Solidaridad tribal

Publicado por

Sanaa El Aji

@SanaaElAji

Socióloga (Casablanca, 1977). Empieza a trabajar como periodista en el semanario Nichane en 2006 con un reportaje sobre chistes irreverentes, por el que se le condena a tres años de cárcel (con pena suspendida). Continúa publicando en diversos medios marroquíes y hasta 2017 fue columnista del diario arabófono Al Ahdath Al Maghribia, uno de los diez periódicos más vendidos de Marruecos.

Publicado el 16 Nov 2019

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Desde mi más tierna infancia, nos educaron en un ideario cuya esencia era que la cuestión de Palestina era parte de nuestra identidad y una preocupación compartida que deberíamos asumir como “árabes”, junto a los palestinos.

Luego, la agonía se fue extendiendo, empezaba a abarcar sufrimientos de guerras y revoluciones sangrientas, de Yemen a Iraq, Siria y otros países fuera de la región de Oriente Próximo… Con una diferencia esencial: los asesinos ya no eran Israel. Ahora eran los “hermanos” y “vecinos”, y más de una vez, la propia gente del país.

Los asesinos eran ahora personas en todo similares a las víctimas: tenían el mismo idioma, el mismo acento, la misma identidad, las mismas afiliaciones.

Luego te viene un activista de la sociedad civil, el pensamiento o la cultura en Iraq o Siria y se queja de que “los periodistas e intelectuales” de los demás países de la región no hacen seguimiento a los detalles de la guerra en su país ni se solidarizan con las víctimas.

Solidarizarse con los palestinos en el nombre de la arabicidad o el islam perjudica su causa

Yo siempre he dicho que la mayor opresión que se puede infligir a los palestinos es solidarizarse con ellos por el motivo de formar parte de mismo conjunto árabe o islámico, o incluso del de Oriente Próximo. La solidaridad con los palestinos contra la ocupación israelí y sus crímenes debe ser una solidaridad humana en primer lugar. Si nos solidarizamos con ellos en nombre del idioma o de la religión o de un bloque geográfico estamos cometiendo una agresión contra su causa justa.

Si nos solidarizamos con ellos en nombre de una cultura compartida o de un bloque geográfico o religioso, lo que hacemos es impedir que se solidaricen con ellos personas de Europa, Australia o América que creen que su causa es justa, al margen de toda pertenencia étnica o religiosa. Dificultamos las expresiones de solidaridad de personas de religión judía, que están en desacuerdo con los crímenes contra la humanidad que comete Israel.

En el propio corazón de Israel hay minorías que no se dejan arrastrar por la ceguera mundial y mantienen su capacidad de objetividad y de crítica a los crímenes del ocupante. Si nos solidarizamos con los palestinos en el nombre de la arabicidad o el islam, eso quiere decir que la solidaridad de aquellos no tiene valor.

La solidaridad debe ejercerse por una cuestión de humanidad… Al igual que declaramos nuestra solidaridad con las víctimas del terrorismo en Kenia, Estados Unidos, Francia o la India, nos solidarizaremos con Yemen y Siria, y al igual que rechazamos las masacres en Birmania, denunciaremos las de Iraq o Somalia. Y de la misma manera que rechazamos la masacre de musulmanes en nombre del extremismo o de fines políticos, debemos posicionarnos en contra de la matanza de judíos o cristianos o ateos en nombre de la yihad. Por una cuestión de humanidad.

Desde luego, preocuparse por un problema en concreto tiene que salir de dentro, no se puede exigir. ¿Tenemos derecho de criticar al libanés que está ocupado hoy con las cuestiones internas de Líbano porque se centra en lo que sucede y lo que podría suceder en su país en lugar de fijarse en los problemas de los países vecinos? ¿Podemos criticar a la argelina que sale a la calle todos los viernes y observa los sucesos en su país porque no muestra interés por las noticia de Yemen y la guerra que lo arrasa?

Esto no es aceptar que cada uno se aisle de lo que le rodee y se centre en sus problemas internos. Pero es nuestro deber también comprender que todos los países de nuestra región están ahogándose en la sangre de las revoluciones o de otras formas de opresión, que consumen una gran parte de la energía de quienes se les oponen.

Cuando los asesinos son gente de entre nosotros, nuestro deber es solidarizarnos con las víctimas

Por otra parte, los activistas en Líbano, Siria, Iraq, Yemen y otros países expresan sus sufrimientos de una forma que hace llegar su voz al mundo. Tal vez los demás la oigan de la forma adecuada y tal vez no. Lo que no podemos hacer es acusar a esos demás porque no hacen seguimiento de nuestros problemas: quizás sea que no les hagamos llegar la información de una manera que suscite su interés. Sobre todo no podemos acusar a los demás, si estos demás están, ellos mismos, hundidos en una situación que no se distinga gran cosa de la nuestra.

Lo fundamental, al fin y al cabo, es que intentemos suscitar el interés del mundo por nuestros problemas y nuestros sufrimientos, por la opresión que sufrimos… no como una cuestión que se exige de forma emocional a quienes consideramos nuestros hermanos de sangre, religión, etnia o idioma sino como una cuestión de humanidad.

Como seres humanos, no podemos alentar las matanzas, la destrucción, la ocupación, la violencia. Y da exactamente igual si las víctimas son musulmanes o budistas, árabes o kurdos, cercanos o lejanos. Incluso cuando los asesinos son gente de entre nosotros, nuestro deber es solidarizarnos, como humanos, con las víctimas.

Esto es lo que debería ocurrir cuando musulmanes de nuestros países matan a inocentes en Bruselas o Madrid o Nueva York. Esto es lo que hacen algunos judíos e israelíes cuando se solidarizan con el derecho de los palestinos a un Estado propio, con dignidad y paz. Eso es lo que debería suceder cuando los sirios o lo yemeníes se matan entre ellos en nombre de una visión determinada de la patria y los derechos. La solidaridad debe ser humana, en primer lugar y ante todo.
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© Sanaa El Aji | Primero publicado en Al Hurra · 7 Nov 2019 | Traducción del árabe: Ilya U. Topper

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