humanos incluidos.

Naturalmente, desde entonces soy un enemigo mortal de la pena de muerte. Me alegré con todo mi corazón cuando la Knesset la abolió (eso fue antes de convertirme en miembro de esa no tan augusta institución).

Pero hace unos días, alguien se acordaba de que la pena de muerte no está realmente abolida del todo. Hay un oscuro párrafo en el código de justicia militar que aún sigue vigente. Y ahora hay un verdadero clamor para pedir que se aplique.

Por cada condenado a muerte surgen docenas de personas deseosas de ocupar su lugar

El motivo es el asesinato de tres miembros de una familia judía de un asentamiento. Al atacante palestino lo hirieron, pero no lo mataron en el acto, como suele suceder en esas ocasiones.

La camarilla derechista que actualmente gobierna Israel ha prorrumpido en un unánime coro que exige la aplicación de la pena de muerte. Binyamin Netanyahu se ha unido a ellos junto a la mayoría de miembros de su gabinete.

La actitud de Netanyahu es fácil de entender, dada su falta de principios. Se deja llevar por la mayoría de su base de votantes. En estos momentos está implicado hasta el cuello en un ingente caso de corrupción por la adquisición de unos submarinos construidos en Alemania. Su destino político cuelga de un hilo. No es momento de andarse con contemplaciones morales.

Dejando aparte, de momento, mis incapacidades personales en lo tocante a la pena de muerte, si consideramos el problema desde un punto de vista meramente racional se concluye que estamos ante un enorme error.

La ejecución de alguien a quien su propio pueblo considera un patriota despierta una intensa ira y un profundo deseo de venganza. Por cada condenado a muerte surgen docenas de personas deseosas de ocupar su lugar.

Hablo por experiencia. Como ya he mencionado, me uní al Irgun con apenas quince años. Pocas semanas antes, los británicos habían colgado a Shlomo Ben Yossef, un joven judío que había disparado contra un autobús árabe lleno de mujeres y niños sin provocar víctimas. Fue el primer judío ejecutado en Palestina.

Más tarde, después de renunciar al “terrorismo”, aún me sentía emocionalmente afectado cuando los británicos ahorcaban a algún “terrorista” judío (tengo el orgullo de ser el autor de la única definición científicamente válida del término “terrorismo”: “Un “luchador por la libertad” es el que está en mi bando, un “terrorista”, el que está en el bando contrario).

Otro argumento contra la pena de muerte es el que he descrito al principio de este artículo: el intrínseco efecto dramático del castigo.

Desde el momento en que se dicta una sentencia de muerte, se implica todo el planeta, aparte de todo el Estado. Desde Tombuctú a Tokio, desde París a Pretoria se inmiscuyen millones de personas a las que el conflicto entre Israel y palestina no les importaba. El destino del reo copa de pronto sus existencias.

Las embajadas israelíes se verán desbordadas de mensajes de buenas personas. Las organizaciones humanitarias de todas partes tomarán cartas en el asunto. En muchas ciudades se celebrarán manifestaciones callejeras cada vez mayores.

Desde el momento en que se dicta una sentencia de muerte, se implica todo el planeta

La ocupación israelí de Palestina, tema hasta entonces secundario en la prensa y la televisión, se convertirá en el centro de atención. Los editores destinarán enviados especiales a la zona, los expertos darán a conocer sus opiniones. Algunos jefes de Estado sentirán la tentación de contactar al presidente de Israel para pedirle clemencia.

La presión aumentará según se acerca la fecha de la ejecución. Desde las universidades y las iglesias se llamará al boicot de Israel. Los diplomáticos israelíes enviarán alertas urgentes al Ministerio de Asuntos Exteriores en Jerusalén. Las embajadas reforzarán las medidas de seguridad.

El gobierno israelí se reunirá en apremiantes sesiones de emergencia. Algunos ministros recomendarán que se conmute la pena. Otros aducirán que tal medida sería una señal de debilidad que fomentará el terrorismo.

Soy consciente de que este argumento puede conducir a una conclusión errónea: la eliminación in situ de cualquier atacante palestino.

Hay un código tácito según el cual ningún “terrorista árabe” debe quedar con vida

De hecho, esta es una segunda discusión que divide Israel actualmente. Me refiero al caso de Elor Azaria, soldado y sanitario militar, que mató a bocajarro a un atacante palestino que estaba tirado en el suelo y sangraba abundantemente. Un tribunal militar condenó a Azaria a un año y medio de cárcel y el tribunal de apelación ha confirmado la sentencia. Mucha gente exige su liberación. Otros, incluyendo otra vez a Netanyahu, quieren que se conmute la pena.

Azaria y toda su familia están disfrutando muchísimo de ser el centro de atención nacional. Creen que hizo lo correcto de acuerdo con un código tácito según el cual ningún “terrorista árabe” debe quedar con vida.

En realidad, eso fue lo que dijo abiertamente, hace años, el entonces primer ministro Yitzhak Shamir (que como líder de la organización clandestina Lehi fue en su día uno de los “terroristas” más eficientes del mundo). Para eso no era necesaria mucha inteligencia.

#Se mire desde donde se mire, la pena de muerte es una medida bárbara y estúpida. Todos los países civilizados la han abolido, con la excepción de algunos estados de EE. UU. (que apenas pueden calificarse de civilizados).

Siempre que leo sobre el tema me vienen a la cabeza los inmortales versos de la Balada de la cárcel de Reading de Oscar Wilde. Al mirar a un compañero de presidio condenado a muerte que aguarda su ejecución, Wilde escribe:

Nunca vi un hombre que mirara
con ojos tan llenos de anhelo
hacia esa mancha de azul
que los prisioneros llaman cielo.

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© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 5 Agosto 2017 | Traducción del inglés: Jacinto Pariente

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