Observar Hebrón

Publicado por

Ana Alba

@analba

Periodista (Barcelona, 1971). Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) en 1995. Trabajó tres años (1997-1999) como free-lance en la antigua Yugoslavia, donde cubrió la posguerra en Bosnia y la guerra de Kosovo para el diario Avui y para COM Radio y Deutsche Welle (servicio en castellano).

Publicado el 22 Feb 2019

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Voluntarios palestinos acompañan a alumnos en la calle Shuhadá de Hebrón (Feb 2019) | © Ana Alba

Hebrón | Febrero 2019

 

Ya no están los chalecos azules con insignias rojas que cada mañana marcaban presencia en la calle Shuhadá, la arteria central del casco antiguo de Hebrón. Una calle fantasmagórica, yerma, desde hace casi 25 años, desde que Israel ordenó cerrar todas las tiendas palestinas de esta vía. Su estación de autobuses se convirtió en base militar israelí y una de sus comisarías, en un asentamiento de colonos.

Los colonos pueden circular libremente por Shuhadá, los palestinos no. Salvo a ratos, por algún trozo, los niños y niñas cuando van al colegio o vuelven por la tarde. Siempre rodeados de armas.

Los chalecos azules pertenecían a los observadores de la Presencia Internacional Temporal en Hebrón (TIPH), una fuerza establecida en 1994. Desde entonces, sus monitores caminaban por la calle Shuhadá (Mártires) y el resto de la ciudad antigua para impedir o al menos documentar el acoso cotidiano de los colonos contra sus vecinos palestinos.

Porque Hebrón es una ciudad dividida: en el corazón de la ciudad vieja viven unos 800 colonos en diferentes edificios y colonias. El Ejército israelí los protege y garantiza que ellos o quienes quieran visitarlos puedan moverse libremente por la ciudad. Esto significa cerrar calles enteras al resto de la población. A los palestinos no los protege nadie. Salvo el TIPH.

“Los soldados nos atacan cuando les pedimos protección y los colonos pueden hacer lo que quieran. Yo estoy bajo la ley militar israelí y el colono que me ataca está bajo la ley civil, esto es apartheid legal. Aquí hay una política silenciosa de traslado (de población)”, sentencia el activista palestino Issa Amro.

Se divisa a soldados israelíes a varios metros de distancia. Junto a ellos hay dos colonos

La misión de la TIPH se estableció después de que el 25 de febrero de 1994, el colono americano-israelí Baruch Goldstein matara a tiros con un arma automática a 29 palestinos en la Mezquita de Ibrahim, en el corazón de Hebrón. Un lugar en el que se supone que está enterrado Abraham y que por ello es venerado tanto por los musulmanes como por los judíos.

Tres semanas después, la ONU condenó la masacre en la resolución 904 y llamó a establecer una presencia civil internacional en la ciudad palestina para documentar las violaciones de los derechos humanos. Israel y la Autoridad Nacional Palestina aprobaron la creación de la TIPH. “Los observadores eran muy efectivos. En 22 años documentaron 40.000 incidentes que pueden usarse ante el Tribunal Penal Internacional. Es un crimen de guerra violar la ley internacional y la ley humanitaria internacional”, señala Amro.

Pero ya no están: el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, los despachó el mes pasado. Decidió no renovarles el mandato, que se acabó el 31 de enero, tras acusarlos de haber pinchado la rueda del vehículo de un colono y haber pegado una bofetada a un niño judío. Los observadores lo niegan rotundamente.

Para reemplazarlos, Issa Amro, ahora director de la ONG Working for Peace and Justice, coordina un grupo del colectivo Jóvenes Contra los Asentamientos, que fundó años atrás. Sus monitores también llevan chalecos azules, pero no tienen mandato internacional y no pueden caminar por las calles que los soldados israelíes cierren a los palestinos.

Son las 7:15 de la mañana y los voluntarios bajan por la cuesta de Tel Rumeida, en el casco antiguo. Varios niños van apareciendo por las callejuelas aledañas con sus carteras de colores, en grupo y sin adultos o de la mano de sus padres. Al final de esta cuesta se encuentra la calle Shuhadá. Terreno vetado. Se divisa a soldados israelíes a varios metros de distancia. Junto a ellos hay dos colonos. Uno se limita a mirar cómo se acercan los chalecos azules con las palabras “Observador de derechos humanos” en inglés, árabe y hebreo. El otro colono empieza a grabar a los palestinos con su móvil. Les lanza comentarios sarcásticos e insultos.

Los observadores se sitúan en una de las aceras de Shuhadá y empiezan a repartir yogures a los niños y niñas que van al colegio mientras aguantan estoicamente al colono que les grita, pegado a ellos. Si algún palestino contesta al colono, los soldados apartan al palestino con un empujón. Al colono solo se atreve a apartarlo una vez uno de los militares.

Los escolares pueden pasar la barrera física que conforman los soldados, los observadores no. Es el segundo día que velan para que el camino de los pequeños estudiantes sea menos inseguro, para evitar que algún colono los agreda verbal o físicamente. Intentan llenar el vacío que han dejado los del TIPH. Al menos en la calle.

