Respirando fuego

Karlos Zurutuza · David Meseguer

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M'Sur

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Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 30 Mar 2019

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Karlos Zurutuza y David Meseguer (dcha) | Fotos cedidas / perfil social

Estaba allí desde mucho antes. “Vuelve a andar por el Kurdistán” dijeron la primera vez que escuché, en un bar de Estambul, el nombre de Karlos Zurutuza. Arrancaba la segunda década del XXI y Zurutuza – un instructor de esquí vasco, aventuró un colega– llevaba años yendo al Kurdistán. A los montes Kandil donde los reporteros diseminados entre Beirut, Bagdad y el Bósforo acudían alguna rara vez, si el periódico les pagaba el viaje, para buscar a los jefes del PKK, la guerrilla kurda.

A Zurutuza nadie le pagaba el viaje, pero no se quedó con Kandil. Se recorrió toda esa mancha geográfica que en algunas mapas se marca en rojo como Kurdistán, un territorio de fronteras imprecisas, tan imprecisas que ni siquiera quienes lo pintan bajo las palabras independencia saben decir por dónde corre la linde. Más correcto sería decir que se recorrió los cuatro Kurdistanes. Aún cuando muy poca gente al oeste del Éufrates se acordaba de que uno de ellos se sitúa en Siria, y nadie había visto en la prensa el término Rojava. Más tarde me seguían hablando de él: Anda por Kirkuk, donde el petróleo. Está en Cizre, sí, bajo los bombardeos. Y alguna vez coincidimos en ese bar de Estambul. Un bar kurdo.

“Respirando fuego” es el resumen de más de una década de viajes y observaciones, casi siempre en solitario: Zurutuza nunca ha ido en el tropel de lo que llamamos la tribu. Nunca estuvo allí cuando los demás. Normalmente, él estuvo antes. O llegó después, cuando ya nadie se atrevía a ir. Haciendo suyo el terreno, año tras año, casi fundiéndose con el paisaje. Pero sin renunciar nunca a la mirada crítica – no todos supieron guardarla en estos años de banderas enarboladas y causas por defender, de bandos de buenos y malos– y sin olvidar nunca el primer deber del periodista: el de dudar. De ser escéptico. De escuchar al otro bando también, prestarle voz, recordar que todas las banderas tienen un lado sucio de sangre.

Con David Meseguer nunca coincidí en aquel bar de Estambul, pero me consta que lleva también años ya recorriendo Iraq y Siria, aparte de Libia y el Sáhara; en concreto nueve años, que se dice pronto. Con la cámara bien abierta: en 2013 codirigió un documental sobre Afrin, esas colinas kurdas tan al oeste, a escasos kilómetros del Mediterráneo, que durante décadas ni siquiera formaban parte de la mancha roja dibujada en los mapas.

Una llanura nevada cubre la portada del libro. Para que aprendan quienes piensan que al este del Bósforo empiezan los desiertos y palmeras. Nos queda mucho por aprender. Pero al menos ahora tenemos de quién.

La editorial Península publica Respirando fuego el 2 de abril. Avance cedido por Karlos Zurutuza.

[Ilya U. Topper]

Respirando fuego

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Menos que cero

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Bastó una conversación trivial entre aceitunas con pimentón y raki, ese anís turco tan popular en todo Oriente Medio. Romper el hielo con uno de los hombres más buscados en Siria fue cuestión de segundos, y eso si es que alguna vez hubo hielo. Durante aquel primer encuentro en Alepo, en una de las casas entre las que rotaba para evitar ser capturado, aquel kurdo afable y de gestos extremadamente pausados se presentó a sí mismo como «uno de entre muchos disidentes políticos más». Pero no era uno cualquiera. Corría la primavera de 2008, y ni él ni nadie podían imaginar que, apenas tres años más tarde, lideraría a los kurdos de Siria en uno de los momentos más relevantes de la historia de este pueblo. Se llamaba Salih Muslim.

