«Ya no estamos acostumbrados a vivir la violencia»

Laurence Debray

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 14 Oct 2019

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Laurence Debray (Formentor, Mallorca, 2019) | © Alejandro Luque / M’Sur


Formentor (Mallorca) |  Septiembre 2019

Unos ojos de un azul profundo y una notable facilidad para reír son los rasgos que saltan a primera vista. Pero Laurence Debray (París, 1976) también sabe ponerse seria para hablar de las cuestiones que le han dado relevancia como escritora: la historia de sus padres, Régis Debray y Elizabeth Burgos, que contó en su multipremiado libro Hija de revolucionarios (Anagrama), galardonado con el Prix du Livre Politique, el Prix des Députés y el Prix Étudiant du Livre Politique-France Culture; y la figura de Juan Carlos de Borbón, al que dedicó una biografía.

En la soleada terraza del Hotel Formentor, adonde ha acudido para participar en las Converses Litéraries que cada año se celebran en este rincón de la costa mallorquina, Debray rememora su infancia, su paso por Sevilla y su tiempo como bróker en Manhattan, y entre una cosa y otra aprovecha para hacer una pequeña reivindicación: “Mi documental sobre el Rey no se ha estrenado aún en TVE, ellos que son coproductores además. ¿Podrías decirlo? A ver si algún día…”. Dicho queda.

Ser Hija de revolucionarios, ¿predestina a no ser revolucionaria?

[risas] Bueno, sabes que cada generación se opone a la anterior. Es como muy básico, el joven que no quiere ser como sus padres. En realidad tienes dos posibilidades: ser igualito a ellos, o ser lo opuesto. Yo empecé con lo opuesto y creo que me voy a quedar allí. Yo viví las consecuencias de la política del lado íntimo, y eso te hace ver las cosas de otra manera: los muertos, cómo puede destruir una familia… En aquel momento, la política y la revolución eran algo cruel desde el punto de vista humano. Machacó a una generación. Yo tuve la suerte de vivir en otro tiempo y en otro contexto. Me fui de banquera a Nueva York, en lugar de meterme en la revolución bolivariana chavista [risas].

Por eso quería preguntarle. Ser hija de alguien preso por guerrillero marxista… y trabajar de broker en Manhattan, ¿es lo natural?

«Mis padres no tienen visado para Estados Unidos, siguen siendo considerados terroristas, o no sé…»

Bueno, ¿ves? Ahí estaba tranquila, porque mis padres no tienen visado para ir a Estados Unidos, siguen siendo considerados terroristas, o no sé… La izquierda francesa en aquella época desprestigiaba mucho la economía y las finanzas, y creo que hoy día es uno de los puntos de la sociedad que uno no puede apartar. No es solo ideología, si una economía, como se ve ahora en Venezuela, cae, el país cae. Hice estudios de Historia y me di cuenta de esa importancia. Y luego en aquella época, cuando eras buena alumna, lo máximo era irte a Nueva York a hacer finanzas. Hoy sería montar una startup en California. Pero yo quería estar tranquila, lejos de mis padres, de esa sombra que proyectaban sobre mí, y que puede ser un poco pesada. Allí les daba igual el apellido de mis padres, o lo que habían hecho.

¿Les sonaba su apellido allí?

En Estados Unidos tienes esa libertad, eres lo que haces. No la familia, ni… te dan una libertad. No te metían en una categoría por llamarte así, no hay predisposición a ello como en Europa. Y me aproveché de eso, sí.

¿Le costó un disgusto a su padre, o entendía que usted hacía exactamente lo que él había enseñado: a rebelarse?

La tomó bastante mal, la vivió como rechazo. ¿Cómo decirlo? Creo que siempre es doloroso ver a los hijos no tomar las vías que tú has diseñado para ellos, que se te escapan. Cualquier padre puede entender eso. Pero él se rebeló contra sus padres, porque era un niño de la alta burguesía francesa… no hice nada que él no hubiera hecho antes. [risas] La historia se repite, ¿no?

Creo que a usted la Historia la absolverá…

Gracias, gracias [risas]. Pero es igual con el rey de España. Mi padre no es nada monárquico, y yo estaba ahí con Juan Carlos, la Transición… Yo encontré mi vía, lo que pasa es que lo hice de manera más pública.

A eso iba, también. Todo el mundo necesita matar al padre, dijo Freud. Cuando el padre ha sido una figura famosa, ¿se recomienda que sea una ejecución en plaza pública?

