«Tuve que reconocer mi propia misoginia para superarla»

Laura Freixas

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 5 Feb 2019

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Laura Freixas (2015) | © Emilia Gutiérrez / ErrataNaturae


Sevilla | Enero 2019

Aunque ya era una figura conocida, tanto por su labor editorial al frente de El espejo de tinta, como por su producción literaria (El asesino en la muñeca, Último domingo en Londres, Entre amigas, Amor o lo que sea, Los otros son más felices…), Laura Freixas ha adquirido mayor relevancia en los últimos tiempos como una de las intelectuales más implicadas en la lucha feminista, primero como cofundadora del colectivo Clásicas y Modernas y activa conferenciante sobre la materia. Además, el sello Errata Naturae ha ido publicando sus interesantes diarios, de los que hasta ahora han visto la luz dos entregas: Una vida subterránea (1991-1994) y Todos llevan máscara (1995-1996).

Recientemente participó en un ciclo de conferencias en el Caixafórum de Sevilla, y allí, ante una taza de café negro, esta barcelonesa de 1958 analizó las circunstancias del movimiento igualitario en la actualidad.

Nunca se ha hablado tanto en España de feminismo, y sin embargo a diario nos salpican noticias de crímenes, manadas, manifiestos de ultraderecha. ¿Nos felicitamos de que se esté moviendo la cosa, o nos echamos a temblar?

Yo me felicito de que se esté moviendo la cosa. La lucha por la igualdad tiene altibajos en cuanto a intensidad, y que sea intensa siempre es positivo, a pesar de que efectivamente hay peligro de involución y tenemos que estar siempre vigilantes, como ya pronosticó Simone de Beauvoir en esa frase que se está repitiendo mucho últimamente, que las mujeres nunca podemos estar seguras de nuestros derechos, que nunca están adquiridos de una vez por todas, que cualquier crisis económica, política, religiosa, puede arrebatarnos nuestros derechos, y por ello tenemos que estar siempre vigilantes. Las feministas que tenemos cierta edad esto ya lo sabemos: hemos vivido épocas de euforia, como la Transición, épocas de estancamiento, épocas de retroceso, y esto al final es una batalla de muy largo plazo.

En una mesa redonda que compartimos hace tiempo, se me ocurrió decir que el feminismo levantaría el vuelo en España cuando el mercado percibiera que era rentable para sus intereses. Creo que el mercado –el editorial, por ejemplo–, ya lo ha detectado. ¿Eso es bueno, o tiene alguna contrapartida negativa?

«Se cree que la violencia se reduce a los asesinatos, cuando hay también una violencia de baja intensidad»

Creo que es muy bueno que el mercado editorial haya detectado que hay un mercado específico de mujeres con inquietudes. Pero al mismo tiempo, el mercado también ha detectado por desgracia la posibilidad de explotar a las mujeres de maneras nuevas: por ejemplo, mediante la llamada gestación subrogada. El mercado, en sí mismo, ni es un aliado ni lo deja de ser: depende de para qué.

Parece inevitable que el debate en torno al feminismo se vea afectado por una especie de crispación. ¿No se puede hablar serenamente de esto, qué haría falta para que fuera así?

Hace falta tranquilidad y profundizar en los temas. El debate sobre la violencia se hace desde una incomprensión de lo que es la violencia. Por ejemplo, se cree que la violencia se reduce a los 47 o 63 o los asesinatos que sean al año, cuando hay también una violencia de baja intensidad. Hay una violencia más difusa y otra más intensa, y hay también una violencia simbólica contra las mujeres: en canciones, series, videojuegos, películas… es un fenómeno muy global.

Creo recordar que en aquella mesa redonda, el cien por cien del público eran mujeres. Tal vez hablábamos para convencidas…

Sí, pero eso lo tienen que hacer los hombres, no lo podemos hacer nosotras. Tienen que implicarse. Precisamente venía leyendo en el tren un magnífico manifiesto de hombres franceses que no quieren que se derogue la ley que sanciona a los puteros, cuya constitucionalidad está siendo cuestionada. Eso es lo que tienen que hacer los hombres, implicarse, escuchar a las mujeres, leerlas, cosa que tradicionalmente no hacen…

Un poquito más de empatía y de conciencia, ¿no?

Sí, de conciencia de los privilegios que tienen sin necesidad de ser activamente machistas, simplemente dejando que las cosas sigan funcionando como hasta ahora, con más oportunidades laborales, mejores condiciones laborales y ser más valorados en cualquier cosa que hacen, tener los trabajos domésticos y los cuidados gratuitos, ser cuidados por las mujeres…

¿Entiende a las mujeres que han votado a un partido que pide la derogación de la Ley de género?