Antes del «año 0», el terremoto que en 2011 sacudió eso que se da en llamar «mundo árabe», eran los turoperadores, y no los yihadistas, los que campaban a sus anchas en Palmira o la ciudad vieja de Alepo. Los que conocieron la Siria del turismo recordarán aquellas efigies y retratos de los Asad —la dinastía en el poder desde hace casi cinco décadas—, padre e hijo, alzándose en piedra, bronce o cartón en plazas, avenidas y azoteas; las mismas que escrutaban la ciudad con gesto adusto desde enormes carteles en la calle o los parabrisas de los taxis. En locales de kebab o zumos de fruta, en barberías o tiendas de ropa, los Asad estaban en todas partes. Parecía imposible esconderse, pero también que alguien tuviera la necesidad de hacerlo en un país que presumía de ser un oasis de paz en una de las zonas más convulsas del mundo. Pero ocurría. Muslim huía de la mujabarat mientras su mujer permanecía presa y su hijo mayor luchaba con el maquis kurdo en las montañas. De hecho, aquella primera entrevista con el líder kurdo tuvo que publicarse sin foto: en el único retrato que le hice, se veía a su espalda el ascensor que usaba una de las hijas de los anfitriones de Muslim, discapacitada por la polio, para subir a su habitación. Hasta el último cadete en incorporarse a la inteligencia del régimen habría sido capaz de localizar la casa de la familia Alush. Hoy ya no existe, y la usuaria de aquel ascensor es ciudadana sueca. Antes del «año 0», la de los kurdos de Siria era una realidad completamente desconocida para el resto del mundo: si un pueblo que ronda los cuarenta millones de individuos repartidos por el corazón de Oriente Medio apenas despertaba interés, ¿qué opciones tenían los miembros de aquella comunidad en un país donde apenas sumaban tres millones?

El mundo no solo se había olvidado de los kurdos, sino que incluso desconocía su existencia en Siria. Para Muslim, sin embargo, se trataba de una realidad de la que no podía escapar. A altas horas de la madrugada, el disidente recordaba las torturas sufridas en las cárceles de Al Asad. Tras los diez años que había pasado trabajando en Arabia Saudí como ingeniero químico, Muslim volvió a Siria para convertirse en uno de los fundadores del clandestino Partido de la Unión Democrática (PYD, por sus siglas en kurdo) en 2003; un gesto que lo condenaría a vivir bajo la sombra que cubría la vida de todo disidente político en el país. Su apuesta respecto a la solución del conflicto kurdo era la misma que la del PKK; según Muslim, el PYD compartía la estrategia del maquis kurdo para conseguir un cierto grado de autonomía para las zonas kurdas y el respeto de los derechos lingüísticos y culturales de su pueblo. Para ello, había que concentrar la lucha en Turquía: un golpe de timón en el país vecino, decía, provocaría un cambio de rumbo para la región en su conjunto.

Un pueblo invisible

Pero, más que la creación del PYD en 2003, fueron las protestas en Yazira, la región nororiental de mayoría kurda, al año siguiente las que adelantaron lo que estaba por venir. En marzo de 2004, tras el reconocimiento del control autónomo kurdo del norte de Irak, se produjo una auténtica insurrección entre los kurdos de Siria. La chispa prendió tras un partido de fútbol en Qamishli, la principal ciudad del noreste sirio, y derivó en una ola de protestas. Los disturbios se extendieron por toda Yazira, llegando incluso hasta los barrios kurdos de Alepo y Damasco. El ejército necesitó de armas pesadas y cobertura aérea para poder contener unas manifestaciones que se saldaron con más de tres decenas de kurdos muertos y miles de desplazados hacia la región kurda de Irak.

Habría que remontarse al menos cuarenta años atrás para entender la ira de los kurdos de Siria. El 12 de noviembre de 1963, el teniente Mohamed Talab al Hilal, jefe de los servicios secretos de Al Hasaka —al noreste del país—, publicó un informe de seguridad que marcaría los tiempos de Damasco para abordar el tema kurdo en Siria. Aquel documento subrayaba que el pueblo kurdo no existía porque carecía de historia o civilización; no eran más que «un tumor maligno que crece en una parte del cuerpo de la nación árabe». El remedio, remataba Al Hilal, era extirparlo. Siguiendo las recomendaciones de aquel teniente, Damasco trazó las líneas de lo que se daría en llamar el Cinturón Árabe: una franja de tierra cultivable que se extendía por Yazira a lo largo de doscientos ochenta kilómetros, y paralelo a la frontera turca. Aquello fue el anticipo de la deportación masiva de ciento cuarenta mil kurdos, muchos de los cuales ya habían sido privados de su ciudadanía siria. Serían remplazados por colonos árabes en una campaña que, según la prensa oficial —no había otra—, buscaba «salvaguardar la arabidad de Yazira». No obstante, los colonos no llegaron hasta 1973, año en el que se completó la presa de Al Tabqa en el Éufrates. Además de garantizar el regadío en el «granero» de Siria, anegar las aldeas de cuatro mil familias árabes significaba que estas no tuvieran más remedio que desplazarse a las cuarenta y una granjas «modelo» pensadas para ellos en las tierras de los kurdos.

