La llama del soldado desconocido

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Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 4 Dic 2018

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Emmanuel Macron, actual presidente de la República francesa, reavivó la llama del Soldado Desconocido el 11 de noviembre 2018, cien años después del armisticio que puso fin a la I Guerra Mundial (1914 a 1918). Nadie imaginaba entonces que, tres semanas más tarde, el Arco de Triunfo de la plaza de l’Étoile de Paris, bajo el cual está sepultado el soldado desconocido, sería un escenario de autentica guerrilla urbana, para estupefacción del mundo entero.

Hablemos primero de ese soldado.

El 11 de noviembre suele ser un día triste. Nubes grises disimulan el sol, dejándonos sin esperanza de disfrutarlo durante meses. Llueve, a veces a cántaros, y sopla ese viento frío que termina de despojar los arboles de sus colores flamantes de otoño. Vuelve esa tristeza monocolor con la que hay que conformarse hasta la primavera, cuando Francia vuelve a propiciarnos sus encantos naturales.

Es día festivo. Por la mañana se montan conmemoraciones ante el Monument aux Morts que se eleva en cada pueblo del país. Piedra y mármol mojado, suelo cubierto de hojas resbaladizas, abrigos y paraguas, banderas de antiguos combatientes (aunque ya no quede ninguno vivo, cien años después de la contienda).

A Macron no le gusta conmemorar las victorias francesas contra las invasiones alemanas

Para entender lo que fue el 14-18 en este país, acérquese a cualquier monumento a los muertos de cualquier pueblo. Han sido erigidos para grabar el nombre de cada soldado muerto. Luego se añadieron los nombres de los soldados caídos en la II Guerra Mundial y en las guerras coloniales posteriores. Contad los muertos: una lista impresionante cubre cada monumento por los lados del 14-18, mientras las listas de soldados caídos en las demás guerras son mucho más cortas. Pensad que no figuran los heridos que tuvieron sus vidas destrozadas – les gueules cassées, las caras rotas– . El 14-18 barrió toda la juventud de este país: un millón setecientos mil muertos – en su inmensa mayoría soldados – y más de cuatro millones de heridos, un 15% de la población.

Para Francia, 14-18 fue la segunda de tres invasiones alemanas. En 1870, el ejercito prusiano llegó hasta París y ocupó durante tres años el norte y el este del país. El imperio prusiano se quedó con parte del territorio nacional – Alsacia, Mosela y parte de los Vosgos – e hizo pagar a Francia un rescate financiero enorme. En septiembre 1914, el ejército alemán casi alcanza París otra vez, y durante los años seguidos el enfrentamiento mundial se concentró principalmente en territorio francés. En 1940, Alemania invadió Francia por tercera vez y la ocupó durante cuatro años.

Novelas, testimonios impresionantes y películas de gran calado permiten percibir la magnitud de la tragedia. Recomiendo, personalmente, la novela grafica Era la guerra de las trincheras y La verdadera historia del Soldado desconocido, del inmenso Jacques Tardi.

Ese soldado desconocido es uno de los millones de jóvenes caídos, un anónimo cuyos restos fueron inhumados en 1920 al pie del inmenso Arco de Triunfo erigido a la gloria de Napoleón en París. Su tumba está coronada por una llama que los presidentes franceses y demás ministros y gobernantes suelen reavivar para celebrar fechas importantes de la República. Esa ceremonia es desde entonces el punto álgido de la simbología oficial republicana: una afirmación patriótica y de fortaleza ante el imperialismo alemán.

A Macron no le gusta conmemorar las victorias francesas contra las invasiones alemanas. Quiere enfocar las elecciones europeas oponiendo los buenos demócratas europeístas liberales a los malos nacionalistas populistas que quieren soberanías nacionales. Para eso Macron ha hecho de la celebración del 11 de noviembre un momento de propaganda contra el sentimiento nacional, revirtiendo el propio sentido de esa fecha.

