El lápiz de carpintero

Tahar Ben Jelloun

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M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 21 Nov 2018

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Los años de plomo

Tahar Ben Jelloun (Granada, Abr 2018) | © Ilya U. Topper / M’Sur

No sé cuántas veces en la Historia se ha utilizado la expresión “Años de plomo” para describir una época de represión, dictadura, persecución, esa época en la que cualquier joven con ganas de leer tiene un pie en la cárcel. Pero la primera vez que la escuché fue en Marruecos, en los tardíos ochenta. Entonces ya se refería a una época anterior: los sesenta y setenta. Pero persistía su sombra. Una sombra plomiza, negra, silenciosa.

El silencio. Eso fue la característica más destacada de los años de plomo marroquíes. Aunque el nombre del metal también hace, por supuesto, alusión a una bala de fusil, no eran tanto los disparos los que caracterizaban la represión. Hubo muertos, por supuesto. Hubo en un par de ocasiones soldados ametrallando una muchedumbre. La comisión de reconciliación creada en 2004 documenta 1.018 muertos en los 38 años del régimen de Hassan II (1961-1999); otros creen que superan los 3.000. Conocemos cifras inmensamente más espantosas de otras dictaduras. Hassan II era demasiado inteligente: sabía que no hacía falta matar tanto para mantener al pueblo sometido. Bastaba con un miedo plomizo que imponía silencio. Cualquier frase dicha a cualquier amigo podía acabar en manos de la policía. Siempre. Y la policía no te iba a detener a la primera. Te iba a invitar a un café y decirte que reflexionaras un poco.

Mucha gente reflexionó. Otros, los menos, siguieron adelante y acabaron en celdas, sufrieron torturas; algunos desaparecieron para décadas en el tártaro, la cárcel subterránea de Tazmamart. La represión no se veía, no había militares armados por todas partes, no se exhibía el totalitarismo, la verdadera policía iba de paisano. Marruecos podía parecer a primera vista un país sin mayores problemas. Pero bajo el griterío de los zocos había un enorme silencio.

Es esta época con la que ahora, medio siglo después, hace cuentas Tahar Ben Jelloun: narrando la parte que le tocó a los 21 años, en 1966. En su caso no fue la cárcel sino algo tal vez peor: un cuartel militar. No hacía falta que se lo llevaran detenido: le dieron un billete de tren de tercera y le dijeron que se presentase mañana.

Por supuesto, fue.

El primer capítulo de El castigo (La punition en su original francés), cedido a M’Sur por la editorial Cabaret Voltaire, narra este viaje en tren hacia el pueblo donde se halla el cuartel. El resto de la historia, ya en librerías.

La nube de plomo sue fue disipando poco a poco en los años noventa, antes ya de que muriera Hassan II en 1999. Tazmamart se cerró en 1991. Los kioscos se poblaban de revistas. En 1999, yo decidí quitarme de encima a un guía turístico particularmente pesado en Tánger con un viejo truco: empezar a preguntarle por política. Me respondió. Ahí supe que Marruecos había cambiado.

[Ilya U. Topper]

 

 

 

El castigo

 

Capítulo 1

Camino hacia El Hayeb

 

 

El 16 de julio de 1966 fue una de esas mañanas que mi madre atesoró en su memoria para contárselas, según dice ella, a su sepulturero. Una mañana sombría, de cielo blanco y despiadado.

Las palabras se ausentaron de aquel día. Solo quedan unas miradas vacías y resignadas, y una madre a la que unas manos sucias arrebatan a un hijo que aún no ha cumplido veinte años. Llueven órdenes, insultos —«a este hijo de puta lo vamos a enderezar »—, mientras el motor del jeep militar escupe un humo asfixiante. Mi madre se teme lo peor y resiste para no desplomarse en el suelo. Son tiempos donde los jóvenes desaparecen, la gente vive con miedo, habla en voz baja. Uno sospecha hasta de las paredes que graban las frases pronunciadas contra el régimen, contra el rey y sus matones, contra unos militares dispuestos a todo y unos policías de paisano que ocultan su violencia tras unas fórmulas huecas. Antes de marcharse, uno de los dos soldados dice a mi padre: «Mañana, tu hijo debe presentarse en el campamento de El Hayeb. Órdenes del general. Aquí tienes un billete de tren, de tercera. ¡Más le vale no faltar!».

