Pequeña autovenganza

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 13 Mar 2019

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Velibor Čolić
Manual de exilio

Género: Novela
Editorial: Periférica
Páginas: 144
ISBN: 978-84-1629-144-1
Precio: 18,40 €
Año:2016 (2017 en España)
Idioma original: francés
Título original: Manuel d’exil
Traducción: Laura Salas Rodríguez

 

Tengo por mí que la literatura cambia de nivel y alcanza uno superior –que puede ser superior en aburrimiento o pesadez, también, que eso depende de cada cual– cuando el escritor deja de contarnos su vida y se dedica a inventar. Que es realmente por lo que le pagamos. Eso si le pagamos, claro, que en el mundo editorial de hoy ya no se sabe.

Porque lo primero que suele hacer un escritor – o a veces lo último – es contarnos su vida. Casi todas las primeras obras de los literatos arrancan donde acaba el diario adolescente, pecado más perdonable, desde luego, que el de un viejo escritor al que no se le ocurre ya nada y que por eso recurre a escribir sobre un viejo escritor al que no se le ocurre ya nada). En la gracia de contarlo se mide la futura fama que podrá tener el o la aspirante a literato, cuando realmente se ponga a componer una novela.

En este sentido, yo le vaticinaría bastante éxito a Velibor Čolić por la frescura y el cierto humor – la gracia, en una palabra – con la que nos cuenta su vida en Manual de exilio. Si no fuera porque no es su primera obra. Esa fama ya la tiene muy adquirida, con ocho novelas publicadas en Francia después de su primera obra Los bosnios (1994). Adivinamos que aquel volumen, dedicado a la guerra de la que huyó Velibor Čolić en 1992 como desertor, si no nos cuenta la vida del más tarde escritor, nos contará sus muertos.

En el cuarto de siglo (qué pronto se dice eso) pasado desde entonces, Velibor Čolić ha publicado novelas: de ficción, históricas, negras… Es decir que la vuelta a la autobiografía canalla no es un primer intento de darle forma al barro de la vida sino más bien una tardía venganza servida fría.

Porque algo de venganza tiene el relato sobre las tribulaciones de un joven refugiado bosnio en Francia, su vida en el centro de acogida, sus infructuosos intentos de comunicarse con la sociedad que lo rodea, de socializar. No solo una venganza contra ese muro de indiferencia que se encuentra, sino también contra sí mismo, contra las propias ilusiones. (“Estoy decepcionado, muy decepcionado. Hasta entonces estaba convencido de que todos los franceses eran un poco artistas, pintores y poetas”). Es una caricatura hecha con lápiz afilado, mezclando risa y amargura, en la que nadie se salva, y menos el propio narrador, con sus sueños grandilocuentes (quiere ser escritor) y sus pequeños fracasos. Y eso que tan mal no le va: hasta liga alguna vez.

Una caricatura hecha con lápiz afilado en la que nadie se salva, y menos el propio narrador

Uno diría que siendo bosnio, es decir con todo el aspecto europeo que uno puede desear, y sabiendo recitar Verlaine, uno es refugiado deluxe. Pero no es del todo así: las primeras cien páginas nos muestran un mundo contado (y reído) desde muy abajo, desde el metro que uno no puede pagar, los bancos del parque que sirven de mesa de comedor, los cafés que deben durar una jornada.

Es en las otras cien donde el libro va flojeando un poco: conforme el refugiado va cumpliendo sus sueños – el primer libro en el mercado, cenas con editores, reportajes de televisión, todo ello alternado con trabajos de mozo de almacén que no le duran más que media jornada – se limita a trazar la trayectoria del personaje Velibor Čolić, escritor. Con su paso por Budapest y por Italia, sus bosquejos de las ciudades y la lluvia que cae sobre ellas, sus rápidos perfiles de alguna novieta o amante, siempre trazadas con cariño y extrañeza a partes iguales. Sin más.

Quizás el final sea lo más flojo: no tiene sentido buscarle un amago de desenlace dramático para la historia de un refugiado que se ha convertido en escritor de éxito. No sé. A veces pienso que de haberle puesto ficción, el personaje de las primeras cien páginas podría haber sido un buen protagonista de una novela.

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