Damasco no dejaba nada al azar, y fue concienzudamente expeditivo. Miles de jóvenes desaparecían en manos de la policía; solo volvían a aparecer aquellos cuyas familias conseguían dar con un funcionario corrupto al que sobornar con sumas que se contaban en miles de dólares. El régimen llegó incluso a privar de ciudadanía a decenas de miles de individuos que, como única identificación, contaban con un documento que indicaba explícitamente que su portador era «de origen extranjero», aunque no decía de dónde, y que se le prohibía abandonar el país. Por supuesto, no podían votar, comprar una casa o tierras ni trabajar en la Administración. Se les llamó «ayanib», “extranjeros” en lengua árabe. El caso de los majtumin, “indocumentados”, era todavía peor, ya que estos ni siquiera contaban con los derechos civiles más básicos. Los kurdos indocumentados casados eran considerados solteros, de modo que no podían compartir una habitación de hotel y, por supuesto, los hijos de la pareja heredaban los problemas que acarreaba no existir en los papeles. Eran auténticos parias entre los parias, pero el desconocimiento de aquella brutal realidad era tal que, ante la falta de información en la prensa generalista, había que recurrir a la literatura. En su novela Las plumas, el escritor Salim Barakat construye un inquietante relato que gira en torno a un kurdo de Qamishli que emprende la búsqueda de su hermano gemelo tras su misteriosa desaparición. Barakat, que aporta un relato en primera persona de aquella pesadilla, tenía veinte años cuando huyó de Siria en 1971, y ha escrito prácticamente toda su obra en exilio. Tras un largo periplo por el Líbano, Chipre, Argelia y Túnez, reside actualmente en Suecia, gracias a un programa para escritores perseguidos. Por supuesto, todos sus libros siguen prohibidos en Siria.

Asimilar a los kurdos, «arabizarlos», también pasaba por eliminar hasta el último rastro de ellos. En 1967, los libros de texto comenzaron a omitir toda mención a su presencia en Siria, y fue en 1977 cuando se prohibieron sus topónimos: Serêkanîye se convirtió en Ras al Ain; Kobanî en Ayn al Arab; Dêrike en Al Malikiyah… Siria podía ser multiconfesional, cierto, pues había cristianos, drusos, musulmanes e incluso ateos, pero todos eran «árabes» por decreto. Lo decía ya el nombre oficial del país, «República Árabe Siria», y lo amartillaba el artículo 8 de su Constitución: «El órgano líder del Estado sirio, así como el de toda la sociedad, es el Partido Árabe Socialista de la Resurrección [Baaz]». Si bien existían ocho partidos más, Siria era, en esencia, un Estado unipartidista desde un golpe de Estado en 1963. Tras purgar todo el aparato político en 1970, Hafez al Asad —padre de Bachar— pasó de ministro de Defensa a presidente del país, cargo que ocupó hasta su muerte en el año 2000. La Constitución hubo de ser modificada en junio de aquel mismo año, reduciendo la edad mínima del presidenciable de cuarenta a treinta y cuatro años. Así, Al Asad hijo podía asumir el cargo en estricto cumplimiento constitucional.