El jeep suelta una última bocanada de humo y desaparece tras el chirrido de los neumáticos. Yo ya sabía que mi nombre figuraba en una lista. La víspera habían pasado unos tipos por la casa de Monsef y este me avisó de que habría represalias. Alguien se lo había dicho, quizá su padre, pues tenía un primo en el Estado Mayor. Me pongo a buscar El Hayeb en un mapa antiguo de Marruecos. Mi padre comenta: «Está cerca de Meknés, es un pueblo de militares».

A la mañana siguiente, viajo en el tren con mi hermano mayor. Ha insistido en acompañarme. No tenemos ninguna información, solo una fría convocatoria.

 

¿Qué delito he cometido? Haber participado el 23 de marzo de 1965 en una manifestación pacífica de estudiantes, reprimida a sangre y fuego. Estaba con un amigo cuando de pronto unos miembros de la brigada de los denominados chabakuni 1) se pusieron a golpear sin motivo alguno y con todas sus fuerzas a los manifestantes. Aterrorizados, echamos a correr y nos refugiamos en una mezquita. Por el camino, vi cuerpos ensangrentados en el suelo; luego, a unas madres corriendo hacia los hospitales en búsqueda de sus hijos. Vi pánico y odio. Vi el rostro de una monarquía que había dado carta blanca a los militares para restablecer el orden a toda costa. Aquel día, el divorcio entre el pueblo y su ejército se había consumado para siempre. En la ciudad corrían rumores de que el general Ufkir en persona había disparado desde un helicóptero contra la multitud en Rabat y en Casablanca.

Esa misma noche, la Unión Nacional de Estudiantes de Marruecos se había reunido clandestinamente en las cocinas del comedor de la Ciudad Universitaria, y yo, con toda ingenuidad, asistí también. Ni siquiera había terminado la reunión cuando oímos el ruido de unos jeeps, alertados quizá por un chivato. Los responsables de la UNEM llevaban un tiempo sospechando de un estudiante que podía ser un soplón de la policía. Era bajito, delgado, feo y muy inteligente, pero no conseguían demostrar su colaboración con el enemigo. La policía irrumpió, se llevó a los más mayores y apuntaron los nombres de los demás. Creí haberme librado…

 

Los vagones datan de antes de la Segunda Guerra Mundial, los bancos son de madera y avanzamos a paso de tortuga. Los paisajes desfilan con una extraña lentitud. De vez en cuando el tren se detiene. Nos asomamos por la ventanilla y respiramos el aire contaminado por el humo de la locomotora. Sube gente cargada con cestos, bolsas; algunos llevan aves vivas. Fuman tabaco barato. Toso y miro para otro lado. Pienso en los debates de los últimos meses, inútiles, estériles. A nuestra edad, es normal querer cambiar las cosas. No hacemos daño a nadie, nos pasamos horas hablando sobre cuestiones teóricas y prácticas. Queremos luchar contra la injusticia, la represión y la falta de libertades. ¿Hay algo más noble? Casi ninguno de nosotros milita en algún partido. Uno del grupo es comunista, o al menos eso dice, pero no intentamos saber lo que significa realmente para él. Odia a los Estados Unidos. Yo adoro el jazz y el cine norteamericano. No entiendo, pues, esa rígida actitud. Para él, todo lo que viene de aquel país es malo, nocivo y se debe desechar. No bebe Coca-Cola, por ejemplo. Es su modo de expresar su antiamericanismo. A mí me gusta, especialmente en verano, beberme un vasito fresco. No creo convertirme por ello en cómplice de las atrocidades cometidas por el ejército estadounidense en Vietnam.

