El lápiz de carpintero

Mona Eltahawy

Publicado por

M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 9 Nov 2018

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La abanderada

Mona Eltahawy | Foto promocional

– A mí el velo me hace sentir bien. Me gusta mostrar que soy musulmana. Además, estoy convencida de que me hace ser mejor, porque siento que Alá está conmigo en todo momento y me recuerda el deseo de agradarle. El hiyab para mí es una manera de estar en el mundo.

– El islam me permite ser una mujer liberada.

– Yo soy una feminista con velo y no necesito quitármelo para liberarme porque el hiyab no es sinónimo de opresión. Y soy una feminista creyente y no necesito renunciar a mi fe para liberarme porque Dios no es misógino.

– El velo es feminista y liberador, una forma de dejar en segundo plano la belleza en pro del intelecto. En Occidente creemos que la mujer está más ‘liberada’, pero estamos hartos de ver cómo se cosifica.

– Quien usa burkini lo hace porque quiere, porque forma parte de una filosofía de vida. Lo hacemos porque decidimos por nosotras, porque queremos ir así y, también, tiene que ver con el pudor.

Frases como estas las podrá leer, cualquier día, en la contraportada de los grandes diarios, en las entrevistas y ensayos de pequeñas revistas que se presentan como feministas, en todas partes. Todas ellas son citas literales de españolas convertidas al islam, que han convertido el velo islamista en la bandera de lo que llaman su ‘libertad’. La libertad de obedecer unos mandamientos divinos, diseñados para proteger a los hombres contra la pérfida influencia del sexo femenino. Pero eso no lo dirán en los diarios.

Menos mal que nos queda Mona Eltahawy: egipcia criada en Arabia Saudí. Ella sabe de lo que habla. Sabe que el velo negro, o de cualquier color, es una bandera blanca: la de la rendición. Que una mujer con velo se ha rendido ante la imposición ideológica que la considera culpable de toda agresión que pueda sufrir. Culpable de su sexo.

Y para que usted lo sepa, lector, por fin tenemos en castellano su libro El himen y el hiyab: Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual. Publicada este mes por la editorial Capitán Swing, que ha cedido un avance a M’Sur. Y ya en librerías.

[Ilya U. Topper]

 

 

 

El himen y el hiyab

Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual

 

Capítulo 2

Velo negro,
bandera blanca

 

 

En una estación de El Cairo, un día de primavera de 1923, una multitud de mujeres con velos y túnicas negros bajó de sus carros tirados por caballos para recibir a dos amigas que re­gresaban de un encuentro internacional feminista en Roma. Huda Shaarawi y Saiza Nabarawi salieron a la pasarela del tren. De repente, Huda —seguida por Saiza, la más joven de las dos— se retiró el velo del rostro. Las mujeres que habían ido a recibirlas rompieron en aplausos. Algunas imitaron su gesto. Las crónicas de la época recogen que los eunucos que custodiaban a las mujeres fruncieron el ceño con desagrado. Este acto valiente marcó el fin del sistema del harén en Egip­to. En ese momento, Huda estaba dividida entre las dos mi­tades de su vida: una vivida dentro de las convenciones del sistema del harén y la que protagonizaría como líder del mo­vimiento feminista.

Extracto de la introducción de Margot Badran a Harem Years:The Memoirs of an Egyptian Feminist [Los años del harén: memorias de una feminista egipcia], de Huda Shaarawi.

 

Una tarde a principios de los noventa, cuando yo tenía poco más de veinte años, me senté en el vagón para mujeres del metro de El Cairo. Llevaba una de mis faldas favoritas, con un estampado de flores rojas y verdes sobre un fondo marrón, una blusa marrón a juego y un pañuelo beis con los ribetes rojos. Me sentía muy orgullosa de combinar los velos con la ropa que lleva­ba y no me iba nada la austeridad por la que se caracterizaban las mujeres de Arabia Saudí, donde los velos y las túnicas, conocidas como abayas, eran negros. Mi madre y yo nos negábamos a llevar velos negros en Arabia Saudí y yo seguí con la misma tradición en Egipto donde, menos mal, el negro no era de rigor para las que llevábamos hiyab, una forma de vestimenta que cubre todo salvo el rostro y las manos.

Una mujer con nicab (un velo, normalmente negro, que cubre todo el rostro salvo los ojos) trabó conversación conmigo.

