La Transición desde mi ventana

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Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones de sanidad publica y personas con discapacidad.

Publicado el 9 Ene 2019

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La Transición, restablecimiento en 1978 de las libertades democráticas y sociales de la segunda república española destruidas por la victoria fascista, la he vivido desde mi ventana francesa. Mis padres emigraron a París en los años cincuenta, mis dos hermanos y yo nacimos en París, somos españoles y franceses. Conocimos España por los viajes de cada verano, también por las intensas charlas políticas de nuestros padres que, cada domingo en casa de unos u otros, se encontraban entre exiliados comunistas andaluces. Cada año nuevo brindábamos: “¡Feliz año nuevo! ¡Que mueran Franco y Nixon!”

Mi ventana a España era una ventanilla, la del coche de segunda mano abarrotado de maletas, comida y bebida y trastos, con el que partíamos cada mes de agosto a la aventura del recorrido París-Sevilla; algunas veces fue París-Barcelona, donde nos acogía mi tío sevillano (tuvimos unos años un Citroën ‘tiburón’, que nos permitía vacilar en España). Antes de tener coche, fuimos en tren, desde la estación parisina de Austerlitz, la de los emigrantes españoles y portugueses. Esos trenes de literas, de insomnio de larga noche, tenían una poesía, una picaresca y una vida colectiva que algún Luigi Comencini debería contar, recogiendo testimonios a punto de perderse.

Pasando horas en la carretera, mis hermanos y yo íbamos contando los coches, deduciendo por la ultima cifra de la matrícula francesa el departamento de cada uno, y reconociendo las provincias por las primeras letras de la matrícula española. Nos las sabíamos todas. Francia tenia autopistas que cubrían todo el trayecto hacia Barcelona pasando por Lyon y Le Perthus/La Junquera, pero quedaba algo de carretera nacional cuando íbamos a Sevilla, pasando entonces por Burdeos e Irún. El cambio lento de paisaje era aburrido y fascinante a la vez. Francia solo la atravesábamos; en España nos parábamos en ciudades y provincias, aprovechando la trashumancia para conocer este país mejor que Francia.

Lo que une a los españoles es evidente; y no querer reconocerse como español también los une

Las diferencias eran evidentes. Diferencia cultural: de noche en España, calles llenas de gente y todas las generaciones unidas al bar, de norte a sur, con lluvia o sol. Calles vacías y silenciosas en Francia, ya desde el paso fronterizo. Mirando España desde fuera, lo que une a los españoles es evidente. Y no querer reconocerse como español también los une.

Diferencia material: calles sin acera ni asfalto en las afueras de Barcelona o Sevilla, agua cortada varias horas al día y saliendo sucia del grifo, basura sin recoger, escuelas y edificios públicos en pésimo estado, malas carreteras… La diferencia con Francia, de aspecto moderna y limpia, era humillante.

Y tener que callarse incluso en casa, entre familiares, padres e hijos… En Francia las discusiones políticas, las críticas al gobierno y las opiniones se podían contrastar abiertamente en casa o en la escuela, la calle, el trabajo. Llegados a España, a callarse. Recuerdo una vez de vacaciones, siendo un chaval: un amigo estudiaba una lección de Historia y me interesé por su libro escolar retratando Franco como el Salvador de España. –¡Menuda mentira!– dije. –Es un asesino, un hijoputa… –¡Callaté, callaté!– dijeron mis padres y tíos, espantados.

Tener miedo de hablar, de lo que puedan oír los vecinos, miedo que al hijo se le escape algo en la escuela… Tener miedo de tus ideas, de tu propio pensamiento: ese es mi recuerdo esencial del fascismo.

Creo que Jesús de la Rosa, el líder del grupo Triana, encontró la palabra acertada para esa época con su título “Hijos del agobio”. La Transición era esa rabia de la gente de quitarse el agobio de encima, de atreverse por fin a pensar y decir apasionadamente lo que te parece en la calle, en casa, en el trabajo, de atreverte a fumar y vestirte a tu antojo cuando eras mujer, y seguir esos nuevos periódicos y esas emisoras de radio que se llenaban de libertad.