“No podemos sustituir a monitores internacionales. A ellos no podían echarlos de la calle, a nosotros sí”

Porque en el campo diplomático será difícil. En un comunicado conjunto, los ministros de Exteriores de los países que conformaban la TIPH -Noruega, Suecia, Italia, Suiza y Turquía- afirmaron que la decisión de Netanyahu significa “la salida de Israel de los acuerdos de paz de Oslo (firmados entre palestinos e israelís en 1993 y 1995)”. Negaron que los observadores fueran tendenciosos y recordaron la obligación legal de Israel de proteger a los palestinos de Hebrón y la población del resto del territorio ocupado de Cisjordania.

Los observadores internacionales redactaban informes con imágenes que documentaban los abusos de los que eran testigos y en los que no podían intervenir -esencialmente de colonos y soldados israelíes contra civiles palestinos- y los enviaban a las autoridades israelís y palestinas y a los países que integraban la misión. Además, “organizaban visitas a Hebrón para diplomáticos y tenían proyectos de cooperación, entre ellos uno de apoyo a una escuela y un parvulario”, indica Amro.

“Ahora somos más débiles, no podemos sustituir a monitores internacionales. A ellos no podían echarlos de la calle Shuhadá, a nosotros sí. Hoy, el Ejército israelí ha declarado esta zona en la que estamos vigilando a los niños área militar cerrada y nos ha echado. Esto no se lo podía hacer a la TIPH”, subraya el activista, arrestado en numerosas ocasiones por su defensa de los derechos de los palestinos en Hebrón.

Amro no es optimista respecto al posible retorno de la TIPH. “La comunidad internacional no presiona a Israel para que dé a los palestinos los derechos humanos básicos. Israel no rinde cuentas, no hay ninguna institución en el mundo que lo responsabilice de nada. No quieren que Israel se enfade, quieren que seamos sus esclavos, ciudadanos de segunda en nuestro propio país”, denuncia.

El colono Ofer Yohana, con su pistola en la cintura, intenta interrumpir la conversación

El activista lamenta que la ONU “no tiene poder para implementar las resoluciones”. “EEUU apoyó la decisión de Netanyahu de no renovar la TIPH. La ONU intentó presionar para que siguiera, pero la administración de (Donald) Trump apoya la ocupación”, recalca Amro. El 7 de febrero pasado, Washington bloqueó una declaración del Consejo de Seguridad de la ONU que lamentaba la decisión de Israel de acabar con la TPIH. Para EEUU, “no es una violación de los acuerdos de Israel con la ANP y hay que considerarla una decisión interna”.

Interna también les parece a los colonos: creen estar en su territorio. En Shuhadá, el colono Ofer Yohana, con su pistola en la cintura, intenta interrumpir la conversación de Amro con los periodistas, a los que también graba. Los soldados miran impasibles, incluso le permiten estar en una zona a la que teóricamente no debe pasar. Llegan dos policías que increpan a Amro, pero ignoran a Yohana.

Dos días antes, la colona Anat Cohen abofeteó a Amro ante los soldados con total impunidad. Nadie hizo nada.

La cuna de los colonos

Ciudad antigua de Hebrón y asentamientos de colonos | © MSur

La convivencia milenaria entre judíos y musulmanes en Hebrón se acabó en 1929. Ese año, en el marco de los enfrentamientos entre la población local y los colonos sionistas europeos que compraban tierras por toda Palestina – a menudo a los latifundistas, para luego echar a los jornaleros que la trabajaban – desembocó en una masacre con 67 muertos. Tras la guerra de 1948, y hasta la de 1967, la ciudad quedó en territorio controlado por Jordania. En 1968, el rabino ortodoxo y fanático sionista Moshe Levinger se alojó en un hotel en la ciudad con algunos seguidores… y luego simplemente no se fue. En 1975, el Gobierno israelí decidió legalizar el asentamiento y otorgarle protección.

Desde entonces, la presencia de colonos en Hebrón no ha parado de aumentar. A los 800 del casco viejo -son cifras de la ONG israelí B’Tselem – se suman los 7.000 de Kiryat Arba, un asentamiento en una colina periférica que hace de retaguardia y apoyo a la avanzadilla en el centro. Pese a que ambos son ilegales bajo la ley internacional y las Convenciones de Ginebra – como todos los demás asentamientos de Cisjordania y Jerusalén Este -, el Gobierno les ofrece respaldo y financiación. En octubre pasado, el Ejecutivo de Netanyahu aprobó destinar 22 millones de shekel – unos 5,3 millones de euros – para crear un nuevo barrio judío con 31 casas en el centro de Hebrón. Para los colonos es una causa casi sagrada: en Hebrón como en ningún sitio pueden escenificar su ideario de vivir en territorio hostil rodeado de enemigos, fiándose de sus armas y conquistando paso a paso la tierra que creen suya.

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