Reina en casa del marido

Publicado por

Sanaa El Aji

@SanaaElAji

Socióloga (Casablanca, 1977). Empieza a trabajar como periodista en el semanario Nichane en 2006 con un reportaje sobre chistes irreverentes, por el que se le condena a tres años de cárcel (con pena suspendida). Continúa publicando en diversos medios marroquíes y hasta 2017 fue columnista del diario arabófono Al Ahdath Al Maghribia, uno de los diez periódicos más vendidos de Marruecos.

Publicado el 24 Oct 2018

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Ver tu pelo es una vergüenza
Ver tus ojos es una vergüenza.
Ver tus dedos o tus pies… una vergüenza.
Todo lo que tienes causa vergüenza.
Hasta tu nombre causa vergüenza.

En algunos países de Oriente Próximo está muy difundido el fenómeno de ocultar el nombre de la mujer, de manera que se la llama por el nombre de uno de sus hijos. Tanto, que pronunciar el nombre de la madre se ha convertido en motivo de vergüenza. Al final, la agencia de Naciones Unidas para las mujeres UN Women se ha visto obligada a realizar un spot de sensibilización que pide a la gente apoyar a sus madres para que vuelvan a utilizar su nombre de pila. El filme se difunde en internet bajo el título Give mom back her name.

Ahora te encuentras como “Umm Ayman” o “Umm Rian” a mujeres que antes eran Zeinab o Nadia

Pese a que este fenómeno estaba prácticamente desconocido en Marruecos hasta la década pasada, últimamente ha hecho acto de aparición, desafortunadamente. Sobre todo se ha expandido por las redes sociales. Ahora te encuentras como “Umm Ayman” o “Umm Rian” a mujeres que antes conocías como Zeinab o Nadia. Luego hay otro patrón, y es que las mujeres se hacen llamar a sí mismas “Reina en casa de mi marido”. Como si estas mujeres no pudieran imaginar su propia existencia, salvo a través de sus hijos o sus maridos.

El fenómeno no se limita a las mujeres analfabetas o de pueblo, sino que se extiende también entre algunas de formación superior. Alguna pone en su tarjeta de visita: “Fulana, esposa de Mengano”. Otra borra directamente su apellido para colocar el del marido en su lugar.

Lo más llamativo del todo es que estamos en un país que no obliga por ley a las mujeres a que utilicen el apellido de su marido, como ocurre en varios países occidentales. Aquí, si una mujer casada borra su propio apellido – que es parte de su identidad – después de la boda es porque elige hacerlo. En Rabat incluso he visto un letrero en la puerta de un edificio en el que una médico anunciaba su consulta de la siguiente guisa: “Doctora Fulana Mengánez, esposa del doctor Fulano Zutánez”. Se pregunta una si los pacientes acuden a su consulta porque la doctora es una buena profesional o porque está casada con un médico.

Que una mujer mantenga su propio nombre y apellido no elimina el amor que pueda sentir por su marido ni por sus hijos. Puede estar enamoradísima de ese marido, y se puede derretir de amor por sus hijos, al tiempo que conserva su nombre de pila y su apellido.

Eso, para no hablar de las crisis profesionales en las que algunas mujeres se meten ellas solas cuando llega un divorcio (y es algo bastante previsible). Imaginemos que a nuestra colega la conocemos como Señora Tal durante largos años, y de repente nos pide, y además muy orgullosa, que cambiemos su apellido en todos los documentos y en unos cuantos apartados del oficio (la dirección de correo electrónico, su firma profesional…) porque se ha casado (pese a que el matrimonio es una relación humana y no un éxito personal y no necesariamente justifica todo ese orgullo que vemos entre algunas mujeres cuando se casan).

Luego, la cosa evoluciona en una dirección que ninguno de los dos ha deseado, y llega el día del divorcio. ¡Y la misma señora se ve obligada a cambiar de nuevo su firma como profesional! Y ya solo falta imaginarnos qué ocurre si llega a casarse una segunda vez…

El orgullo personal de ser esposa de un ministro limita toda su identidad a este rol

Hace unos días se difundió en Marruecos la tarjeta de visita de la esposa de un ministro del Gobierno. En ella, la mujer se presenta así: “Señora Baba Ahmed Fatima Zohra, esposa de Mustafa El Khalfi, ministro encargado de relaciones con el Parlamento y la sociedad civil”. Eso, cuando sabemos que la esposa del ministro El Khalfi es, ella misma, funcionaria en otro Ministerio y que, además, era consejera en el gabinete de ministros en el Gobierno anterior (en el que también fue ministro su marido, pero eso es otra historia). Es decir que ella tiene una existencia profesional independiente, además ser esposa de un ministro. ¿Por qué, entonces, ella se presenta como esposa de Tal, por muy ministro que sea ese Tal?

La señora Baba Ahmed ha señalado en algunos medios de comunicación que este procedimiento es algo habitual en los ambientes diplomáticos y que ella se presenta de esta forma para que la recuerden mejor cuando participa en reuniones. La realidad es que aquí, la señora Baba Ahmed incurre en una enorme falacia. Este hábito puede ser aceptable, de hecho, entre las esposas de los embajadores, porque la mujer de un embajador sí tiene una función oficial en el ejercicio de las funciones diplomáticas. Pero ¿qué función oficial tiene la esposa de un ministro? No es más que el orgullo personal de ser esposa de un ministro, hasta el punto de limitar toda su identidad a este rol.

Para resumir: Esto no es un llamamiento de rebelarse contra los maridos ni contra los hijos. El amor de una mujer por su padre, su madre, por su marido, sus hermanos o sus hijos no necesita demostrarse con pruebas. Ella puede vivir y desarrollar ese amor a la vez que mantiene su propia identidad. Y su apellido es parte de su identidad.

Sé tú, porque tú eres tú… aparte de pertenecer a un clan, aunque sola sea por el nombre.

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© Sanaa El Aji | Primero publicado en al Hurra · 4 Oct 2018 | Traducción del árabe: Ilya U. Topper

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