—¿Por qué no llevas nicab? —me planteó. Su pregunta era es­calofriante; el nicab siempre me había resultado aterrador por su forma de invisibilizar tanto el rostro como a la persona.
—¿No es bastante con lo que llevo? —le pregunté a la mujer.
—Si quisieras comerte un caramelo, ¿escogerías el que está envuelto o el que no tiene envoltorio? —me preguntó la mujer con nicab.
—Soy una mujer, no un caramelo —repuse yo.

Un caramelo envuelto, un anillo de brillantes en una caja… Estas analogías se usan con frecuencia en Egipto y en otros países para tratar de convencer a las mujeres de la importancia de cu­brirse. Comparan a las mujeres con objetos preciosos que se de­valúan si están expuestos, objetos que es necesario esconder, pro­teger y preservar. Cuando toca hablar de lo que se conoce como las restricciones islámicas de la vestimenta femenina, las mujeres no son simplemente mujeres.

Hay varias explicaciones que justifican que las mujeres se cu­bran con el velo. Algunas lo hacen por piedad, pues creen que el Corán exige esta expresión de modestia. Otras lo hacen porque quieren ser identificadas a primera vista como «musulmanas» y, para ellas, velarse es fundamental para esa identidad. Para otras mujeres, el velo es una forma de evitar las modas caras y las visitas a la peluquería. Para otras, es una forma de que las dejen en paz y les otorga algo más de libertad para moverse en un espacio pú­blico que cada vez está más dominado por los hombres. En las últimas décadas, a medida que el velo se hacía más habitual en todo el mundo árabe, fue en aumento la presión sobre las mujeres que no se velaban, y hubo más que decidieron ponerse el velo para evitar que las acosaran por la calle. Algunas mujeres se pelearon con sus familias por su derecho a velarse, mientras otras fueron obligadas por sus familias a ponérselo. Para otras, en cambio, era una forma de rebelarse contra el régimen o contra Occidente.

Por eso, el hecho de llevar hiyab dista mucho de ser sencillo. Está cargado de significados: mujer oprimida, mujer pura, mujer conservadora, mujer fuerte, mujer asexual, mujer estirada, mu­jer liberada. Decidí llevar hiyab cuando tenía dieciséis años y de­cidí quitármelo cuando cumplí veinticinco. No exagero cuando digo que el hiyab ha consumido una gran parte de mi energía intelectual y emocional desde que me lo puse por primera vez. Puede que dejara de llevar velo, pero nunca he dejado de pelear con lo que significa velarse para las mujeres musulmanas. Como nunca he ocultado que llevé el hiyab durante nueve años, a veces acuden a mí mujeres jóvenes que se debaten contra su velo, y con frecuencia también contra sus familias, que insisten en que deben seguir llevándolo: «¿Cómo te lo quitaste? ¿Cómo gestionaste la presión familiar? ¿Crees que es obligatorio? ¿Te lo volverías a po­ner? Mi madre me ha amenazado con encerrarme en casa si me lo quito alguna vez».

En árabe, hiyab significa «barrera» o «partición», pero ha ter­minado por representar una serie de códigos complejos de ves­timenta y modestia. El debate por el hiyab parte de este pasaje del Corán:

Y di a las creyentes que bajen la vista con recato, que sean castas y no muestren más adorno que los que están a la vista, que cubran su escote con el velo y no exhiban sus adornos sino a sus esposos, a sus padres, a sus suegros, a sus propios hijos, a sus hijastros, a sus hermanos, a los hijos de sus hermanos, a los hijos de sus her­manas, a sus mujeres, a sus esclavas, a sus criados varones fríos, a los niños que no saben aún de las partes femeninas (sura 24:31, trad. Julio Cortés).

Esta interpretación de las instrucciones del Corán sobre la mo­destia es respaldada por los distintos hadices según los cuales Muhammad supuestamente ordenó a las mujeres que se cubrie­ran todo el cuerpo salvo el rostro y las manos. El hadiz (que sig­nifica «tradición») es una colección de dichos y hechos atribui­dos a Muhammad, basados en relatos orales recopilados varios siglos después de su muerte. El hadiz de Bujari, considerado el más acreditado, menciona a varias mujeres que reaccionaron a la enseñanza del Profeta cubriéndose, algo que sustenta la creencia de que velarse fue una orden directa de Muhammad.

