Más natural, por favor

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 15 Dic 2018

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Cinco historias para ellas
Dirección: Erika Lust

Género: Porno
Intérpretes: Sonia Baby, Claudia Clair, Nacho Corallini, Bobbi Eden
Guión: Erika Lust
Produccción: Thagson Women, Lust Films
Duración: 120 minutos
Estreno: 2007
País: España
Idioma: castellano

 

– ¿No has visto la peli de Erika Lust? Es porno para chicas. Espera, siéntate, que te la enseño.

Eran finales de la primera década del XXI. M. tenía veinte años, era rubia, lesbiana y feminista hasta la médula. Mejor dicho, hasta la entrepierna, que se salpicaba de tinte rojo sobre enaguas blancas el día que hicimos la manifa contra la visita del Papa.

Pero aquella tarde nos quedamos en el sofá, acurrucados bajo una mantita – ya era invierno – y observando en la pantalla de su nuevo móvil las evoluciones de las actrices ante la cámara de Erika Lust. – Te ha gustado? – me preguntó M. al final.

Bueno, sí: las cinco historias estaban muy bien rodadas, con un enorme gusto estético, buscando la belleza en cada fotograma, había cuerpos perfectos, tetas de ensueño, había pasión y folleteo a gusto, había primeros planos de vulvas y capullos, como es de recibo en el cine porno, claro que era excitante – especialmente la primera historia, la de las dos chicas, esa nos gustó a M a mí – y sobre todo había historia. Que es lo que diferencia el cine porno de una clase de anatomía.

Solo que esas historias ¿eran feministas? Porque eso era el marchamo con el que Erika Lust difundía su porno para mujeres. «¡Basta ya de putificarnos en vuestro cine porno, chicos!» era el titular de la entrevista que le hizo más tarde Alejandro Luque. Pero ¿y esa escena en la primera de las Cinco historias…. donde la protagonista coincide en el vagón del metro con el oscuro objeto de su deseo, la dependienta de la tienda de consoladores, la de pelo azabache y tatuajes, y se la imagina de repente desnuda, con botas negras y un tanga rojo, haciendo contorsiones alrededor de la barra metálica que sirve para agarrarse en las curvas? ¿No es una fantasía copiada directamente de un club de estriptis de carretera donde treinta hombres observan, previo pago de la entrada, a una chica que actúa por dinero? ¿Eso no es putificar? No sé ustedes, a mí las cosas que evocan el sexo de pago no me excitan, no me parecen eróticas, y mucho menos me parecen feministas.

La historia acaba con un toque de tristeza: la protagonista se da cuenta, tras pasar una noche de pasión desenfrenada con la de pelo azabache, que nunca será su novia, porque la de pelo azabache salta de ligue en ligue. Así que decide alejarse y pasea enmudecida por la orilla del mar en invierno. La pasión sin compromiso de pareja no tiene futuro… ¿no era esto uno de los clichés del patriarcado, siempre al servicio de la creación del Hogar?

El sexo como venganza, como herramienta para hacer daño a otro: ¿feminismo?

Y qué decir de la segunda historia: una chica está casada con un famoso futbolista y lo pilla en la cama con otra. Tras el necesario drama conyugal, ella elabora una venganza: en su ausencia invita a todos los amigos de él, monta una fiesta a casa y se lleva a los dos más guapos a la cama. No se olvida de montar la cámara antes para documentar sus folleteos al derecho y al revés y luego hacer públicas las fotos en las redes sociales, en el blog jodetecarlos.com. Es decir el sexo como venganza. El sexo concebido no como momento de placer, sino como herramienta para hacer daño a otro. Un daño sentido e infligido gracias a ese dogma incuestionable del patriarcado: la “fidelidad”, es decir exclusividad sexual de la pareja monógama. ¿No habíamos dicho feminismo?

De la cuarta historia solo recuerdo que una pareja hace un juego de disfraces con máscaras venecianas o algo así, y ella aparecerá con un collar de perro y cadena, aparte de la lencería negra que se suele llamar putesca. Creo que me la salté directamente. De la quinta, un polvo entre dos hombres, supuestamente el de despedida, recuerdo el título: Te quiero, te odio.

En fin: estoy convencido de que a mí me gusta el porno feminista, pero Erika Lust se queda lejos de alcanzarlo. Juega con los clásicos estereotipos del patriarcado, dando por hecho – erróneamente – que nos tengan que excitar. Evidentemente, puede que a alguien sí, puede que a alguna chica sí. No descarto que haya mujeres que fantaseen con ser penetradas mientras un tipo enmascarado les agarre por un collar de perro. Pero ¿es eso lo que queremos considerar feminismo? ¿No se nos pueden ocurrir historias menos ancladas en el patriarcado, y más – tal vez – en un concepto de juego, de placer compartido y generosamente repartido, lejos, absolutamente lejos de toda tentación de ligar sexo y violencia, sea física, sea emocional? ¿Un sexo tomado como algo natural? ¿Un sexo sin odio?

¿No sería hora, tal vez, de leer más a Emmanuelle Arsan?

– ¿No tienes algún vídeo porno por ahí para verlo juntos? – Eso me preguntó diez años más tarde M. Era otra M: morena, tan heterosexual como se puede ser sin ofender en un trío, y feminista hasta la médula.

– La verdad, en el porno yo soy más de leer… – Pero me acordaba de repente de aquellas Cinco historias para ellas y las localicé en el disco duro. “Me lo enseñó una feminista”. Fue un fracaso sonado. No duramos ni dos historias. – ¿No tienes algo más normal? – Localicé al final un vídeo casero bajado de no sé qué web, mal filmado, en la que una chica va tonteando con dos chicos en el sofá de su casa y acaba follándose a los dos. Nos corrimos de gusto.

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