Cuando descubrí Camp David

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Publicado el 26 Feb 2019

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La paz de Camp David benefició a Egipto pero allanó el camino al represivo estado de vigilancia actual. El autor descubrió la trascendencia de los acuerdos de 1979 cuando la revolución inundó las calles de El Cairo en 2011.

Como muchos egipcios crecí sin educación política. La mayor parte procedía de lo que se hablaba en mi círculo, en el cual, como en tantos otros, no había grandes conocimientos. Adquirí una serie de nociones: Gamal Abdel Nasser había sido el primer presidente de Egipto, Anwar Sadat había sido un visionario por firmar la paz con Israel y Hosni Mubarak era un líder sabio. Además, estaba situado entre dos polos: Israel era o una democracia civilizada o la encarnación del diablo. La historia y la política nunca tuvieron una presencia real.

En aquel momento no lo sabía, pero gran parte de lo que consideraba cierto resultó ser propaganda. ¿Cómo iba a saberlo? Solo tenía acceso a una versión de la historia y era prácticamente imposible dar con algo que la contradijera.

Mi comprensión del conflicto árabe-israelí era superficial y la narrativa que me inculcaron, ingenua

Crecí entre Egipto y otros lugares donde trabajaba mi padre. Mi familia tuvo que buscar refugio económico en el Golfo pues aunque mi padre era ingeniero, una profesión prestigiosa en Egipto, le resultaba imposible conseguir ingresos decentes. Mientras tanto, un segmento de la población cercano a la “élite” gobernante se hizo rico de la noche a la mañana, sobre todo gracias a la Infitah, una política de Sadat diseñada para abrir las puertas a la inversión extranjera. Mientras esas puertas se abrían muchas otras se cerraban.

Las dificultades económicas en Egipto obligaron a muchos egipcios a buscar refugio económico en otros lugares. A cambio de dinero, los países del Golfo exportaban a Egipto un conservadurismo que duplicó los motivos de la minoría cristiana para huir del país. Yo mismo me vi dividido entre la educación occidental de algunos colegios del Golfo y una sociedad cada vez más conservadora tanto en Egipto como en el mundo árabe.

Mi comprensión del conflicto árabe-israelí era superficial y la narrativa que me inculcaron, ingenua. Personalmente, un momento crucial de aquella época fue mi aparición en un programa juvenil en inglés de la televisión egipcia para hablar de Palestina. Me invitaron por mi nivel de inglés y porque tenía la edad adecuada. Cuando me dieron la palabra empecé a recitar como un loro lo que llevaba toda mi vida oyendo en conversaciones mal informadas: que los palestinos habían vendido su tierra y que rechazaban obstinadamente el tratado de paz ofrecido por Sadat. Un catedrático de historia y ciencias políticas se ocupó de responderme. Refutó mis afirmaciones en directo y cuando posteriormente comprobé la veracidad de las suyas pensé en cuántas mentiras más me habrían inculcado.

No hubo un instante único de claridad sino más bien toda una serie de momentos definitorios en los que una contradicción o una realidad ponían en solfa las diversas capas de falsedades y las hacían caer una a una. De no ser por la revolución quizá nunca habría sido consciente de cómo Camp David ha dado forma al mundo en el que vivo. Durante el período previo al levantamiento del 25 de enero y sus posteriores repercusiones nos topamos de frente con sus efectos.

El apagón informativo que precedió a la revolución egipcia de 2011 hizo que solo un pequeño número de gente mantuviera interés por la política, pero la erupción del 25 de enero despertó la atención de muchos más. Mucho antes de la marea de desinformación que domina internet hoy día era posible investigar ciertos temas sin necesidad de sortear las toneladas de basura esparcida por toda clase de trolls y propagandistas. Los poderosos aún no percibían internet como una amenaza que había que restringir y dominar.

Estados Unidos sobornó al Ejército egipcio para que se centrara en algo que no fuera la guerra contra Israel

Cuando el 28 de enero de 2011 las fuerzas policiales se vinieron abajo, el ejército egipcio podía elegir entre ponerse del lado del pueblo o del de Mubarak. No obstante, no hizo ninguna de las dos cosas. Escogió respaldar sus propios intereses, consistentes en la perpetuación del status quo después de un lavado de cara. El pueblo albergaba la esperanza de que el ejército se pusiera de su lado como había sucedido en Túnez. Sin embargo los intereses de las fuerzas armadas eran demasiados grandes como para adoptar tal postura.