El tren arranca despacio. Mi hermano se ha quedado dormido. El campesino y sus gallos vivos apestan. Creo incluso ver un piojo o una pulga en el cuello sucio de su camisa raída. Saca una pipa larga, la llena de tabaco y la enciende. Es de kif. Fuma tranquilamente sin tan siquiera ocurrírsele que pueda molestarnos. Noto que me empieza la jaqueca. Hace un rato que presentía su llegada. Cojo una aspirina de la bolsa, y el campesino me tiende una botella de agua. Me hubiera gustado tener a mano un vaso. Le doy las gracias y me tomo la pastilla. Salgo un rato a estirar las piernas por el pasillo del tren. A lo lejos, en el campo, un pastor está tumbado bajo un árbol, echándose un sueñecito. ¡Qué envidia me da! ¡Qué afortunado! Nadie lo va a castigar. Sé que no ha hecho nada, pero yo también soy inocente y, sin embargo, aquí estoy en este maldito tren, viajando hacia un cuartel sin la menor idea de lo que me espera allí. Veo pasar a una campesina. Me recuerda a mi novia. Estoy triste. Zaina no vino a casa a despedirse de mí, a pesar de que la llamé por teléfono. Su madre me contestó de manera cortante. Cuando le conté a Zaina lo ocurrido, no dijo nada, o, más bien, lanzó un suspiro de hartazgo como si la estuviese incordiando. «Adiós», me dijo, y colgó. Estoy enamorado de ella, me paso el tiempo recordando el momento en que nos conocimos en la biblioteca del Centro Cultural Francés. Nuestras manos coincidieron en el mismo libro, El extranjero de Camus. Me dijo: «Debo hacer un trabajo de clase sobre él». Y yo le contesté enseguida: «Te puedo ayudar, yo ya lo he estudiado». Así fue como nos dimos cita varias tardes en el Café Pino, en la calle de Fez. Hablábamos del argumento de la novela, sobre el asesinato de un árabe a causa del resplandor del sol, o simplemente de un disgusto. Ella me decía: «Su madre ha muerto, y él ni siquiera sabe cuándo. Es un mal hijo…». Yo tampoco entendía cómo un hijo puede dudar sobre el día de la muerte de su madre. Tras intercambiar nuestros motivos de asombro, nos miramos como Cary Grant e Ingrid Bergman. La acompañé muchas veces hasta el portal de su casa. Una noche, aprovechando un corte de luz en la calle, le robé un beso. Ella me abrazó y así empezó una historia de amor que adquirió unas dimensiones enormes. Nos escondíamos para amarnos. Ella preservaba su virginidad y yo me contentaba con acariciarla. La oscuridad era nuestra cómplice. En aquellos abrazos furtivos, la excitación nos hacía temblar, embriagados por un amor sembrado de dudas y pasión. Imposible olvidar aquellos instantes, prolongados luego en nuestros sueños. Al día siguiente, cada cual narraba al otro su noche. Éramos felices. Unos jóvenes locos. La gendarmería de Su Majestad se dispone a acabar con todo esto de manera brutal e irreversible.

Hacia las siete de la tarde, el tren entra en la estación de Meknés. El calor es sofocante. El último autobús a El Hayeb ha salido hace media hora. Pasar la noche en esta ciudad que desconocemos no augura nada bueno. Mi hermano encuentra una pensión barata. El tipo de la recepción es tuerto, y lleva una barba de varios días, escupe en el suelo con un ruido seco, debe de ser un tic. Nos pide que le paguemos por adelantado y nos tiende una llave enorme, diciendo: «Aquí, nada de putas». Agacho la mirada, incómodo ante mi hermano mayor. Una habitación con dos camas. Las sábanas están sucias, con manchas de sangre desperdigadas por la tela. Nos miramos sin decir nada. No hay otra opción. Si eres pobre, no te andas con remilgos ante la mugre.

Mi hermano saca de su bolsa de viaje una hogaza de pan, queso de La vaca que ríe, un pollo asado que nos ha cocinado mi madre y dos naranjas. Ha sido previsora. Sentados en el suelo, nos ponemos a comer sin hacer ningún comentario. Al ir a lavarnos las manos, nos damos cuenta de que no hay ni lavabo ni retrete en la habitación. Todo está en el pasillo, y en un estado de suciedad repugnante. Como dos seres extraviados, nos miramos y bajamos la vista, desconcertados. Nos echamos en la cama vestidos. El somier está hundido por el centro. Parece una hamaca. Solo faltan las palmeras, el buen tiempo, el cóctel tropical y la aceituna verde. No puedo dormir. El dolor de cabeza se ha agudizado. Me siento en el borde de la cama. Algo me pellizca la nuca. Me rasco y compruebo que es una chinche. La aplasto entre los dedos. Apesta. ¿Conseguiré algún día olvidar ese olor a sangre y a heno podrido? Mi hermano se despierta por el ruido y está molesto por el olor. Salgo a lavarme las manos al fondo del pasillo. El chorro de agua del grifo es muy fino. El lavabo está roto, la suciedad se ha introducido en las grietas.