En el centenario del 14-18, por primera vez no se ha montado un desfile militar. Para complacer a Merkel… se pactó oficialmente la ceremonia ¡con el gobierno alemán! Macron ha anunciado querer un ejercito europeo (sin Gran Bretaña), que debería permitir a Europa defenderse de China, EE UU y Rusia. Es decir: los aliados fundamentales de Francia contra el invasor alemán serian ahora sus enemigos…

El pueblo ya no vive cerca de los centros de trabajo y ve como cierran las líneas de tren

En la cuenta de Twitter oficial del Ejército del Aire hemos podido leer: Centenario del armisticio 14/18 y celebración de 100 años de amistad francoalemana”. No es un fake: el tratado de Versalles, el ataque alemán de 1939, la ocupación de 1940 a 1944, los crímenes de guerra y la Shoah, y después la ocupación del territorio alemán y de Berlín por el ejército francés junto con rusos, británicos y norteamericanos, todo eso se ha transformado en… ¡cien años de amistad! Puede que el autor de ese tuit oficial sea un perfecto ignorante, puede también que sea un viejo fascista nostálgico de la colaboración con los nazis. Queda que su frase es macronista.

Macron pretende reeducar “su” pueblo (así se expresa, como un monarca) para que deje de sentirse francés, porque eso de ser francés es malo y conservador, como no deja de decirlo en cada discurso que da en sus viajes diplomáticos, el ultimo hace dos semanas en el Parlamento alemán, el Bundestag.

Hoy el pueblo francés recibe nítidamente el mensaje de ese presidente. Le está contestando con la protesta de los Gilets jaunes, los Chalecos Amarillos.

Cuando, después de bajar las pensiones, cortar ayudas sociales y presupuestos de hospitales, subir como nunca el gas y la electricidad privatizados y regalar bajadas de impuestos masivas a los ricos, Macron decidió subir las tasas sobre el gasóleo (diésel), pensaba que el pueblo se quedaría impasible. No sabia que, desde este verano, es el rey desnudo.

La gran mayoría del pueblo francés sufre el paro y la precariedad. Como en todos los países occidentales, el pueblo ya no vive cerca de los centros de trabajo. Vive lejos, muy lejos, a decenas de kilómetros o más. Cuando usa transporte publico como en la región parisina, debe soportar una odisea cotidiana por lo mal que funciona. Cuando vive en ciudades medianas o pequeñas o en pueblos, ve como cierran las líneas de tren y los servicios públicos. Cuando no tiene más remedio que ir en coche, tiene uno de motor diésel porque los fabricantes europeos llevan decenios privilegiándolo; incluso en Francia se ha subvencionado el “new diésel” en nombre de la ecología…

La subida del precio del diésel es la gota que hizo desbordar el vaso. Pillando los chalecos amarillos de sus coches, decenas de miles de ciudadanos enfadadísimos han surgido en noviembre por todo el país, conversando por redes sociales, cortando rotondas, bloqueando entradas de ciudades y abriendo gratis peajes de autopistas.

Es el 15-M francés: pero no es un alzamiento de la juventud, es un alzamiento de gente de toda edad, que ya no puede más y percibe como ese gobierno, ese presidente, los desprecia. Es el pueblo separado de la modernidad “verde” que luce la nueva burguesía urbana cada vez más aislada del resto del país, y perfectamente representada por la alcaldía de París y su idealizado urbanita “bobo” (burgués-bohemio). Los chalecos amarillos son la clase media descolgada económicamente, que ve como su presente empeora dramáticamente y como Macron, su gobierno, Europa, los machacan.

Hollande y Valls instalaron la instrumentalización de provocadores violentos y la represión policial

Macron ha querido tratar ese brote popular como sabe hacerlo. Primero, lanzando los medios a caricaturar a la gente como cuñados, borricos irresponsables ante la urgencia ecológica, racistas y fascistas. Llevamos años con ese discurso, que se pretende progresista, pero que se ha vuelto con el tiempo arma arrojadiza en manos de las nuevas clases dominantes para descalificar toda expresión de inquietud popular. Vemos nítidamente como un discurso producido por la extrema izquierda es hoy recogido y utilizado tal cual para uso del poder ultraliberal: eso debería hacer reflexionar toda persona que se sienta progresista.

Segunda herramienta del poder: el miedo y la represión policial. Hollande y Valls instalaron la instrumentalización de provocadores violentos y la represión policial de manifestaciones para disuadir toda protesta. Macron sigue el mismo guion. Ya sabíamos, cuando se anunció la primera manifestación de los “gilets jaunes” en París, que volverían los Black Bloc, grupos violentos de extrema izquierda, destrozando el mobiliando urbano a sus anchas ante la pasividad policial, para dar a las emisoras de “información” en directo las imágenes que permitan descalificar los manifestantes sin hablar de lo que quieren, y para justificar las cargas policiales.

