El viaje infinito

Publicado por

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.

Publicado el 22 Ene 2020

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Paolo Rumiz
El membrillo de Estambul

 

Género: Novela en verso
Editorial: Sexto Piso
Páginas: 608
ISBN: 978-84-1667-784-9
Precio: 34,90 €
Año: 2010 (2019 en España)
Idioma original: italiano. Edición bilingüe.
Título original: La cotogna di Istanbul
Traducción: Álida Ares

De acuerdo: el libro es caro. 35 euros son seguramente muchos euros para un volumen de tamaño bolsillo, y más si tenemos en cuenta que —según reza en contraportada— la edición cuenta con ayuda institucional. Imagínese todo lo que puede hacer con 35 euros: cuántas cervezas puede tomarse, cuántas mensualidades de su canal de serie favorito, cuántas partidas en su sala de juegos habitual. Sin embargo, las líneas que siguen van destinadas a convencerle de que no tiene usted nada mejor que hacer con 35 euros que comprarse El membrillo de Estambul. Y leérselo, claro está.

Empecemos con el autor: Paolo Rumiz, conocido en su país, sobre todo, como periodista. Cada verano aprovecha las vacaciones para seguir trabajando, como hacemos muchos autoexplotadores, y publica reportajes por entregas sobre lo que va viendo y sintiendo, ya sea el Danubio, los Balcanes, los lugares que recorrió Aníbal, la cadena montañosa de los Apeninos y los Alpes o incluso la vida en un faro. Lo suyo es viajar, claro, hasta el punto de definirse como “narrabundo”. No obstante, este es acaso el libro más singular de su carrera. Es un viaje también, sí, pero por personaje interpuesto esta vez, y además en verso.

Rumiz tal vez no se reconocería como poeta, pero ha escrito un poema de 600 páginas —versión bilingüe— a la altura de lo mejor que se está escribiendo hoy en Italia y en Europa. En realidad, cabría hablar de canción, y de hecho el origen del proyecto es una balada bosníaca, Žute dunje (Membrillos amarillos), que goza de gran popularidad en territorio balcánico. Žute dunje son esos membrillos que una muchacha gravemente enferma encarga traer a su amado como última esperanza de salvación. El hombre viaja hasta Estambul para obtenerlos, pero se demora en el viaje y, al regresar, encuentra a su esposa muerta.

Rumiz nos recuerda aquello de que el viaje es, siempre y sobre todo, al interior de uno mismo

La balada suena en los oídos del ingeniero Maximilian von Altenberg, mientras se resguarda del frío en una taberna de Sarajevo. Corre el año 1997, han pasado dos años del estallido de la guerra de Bosnia, y el consuelo que encuentran los parroquianos es la voz de la bella Maša, la mujer que precisamente está cantando la balada de los membrillos. Una atracción instantánea surge entre el austríaco y la tártara, con la misma fuerza con la que el destino va a separarlos durante tres años: justo el tiempo en que los protagonistas de Žute dunje estuvieron alejados. ¿Qué será más fuerte, el amor o la enfermedad? ¿Podrá la voluntad vencer a las invisibles fuerzas que arrastran a los personajes?

Bueno, hasta aquí lo que podría ser el tráiler promocional del libro. Pero nos quedaríamos muy cortos si describiéramos esta obra solo como un romance clásico. No voy a desgranar todos los pasajes y aventuras que encierra esta novela en endecasílabos, pero sí diré que posee la ambición de encerrar el mundo de un Whitman y la intensidad de los relatos de aventuras que nos encandilaron en la infancia y ahora son pasto de programación televisiva de sábado por la tarde.

Ahora que todo el mundo se considera traveller porque no perdona un puente sin sacarse su billete low cost a cualquier destino, Rumiz nos recuerda aquello de que el viaje es, siempre y sobre todo, al interior de uno mismo. Que no basta con moverse por la geografía, hace falta que los lugares nos atraviesen, nos transformen, se queden en lo más profundo de nosotros de algún modo. Viajar entraña también, según el autor y muchos que secundamos la idea, la obligación de cuestionarse dónde está uno, qué es el Norte y el Sur, Oriente y Occidente.

En este sentido, El membrillo de Estambul es la obra de un europeísta convencido, es decir, alguien persuadido de que es mejor siempre, siempre, encontrar los puntos que nos unen que los que nos separan. Y como tal, sabe que Europa no se entiende sin el Mediterráneo, por más que hoy la cultura nórdica aparezca por doquier como sinónimo de civilización, y el mundo árabo-musulmán como pozo de barbarie. Pero la elección de Sarajevo, la ciudad donde confluyen Norte y Sur, Este y Oeste, no es desde luego gratuita. Quienes la bombardearon sin piedad en aquellos primeros 90 —con la simpatía de algún escritor, como el viejo Limónov—, no disparaban tanto a edificios y personas como a una idea de encuentro y convivencia que se les hacía extrañamente insoportable.

La elección de Sarajevo, la ciudad donde confluyen Norte y Sur, Este y Oeste, no es gratuita

Porque este es también un libro contra los enemigos de la unión, de las uniones. Y para recordarnos lo que me contaba hace poco Javier Cercas y recordaba también Julio Llamazares en su lectura de El membrillo: que sembrar la discordia entre las personas es muy fácil, pero volver a reconciliarlas es muy difícil. La historia se cansa de enseñárnoslo, pero la raza humana es terca de mollera y se niega a aprender la lección.

No puedo terminar esta nota sin referirme a la traducción. He tenido el privilegio de seguir más o menos paso a paso el esfuerzo de Álida Ares sobre este volumen, desde que publicamos un primer avance en la revista Caleta, y puedo asegurar que no hay en España un traductor que haya puesto más mimo en su faena que esta mujer en los últimos años. Las distintas versiones que ha ido afrontando, pues Rumiz entiende esta obra como algo vivo y cambiante hasta la extenuación, el cuidado en los detalles, la elección de la palabra precisa, del ritmo del verso y de su medida, han hecho de este desafío algo más parecido a un trabajo de joyería fina que de transporte de palabras de una lengua a otra. Se dirá, con razón, que para eso cobran los traductores; pero no es menos cierto que un monumento así no está pagado. No con dinero.

Usted, querido lector, no tiene por qué hacerse cargo de todo esto. Y puede afirmar, sin miedo a exagerar, que 35 euros es una pasada para un libro de bolsillo. Bébase tranquilo las 20 o 25 cañas que le corresponde, pague dos o tres meses de series estupendas, o juégueselo todo —qué diablos— apostando al rojo, al triple 7 o al Betis. O no sea membrillo, quiérase un poco a usted mismo, consiéntase sentirse un manirroto y regálese El membrillo de Estambul. Usted todavía no lo sabe, pero le acompañará toda la vida.
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