Regreso a la habitación y me siento de nuevo en el borde de la cama. La luz, a pesar de ser tenue, me permite sorprender a dos chinches más en la almohada. La sacudo, caen al suelo y las aplasto con los zapatos. Mi hermano se pone también a cazar esos bichos apestosos. Es la primera vez del día en que nos reímos, cuando en realidad tenemos ganas de llorar por nuestro destino, por haber dejado a nuestros padres enfermos por culpa de la citación que nos entregaron esos malditos gendarmes.

De pronto, un buen día, se presentan unos hombres en la casa de cualquier hijo de vecino, en nombre del gobierno —ni siquiera uno se atreve a comprobar su identidad—, y dicen que han venido para un control rutinario: «Debemos aclarar unos puntos con su marido, estará de vuelta dentro de una o dos horas, no se preocupe». Y luego pasan los días y el marido no regresa. La arbitrariedad y la injusticia están tan extendidas que uno vive con miedo. Mi padre sueña con un sistema como el de los países nórdicos; a menudo nos habla de Suecia, de Dinamarca y de democracia. También le gusta Estados Unidos donde a pesar de que asesinen a los presidentes no se vengan del pueblo. «John F. Kennedy ha muerto. Su asesino ha sido abatido. ¡Y ya está!», me dijo un día.

 

En mitad de la noche, me invade el cansancio. La cabeza me arde y estoy sudando. Abro la ventana y entran mosquitos en tropel. La vuelvo a cerrar. Intento pensar en una pradera, en su verdor, y me imagino sentado en un banco charlando con amigos, a lo lejos avanza hacia mí una chica con un vestido vaporoso. Es un sueño. Otra picadura de chinche me sobresalta. Decido levantarme. Busco en la bolsa de viaje y encuentro unas galletas que mi madre nos ha preparado. Me tomo dos. Caen algunas migas al suelo. Las hormigas se avisan unas a otras y acuden en masa. Me entretengo observándolas. Mi hermano ha conseguido quedarse dormido. Está roncando, le chisto un poco sin resultado. Cambia de postura y sigue roncando. Lo observo atentamente y le descubro una incipiente calvicie. Me lleva doce años. Es un hombre generoso y sonriente. Se casó muy joven con una prima nuestra.

Le interesa la política, y, como mi padre, es muy cuidadoso con los temas delicados. Se expresa con metáforas, nunca habla de nadie en concreto, aunque su rostro es como un libro abierto. Él fue quien explicó a mis padres que la citación militar era un castigo. Mi madre se echó a llorar: «¿Qué ha hecho mi hijo para que lo castiguen? ¿Por qué lo van a encerrar en un cuartel? ¿Por qué quebrar su juventud y robarle su salud, y, con ella, la mía?». Mi padre le contestó: «Sabes muy bien el motivo: se ha metido en política». Mi madre, indignada: «¿Qué pasa con la política? ¿Acaso es un crimen?». Entonces, ante mi asombro, mi padre se puso a darnos una lección: «Política en árabe se dice siyasa, del verbo sasa, o sea, dirigir, conducir a un animal, una yegua o un burro; saber guiarlo hasta el sitio adecuado. Hacer política es aprender a gobernar a la gente; nuestro hijo ha querido dedicarse a ese oficio, y ha fracasado; por eso toman represalias contra él. En otro país lo habrían felicitado, en el nuestro lo desaniman para que se arrepienta de haberse extraviado en un coto reservado a los que tienen los medios para ejercer el poder, y no soportan vérselo arrebatar. Eso es todo. Muy sencillo. Nuestro hijo se ha equivocado, se ha perdido en un territorio ajeno».