«Mi intención no era solo matar al padre, sino entender una época, que sigo sin entender del todo»

Primero, comunicamos muy mal, no somos gente de discusión oral. La única cosa que él respeta son los libros, y como a mí me interesan mucho también, decidí escribirle una carta. Pero ojo, mi intención no era solo matar al padre, sino entender una época, que sigo sin entender del todo. Una generación, un compromiso político, quería entender eso. Y tengo una cierta admiración por todo lo que hicieron. Es muy fácil decir ahora que se equivocaron, pero en aquella época intentaban estar del buen lado de la Historia. Cuando condeno la violencia, hay que recordar que en aquel tiempo la violencia era más cotidiana, había guerras de descolonización…

¿Digamos que estaba bien vista, asumida?

Claro, incluso se admiraba ir en combate. Hoy en día hay un muerto, qué se yo, en Afganistán, y es un drama para Francia. A lo mejor ellos lo toman mal y no admiten un diálogo, porque no los han acostumbrado a eso… Porque claro, mi padre después, cuando regresa a Francia, es el gran héroe. Pero es sano que mi generación cuestione a esos héroes. Salir de la ideología para entender el por qué, el cómo, todo eso. ¿Ves? Someterme a una ideología, como una religión, eso nunca lo podría hacer. Eso sí que no.

Las ideologías entonces eran más férreas. El partido era la familia, ¿no?

Claro, era la familia, los amigos, era todo. Salirte de ahí era quedarte sin nada.

Según hemos leído, sus padres le ocultaban o difuminaban los detalles de su vida revolucionaria. ¿Por qué cree que lo hicieron, cuando en realidad era algo que sabía todo el mundo?

«Sé lo que pasa detrás del poder, los héroes son de carne y hueso, incluido mi propio padre»

Todavía no lo entendí muy bien. Cuando ellos vivieron en clandestinidad, hay un pacto de silencio. No hablaban mucho de lo que habían vivido con sus amigos tampoco, mi padre no contaba lo que le había pasado en la cárcel… Discreción total, no se habla. Y era algo tan doloroso, que debía de ser muy difícil. La gente que salía de los campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial tampoco hablaban. Son los hijos ahora que hablan, mi padre, mi abuelo… pero los que salieron dejaron pasar muchos años antes de decir nada. Hay un trauma que necesita silencio para ser superado. Algo así. Y también yo vivía en otro mundo. Ellos no anticiparon que un niño en la escuela me diría que mi padre había estado en la cárcel. En ese momento mi padre era consejero de Mitterrand, en España no lo pueden entender porque aquí hay un rey y un gobierno, pero en Francia Mitterrand era como el rey.

¿Y cómo reaccionó?

Regresé a casa, pregunté qué había pasado, y fueron muy discretos: “No, esa es una historia antigua…” Ahí se quedaron.

¿Qué fue más lastre en su adolescencia: la figura intelectual de un padre pensador, con ideales y convicciones que proyectaría a su alrededor… o el hecho de ser hija de alguien famoso, bajo los focos públicos?

El contenido intelectual siempre es interesante, y yo tuve la suerte de estar rodada de gente así. El problema de la fama es que te ponen una etiqueta y te ven solo como la “hija de…” No sabes lo que es sincero o no, creen que tienes que ser o pensar igual que tus padres, siempre te están juzgando. Luego te proteges mucho, no confías en nadie, no tienes muchos amigos. Pero mis padres me avisaron de ello.

Conocer de joven a grandes figuras de la política, el cine y las artes, que usted vería en el salón de su casa ¿vacuna contra la tentación de admirar a alguien ciegamente?

Te parecerá raro, pero yo no sabía si eran famosos o no. Cuando eres pequeña, el amigo de tu padre no sabes si sale en la tele, en el periódico… Pero sé lo que pasa detrás del poder, los héroes son de carne y hueso. Incluido mi propio padre. Por eso después es más difícil admirarlos de manera ciega.

¿Ha sentido una especial veneración por alguien?

No sé, ahora te podría decir que quise mucho a Jorge Semprún. Toda esa gente ni mira a los niños, incluso mis padres, pero Semprún fue muy cariñoso. Transmitía mucho, era muy abierto, uno podía hablar de todo con él. A mí siempre me ha apasionado la Historia, y él había vivido todo. Había vivido todos los combates, todas las guerras. Buenísimo escritor, y muy humano. Y del otro lado, porque sé que no se querían los dos, Alfonso Guerra.