«Hemos perdido las ventajas que teníamos de ser protegidas, aun al precio de la infantilización»

Hay muchos factores, pero en lo que respecta a las mujeres que pueden desear que las cosas no cambien, e incluso retrocedan, creo que sí entiendo sus motivos, aunque piense que se equivocan: es el sentirse desprotegidas en un mundo donde todo el mundo compite, y también en algo en que las entiendo muy bien: la igualdad no ha cumplido sus promesas. Porque no somos iguales. Hemos perdido las ventajas que teníamos de ser protegidas (aun al precio de la infantilización, de ser tratadas como niñas, que en el fondo podía ser cómoda) y no hemos conseguido la igualdad. No hemos conseguido una igualdad total, tropezamos con el techo de cristal, sufrimos la brecha salarial, no conseguimos tener familia y una carrera profesional a la vez… y entiendo que, ante la frustración que eso produce, haya mujeres que quieran volver atrás. Y que sientan antipatía hacia el feminismo. Pero la solución no es menos igualdad, sino más igualdad. Y para eso, como digo, es imprescindible que los hombres se impliquen.

¿Por qué no se entiende que la igualdad también conviene a los hombres?

Sí, la igualdad nos lleva hacia un mundo más humano y más creativo. Del mismo modo que yo, blanca y de clase media, viviera en la India o en México, llevaría una vida más cómoda porque tendría servicio doméstico probablemente muy barato, pero me sentiría mal por la sensación de injusticia, por la agresividad que percibiría, por la tensión y por la culpa, y prefiero vivir en un país donde no tengo criados pero puedo andar sola por la calle y hay menos violencia en el ambiente, por el mismo motivo a los hombres les conviene la igualdad… Además, culturalmente es muy enriquecedor. Hay una mitad de la Historia que no conocéis, y que nosotras en parte tampoco, y sería muy interesante conocerla. Escuchar esas voces que no se oyen. Para mí el feminismo es un filón, es apasionante.

Me refería a que el machismo nos carga también a nosotros con una serie de estereotipos y servidumbres de las que sería conveniente liberarse…

Sí, y de exigencias. Mostrarse siempre imperturbables, no empatizar… Precisamente estoy leyendo Las tribulaciones del estudiante Törtless, de Musil, y es todo un aprendizaje de ese machismo: cómo maltratar al débil, cómo no sentir compasión… Eso psicológicamente es muy duro, muy empobrecedor, muy triste.

Leyendo sus diarios, me impresiona que a veces ofrezca perfiles de sí misma que no son precisamente favorecedores, como cuando se muestra cultivando eso tan español que es la envidia, o la ambición desmedida. ¿No tuvo la tentación de retocarse para publicarlos?

Me veo humana, y eso me gusta. Y creo que es un buen espejo para los demás, en el sentido de reconocer que todos estamos por debajo de donde nos gustaría estar, que tenemos más debilidades y defectos de lo que nos gustaría. Y también veo en lo que escribía una lucha por mejorarme, por ser éticamente mejor. Pero eso no podría hacerlo si no reconociera el punto de partida no es el que yo quiero.

También tienen los dos volúmenes el denominador común de decir el pecado pero no el pecador. Supongo que es una elección muy consciente…

«Desnudarte en una autobiografía no te da derecho a hacer lo mismo con los otros»

Claro, porque yo tengo el derecho de mostrar mis debilidades, mis contradicciones, muchas cosas que me avergüenzan, pero no tengo el derecho de sacar del armario a los demás. Hay autobiógrafos que se desnudan mucho y desnudan a los demás, por ejemplo Goytisolo. Pero creo que desnudarte no te da derecho a hacer lo mismo con los otros. Por eso cuando hablo mal de alguien, cambio el nombre y los detalles que permitirían identificarle, de modo que nadie o casi nadie puede adivinar de quién se trata.

¿No será para muchos una invitación a asomarse al que fueron, a cómo eran las cosas entonces?

No, la gente por la que yo no tengo simpatía no la tiene por mí, y no me lee. Y luego habrá gente que lo ha leído y se ha reconocido, o se lo han dicho, pero no me han dicho nada.

En la primera entrega de los diarios me sorprendió una frase como esta: “para mí femenino significa cobarde, egoísta, pasivo, insignificante y melancólico”. Terrible, ¿no?

Es que yo tuve que reconocer mi propia misoginia para superarla. Todo el mundo es misógino en esta sociedad, porque la representación que vemos de las mujeres (y no hablo solo de que nuestro padre tenga la sartén por el mango y nuestra madre sea un cero a la izquierda), es que todo, la representación de la escritora como ser ridículo, sensiblero… Eso cala mucho, esas caricaturas están ahí. ¿Has visto la película El autor?

¿La que está basada en la novela de Cercas? Sí, la vi.