En realidad, intentaba convencerse a sí mismo de sus palabras. Mi padre odia las injusticias. Toda su vida las ha denunciado, ha luchado contra ellas como ha podido. Es consciente de que aquí combatir las injusticias puede acabar muy mal. A su sobrino lo detuvieron y encarcelaron por haberse atrevido a decir en público: «La corrupción en este país comienza por arriba y va bajando hasta el mozo de los recados». Aquello lo había traumatizado. Tres días después de haber ido a verlo a la cárcel, mi padre recibe la visita de dos tipos. Lo someten a un intenso interrogatorio. En un momento dado, uno de ellos le pregunta: «¿Tú tienes dos hijos, dos varones, verdad? ». Entonces se da cuenta de que debe adoptar un perfil bajo. El pobre se puso malo. Por la noche, tuvo fiebre y se fue a la cama sin decir palabra. Al día siguiente nos habló a mi hermano y a mí de este modo: «Debéis estar alerta; nada de política, este país no es Dinamarca, a pesar de ser también una monarquía. Aquí, quien manda es la policía. Pensad, pues, en mi salud y en la de vuestra madre; su diabetes puede empeorar, nada de reuniones, nada de política…».

Le contestamos que, aunque no nos metiéramos en política, el poder iría a por nosotros. Vivimos en un sistema donde todo está bajo control, y el miedo y la sospecha, siempre presentes. Un primo de mi padre que conocía a alguien del Servicio de Inteligencia le avisó de que me habían visto tomar un café con un líder del movimiento estudiantil de Rabat. ¡Tomar un café: un crimen denunciado y registrado! Yo, por mi parte, en esa época, no tenía ni remotamente conciencia de la magnitud del aparato de seguridad del Estado. Dirigía el Cine Club de Tánger con una sensación de total impunidad. No veía en ello nada político. Sin embargo, tras haber proyectado El acorazado Potemkin de Eisenstein, al día siguiente recibo una citación de la policía. Tengo quince años y me echo a temblar pues es la primera vez que piso una comisaría. El funcionario que me convoca, seguramente de un alto rango, me dice: «¿Sabes que esa película es una incitación a la rebelión?».
Me quedo estupefacto. Y me lanzo a explicarle:
«En absoluto, señor. Esa película cuenta un hecho histórico. No tiene nada que ver con nuestra realidad. Es arte. Eisenstein es un gran cineasta, ¿sabe usted?
—¡Déjate de rollos! Sé quién es Eisenstein. Yo quise estudiar cine, incluso me matriculé en el IDHEC de París, pero la muerte accidental de mi padre me obligó a interrumpir mi carrera, y, como entonces la policía buscaba gente, me apunté. Bueno, ve con cuidado a partir de ahora; has tenido suerte de dar con un cinéfilo. Por cierto, ¿cuál es la próxima película del Cine Club?
—El manantial, de Ingmar Bergman.
—Muy bien elegida. ¡Al menos en esa no hay política!».

 

Hacia las cinco de la mañana, ya no siento las chinches ni los mosquitos. Las hormigas han desaparecido. Agotado, me quedo dormido. Ni sueños ni pesadillas. A las ocho, me despierta mi hermano. Debemos irnos. Desayunamos en el café de al lado de la pensión. El café está malísimo, pero el té con hierbabuena, delicioso, acompañado con unos buñuelos fritos. Mi hermano me avisa: «¡Ten cuidado, quizá el aceite con que los han frito es del año pasado!». Es más llevadero que las chinches. Los buñuelos me recuerdan mi niñez en la medina de Fez. Una vez por semana íbamos al hammam, y mi padre los compraba para el desayuno, en el camino de vuelta a casa. Los mojábamos en miel. Eran deliciosos. Inolvidables. En el cuenco quedaban algunas migas y abejas muertas; a mi hermano y a mí nos encantaba rebañarlo. Nos chupábamos los dedos riéndonos.

Un mendigo tiende la mano, le doy los buñuelos. Los engulle; luego llega otro, le doy mi vaso de té, y me dice que prefiere una taza de café. Moscas y abejas revolotean sobre nuestras cabezas. La ciudad se despierta. Un vendedor de hierbabuena pasa gritando: «¡Fresca y deliciosa!». Es de una variedad de los alrededores de Meknés, en la zona de Muley Idriss Zerhun, que lleva el nombre del santo patrono de Volúbilis. Tras esta noche horrible e interminable, ya estoy listo para afrontar todo.

