Nadie aguanta a un payaso

Publicado por

Imane Rachidi

Publicado el 12 Dic 2018

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El ultraderechista holandés Geert Wilders ha tenido que cancelar un concurso de caricaturas de Mahoma que se debía estar celebrando este mismo otoño en las dependencias del Parlamento de La Haya. La razón de la cancelación: miedo a los disturbios causados por los islamistas radicales en Pakistán, que se sintieron ofendidos por el humor, y por las amenazas a su vida de varios tipos que viajaron hasta Holanda prometiendo “matar” al político. Wilders es un provocador, lo sabemos, pero solo se provoca a quien se deja provocar. Y él ha herido sensibilidades religiosas

El comediante egipcio Bassem Youssef tuvo que cancelar su programa satírico en 2014 porque era demasiado para el cuerpo de una dictadura donde el humor está prohibido. No lo canceló él, fue la televisión en la que él trabaja, presionada por el Gobierno de Abdelfatah Sisi. Le acusan de ser un traidor a la patria, algunos quisieron juzgarlo, otros propusieron pegarle y perseguirlo. Ya ni siquiera vive en Egipto. Murió su padre un tiempo después y él no pudo ir a su entierro porque su vida corría peligro. Había herido sensibilidades políticas.

El presentador español Dani Mateo está compareciendo ante los juzgados por un delito de ofensas a símbolos de España y un delito de odio. ¿El motivo? Simuló sonarse los mocos con la bandera española en directo, delante de millones de telespectadores y en un momento en el que el debate gira sobre nacionalismos, Franco, Cataluña y a ver quién la tiene más grande. La bandera, digo. Se quiso reír de quienes quieren dividir a la sociedad española. Y ha herido sensibilidades nacionalistas.

El humor, señores, es quitarle hierro a los asuntos más sensibles para demostrar que no vale la pena ponerse tan tenso y dividir a la sociedad por culpa de los símbolos, las creencias, las ideologías. Que el respeto a la diversidad es la única forma de convivencia porque el mundo ya no va de moros y cristianos, de negros y blancos, nosotros o vosotros.

Ahora el humor tiene miedo. Es triste tener miedo a hacer reír a los demás

La labor de un cómico es provocar, hacernos pensar que quizás no estemos al 100% en lo cierto, y que, por supuesto, hay otros puntos de vista tan respetables como el nuestro. El humor es necesario para hacer de una sociedad algo mejor. A veces nos puede gustar más, a veces menos, pero no deja de ser humor, es decir, nada serio.

Pero ahora el humor tiene miedo. A Wilders le da miedo organizar un concurso de caricaturas de Mahoma porque puede poner en peligro la vida de los demás, y la suya propia, como ya pasó con el semanario Charlie Hebdo, cuando doce personas pagaron con su vida haberse burlado del profeta. Es triste tener miedo a hacer reír a los demás. Dibujar a Mahoma es una forma de provocar a una población que entiende esto como una ofensa a los creyentes.

No sé si Wilders es la persona más indicada para hacer pensar a los musulmanes. Tampoco sé si sonarse los mocos con la bandera hará pensar a la sociedad española sobre las consecuencias de las divisiones actuales. Pero tanto Wilders como Dani Mateo están en todo su derecho a intentarlo y no pagar ni con su vida ni con su libertad las consecuencias de un gesto cómico.

Dicho esto, me tomo la libertad de decir que me parece gracioso que venga el líder de la ultraderecha holandesa a enseñarle a los musulmanes que deben aceptar “al otro”, cuando él es incapaz de aceptar a nadie que no sea rubio y blanco, ni siquiera a sí mismo: teniendo sus orígenes en Indonesia, tiene el pelo oscuro y no sale a la calle sin teñírselo de blanco desteñido. ¡No vaya a ser que alguien se dé cuenta de que no es de sangre “puramente blanca” y que por sus venas corre un poco de “multiculti”! Él es un político, está para representar los intereses de los ciudadanos, no para hacer humor, ni gracietas. Ese es trabajo de los cómicos, pero… esto es otro debate ¿no?

Sin embargo, Bassem Yousef y Dani Mateo viven, o vivían, del humor. Al primero le censuraron todas las teles en las que intentó seguir con su programa y al segundo, todas las empresas le retiraron la publicidad. De vivir de esto, ya poco.

Se acusa a los extranjeros de no aceptar una broma sobre su religión, pero se procesa a un payaso

El caso de Yousef era más previsible: intentaba reírse de la política en un país donde rige la dictadura, donde los periodistas y fotógrafos, como Shawkan, se encuentran entre rejas por informar, donde los procesos electorales son una auténtica bazofia. Las consecuencias que tuvo este cómico se veían venir, pero aun así, se llenó de valor y arriesgó su libertad para intentar hacer ver a la sociedad egipcia que sus políticos y religiosos les estaban tomando el pelo. Que si esperaban una democracia, se la estaban metiendo doblada.

Pero el caso de Dani Mateo me ha pillado totalmente por sorpresa. Estamos hablando de un país, el mío, donde día sí y día también se recuerda su carácter de Estado constitucional con la libertad de expresión en su artículo 19. Donde se dice a los inmigrantes que “o aceptan la tradición y la cultura” de un país democrático como España o que se les cerrarán las fronteras en sus caras (Pablo Casado, líder del PP, 24 de noviembre 2018). Un país donde se acusa a los extranjeros de ser unos bárbaros que no aceptan ni una broma sobre su religión, pero donde, mientras tanto, la Justicia pierde su tiempo con un “payaso que hace su trabajo” (como él mismo se define).

Creo que la que más ofendida está estos días es la propia bandera española, símbolo aparente de la democracia y la Constitución del 1978. Cuando hace unos años me nacionalicé española, tuve que prometer ante un juez que siempre respetaría la bandera y su significado, pero por encima de todo, antepondría la Carta Magna que -entre otros derechos que mi nacionalidad anterior siempre ignoró- reconoce y protege mi libertad a expresar mi opinión sin sufrir represalias por ello. Y si nos limpiamos el culo con la Constitución, me pregunto: ¿qué nos queda para diferenciarnos de un país como Egipto? ¿Qué no tenemos pirámides?

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