Lo que pasa es que después del primer sábado de provocaciones y represión, el apoyo popular al movimiento, en vez de bajar ha subido, según las encuestas de los medios, por encima del 80%. Después del escandalo Benalla, la gente piensa que la violencia está programada e instrumentalizada por el gobierno. Es decir: la gente ya no confía en lo que cuentan los medios y el gobierno.

El sábado primero de diciembre, Macron y su gobierno decidieron ir más lejos en el mismo camino: cerraron totalmente la avenida de los Champs-Élysées – pretendiendo proteger la presidencia de la República – y dejaron a los manifestantes aglutinarse en la plaza del Arco de Triunfo. Allí montaron una encerrona, mandando a los antidisturbios atacar a la gente – de toda edad e incluso con niños – con gas lacrimógeno y cañones de agua, a primeras horas de la mañana. Empezaron inmediatamente los medios a difundir imágenes de violencias, en un intento de descalificar el movimiento y disuadir a las personas que querían manifestarse por la tarde.

El resultado fue muy diferente: a los violentos de extrema derecha y de extrema izquierda que llevaban a cabo, conformes al guion, las provocaciones, justificando la actuación policial, se fueron sumando durante todo el día miles de chalecos amarillos que se quedaban bloqueados al pie del monumento, pero también centenares de golfos subidos de la banlieue para atracar tiendas y quemar coches. Todos coincidieron a la hora de enfrentarse a la policía, haciendo retroceder los antidisturbios en una autentica batalla campal.

Las cúpulas sindicales están atónitas (cuando en 1968 lanzaron una huelga general)

Me contaba una responsable de una panadería que el sábado y domingo, la gente compró mucho más pan que lo acostumbrado para encerrarse en casa, exactamente como ocurrió cuando los atentados islamistas de noviembre de 2015… Una colega de trabajo me contaba también como, en medio de una reunión rutinaria de equipo que para nada tenia que ver con actualidad política, todo salió de su cauce, llegandose a oír cosas como que “hay que cortar la cabeza a Macron”…

Este lunes, toda Francia ha vuelto al trabajo con una mezcla de sorpresa y de miedo: miedo a que eso vaya a peor, exigencia de que Macron deje de hacerse el sordo y acepte medidas para aliviar las dificultades económicas del pueblo, inquietud ante su sordera, certeza de que mucha gente está agobiada y no tiene nada que perder, que el movimiento no va a parar.

La protesta popular parece al punto de extenderse, a pesar de la propaganda intensa de los principales medios, y a pesar del inmovilismo de las cúpulas sindicales, completamente atónitas (cuando en 1968 lanzaron una huelga general).

Como en el 15-M, el movimiento tiene dificultades en dotarse de representantes, rechaza toda forma de organización política tradicional, pretende ser horizontal. A pesar de todo, una lista de reivindicaciones ha cuajado, reclamando medidas claramente progresistas de restauración del Estado de bienestar, medidas para contrarrestar la agonía de las pequeñas ciudades y del campo, también medidas regulando la inmigración…

Los prefets, representantes del Estado en los departamentos – equivalentes a las provincias españolas – llevan días recibiendo delegaciones de chalecos amarillos. Este lunes, el diario Le Monde (medio prácticamente orgánico de la nueva burguesía bobo y del macronismo) recoge las quejas anónimas de esos altos funcionarios: inquietud porque “el gobierno está encerrado en una burbuja tecnocrática, aislada de la Francia de la gente humilde que no llega a fin de mes”, “gobierno arrogante de elites”… “situación casi insurreccional y quizás prerrevolucionaria”… Dice: “Lo que más se expresa, es el odio al presidente de la República”.

En París, este sábado primero de diciembre de 2018, mientras izquierdistas anticapitalistas y golfos antirrepublicanos iban destrozando parte del Arco de Triunfo, por fuera y por dentro, otros centenares de chalecos amarillos se organizaban para… defender la llama y la tumba del Soldado desconocido.

En medio del caos, de los intentos de recuperación por militantes fascistas o izquierdistas, y a pesar de la infiltración de Black bloc o de golfos de barrio, en todas las concentraciones se alzan banderas francesas y se canta la Marsellesa.

Mira Macron, dicen los Gilets jaunes: la Francia de abajo es patriota. Y ahora pide tu cabeza.

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© Alberto Arricruz |  Diciembre 2018 · Especial para M’Sur

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