Después de la firma de los acuerdos de Camp David, Egipto se convirtió en el segundo mayor receptor de ayuda norteamericana. Estados Unidos sobornó al Ejército para que se centrara en otros intereses que no fueran la guerra contra Israel. Desafortunadamente eso le proporcionó el tiempo y los recursos necesarios para construir su actual imperio económico. La convergencia con Estados Unidos y el viraje al capitalismo tuvieron como resultado el declive de los dispositivos sociales que existían. Debido al cambio de política y a pesar del acuerdo de paz, Egipto cayó en un letárgico estado de consumismo que le impidió desarrollar realmente una cultura constructiva.

Con el fin de vender la paz de Camp David al pueblo egipcio, el gobierno propagó incesantemente dos mensajes contradictorios. En primer lugar, que tanto la paz como la Guerra de Yom Kippur eran una victoria; y en segundo que cualquier fracaso se debía a una conspiración de Estados Unidos e Israel para debilitar al país. Ambos quedan desmentidos si se estudian con atención el presupuesto norteamericano, las líneas de comunicación abiertas con Israel y los propios acuerdos de paz. Sin embargo siguen vigentes. Estudiar con atención no es algo que la gente haga con frecuencia.

Si observamos la historia de Egipto y el lugar donde nos encontramos actualmente, salta a la vista que todo está interconectado. La revolución ha dado visibilidad a las injusticias y me ha sensibilizado con las injusticias que suceden a nuestro alrededor, empezando por el África del apartheid y sus similitudes con el tratamiento que el estado de Israel da a los palestinos; la hasbará israelí y su sabor a propaganda del régimen egipcio; las detenciones administrativas y los asesinatos de palestinos que quedan impunes, todo ello ante el silencio de la comunidad internacional.

Egipto participa en un bloqueo de Gaza que niega a sus habitantes el derecho a una vida decente

Los paralelismos entre la opresión de las fuerzas militares israelíes de ocupación y lo que vimos hacer al ejército egipcio después del levantamiento del 25 de enero de 2011 son perturbadores. Cuando los colegas periodistas destacados en Egipto informaban de lo que ocurría en Gaza y Cisjordania nos dimos cuenta de que los horrores de los regímenes opresivos no conocen fronteras.

La conversación acerca de los sucesos de hace cuatro décadas aún sigue abierta en muchos sentidos. Incluso si permanecemos ajenos a la historia, mientras la injusticia continúe no podremos dejarla atrás. Hoy en día los acuerdos de Camp David se interpretan como una capitulación cuyas víctimas son el pueblo egipcio, subyugado por un ejército codicioso, y el palestino, cuyas vidas pierden valor con cada atrocidad perpetrada contra ellos por Israel.

Para colmo de males, el actual régimen de Sisi cuenta con el apoyo incondicional de Israel, que ha presionado a los Estados Unidos para que acepte el golpe de estado e ignore las violaciones de los derechos humanos del actual régimen.

Las operaciones militares en el Sinaí han desplazado a gran número de habitantes del norte del Sinaí en medio de un estricto apagón informativo. Al mismo tiempo la comunidad internacional continúa con su apoyo al régimen egipcio a pesar de las atrocidades que comete contra su propio pueblo. Como resultado, Egipto participa actualmente en un bloqueo de Gaza que niega a sus habitantes el derecho a una vida decente.

Es innegable que el Egipto de hoy, con sus injusticias y sus políticas es producto de su historia. ¿Habría sido nuestro futuro muy diferente de haber vivido bajo una constante amenaza de guerra? ¿Habría tantas víctimas egipcias como palestinas? Es difícil saberlo, pero lo único que está claro es que nuestra trayectoria nos ha dejado un Egipto que atraviesa la peor crisis de derechos humanos de su historia.

Camp David no fue solo un acontecimiento que definió una época que ha dado forma al mundo en el que vivo; ha sido un viaje de descubrimiento personal para comprender tanto ese mundo como su porqué. Las políticas suceden a los ciudadanos, pero algunos deseamos comprender qué es lo que sucede, mientras que otros se niegan a tomar la distancia necesaria para ver las cosas con amplitud.

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