Pero velarse no ha sido y nunca será tan simple como estos pa­sajes sugieren. Yo no era consciente de eso al principio de llevar el hiyab. Hasta que no comencé a tener problemas con él no encontré interpretaciones alternativas; al principio no tenía ni el poder ni el valor de dejar de llevar el velo. Necesitaba aliados con argumentos religiosos que pudiera utilizar contra aquellos eruditos religiosos que mantenían que el hiyab era una obligación islámica.</

Descubrí una de esas alternativas en las obras de la socióloga y feminista marroquí Fatima Mernissi, una de las primeras men­toras intelectuales en mi camino hacia el feminismo. Ofrecía una interpretación distinta de las aleyas coránicas que contienen la palabra hiyab según las que, en su opinión, se deduce que la palabra significa «una cortina». Sus ensayos The Veil and the Male Elite: A Feminist Interpretation of Women’s Rights in Islam [El velo y la élite masculina: una interpretación feminista de los de­rechos de las mujeres en el islam] y Beyond the Veil: Male-Female Dynamics in Modern Muslim Societies [Más allá del velo: la diná­mica hombre-mujer en las sociedades musulmanas modernas] me ofrecieron una tabla de salvación que me envalentonó para pensar con independencia frente a la corriente dominante mas­culina de la enseñanza religiosa.1)

Mernissi creía que el «hiyab» que menciona el Corán hacía referencia a una cortina que se colgaba para darle privacidad al Profeta y su familia. Nos cuenta Mernissi que la aleya fue revelada después de un incidente en el que unos invitados se excedieron más tiempo del debido durante una visita al Profeta y su nueva esposa, y Muhammad era demasiado tímido para pedirles a sus huéspedes que se marcharan de su pequeña vivienda. El hiyab nunca fue concebido para segregar a los hombres de las mujeres —solo era un medio para proporcionarle privacidad al Profeta y su familia— y tampoco se trataba de esconder a las mujeres detrás de un pañuelo, según Mernissi. Para una mujer joven que se de­batía contra fuerzas a las que no creía que pudiera plantar cara, las palabras de Mernissi fueron una munición muy valiosa.

«Todas las religiones monoteístas están atravesadas por el con­flicto entre lo divino y lo femenino, pero ninguna tanto como el islam, que ha optado por la ocultación de lo femenino, al menos a nivel simbólico, que ha intentado velarlo, esconderlo, enmascararlo —escribe Mernissi en The Veil and the Male Elite [El velo y la élite masculina]—. Esta actitud hacia las mujeres que raya en la fobia resulta aún más sorprendente si tenemos en cuenta que el Profeta había animado a sus seguidores a renunciar a esta práctica de la jahiliyya (el periodo preislámico, que significa literalmente «la edad de la ignorancia») y a sus supersticiones […] ¿Es posible que el hi­yab, el intento de velar a las mujeres, que hoy en día es considerado un elemento básico de la identidad musulmana, no sea más que la expresión de la pervivencia de la mentalidad preislámica?».

Según la académica egipcio-americana y presidenta del Har­vard Divinity School Leila Ahmed, el uso del velo estaba exten­dido entre la sociedad preislámica, y no solo en Arabia, sino tam­bién entre las civilizaciones mediterráneas y mesopotámicas que habían precedido al cristianismo. Se utilizaba, entre otras cosas, para diferenciar a las mujeres libres (que se velaban) de las esclavas (que no).

Ahmed siguió aprovisionándome de munición contra el hiyab al disentir explícitamente de las opiniones que aseguran que el Corán obliga a llevar velo. «No aparece en ninguna parte del Co­rán como mandato explícito; en las únicas aleyas que tratan sobre las prendas de la mujer […] las insta a que se protejan las partes íntimas y se cubran los senos con un pañuelo», escribe Ahmed en Women and Gender in Islam: Historical Roots of a Modern De­bate [Mujeres y género en el islam: las raíces históricas de un debate moderno].

Ahmed subraya que, en vida del Profeta, sus esposas llevaban velo, una forma de diferenciarse de otras mujeres. Conocidas como las madres de los creyentes, fueron tomadas como modelos en materia de «pureza» y decencia, y esa es una de las formas en las que el velo comenzó a asociarse con la identidad islámica y esas virtudes en particular. Leer a Mernissi y a Ahmed fue un bálsamo que me envalentonó en mi lucha contra el hiyab y, a día de hoy, a menudo recomiendo su lectura a mujeres más jóvenes que están viviendo su propia lucha.

