Requiem por la noche de París

Publicado por

Diana Mandiá

@dianamandia

Periodista (O Valadouro, Galicia, 1988). Vive en Marsella.

Publicado el 17 Abr 2019

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Le Pigalle. Une histoire populaire de Paris
Dirección: David Dufresne

Género: Documental
Produccción: Temps Noir, Resistance Films, Arte France, INA
Duración: 60 minutos
Estreno: 2017
País: Francia
Idioma: francés

 

Pigalle es una plaza, tres calles, el extremo de un boulevard, anuncia la voz en off mientras la cámara pasea entre las luces de neón que iluminan la ciudad. Quien haya estado en París alguna vez –y en estos tiempos de vuelos baratos y turismo masivo es muy difícil no haber puesto nunca los pies en una de las ciudades más visitadas del mundo– recordará unos cuantos sex-shops, cabarets y cines X a los pies de la colina de Montmartre.

El París libertino tuvo aquí su templo punk, su barrio rojo, su refugio kitsch, pero todo eso quedó en el pasado, viene a decir David Dufresne a través del documental Le Pigalle. Une histoire populaire de Paris (2017), un reencuentro con el paisaje de su juventud veinte años después de su desaparición. Tirando de los jugosos archivos que ha dejado medio siglo de bohemia y reuniendo a históricos del barrio – antiguas prostitutas, cazadores de clientes de espectáculos eróticos e incluso policías de la brigada para la represión del proxenetismo- Dufresne firma una pieza llena de emoción y constata que Pigalle ha dejado de existir.

El documental de Dufresne, periodista polifacético y prolífico -su trabajo sobre la violencia policial en las protestas de los chalecos amarillos está teniendo mucho eco en Francia- aborda desde Pigalle ese fenómeno que borra toda diferencia, toda traza de sabor local, todo resto de cultura antigua: la gentrificación de los barrios más populares de París.

No disimula la nostalgia: al fin y al cabo son sus protagonistas quienes van tejiendo esta elegía por Pigalle echando mano de sus recuerdos, emociones y frustraciones, que siempre son, inevitablemente, de parte; ningún historiador o sociólogo urbano mete sus narices para analizar el devenir de este barrio de titis, nombre que el argot parisino reserva al jovencito local, descarado y con vicios más bien nocturnos. La mirada experta seguramente habría dado lugar a un documental muy distinto, menos sentimental.

Se agradece la ausencia de moralismos en la mirada de Dufresne, que no juzga a los protagonistas: los deja hablar y el espectador puede distinguir sin esfuerzos la dureza y brutalidad del sistema entre el hedonismo imperante.

Aquel París canalla que no quería acostarse pronto estaba en franco declive en 1990

Le Pigalle sigue los pasos del último gerente del bar New Moon, Pierrot Soler -su apellido delata sus orígenes, que son las de su padre, Pedro Soler, al que sus amigos todavía abrazan soltándole en español “¿qué pasa, guapo?”. El New Moon, número 66 de la rue Pigalle, fue cabaret de jazz, sala de tangos, burdel de la Gestapo y templo rock en su última vida, finiquitada en 2004. Sucio, caliente y húmedo como la noche de París, recuerda Dufresne. Acogió en marzo de 1990 la célebre gira del Puta’s Fever, el segundo álbum de Mano Negra, que por aquel entonces ya anunciaba en ese himno que es Ronde de nuit que París se moriría de aburrimiento por culpa del entonces alcalde, Jacques Chirac, y sus políticas represivas de la vida nocturna.

Sí, por entonces aquel París canalla que no quería acostarse pronto estaba en franco declive, más bien ya moribundo, tocado por la llegada de la droga, los ajustes de cuentas y el traslado de la prostitución a la avenida de los Campos Elíseos. El New Moon fue derruido en 2004. En La Nouvelle Athènes, café frecuentado por escritores y pintores de Montmartre, más tarde convertido en Le Narcisse, hay hoy un supermercado de productos ecológicos.

En la place Pigalle, Dufresne instala una camioneta con un pequeño cine furtivo y carpetas de libros, revistas y folletos con los que estimular la memoria de los curiosos, que se van acercando a la cámara y desgranando sus recuerdos. Una de ellas es Eliane, antigua prostituta en la calle, a la que el New Moon no entusiasmaba mucho porque los asistentes a los conciertos espantaban a sus clientes más tímidos. Se recuerda una cierta camaradería entre las mujeres que ejercían la prostitución, siempre bien vestidas y bien peinadas. “No era un oficio solitario como es ahora”, explica.

Otro testimonio, más medido, es el de Christine, sobrina de uno de los últimos chulos de Pigalle, que reconoce la atracción que sentía de joven por la gente poco recomendable y la vida de esas mujeres que hacían la calle. Los burdeles habían sido prohibidos por ley en 1946, pero muchos de ellos renacieron al poco tiempo como hoteles clandestinos en los que se seguía consumando el sexo de pago. “Los hombres se aprovecharon mucho de esas mujeres, vi a muchas llorar, hubo muchas que sufrieron”, cuenta ante la cámara mientras suena Elle fréquentait la rue Pigalle, la canción que Edith Piaf, debutante en los cabarets de ese mismo barrio, dedicó al amor de una prostituta y de un hombre que se cansó demasiado pronto de ella.

Hay bastante nostalgia, pero nunca fue la intención del documental evitarla

Expolicías de La Mondaine, la brigada antiprostitución, y captadores de clientes para sesiones de strip-tease que hacían creer al incauto que tendría sexo –a menudo sólo conseguía una cuenta desorbitada en copas– completan el retrato de tipos de Pigalle. Mención aparte merece el fragmento que Dufresne recupera de la entrevista que Marguerite Duras le hizo en 1965 en la televisión francesa a Lolo Pigalle, enigmática bailarina de strip-tease, reflexiva y seguramente atormentada, y en la que admite que no le gusta su oficio porque ella no tiene el exhibicionismo necesario para ser feliz en él.

Le Pigalle. Une histoire populaire de París deja sin responder qué fue primero, si el cine o Pigalle, en qué medida la vida del barrio nutrió las artes, omnipresentes a lo largo del documental. ¿O fueron el cine y la publicidad las que retorcieron hasta el cliché la vida desenfrenada de esas tres calles? ¿Es incompatible esa memoria sulfurosa con las tiendas para turistas, los bares idénticos o los supermercados ecológicos?

Dufresne y sus entrevistados abonan la idea de que, de alguna manera, Pigalle ha sido víctima de una traición de la que no se va a recuperar. Algunos lo llaman ya SoPi, por South Pigalle, en inglés. Los turistas nunca han dejado de llegar: en Pigalle está el Moulin Rouge, el cabaret que hay que fotografiar si eres turista en París, pero el lugar podría confundirse fácilmente con cualquier otro del norte de la ciudad. “Nuestra época vuelve populista lo popular”, reflexiona Dufresne en voz alta mientras sus entrevistados cantan y dan palmas acompañados de un acordeón en los últimos segundos del documental. Posiblemente en dicha afirmación hay bastante nostalgia, pero nunca fue la intención del documental evitarla.

Lo que es seguro es que en esas tres calles de Pigalle y su plaza –que mucho antes, en la primavera de 1871, fueron también territorio de las barricadas de la Comuna– hubo hace no tanto lugar para varios mundos. Todos han desaparecido, pero la banalidad, en París como en muchos otros lugares, esconde historias turbulentas.

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