En su libro Syria’s Kurds (Routledge, 2008), el investigador Jordi Tejel asegura que los kurdos constituían «una minoría periférica y fácilmente arabizable» a ojos del Gobierno sirio, y que difícilmente podrían influir en la política siria. Además de desplazarlos, uno de los objetivos del Cinturón Árabe era distanciarlos de sus hermanos en el lado turco de la frontera. Muchos acabaron en barrios alepinos como los de Al Ashrafiya o Sheij Maqsud, arrabales que llegaron a albergar a medio millón de kurdos. Ante aquella compleja coyuntura, la actividad política se desarrollaba en la más absoluta oscuridad. Activistas kurdos como Muslim se jugaban la cárcel, e incluso la vida, enarbolando siglas de partidos clandestinos que tenían sus réplicas legales en el Kurdistán iraquí, o igualmente prohibidas en el turco. En 2008 se hablaba de en torno a una docena de partidos políticos kurdos, pero nadie era capaz de dar una cifra exacta. Por supuesto, todos eran ilegales, algo que no pillaba a nadie por sorpresa en un país que negaba a los kurdos el derecho a reunirse. Por aquel entonces, se había hecho famoso el caso de aquellos alumnos kurdos de Alepo que querían organizar un viaje de fin de estudios a las playas de Latakía. La tentativa había sido abortada tras amenazas desde el Gobierno a compañías de autobuses y hoteles dispuestos a asistir al grupo. Si un viaje de fin de curso constituía una amenaza para el régimen, el secretismo de los disidentes políticos kurdos era más que comprensible. Dar con ellos pasaba por complejas negociaciones con contactos de contactos y, de ahí, a concertar entrevistas en lugares cuya localización no llegaba a conocer hasta llegar allí. Y a veces ni eso.

«Mañana te recogerá un coche a las ocho de la mañana frente a la estación de Damasco», fueron las instrucciones para llegar hasta un líder del Partido Democrático Kurdo de Siria (PDKS) que se hacía llamar Servan. Fundado en 1957, el PDKS era el partido hermano del Partido Democrático del Kurdistán (PDK) de Masud Barzani, así como el más antiguo de entre los kurdos de Siria. A diferencia del PYD, el PDKS se desmarcaba abiertamente del PKK.

—¿Por qué deberíamos alinearnos con un partido que contó con el apoyo de Al Asad durante años? Nosotros somos kurdos de Siria, no de Turquía —repitió el disidente varias veces durante la entrevista.
La antigua alianza entre Damasco y el PKK seguía presente en la memoria de muchos kurdos de Siria. Fue en 1977 cuando Ankara anunció la construcción de un vasto sistema de presas con el fin de explotar los recursos hidrológicos del Tigris y el Éufrates. La versión oficial turca era que dicho proyecto aceleraría el desarrollo económico y social del sudeste de Anatolia, pero tanto Damasco como Bagdad denunciaron que perderían en torno a un cuarenta y un noventa por ciento del caudal del Éufrates, respectivamente. La respuesta de Hafez al Asad fue invitar a docenas de movimientos de liberación, entre los que se encontraban miembros del recién creado PKK bajo el mando de su líder y fundador, Abdullah Öcalan, quien permanece encarcelado en una isla-prisión en Turquía desde su arresto en 1999.

Mientras Ankara se preparaba para un nuevo golpe de Estado en 1980, Öcalan se trasladó a Damasco y, de ahí, al valle de la Becá, en el Líbano, donde su movimiento tuvo sus bases en las décadas de los ochenta y los noventa. Amenazada por la alianza turco-israelí de 1996, y peligrosamente dependiente del cauce del Éufrates, Siria sucumbió finalmente a la presión para que retirara su apoyo a la guerrilla kurda. Öcalan fue expulsado en octubre de 1998, e inició un periplo internacional que concluiría con su arresto en Kenia cuatro meses después. Fue entonces cuando el movimiento trasladó sus bases a las montañas Kandil (en el Kurdistán de Irak), ya en el corazón del territorio kurdo; un bastión de piedra al que seguían llegando kurdos de Turquía, Irán, Irak y, por supuesto, Siria. Barrios alepinos como el de Sheij Maqsud eran una auténtica cantera de combatientes movidos por un ideal de libertad, pero también espoleados por la falta de oportunidades en su propio país. Aun contando con un pasaporte, o incluso un título universitario, jóvenes como Mahmud eran conscientes de que el estigma de ser kurdos les acabaría por cerrar muchas puertas. Aquel veinteañero compartía un apartamento con otros siete estudiantes de Derecho, como él. Reconocía que había estado a punto de seguir los pasos de su hermano y unirse al PKK nada más acabar la secundaria, pero que su padre lo había convencido de que siguiera estudiando.

—Si no puedo ser abogado, me iré a las montañas. No estoy dispuesto a limpiar zapatos o a vender sandalias de plástico en el mercado cuando acabe la carrera —dijo el chaval justo antes de enseñar orgulloso un carnet del PYD que se había hecho él mismo.