Recuerdo la muerte de Franco. Inmediatamente después se produjo el retorno masivo de toda mi comunidad exiliada, sevillana y andaluza, a España. Me pareció que en pocos meses nos quedamos solos, ya no nos invadían las hijas y los hijos de los compañeros, mientras en el salón los padres fumaban decenas de cigarrillos reinventando España en voz muy alta… Nuestros padres llevaban veinte anos emigrados y nosotros éramos algo mayores y ya en el instituto; entonces nos quedamos en Francia. Y se nos fue nuestra familia de corazón.

Sentimos entonces una atracción increíble hacia esa España viva y latiendo de libertad, que comparada con Francia nos parecía luminosa, y en donde nuestra familia de corazón reinventaba su vida participando activamente en el cambio.

Esa gente, que conjuraba el miedo diciendo “Ya no te matan”, parece proceder de otro mundo

Detrás quedaban por fin los tiempos negros del agobio. Cuando los militantes tenían que huir a Francia, dejándolo todo en un solo día porque la policía venía a por ellos. Cuando el secretario local del PCE se tenía que comer toda la lista de los inscritos, bebiendo litros de agua para conseguirlo antes de ser arrestado en su casa. Cuando uno iba a la cárcel para años por haber creado una comisión obrera en su fabrica. Cuando otro tenía que esconderse en Castilla varios meses, dejando sus hijos y su esposa. Cuando la esposa tenía miedo, al visitar a su pareja en la cárcel, de que su hijo dijera en voz alta el nombre de su hermano pequeño y así delatara el seudónimo del marido. Esa gente, que conjuraba el miedo diciendo “Ya no te matan”, parece proceder de otro mundo difícil de imaginar. Ellos y ellas – porque poco se ha publicitado el valor que le echaron las mujeres – son quienes han permitido que esa España agobiante de Franco, que el fascismo cayera.

Unos volviendo del exilio, otros salidos de cárcel con la amnistía y los demás saliendo de la clandestinidad, todos se volcaron en la construcción de las nuevas instituciones democráticas. Recuerdo cómo, en la barriada donde se afincaron los nuestros, el partido comunista lideraba la asociación de vecinos como organización de masas. Y que hasta el alcalde franquista nombrado a dedo iba a consultar al presidente de la asociación, sabiendo que era del PCE y que probablemente sería alcalde en cuanto se celebraran elecciones.

Más que las elecciones generales, las autonomías y la Constitución – que prohibió la pena de muerte cinco años antes que Francia – lo que para mi trajo la ruptura más visible fueron las elecciones municipales de 1979. Mis familiares salieron como alcalde o tenientes de alcalde. Y se tiraron cuatro años en obras para crear el alcantarillado, la red de suministro de agua, la electricidad, las escuelas publicas, aceras y calles, parques, ambulatorios, recogida de basura, carreteras, y también teatros, festivales, exposiciones artísticas, educación popular…

La Constitución española prohibió la pena de muerte cinco años antes que Francia

Recuerdo esa decisión para mi totalmente surrealista en 1979 del nuevo alcalde de Córdoba, el comunista Julio Anguita: integró en su gobierno municipal a todos los partidos, porque había trabajo para todos y la ciudad era de todos. Me pareció difícil de entender; esa experiencia no se imitó fuera de Córdoba y se acabó cuando Anguita dejó el cargo. Pero hoy, acumulando treinta años como funcionario municipal y provincial francés con ediles de todas las tendencias políticas, veo que Anguita tenía razón, y que eso es la forma de actuar a nivel municipal que deberíamos promover, porque es la esencia de la Comuna, de lo común.

Visto de mi ventanilla de coche, en dos regresos de verano el cambio fue espectacular: España, de norte a sur, empezó a parecerse a Francia, borrando ese aspecto atrasado tan evidente antes. Lo consiguieron primero los ediles de los municipios, que tuvieron que lidiar con una herencia franquista desoladora y que, en su inmensa mayoría, se dejaron la piel en esa tarea.

Entonces, la Transición: ¿Una derrota de las fuerzas progresistas por culpa de la cúpula del PCE, que se habría bajado los pantalones? ¿Un lavado de cara de los franquistas que se van de rositas? ¿Una traición por haber aceptado un monarca decadente nombrado por Franco?

En una columna reciente, Pablo Iglesias zanja el debate sobre la Transición valorando que, en esos tiempos, se ha conseguido lo máximo que la relación de fuerzas podía permitir.

La mejor forma de entender una época histórica remota es evitar mirarla con los ojos de hoy, y así evitar reprocharles a los dirigentes de entonces decisiones que podemos juzgar a toro pasado, creyendo ser capaces de haberlo hecho mejor.