Buscamos un taxi para ir a El Hayeb, situado a media hora de Meknés. La gente espera, los mendigos rondan, un niño descalzo recoge una colilla de cigarro del suelo, otro mayor que él lo echa de allí a empujones. Unos turistas despistados se ven acosados por unos chicos que dicen ser guías oficiales. Un policía los dispersa diciéndoles: «¡No os da vergüenza! ¡Qué mala imagen dais de nuestro país!». Alguien le comenta que la imagen del país ya es fea de por sí, tanto vista del interior como del exterior, y sale corriendo. El policía lo amenaza gritando: «Yo a ti te conozco, sé dónde vives, te atraparé… Insultas al país y a su rey, ya verás, te costará caro…». Se pone a gritar el lema «Allah, al-watan, al-malik» (Dios, Patria, Rey). La concurrencia se ríe, y al agente se le bajan los humos.

Llega un taxi. La gente se precipita hacia él. El policía intenta poner orden, y se dirige a mi hermano: «Venga subid, vosotros no sois de aquí, ¿verdad?».

Ya estamos sentados delante, apretados el uno junto al otro. El plástico de la tapicería está rasgado y asoma una esponja cuyo color original se perdió hace tiempo. El conductor huele a mantequilla rancia, seguramente acaba de desayunar. Enciende un cigarrillo de tabaco negro apestoso. Detrás van cuatro personas: un anciano vestido con una chilaba marrón, una campesina envuelta en un jaique blanco, acompañada por su hijo, y un soldado de permiso. El conductor anuncia: «Tenéis que pagarme ». Cada uno abona su viaje. Durante el trayecto, la conversación gira en torno al equipo de fútbol local. Mi hermano, que es de Fez, se atreve a defender el suyo, el MAS. Un frío glacial invade el taxi. Los pasajeros deben de preguntarse si no estará loco por atreverse a alabar al enemigo acérrimo del equipo de Meknés. El conductor cambia de tema y se lanza a hablar del precio de los tomates, lo que tranquiliza a todos. El soldado le pide que acelere un poco: «Como llegue tarde, me busco un lío con Aqqa». El tal Aqqa debe de ser alguien importante. El conductor le contesta: «¡Te compadezco!». El anciano también da su opinión: «Es alguien muy duro; asusta incluso a quienes no lo conocen». El conductor asiente con la cabeza.

 

El Hayeb fue en su origen una alcazaba fortificada. Mi hermano se ha informado sobre su historia: en el siglo XIX, el sultán Muley Hassan I la había edificado en ese pueblo para frenar a las tropas rebeldes de la cabila bereber de los Beni M’tir. El ejército tomó posesión de este lugar y lo convirtió en una de las guarniciones principales del reino. Era una época difícil, denominada de la siba, es decir, de la rebelión, el pánico, el desorden y el caos. Mi hermano me comenta en francés: «¡Ya ves lo rica que es la lengua árabe! La palabra siba remite a muchos acontecimientos». El conductor le dice que más le valdría hablar en árabe. Mi hermano se disculpa y se calla.

El conductor nos deja cerca de unos camiones militares y me lanza una mirada donde adivino compasión. Nos dice al marcharse: «Que Dios os proteja». El soldado sale disparado. Lo vemos saludar a un superior y desaparecer a lo lejos.

Antes de dirigirnos a la entrada del campamento, mi hermano me abraza, y noto que está llorando. Me dice en voz baja: «Hermano, te entrego en manos de una gentuza, y ni siquiera sé por qué ni durante cuánto tiempo te van a retener aquí. Sévaliente y, si puedes, mándanos mensajes. Escribe cosas intrascendentes, nosotros sabremos leer entre líneas». Me propone algunas fórmulas: «Todo va bien», para indicar lo contrario; «todo va muy bien», que «todo va fatal»; «la comida es tan buena como la de madre», que por ese lado las cosas no son mejores. Por último, si el asunto se pone muy feo: «La primavera ha hecho una escala aquí». Lo tranquilizo y le agradezco que me haya acompañado hasta la puerta.
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1) Procede de una pronunciación deformada del francés, ça va cogner : va a haber palos (N. de T.).

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© Tahar Ben Jelloun · 2018 | Traducción del francés: Malika Embarek López | Esta edición: © Cabaret Voltaire (2018) | Cedido a M’Sur por la editorial.

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