Kobanî antes de Kobanî

La Siria de antes de 2011 recordaba mucho al Irán de hoy en día, un país maravilloso y extraordinariamente hospitalario, siempre y cuando uno no meta las narices donde no lo llaman. Como ocurre en Teherán, los periodistas acreditados tenían que pedir permiso para poder trabajar fuera de Damasco. Recuerdo que Mikel Ayestaran me dijo entonces que una entrevista con Bachar al Asad estuvo a punto de suspenderse tras conocerse que un colega alemán se había entrevistado con un líder opositor en la clandestinidad pocos días antes. Por supuesto, no había informado de ello al aparato del régimen. La entrevista acabó celebrándose, pero sin el alemán, que tuvo que ser evacuado para ser operado de urgencia en su país. No se descartaba la posibilidad de que hubiera sido envenenado. Mantener un perfil bajo resultaba imprescindible para trabajar en la trastienda de Siria. Durante aquel primer viaje, fueron los Alush, los anfitriones de Muslim durante aquella noche y otras muchas, los que facilitaron mi labor, así como mi primer viaje a Kobanî. Faltaban aún seis años para que el mundo la pusiera en el mapa tras ser brutalmente asediada por Estado Islámico, pero lo cierto es que Kobanî llevaba casi un siglo dando fe de la brutalidad con la que se trazaron las fronteras en esta parte del mundo. Había sido levantada como asentamiento temporal en 1892, durante el trazado de la línea férrea Berlín-Bagdad. La palabra «kobanî» no es sino una mala apropiación del alemán «kompanie». Cuando se trazaron las fronteras entre Siria y Turquía, a falta de un elemento físico como un río o una cordillera, se optó por la vía férrea: se
podía viajar entre Europa y Asia en el Expreso de Oriente, pero miles de familias kurdas, árabes y asirias resultaron divididas en sus respectivos nuevos países. De hecho, la actual ciudad fronteriza de Mürşitpinar, al norte de la vía del tren, había sido un suburbio de Kobanî. Aún hoy, el tren sigue circulando por un pasillo en tierra de nadie acotado por las alambradas a ambos lados.

En 2008, Kobanî era una ciudad fea y gris en la que la única nota de color venía de los habituales carteles de Al Asad, saludando sonriente de traje y corbata o posando desafiante de camuflaje. Las mejores vistas sobre aquel erial de hormigón probablemente las disfrutaban los centinelas turcos en las torretas de vigilancia, que también miraban impotentes cómo los niños tiraban piedras al soldado que iba sentado en el último vagón del tren. Un kurdo de Kobanî afincado en Madrid ya me había dicho antes que aquella era la única diversión de los críos y no tan críos en su ciudad natal. Como el resto de las zonas kurdas, Kobanî era un lugar en el que los periodistas no eran bienvenidos. Y convenía no tentar a la suerte porque, además de la omnipresencia de los servicios secretos, lugares como aquel estaban plagados de confidentes que trabajaban por un sobresueldo o, simplemente, bajo coacción.
—Me obligan a mandar un informe cada semana, y a menudo tengo que inventármelo todo. No quiero poner a nadie en peligro, ni tampoco a mí mismo —reconocía un maestro de escuela de unos cincuenta años que prefería no dar su nombre.
Tras alojarme con su familia en Alepo, Omar Alush se había ofrecido a llevarme a su Kobanî natal. Lo recuerdo llevándome por aldeas en las que no había tendido eléctrico. «Gracias, Bachar», repetía con ironía en aquellas ocasiones, generalmente mientras el coche botaba por un amago de carretera. Nunca perdía la sonrisa, ni siquiera en los momentos más difíciles. Omar era plenamente consciente de que, una vez en Kobanî, la sola presencia de un extranjero era algo que difícilmente pasaría inadvertido para el aparato de seguridad.

