«Todos somos hermanos en el agnosticismo»

Éric-Emmanuel Schmitt

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 19 Dic 2018

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Éric-Emmanuel Schmitt (Sevilla, Oct 2018) | © Fundación Tres Culturas

 

 

Sevilla | Octubre 2018

Corpulento, nariz de boxeador, tez bronceada y cuidadísima. Son los rasgos que llaman la atención a primera vista de Eric-Emmanuel Schmitt (Sainte-Foy-lès-Lyon, 1960), el dramaturgo más representado de la Francia actual, narrador, autor de esa joya breve que es El señor Ibrahim y las flores del Corán, que estos días representa él solo en los escenarios de París, además de por obras como La secta de los egoístas o El Evangelio según Pilatos. Ahora llega a las librerías españolas una colección de cuatro relatos largos, o novelas cortas, titulada La venganza del perdón (Alianza de Novelas), que fue presentada recientemente en la Fundación Tres Culturas de Sevilla.

Escribe en la delgada línea que divide el cuento de la novela, la crueldad de la ternura, el relato clásico de la experimentación. ¿Se siente a gusto en las zonas fronterizas?

Cuando escribo un libro, al mismo tiempo que imagino los personajes y la historia, intento percibir la forma que deben tomar. Empecé a escribir teatro porque las historias que me venían tomaban forma de obra teatral, luego pasé a la novela por la misma razón. Más tarde vendrían como cuentos, como El señor Ibrahim y las flores del Corán. Y otras en efecto, llegan en territorio fronterizo, y me sorprenden. No soy un creador potente, sino obediente. A veces la historia me dice que debo ser breve, otras me autoriza a ser más extenso. O está también hecha de silencios, de miradas, de secretos y cosas dichas. Pero el primer día que me siento a escribir, no tengo ni idea de cuál será la fórmula.

En este último libro hay violencia y perdón, ¿dos conceptos asociados a la religión, aunque ésta no aparezca?

«Para mí, perdonar es decir al otro: yo no te voy a reducir al daño que me acabas de hacer»

En este libro intento también hablar del perdón de una forma precisamente no religiosa, porque a todos nos han herido, golpeado o traicionado, y hemos podido elegir entre vengarnos o perdonar. Para mí, perdonar es decir al otro: yo no te voy a reducir al daño que me acabas de hacer, no te voy a reducir a ningún acto, como no quiero que me reduzcan a mis actos, buenos o malos. Perdonar es volver a dar libertad y humanidad al otro. Pero me interesa mostrar las ambigüedades del perdón, que no es un sentimiento puro. Es en parte altruista, y en parte egoísta.

Explicaría aquella portada de Charlie Hebdo tras los atentados, con la frase ‘Todo está perdonado’?

Cuando uno perdona, se sitúa por encima del que es perdonado. El que perdona dice al otro: “Me has hecho daño, pero estoy en un estado de humanidad por encima de ti”. El perdón puede ser una humillación. Y en el caso de Charlie Hebdo lo vieron: estamos por encima de los que nos han atacado, y por encima del odio. La reacción muy sana del pueblo de París en aquel momento fue “yo valgo mucho más que tu odio. No me voy a dejar reducir por el odio que debería tenerte”.

Tuvo una revelación divina de joven, en el desierto del Sáhara. ¿Debemos creerle los agnósticos?

Si usted me pregunta si dios existe, yo respondo como cualquier agnóstico que no lo sé. Pero añadiría: creo que sí. Si usted pregunta a un ateo, le dirá: no lo sé, pero creo que no. Y hay una tercera categoría, la del indiferente: no lo sé y me da igual. Los tres son honestos, porque dicen “No lo sé”.

Agnóstico creyente. ¿En qué cree exactamente?

«Sé que dos y dos son cuatro, y creo que dios existe, pero son dos ámbitos totalmente diferentes»

Soy filósofo de formación y oficio. Mi razón no puede sacar una prueba de dios, dios no es un objeto de saber. Pero en el desierto sí fue un objeto de experiencia. No puedo entregar esa experiencia, pero sí la puedo atestiguar. Me encantaría ser contagioso en este sentido, pero por desgracia no lo soy. Por otro lado, para mí es fundamental la diferencia entre saber y creer: lo que yo creo no es lo que yo sé, y lo que yo sé no es lo que yo creo. Sé que dos y dos son cuatro, y creo que dios existe, pero son dos ámbitos totalmente diferentes. Esto me parece muy interesante, hay que decir que todos somos hermanos en el agnosticismo, hermanos de ignorancia. Y luego llenamos esa ignorancia de formas muy diferentes. Yo lleno esa ignorancia con la fe. Para mí el peligro empieza cuando alguien dice “yo sé”: “yo sé que dios existe”, o “yo sé que dios no existe”. El integrismo, religioso o ateo, empieza cuando uno confunde creer y saber.

Todas las religiones se basan más o menos en lo mismo. ¿Por qué al islam se le relaciona hoy con la violencia, y no con el amor?

Un mismo libro puede ser un tesoro de sabiduría y pasión para algunos, y la justificación de la violencia más baja para otros, eso lo sabemos bien. En el Antiguo Testamento podemos encontrar tantos textos para justificar masacres, genocidios, como caminos para convertirse en un sabio. Los cuatro Evangelios son cuatro tratados contra la violencia, pero en el corpus está el Apocalipsis, mira por dónde. Y en el Corán hay también muchas cosas para ser grande y ascender, pero también la sura que hace un llamamiento a matar al infiel. Por tanto, la lectura es la que hace el libro.

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© Alejandro Luque | Especial para M’Sur

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