Ah, sí, también lo menciona en su libro…

Cuando viví allí se ocupó mucho de mí, y lo seguí viendo. Una persona con una inteligencia increíble. Sé que en España cristaliza mucho las pasiones, pero tiene una agudeza de análisis… Y es una persona que tuvo el poder, pero nunca le interesó por sí mismo. Tiene una vida intelectual tan llena… Llegué a Sevilla al final de los 80, no había el AVE, no había nada, y recuerdo que él tenía la visión de Andalucía que quería para 40 años. No era un sueño, era realidad. Y tenía esa fuerza, esa convicción. Movió montañas.

Es fácil distanciarse de una ideología de revolución armada, pero ¿qué piensa de los ideales de la izquierda socialista o socialdemócrata, en relación al ordenamiento social y laboral de la sociedad?

«Como los franceses cortaron la cabeza al rey, les encantan los reyes, porque no los tienen en casa

Ahora estoy haciendo un documental sobre Venezuela, explicando la Revolució»n bolivariana, y admito que Chávez no llegó por nada. Había problemas sociales graves, a los que partidos tradicionales no dieron respuesta. Luego cayeron en el populismo, sí… Pero creo que todavía tengo una preocupación social casi genética, y admiro a la gente que tiene vocación de servicio, políticos, ONGs… Por las situaciones que he vivido en América Latina, soy muy consciente de que las desigualdades sociales es lo peor que ha hecho el capitalismo.

Trabajar en el distrito financiero de Manhattan y ver cómo se mueve el capital ¿no es motivo para hacerse anticapitalista?

No, en Estados Unidos valoran mucho a los individuos. En Francia el estado es superfuerte, centralista, pero allí prima la iniciativa privada. Lo que más rechazo de allá es la segregación social, que es insoportable. Caminas dos bloques y te ves en un lugar lleno de paro, de drogas, es insoportable.

Meterse en las Finanzas es una cosa, pero escribir una biografía de Juan Carlos I y colaborar con una revista Point de vue, especializada en familias de la nobleza… ¿es también parte de la rebeldía contra quienes habrían preferido guillotinarlos?

Totalmente. Como los franceses cortaron la cabeza al rey, les encantan los reyes, porque no los tienen en casa. Por eso los presidentes franceses son casi reyes, nos fascina. Yo tenía como diez años, y tenía una foto del rey en mi cuarto, porque era muy buen mozo, joven, héroe de la democracia española, y mi padre la quitó para poner un retrato de Mitterrand. Y lo tomé muy mal, lo veía muy feo, muy viejito, no, no… Lo que me interesó y descubrí a través de Alfonso Guerra es la Transición.

¿Y qué le pareció lo que descubrió?

Yo sé que aquí la critican mucho, pero hice mi tesis sobre el tema, y vi que todos los análisis internacionales anticipaban que el rey sería un pequeño Franco y vendría otra guerra civil. Ahí sí me interesó mucho cómo España pasó de manera pacífica y rápida de una dictadura a una democracia, a pesar de que incluso los Estados Unidos indicaron al rey que no legitimara el Partido Comunista. “Go slowly…”, le decían. Nada es perfecto, pero es una obra de arte. Los españoles deberían estar un poco más orgullosos de sí mismos, en lugar de autocriticarse siempre.

Régis Debray es un gran defensor del laicismo francés. En una época en la que hay tanto debate alrededor del islam en Francia y del islamismo en Europa en general, ¿usted se posiciona al respecto?

«En mayo del 68 hubo manifestaciones, una huelga general, pero en junio o julio ya estaban todos en Saint Tropez en la playa»

La República Francesa es laica, y cuando uno como inmigrante decide instalarse en Francia, tiene que adoptar sus normas. La escuela tiene que seguir siendo laica. Es igualitario total. Son reglas para la convivencia, y esas reglas hay que respetarlas. Una cierta izquierda francesa se siente culpable, hay algo no resuelto ahí. Cuando dices que hay que ser laicos, y lo que hagas en tu casa no me importa mucho. Y lo siento, porque no es una religión muy progresista para las mujeres. Pero desde un punto de vista público hay unas reglas. No es una historia de izquierdas ni de derechas, sino de respetar la ley republicana. Esa cosa de ser tolerante con la intolerancia… Los atentados fueron un ataque a nuestra tolerancia, a la libertad de prensa, a hacer fiestas, a estar en terrazas… Eso algunos no lo aguantan.

¿Lo vivió en París?