Ahí hay dos caricaturas, la de la portera y la escritora. Y hay una saña, un maltrato, una ridiculización de esas mujeres… ¿Qué modelo positivo nos ofrece la cultura que no sea la de mujer sumisa? Yo no quiero ser la Virgen María…

Sí, y la esposa es escritora de éxito, pero es infiel…

Y además es mala, y se dice, y se repite: es que vende mucho porque es muy mala, muy-ma-la… Además es un tópico, la escritora que vende mucho porque halaga las bajas pasiones de sus lectoras, que son unas marujas. Para mí fue un esfuerzo, y me ayudó mucho el psicoanálisis para sacar a la luz todo lo malo que pensaba de las mujeres, y en descubrir cómo se come eso cuando eres mujer. Realmente creo que lo he superado. Quizá no del todo, pero bueno.

Claro, la sensación es que todos tenemos que hacer ese viaje, y que es muy largo, y tal vez nunca se llega a culminar la tarea. Pero volviendo al segundo volumen, descubrimos cosas como “el placer es lo femenino, la satisfacción es lo masculino”, o “los hombres tienen hijos, pero no con la misma intensidad”. ¿No se han ido diluyendo un poco esas ideas de lo característicamente femenino y lo masculino como bloques homogéneos y definidos?

«Las mujeres hemos cambiado, los hombres muy poco; yo veo muchísimas mujeres muy activas»

En la sociedad no se ha diluido, o muy poco en comparación con lo que es. En esa época yo tenía un marido que correspondía mucho a ese prototipo, y no sé si pensaba así porque tenía a ese marido, o había escogido a ese marido porque pensaba así, y esperaba de un hombre que fuera fuerte, invulnerable, protector… Eso en cuanto a mí. En cuanto a la sociedad, voy a decir un tópico, pero es verdad: las mujeres hemos cambiado, los hombres muy poco. Yo veo muchísimas mujeres muy activas, muy reflexivas, muy críticas. Y algunos hombres como tú, pero muy pocos, la verdad.

Almudena Grandes dijo que las mujeres de hoy se parecen mucho menos a sus abuelas que nosotros a nuestros abuelos. ¿Es eso?

Sí, eso mismo digo yo desde hace tiempo. Entre mi hermano y mi abuelo hay diferencias materiales, el coche, internet, y los valores no son del todo los mismos, pero se parecen, aunque mi hermano está muy pendiente de sus hijos. La libertad que tiene mi hermano ya la tenía mi abuelo, mientras que la libertad que tengo yo no tiene nada que ver con la que tenía mi abuela, que era cero. Mi abuelo la pegaba, la engañaba, necesitaba licencia marital para todo… No hay color.

Y en lo sexual, ¿hemos evolucionado, o los chavales y las chavalas jóvenes están repitiendo los viejos esquemas?

En apariencia hay muchísima diferencia entre su generación y la de nuestros padres, pero… A mí me educaron para llegar virgen al matrimonio, pero yo ya viví la revolución sexual, nuestras madres solo vivieron lo de la virginidad, o por lo menos dejarlo ver, y nuestras hijas solo han vivido la revolución sexual. Pero esa revolución sexual tiene criterios muy masculinos. Eso lo ha estudiado Eva Ilouz, la socióloga israelí. Hay unos criterios de evitar el apego, y muy consumista, donde lo que prima son unos modelos… No sé si viste el programa de Jordi Évole donde se veía cómo se reproducen algunos estereotipos del porno, y los chicos las pegaban, etc. Digo lo del porno porque cuando nosotros éramos jóvenes se podía follar a diestro y siniestro, pero no nos pasaba que nos llamaran zorras o nos insultaran.

Es curioso que el porno haya sido en los 70 y los 80 haya sido una escuela de sexualidad para los españoles, la única para muchos, y eso haya evolucionado hacia un porno hardcore donde la mujer es más que nunca objeto de desprecio y violencia.

Claro, estamos en un momento muy contradictorio. El otro día decía Lina Gálvez decía “es la primera vez que ha habido una crisis económica y nadie ha pedido que las mujeres vuelvan al hogar”. De modo que hay grandes avances, y a la vez grandes retrocesos como esa pornografía violenta como una forma de legitimar y normalizar la violencia contra las mujeres, o el tema de los vientres de alquiler, una industria internacional de explotación de mujeres pobres.

Con la coincidencia de que en ambos casos el argumento para defenderlo es el mismo: las mujeres lo asumen libremente, e incluso lo desean. ¿No?

«Voy a poner una imagen de la Virgen María y una imagen sacada de un catálogo de vientres de alquiler»

Así es. En la charla de hoy voy a poner una imagen de la Virgen María, una anunciación muy bonita de Fra Angelico y una imagen sacada de un catálogo de vientres de alquiler, que muestra solo un vientre (con la deshumanización que supone cortarle la cabeza) con un lazo como si fuera un regalo. En el fondo es la misma idea: Aquí está la esclava del Señor, y hágase tu voluntad. Mientras no hagamos una crítica en profundidad, no vamos a poder avanzar, porque no tenemos los instrumentos mentales. Todas esas imágenes y esos relatos van directamente a nuestro inconsciente, como yo me puse a poner todos esos adjetivos a lo femenino: cobarde, pasivo, impotente… Pero eso viene por unos discursos que no son racionales, que no son explícitos.