Una diferencia evidente entre hoy y ayer, que a menudo se olvida, es la existencia, en la época de la Transición, de la Unión Soviética y del movimiento comunista mundial que el partido-Estado de la URSS pretendía liderar. Creo que la actitud de la cúpula dirigente del PCE en la Transición española tiene mucho que ver con lo que sabían de la URSS.

La actitud del PCE en la Transición tiene mucho que ver con lo que sabían de la URSS

Cuando los partidos comunistas de Francia, Italia, Bélgica, Japón o España condenaron en 1968 la invasión militar de Checoslovaquia decidida por la URSS y el encarcelamiento de los dirigentes comunistas en Praga, los que más arriesgaron entonces fueron los españoles, simplemente porqué no tenían país y solo podían seguir existiendo con el apoyo del movimiento comunista internacional… en manos de la URSS.

En los tiempos de clandestinidad, con buena parte de las fuerzas en el exilio francés, por allí andaba el general Lister. Cuando los soviéticos decidieron, a raíz de 1968, montar un nuevo partido que les siguiera siendo fiel, escogieron a Lister para conducir la escisión. Se habrían leído Hemingway, se creerían que Lister era esa figura mítica que competiría con Carrillo y la Pasionaria. Mi padre lo describe como bastante diferente: aparecía como muy satisfecho de sí mismo, y políticamente un perfecto borrico. La escisión por orden de la URSS quedó en nada.

Otro general republicano vivía en Praga cuando la “primavera” y la invasión militar: el general Modesto. Este hombre, que había vivido en la Unión Soviética y murió en Praga, fue capaz de decir que lo que ocurría en los países “socialistas” no era el socialismo que tanto esperaban y por el que se jugaban la vida.

No entiendo por qué tantos militantes y lideres progresistas ven la desaparición de la URSS como una pérdida para las fuerzas de progreso. Tampoco entiendo que se defienda el régimen de Cuba como progresista y mejor que los demás regímenes latinoamericanos, con tantos buenos médicos y tanto pueblo entusiasta frente al imperialismo yanqui etc. ¿Queremos vivir en un Estado en manos de una nomenclatura, con partido único y policía política, con condiciones económicas lamentables? Mientras sigamos defendiendo eso, los pueblos seguirán entendiendo que nuestro proyecto de sociedad es ese. ¿Ese es?

¿Queremos vivir en un Estado en manos de una nomenclatura, con partido único y policía política?

Hace tres años, en un acto sobre la figura del dirigente comunista italiano Enrico Berlinguer, tuve la suerte de conversar con Andrei Grachov, cercano a Gorbachov y uno de los últimos dirigentes de la URSS y del partido comunista soviético, autor del excelente libro El pasado de Rusia es imprevisible. Grachov lo tiene muy claro: la desaparición de la URSS y del liderazgo del PC soviético, su olvido total en las nuevas generaciones, han abierto posibilidades esperanzadoras para las fuerzas progresistas. Ya no hay que cargar con esa losa atada al pie que te hunde en el fondo del mar: la identificación con el desastroso ejemplo de Unión Soviética y del bloque del Este. Te pueden putear con Venezuela o Cuba, pero te harán mucho menos daño. Y lo dice un hombre que nunca ha abandonado su compromiso progresista, y que sabe perfectamente lo que era el régimen soviético.

La potente corriente democrática que recorría los partidos comunistas después de la dramática época de Stalin – incluyendo el de la URSS, como lo describe Grachov en sus publicaciones – tuvo su máxima expresión en la “primavera de Praga” de 1968, cuando los dirigentes de Checoslovaquia encabezados por Dubcek empezaron a reformar la sociedad con el “socialismo de rostro humano”. Tras la barbarie estalinista, tras el choque de la terrible represión de la rebelión húngara en 1956 y tras la construcción del muro de Berlín en 1962, la “primavera de Praga” era el último rebote de esperanza que podía permitir al comunismo reconectar con sus orígenes democráticos y populares, y recuperar la seducción original de la revolución de octubre 1917.

El aplastamiento de la “primavera de Praga” dejó a los dirigentes comunistas de los países occidentales atónitos y desesperados. Los lideres comunistas de Francia e Italia que, en febrero 1977, se reunieron en Madrid para escenificar la alternativa “eurocomunista” y darle un apoyo audaz al PCE aun ilegal, sabían que tenían que diferenciarse como fuese del “socialismo real” si querían salvar algo.

