Carreteras cerradas

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Publicado el 24 Jun 2019

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El día 23 de mayo tenía una cita que esperaba con impaciencia: en Tel Aviv se estrenaba Advocate, un documental realizado por una pareja de amigos míos, Rachel Leah Jones y Philippe Bellaïche. La película trata de Lea Tsemel, activista de izquierda y vieja amiga. Tsemel es abogada y lleva más de cuarenta años representando en los tribunales militares de Israel a los palestinos más odiados por los israelíes: aquellos que han elegido matarnos para luchar contra la ocupación.

Sabía que la proyección habría sido ocasión para un reencuentro de todos los viejos compañeros de curso. Seguro que habían invitado a lo que queda de la izquierda israelí, así que yo esperaba coger dos pájaros de un tiro: ver el documental y encontrar amigos y amigas que llevaba tiempo sin ver.

El documental tenía que empezar a las siete. Terminé mi artículo del viernes y salí de mi casa en Ramalá. Estábamos en el corazón del ramadán, un mes particular. Casi todo el mundo ayuna pero, más que en comida y en agua, muchos piensan solo en el cigarrillo que fumarán al final del día. Debería ser un mes dedicado a la introspección espiritual; en cambio, por la calle todos actúan como si hubieran empezado un proceso de desintoxicación de las drogas. Con placer notaba que las calles ya estaban desiertas a las cuatro de la tarde. En Ramalá, y también en el resto de Cisjordania, los empleados de las oficinas ya se habían marchado a casa.

Salen a la calle a rezar y hacen de todo para alejar a los palestinos de sus tierras

De repente, escuché por la radio que habían cerrado la carretera que me permitía salir de Cisjordania para llegar a Tel Aviv. El motivo eran algunos incendios que se habían declarado en dos asentamientos en el oeste y en el sur de Jerusalén, causando daños a algunos edificios y obligando a los habitantes a marcharse de allí. De hecho, aquella semana había sido tórrida, con temperaturas hasta los 43 grados, y eso es algo que fomentaba mi estima hacia quiénes estaban en ayunas y no beben durante casi dieciséis horas. Decidí coger otro camino, más hacia el sur.

Eran ya las cinco. Llegué a un cruce y encontré un puesto de control del ejército y de la policía. Vacilé, no sabía qué hacer, pero después de escuchar las noticias decidí volver a mi casa porque temía que, en la mejor de las hipótesis, habría llegado al estreno con una hora de retraso.

Elegí a propósito el camino que une los pueblos de Nabi Saleh y Beitillu, al oeste de Ramalá. Hace dos años los colonos empezaron a presionar al ejército para que prohibiera el tránsito de los palestinos en la trama meridional de esta calle. El pretexto era que un palestino atacó a una familia de colonos, matando a tres personas. Sin embargo los colonos construyeron un asentamiento ilegal que se agranda cada día más. Salen a la calle a rezar y hacen de todo para alejar a los palestinos de sus tierras, apropiándose del agua y de los bosques. En este caso no es Tsemel quien lucha para que la calle se vuelva a abrir, sino otro abogado israelí.

No vi pasar ningún coche palestino. Me detuve para sacar una foto delante de una posición militar aparentemente vacía. Salieron dos soldados gritándome que eso estaba prohibido. Por desgracia mi móvil tenía la memoria llena, por lo tanto no hubo foto. Desde allí cogí una calle secundaria que lleva al pueblo de Deir Nidham.

Sabía que aquel era el camino obligatorio para los coches palestinos. Después de haber entendido que la carretera era más larga de lo que pensaba, volví atrás. En el cruce, los dos soldados se habían puesto muy nerviosos. Me pararon y, de malos modos, me dijeron que habían denunciado la entrada de una israelí en un pueblo palestino y que los habitantes habían podido matarme.
Yo les contesté que, primero de todo, tenían que aprender el respeto. Quería seguir pero me dijeron que no podía. Teníamos que esperar la llegada de sus superiores y luego de la policía.

El comandante también me explicó que los palestinos habrían podido matarme

Esperé. Llegó el comandante de la compañía en un todoterreno, con otros dos soldados. Él también me explicó que los palestinos habrían podido matarme, pero fue educado. Me eché a reír y le contesté que esas eran tonterías. Le expliqué que vivía entre los palestinos aún antes de que ellos nacieran. Luego llegó el comandante del batallón, también en un todoterreno con dos o tres soldados. Me dijo que estaba bajo su responsabilidad y no podía pasar. Le pregunté dónde ponía eso y él, mirando hacia el cruce, vio que no había ningún cartel que prohibiera la entrada al pueblo. Entonces llegó la llamada de un policía que se informaba sobre qué crimen había cometido. Afortunadamente entendió que no merecía la pena y no vino.

A los coches palestinos, que mientras tanto habían llegado, les dijeron que no podían seguir a lo largo de la carretera principal antes de las ocho de la tarde. Ellos intentaban explicarles que así el camino se hacía aún más largo, pero el comandante amable no hizo concesiones. Le pregunté el por qué y él me contestó: “A causa de los incendios”.

Claramente, cualquier excusa vale.

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© Amira Hass  | Primero publicado en Internazionale | 10 Junio 2018 | Traducido a partir de la versión italiana de Federica Giardini por Carolina Pisanti

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