Sí, me tocó todo, la caída de las Torres Gemelas en Nueva York y esto. Un trauma para la sociedad francesa, muy duro. Ya no estamos acostumbrados a vivir la violencia, como decía antes, no hemos vivido la guerra. Pero fue un trauma muy duro que ha marcado toda una generación. Más la nuestra, que nos creíamos por encima de todo eso, teníamos esa ligereza de confiar en que no nos pasaría nada.

Luego están quienes dicen que la violencia está mal, pero que Charlie Hebdo se pasaba… ¿lo ve así?

No hay excusas a la violencia. Yo no leía Charlie Hebdo, pero me parece importante que en mi país uno pueda hacer caricaturas de lo que sea. Hicimos la Revolución Francesa para conseguir libertad de prensa. ¿No estás de acuerdo? Escribe un libro o ve a juicio, y lo hablamos.

Su padre está vivo. ¿Leyó el libro antes de publicarse, o después?

Antes. Soy mala, pero no tanto. Reuní a los dos, les di el manuscrito, y les dije que podían quitar y poner lo que quisieran. Lo que no les pude decir antes, ahí lo tienen, 300 páginas.

¿Usaron mucho el derecho al rotulador rojo?

[risas] Mi padre un poquito, mi madre no tanto. Mi madre quiso más justificarse, explicarme, decirme que no lo había entendido bien. Mi padre no, corrigió algo, me dijo que el libro no funcionaría, y cuando tuve tres premios se quedó un poco alucinado [risas]. No me esperaba la reacción de mis padres, ni el éxito del libro. Pero había algo generacional también, llegaba Macron al poder, mi generación, quitó a todos los viejos de mayo del 68 que no se iban nunca… La gente tarda en retirarse.

Algo debe de tener el poder para que guste tanto.

[risas] Sí, pero era un buen momento para hablar de los héroes de mayo del 68. Bueno, pero revolución tampoco fue tanto, ¿no? Hubo manifestaciones, una huelga general, pero en junio o julio ya estaban todos en Saint Tropez en la playa, ¿no? Fue más una fiesta.

Dice que aún quedan preguntas sin respuestas. ¿Cuáles son?

«Mis padres criticaron al régimen cubano, rompieron en 1989, y se desató una propaganda contra ellos»

No sé por qué mi padre, con un porvenir de gran profesor y gran intelectual delante de él, con una posición cómoda, deja todo eso para irse a 8000 kilómetros para cambiar el mundo en un país donde no hablaba el idioma. O cómo aguantas cuatro años en una cárcel en Bolivia, donde te hacen de todo. Porque cuatro años cuando tienes 70, no tiene el mismo valor que cuando tienes 28… Y luego sales y no vuelves a tu casa, sigues a Chile, a Cuba. O mi madre, cómo aguantó en ese entorno tan masculino, tan machista. Cosas muy íntimas, en realidad. El mapa político lo tengo, el íntimo es más complicado.

¿Qué siente gente que ha dado tanto cuando una causa como la de Cuba acaba siendo un desastre?

A veces no lo reconocen. Mi padre no critica la Revolución bolivariana, y eso lo tomo muy mal, porque mi familia es de allí y ver un país derrumbarse de esa manera es muy fuerte. Viven en un sueño, pero ellos cómodos en París, no sufren las consecuencias del delirio. Pero algunos lo han reconocido, y es un gran valor. Admiro ese valor en mi madre, por ejemplo, de reconocer sus errores y denunciar que ese régimen castrista no ha llevado a Cuba a la felicidad. Pero muchos siguen amarrados a ese sueño. Es muy difícil definirse de nuevo. Me equivoqué durante 20 años, ¿y ahora?

Y luego está la idea insoportable de la traición, ¿no?

Mira, mis padres criticaron al régimen cubano, rompieron oficialmente en el 89, y se desató una propaganda contra ellos muy fuerte. Traicionas y pagas las consecuencias. Son malos para manejar un país, pero para la propaganda son muy buenos. Y empezaron a decir horrores de ellos. Es duro.

Ya que esto va de vida personal… usted está casada con Émile Servan-Schreiber, leemos. Hijo de Jean-Jacques Servan-Schreiber, otro intelectual famoso de la izquierda francesa, aunque no guerrillero. ¿La gauche los cría y ellos se juntan?

Sí, no sé, él no es muy ‘gauche’, su papá era pronorteamericano, abierto a la informática y a la modernidad. Pero creo que mi marido y yo sabemos lo que es ser “hijo de”, y no estar políticamente en la misma onda que tus padres. Nuestros padres nunca se conocieron, estaban en dos áreas muy diferentes. Y mi padre, que es muy antiamericano, acaba con dos nietos americanos.
© Alejandro Luque 

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