—¿Quién es este? —lo abordó un policía vestido de paisano.
No había pasado ni una hora desde que habíamos llegado. Uno podía decir que había acabado en Sheij Maqsud sin querer, pero la excusa del turismo nunca funcionaba en Kobanî. Omar lo tenía muy difícil para buscar una coartada convincente.
—Pásate mañana por la mañana por la comisaría —le espetó el policía.
Mi protector le quitó hierro al asunto:
—Mientras los sueldos de los policías apenas les den para vivir, estamos salvados. Esto serán entre cien y trescientos euros, pero no me llevarán a la cárcel —me aseguró Omar, a quien nada parecía quitarle nunca la sonrisa.
Según decía, Damasco no buscaba la detención de este o aquel disidente, sino crear un estado de paranoia en el que la gente se sintiera continuamente observada y escuchada. No en vano, la mujabarat siria era un servicio secreto diseñado por la Stasi, lo mismo que en el Irak de Sadam, o en el Egipto de Naser.
—Yo mismo apenas hablo por teléfono y mido hasta las palabras que escribo en mis e-mails —acotaba el kurdo.
Era difícil saber hasta qué punto se filtraban los correos electrónicos, pero lo cierto es que más de cien portales de internet (YouTube o Facebook entre ellos) resultaban inaccesibles en Siria ya en 2008.
Omar esgrimía razones para ser discreto. Tenía fama de filántropo por haber levantado un hospital en su Kobanî natal, pero también era uno de los fundadores del PYD. Lo vería por última vez en agosto de 2017, cuando desempeñaba la labor de mediador entre kurdos y árabes de la región de Al Raqa. En 2008, Omar hacía lo imposible por facilitar mi trabajo. Si conseguir entrevistas con disidentes políticos o simples poetas en su lengua prohibida era ya complicado en Alepo, en Kobanî parecía misión imposible.

Condujimos de noche hacia un restaurante en las afueras de la ciudad. En uno de sus reservados, nos esperaba un hombre que acababa de perder a su hijo luchando en Kandil contra los turcos. Llamaba la atención la cantidad de kurdosirios en el PKK, sobre todo teniendo en cuenta que estos representaban menos del diez por ciento de la población total de kurdos. El doctor Hamid —así se presentó el padre del mártir— decía no sentir tristeza por la pérdida de su hijo: había hecho «lo correcto», y muchos otros seguirían sus pasos.
A los pocos minutos de comenzar la entrevista, alguien corrió bruscamente la cortina del reservado y se quedó mirándonos fijamente.
—¿Ya tienes tu material para tu informe? —le increpó Omar. El desconocido desapareció tras la cortina sin decir nada.
Le dije a Omar que los informes sobre él se estarían amontonando peligrosamente en las dependencias de la mujabarat, que era mejor que me fuera antes de causar más problemas. A pesar de su insistencia para que me quedara, aquella sería mi última noche en Kobanî en mucho tiempo.
Al día, siguiente, antes de coger un autobús de vuelta a Alepo, Omar dijo que teníamos una invitación para comer en casa de Mahmud, el hermano de Salih Muslim. Mahmud era médico y estaba al cuidado de Servan y Perwin, hijo e hija de Salih. En torno a una mesa a rebosar de comida, como es la norma cuando hay invitados, hablamos de su padre fugitivo y de su madre presa, pero también de asuntos más triviales que ayudaran a desconectar del enorme sacrificio que los Muslim estaban pagando por su compromiso político. Al despedirnos, Perwin me regaló una cajita que contenía un pin con el mapa de Kurdistán.
—No te lo pongas mientras estés en Siria —me previno la adolescente con una sonrisa cómplice.
Su hermano Servan, de quince años, apenas hablaba inglés, pero me despidió con los habituales tres besos en la mejilla derecha y uno en la izquierda. Lo mataría un francotirador del Frente Al Nusra —la filial de Al Qaeda en Siria— en 2013. Cinco años antes, me despedí de su padre por teléfono nada más cruzar la frontera por Qamishli hacia Turquía. Por supuesto, ni me dio detalles de su localización, ni yo se los pedí.
—Estoy bien, ya sabes, en la misma situación —me respondió, pronunciando por primera vez una frase que oiría cada vez que lo llamara durante los tres años siguientes.
Fue en abril de 2011 cuando Al Asad aprobó un decreto que concedía la ciudadanía a los kurdos registrados como ayanib, pero no a los majtumin. Muslim me confirmó por teléfono que se había levantado la orden de búsqueda y captura sobre él.
—Están pasando muchas cosas muy rápido, tendrías que venir a verlo —me dijo al final de aquella conversación.

Nos volveríamos a ver en agosto de 2012. Para entonces, los kurdos habían salido a la superficie de un país que comenzaba a desintegrarse.

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 © Karlos Zurutuza y David Meseguer · Península · 2019

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