Sabían que los dirigentes de la URSS eran peligrosos, capaces de desplegar cohetes nucleares apuntando a Europa y capaces de invadir países. En Italia sabían que la URSS tenía que ver con el movimiento terrorista Brigate Rosse, aliándose de facto con EE UU para impedir que el PCI llegara a gobernar. Sabían también que los dirigentes rusos habían intentado asesinar a su secretario general Berlinguer en 1973, durante un viaje a Bulgaria.

El PC de Italia temía más a la URSS que a los EEUU de Jimmy Carter, porque sabía con quién lidiaba

Cuando el PC italiano consideró, en la década de los setenta, que la OTAN era una protección para Italia, no creo que fuera “errejonismo” como lo dice con humor feroz Pablo Iglesias en un debate de su programa Fort Apache. Temían más a la URSS que a los EEUU de Jimmy Carter, porque sabían de primera mano con quién lidiaban.

En las complejas negociaciones de la Transición española, Carrillo y sus compañeros tenían muy cerca la experiencia de la Revolución portuguesa de los claveles, con la intentona del PC portugués prosoviético de llevar Portugal a una dictadura “democrática socialista”.

¿Qué le faltaba al “socialismo real”, que la “primavera de Praga” de 1968 intentó añadir? ¿Qué queda cuando el modelo económico socialista “real” ha sido vencido por la economía capitalista, con un Estado de Bienestar promovido por las fuerzas socialdemócratas para contrarrestar la ola revolucionaria y, de hecho, gracias a la influencia de los partidos comunistas en los movimientos sociales?

Quedan las libertades democráticas y sociales. La base de toda posibilidad de progreso humano.

Queda la paz y el compromiso histórico – lo que el PCE llamaba “reconciliación nacional”– para conjurar la guerra civil, sea en España, en Italia, en Chile: porque si gana el fascismo, pierde el pueblo; pero si se vence al fascismo como en Cuba o en los países del Este o en China, también pierde el pueblo.

Lo que sabían Carrillo y sus compañeros, y lo sabíamos todos entonces, es que la experiencia comunista, nos gustara o no, estaba derrotada, y que la URSS era decadente. Así iban a las duras negociaciones de la Transición. No eran nada cobardes ni tampoco alejados de la realidad de los movimientos sociales, al contrario. Simplemente, iban vencidos.

¿Qué era lo más importante? ¿Los Borbones a los tiburones? ¿O las libertades democráticas?

Aceptar la monarquía y dejar para más tarde la justicia sobre los crímenes franquistas, lo entendí como un acto de valentía de la dirección del PCE, la misma valentía con la que denunciaron nueve años antes la invasión de Checoslovaquia. Recuerdo como Carrillo e incluso Dolores Ibárruri tenían que enfrentarse a las criticas por eso, a pesar de la disciplina férrea que dominaba aun entonces el PCE: venían a dar mítines en la hoy desaparecida sala parisina de la rue de la Grange-aux-Belles; me llevaba mi padre.

La crisis de régimen que vemos hoy en España no era el único futuro que se podía imaginar en 1977, cuando la corriente ultraliberal de Thatcher y Reagan no dominaba la política mundial y no había conquistado la socialdemocracia.

Monarquías las había y las sigue habiendo en Gran Bretaña, en Bélgica y Países Bajos, en Suecia y Noruega, por hablar solo de Europa. Con coronas y sus familias inútiles y caras, a menudo corruptas. El rey de Bélgica o el emperador de Japón son herederos de antepasados que cometieron, en Congo, en China, en Corea, espantosos crímenes de lesa humanidad como Franco en España. Y hay un mausoleo oficial dedicado a los criminales japoneses; hay una medalla de Leopoldo II el criminal como alta distinción oficial en Bélgica. Eso no ha impedido que esos países tengan libertades democráticas fuertes, separación de poderes y, hasta los años ochenta, políticas de progreso social.

¿Qué era lo más importante? ¿Los Borbones a los tiburones? ¿O las libertades democráticas y sociales primero, dejando atrás batallas perdidas? Como bien dice Pablo Iglesias, estar en política debe servir para mejorar la vida de la gente. Lo que hicieron los nuestros durante la Transición, ¿no fue eso?

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© Alberto Arricruz |  Enero 2019 · Especial para M’Sur

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