Dividir para controlar

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Publicado el 12 Jun 2019

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Me encuentro en el campo de refugiados de Dheisheh, al sur de Belén en Cisjordania, en casa de Abu Nidal. Nos vimos por primera vez en julio de 2018 pero yo ya había escuchado su nombre: lo había leído en el elenco de los presos administrativos (los palestinos encerrados en las cárceles israelíes que aún no han afrontado el juicio, sin saber de qué se les acusa) que estaban haciendo huelga del hambre.

En aquella ocasión tenía que escribir un artículo acerca de la enésima incursión del ejército israelí, que había acabado, una vez más, con la muerte de un chico palestino: Arkan Mezher, de quince años. Durante el ataque, niños y adolescentes habían salido a la calle lanzando piedras a los soldados para protestar contra el allanamiento de sus casas. Arkan había tirado una piedra contra un todoterreno blindado que estaba a punto de alejarse del campo y por eso los soldados israelíes lo mataron.

En julio pasado encontré a Abu Nidal en casa de los familiares de Arkan, en el día de luto en una habitación llena de hombres. Solo hombres, por supuesto. No le tendí la mano porque no sabía si también en el campamento, donde la izquierda siempre ha sido fuerte, se observaba la costumbre conservadora de que los hombres palestinos no les dan la mano a las mujeres. Abu Nidal me tendió la suya, preguntándome por qué no lo había hecho yo: “Aquí nos damos la mano y nos besamos”, me explicó. Y entonces me saludó dándome un beso delante de todo el mundo.

De repente Sajid cayó. Creía que le habían herido en la pierna, pero fue en el abdomen

Volví a ver a Abu Nidal a principios de abril para escribir acerca de otra incursión del ejército israelí y de otra víctima palestina: Sajid Muzher. Sajid tenía poco más de diecisiete años, era enfermero voluntario de la Palestinian medical relief society y era primo de Arkan. La abuela de los dos chicos es una refugiada originaria del pueblo de Hulda (que se convirtió, después, en el célebre kibbutz donde durante años vivió el escritor Amos Oz). Su marido había luchado contra la ocupación en 1967 y por eso lo exiliaron a Jordania. Ella iba a verlo y mientras tanto estaba sola y se ocupaba de los hijos. Hoy tiene ochenta años y cuenta con la ayuda de sus nietos. En particular, contaba con el apoyo de Arkan y Sajid.

El 27 de marzo hubo dos incursiones del ejército en Dheisheh. En ambas ocasiones, Sajid salió de su casa para ayudar a los heridos. A las dos de la madrugada los soldados usaron gases lacrimógenos y balas de goma, sin provocar heridos. A las seis de la mañana trajeron a tres heridos, los tres lesionados por balas reales. Cuando el ejército estaba a punto de retirarse, Sajid y sus amigos se enteraron de que había otro herido en la calle principal. Cruzaron el campo corriendo y vieron a los soldados alejarse al otro lado de la calle. Los jóvenes enfermeros, que llevaban chalecos naranja para no parecer manifestantes, ralentizaron el paso.

De repente Sajid cayó. A su amigo le dijo que le habían herido en la pierna. Sin embargo, en la pierna no había rastro de disparo. En el hospital se dieron cuenta de que estaba herido en el abdomen. Todo el mundo pensaba que iba a sobrevivir, pero la operación para salvarle la vida salió mal. Del comunicado del ejército he deducido que quien lo había matado formaba parte de una unidad especial.

Los líderes del campamento se oponen a la posesión de armas; aquí no se dispara ni en las bodas

Después de encontrar a los testigos del acontecimiento y al padre de Sajid, volví a ver a Abu Nidal. Hablamos de los muchos presos administrativos originarios del campamento. Él y su familia entran y salen de la cárcel. Y no por haber participado en operaciones militares. Se sabe que en Dheisheh no hay armas (a diferencia de lo que ocurre en el campo de refugiados de Yenín, por ejemplo). De hecho, durante décadas, los líderes políticos del campo se han opuesto a la posesión de armas. Aquí no se dispara ni siquiera en las bodas, al contrario de esa rara costumbre de acompañar los momentos de fiestas con tiros al aire. Esto significa que Israel se sirve de la detención administrativa para castigar toda iniciativa o crítica social o política, con penas de al menos seis meses de cárcel, o casi siempre algo más.

Gracias a su experiencia como preso, y analizando el trato reservado a otros encarcelados palestinos, Abu Nidal se ha convertido en una especie de antropólogo de las políticas israelíes. “La última vez detuvieron a mi hermano después de cogerme a mí”, me contó. “En la cárcel expliqué que la praxis común es meter a las personas de la misma familia en la misma celda. El guardia me contestó: ‘No generalices, habla por ti. Di que te gustaría estar en la misma celda que tu hermano’”.

Abul Nidal añade: “Durante un tiempo aceptaban que los palestinos tuviésemos representantes políticos, mientras que hoy nos tratan como individuos separados. Eso es un reflejo de lo que está pasando ahí fuera, la manera en la que la ocupación nos divide, geográfica y socialmente. El ejército ha construido en la salida de cada pueblo una cancela de hierro que se puede cerrar en todo momento, aislando a la comunidad. También fuera nos construyen pequeñas celdas separadas”.

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© Amira Hass  | Primero publicado en Internazionale | 14 May 2018 | Traducido a partir de la versión italiana de Federica Giardini por Carolina Pisanti

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