Pero el hiyab en el título del libro y los velos de este capítulo no son simples símbolos religiosos. Últimamente no me interesa tanto debatir la necesidad religiosa de velarse como preguntar cómo ha cambiado la percepción de la mujer y las percepciones de las mujeres sobre sí mismas con la adopción extendida del hi­yab. ¿Somos algo más que nuestros velos?

Aunque no se han llevado a cabo estadísticas exhaustivas sobre el uso del velo, a simple vista parece que ahora hay más mujeres que nunca con velo desde las primeras décadas del siglo XX en Oriente Medio y en el norte de África. En un artículo de 2007, el New York Times afirmaba que hasta el 90 % de las mujeres musul­manas de Egipto llevan algún tipo de velo. Un estudio reciente del Institute for Social Research de la Universidad de Michigan, que analizaba los países de mayoría musulmana: Egipto, Irak, Líbano, Pakistán, Arabia Saudí, Túnez y Turquía, mostraba que una mediana del 44 % de los encuestados prefería que las mujeres se cu­briesen el cabello en público. Una mediana del 10 % prefería otras alternativas que cubrían el cuerpo de la cabeza a los pies y que cubriesen el rostro casi por completo, como el burka y el nicab. En Arabia Saudí, la cifra aumentaba hasta el 63 %.

El predominio del velo en Oriente Medio y el norte de África en la actualidad es la última oscilación de un péndulo. Este paso de una forma de vestir conservadora a otra liberal y vuelta a em­pezar ha sido frecuentemente descrito como fluctuaciones entre el «islam» y «Occidente», una dicotomía que dificulta especial­mente hablar sobre el velo o criticarlo sin posicionarse de un lado o de otro. Pero debemos encontrar una forma de hablar del hiyab que no lo reduzca a una elección entre culturas.

El momento histórico en el que Huda Shaarawi se quitó el velo en 1923, quien comenzó un movimiento contra el hiyab en Egipto que duraría décadas, normalmente se enmarca en esta dinámica islam versus Occidente. Shaarawi pertenecía a la clase alta —se expresaba con fluidez en otros idiomas además del árabe—, que, junto a una creciente clase media, admiraba las costumbres euro­peas y las consideraba una impronta «moderna».

Los intelectuales egipcios habían tenido como ejemplos libe­rales a los europeos desde el siglo XIX. En 1899, el reformista Qa­sim Amin escribió un controvertido libro titulado Tahrir al Mar’a [La liberación de la mujer], donde argumentaba que el velo se interponía en el progreso de la mujer y, por extensión, el de Egip­to. Los eruditos musulmanes reaccionaron con firmeza ante la polémica de Amin y exigieron que las mujeres que se quitaran el velo fueran encarceladas o, cuando menos, sancionadas. Afirma­ban que el velo era la forma de vestir «tradicional» y «auténtica» de las mujeres, convirtiéndolo en el uniforme de las menos favo­recidas, para las que la educación, los idiomas y las costumbres europeas no eran una opción.

Cuando Evelyn Baring, el cónsul general de Egipto, abanderó las ideas de Amin, se instauró una dinámica terrible por la cual los derechos de la mujer se convirtieron en el títere del poder im­perial, haciendo que fuera casi imposible que aquellos que se opo­nían a la ocupación y la influencia europea criticaran el velo sin que pareciera que tomaban partido por Occidente.

Después del golpe de 1952 —en el que un grupo de oficiales militares derrocó al rey— que puso fin a la monarquía en Egipto y terminó con la ocupación británica, ir descubierta dejó de asociar­se con los antiguos gobernantes y pasó a identificar a las mujeres trabajadoras egipcias que ocupaban puestos en el floreciente sector público. En los años sesenta prácticamente solo llevaban velo en Egipto las integrantes del movimiento de los Hermanos Musulma­nes y las habitantes de ciudades pequeñas y zonas rurales.

Entonces, ¿qué ha cambiado? ¿Qué ha hecho que el péndulo regrese al velo?

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1) Aunque estos dos ensayos no están publicados en España, la mayoría de la obra de Mernissi ha sido traducida al castellano. La autora también aborda el tema del velo en su ensayo El miedo a la modernidad: islam y democracia (Madrid: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2007, trad. de Inmaculada Jiménez Morell) y, sobre todo, en El harén político. El profeta y las mujeres (Madrid: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 1999, trad. de Inmaculada Jiménez Morell). [Volver al texto]

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© Mona Eltahawy · 2016 | Traducción del inglés: María Porras Sánchez | Esta edición: © Capitán Swing Libros (2018) | Cedido a M’Sur por la editorial.

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