¿Por ejemplo?

Siempre pongo el ejemplo de los Pitufos. Te has criado con los pitufos, donde las mujeres prácticamente no existen, y los que hacen cosas interesantes y tiene personalidad son los personajes masculinos… eso, o Astérix, o Tintín. Y tardas muchísimos años en saber que tu idea de las mujeres viene de la Pitufina, y de la Virgen Maria, y hay toda una coincidencia entre esos modelos, todas pasivas y al servicio de los proyectos masculinos.

Esperábamos que en la cultura se pudiera dar ese debate sereno del que hablábamos antes. Sin embargo, en una polémica como al de Lolita y Nabokov, que usted protagonizó, las posiciones parecieron muy extremas desde el principio. ¿Cómo lo vivió?

[Muestra el reloj indicando que la conversación llega a su fin] Que sepas que…

Sí, sí, aún tenemos cinco minutos.

Bien, a ver. Para mí fue una sorpresa que un tema que yo creía que iba a interesar a cuatro gatos, porque, ¿quién ha leído Lolita? –eso para empezar– suscitara unas reacciones de tanta amplitud y virulencia. A mí me encantan las polémicas cuando son razonadas y argumentadas, y hubo gente como Cebrián o Vargas Llosa o Sergio del Molino que argumentaron contra mis ideas, y a mí eso me encanta. Lo que comprobé es que he tocado un punto muy sensible, y es que la cultura está sacralizada, y tiene ahora un rol comparable al de la religión en tiempos pasados. Es la clave de bóveda del patriarcado, y es intocable en el sentido de que es inmune a la crítica. Si lo criticas desde un punto de vista de género, te gritan ¡anatema!, es una herejía. Me pareció muy interesante la reacción, me hice famosa en Perú, ¡hasta me invitaron luego a ir!

¿Matizaría algo de su primer artículo?

«El independentismo necesita aliados, y se aliará con la CUP o con las feministas o lo que sea»

Insistiría más en que el problema no es la novela. Lo decía en el artículo, pero a la gente le pasó desapercibido. Yo creo que la intención de Nabokov era de denuncia, pero había una complacencia inconsciente por su parte, que se nota mucho en la novela. Hay una fascinación del autor con ese personaje, por mucho que lo condene, pero no lo condena… Hay una ambigüedad. Pero el problema no es tanto la novela en sí, en ese caso habrían participado cuatro gatos especializados en literatura anglosajona. El problema es disputar el punto de vista masculino exclusivo. En los grupos dominantes, uno de los privilegios que tienen, si no el principal, es el ser los dueños del relato. Y por tanto, los grupos subalternos no tienen voz, y son representados según las fantasías y los temores de los grupos dominantes. Esto lo examinó estupendamente Edwar Said en Orientalismo, yo lo leí sustituyendo los orientales por las mujeres, y es lo mismo. Funciona igual.

Ya que hablamos de orientalismo: ante la cuestión del velo, que tanta polvareda está levantando, ¿qué posición tiene usted?

Prefiero no contestar, porque no es un tema que tenga lo bastante trabajado. Y ya la última pregunta…

Acabamos con Cataluña: como catalana que ha vivido en Francia y vive en Madrid, ¿cómo percibe la deriva del soberanismo?

He escrito mucho de eso en La Vanguardia y sobre todo en El País. Creo que el nacionalismo no es de izquierda, ni es progresista, tampoco feminista, es profundamente reaccionario. Y como se está viendo cada vez más, aunque hay mucha gente demócrata y progresista que lo apoya, lo ve como una ventana de oportunidad para cambiar muchas cosas, yo no dudo de su buena fe, yo no lo comparto… En particular, conozco a muchas feministas que están en esa posición.

Otros lo comparten…

El independentismo necesita aliados, y se aliará con la CUP o con las feministas o lo que sea, lo que pretende es que la minoría dominante, las famosas Cien Familias que han ido cambiando de color (fueron franquistas con Franco, luego convergentes, ahora independentistas) sigan dominando el cotarro, aquello de “las calles siempre serán nuestras”, y hacernos olvidar todas las desigualdades sociales flagrantes, sean étnicas, de clase o de género. Es una aspiración a hacer un país más pequeño, mucho menos abierto y menos transparente. Ese amago de constitución que hicieron, la leyes de transición o como se llamara, ya abolía la separación de poderes. Es la aspiración a monopolizar el poder.

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© Alejandro Luque | Especial para M’Sur

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