A la mierda con sus palacios

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Publicado el 13 Oct 2019

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Este artículo habla de los espacios que nos roban.

Heme aquí, rodeado de espacios. En una ciudad europea donde las luces y sombras de su larga historia pueblan las calles. Escuchando música y disfrutando de la libertad en compañía de sus habitantes. En mi país, en cambio, apenas hay espacios como estos. En mi país se construyen palacios a nuestras expensas. Y nosotros pagamos el precio de sus espacios. Nos arrebatan los espacios y se adueñan de ellos. El precio de su impunidad es nuestra libertad, la libertad de un juventud que debería estar construyendo el futuro.

Encarcelados a miles, despojados de los espacios que les pertenecen. ¿A cambio de qué? A cambio de lujosos palacios, jardines e intereses. A cambio de espacios que quizá acaben siendo abandonados pero que seguirán protegidos por las compañías de seguridad. Espacios vacíos, vacíos como su falso futuro.

Este presente que estoy viviendo en el extranjero es el presente al que tenemos derecho en mi país. Es el presente al que tienen derecho nuestros miles de presos.

Mis amigos están en prisión para que la mujer de un general viva en un palacio

Vivimos en un pasado transmogrificado y la única forma de alcanzar el presente es viajar en el tiempo. Nunca he creído en los viajes en el tiempo, pero es la única manera. Tenemos que atravesar un túnel temporal y abandonar esta época en la que nos obligan a vivir como esclavos. No será fácil. Los guardianes no son solo nuestros propios carceleros sino también las potencias extranjeras que proveen a nuestros opresores de armas y tecnología para mantenernos entre rejas. La condescendencia con la que nos miran desde sus embajadas y se olvidan de todo lo que han robado. Esa idea de que tienen derecho a vivir bien a pesar de que el precio es nuestra esclavitud.

Mis amigos están en prisión para que la mujer de un general viva en un palacio. Estos palacios no están construidos solo con el dinero que nos roban, sino con nuestras vidas. Su ciudadela no son solo los muros tras los que se protegen, sino la red de intereses y avaricia que produce personas que obstruyen el curso de la justicia con el fin de perpetuar el sistema de corrupción que los alimenta.

Nunca quisimos todo esto. Nos habríamos conformado con bailar. Sin embargo, ¿qué opciones se nos han ofrecido? Bailar mientras pisoteamos los derechos y la vida de los otros. Bailar mientras pisoteamos su dignidad y la nuestra propia. Vaya opciones… Una de ellas es una muerte literal, la destrucción de nuestra vida si protestamos, y la otra una muerte literaria, la destrucción de nuestra humanidad y nuestra conciencia.

A la mierda con sus palacios. Bailaremos siempre que tengamos ocasión para expresar nuestra oposición a su avaricia.

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