Los que tienen miedo

Dima Wannous

Publicado por

M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 27 Ene 2020

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Leer en tiempos de miedo

dima wannous
Dima Wannous | © Richard Sammour / Cedida Ed. Sitara

La historia que teje Dima Wannous en Los que tienen miedo es ante todo una historia de la literatura, es la simbiosis que fragua la lectura y la escritura en un país asolado por la guerra. Quien pretenda encontrar en la novela el relato nítido de dos bandos (los vencidos y los vencedores) quedará algo defraudado, puesto que la novela transcurre por otros derroteros más complejos y, a la vez, más humanos. Es el desarrollo íntimo de la narradora, Sulaima, que se aferra, como si fuera la única salvación posible en Siria, a la lectura del manuscrito de Nasim, un escritor atormentado, con quien tuvo una historia de amor tortuosa tras haberse conocido en la clínica de un psicólogo en Damasco.

El tiempo a menudo no es lineal, ni es una calle de un único sentido. Va del pasado al presente mediante vivencias y hace el camino de vuelta mediante lecturas y recuerdos. En este sentido, Sulaima nos trasporta a su infancia, al núcleo central de donde nacen todos sus tormentos y a la relación que mantuvo con su familia, especialmente con su padre antes de fallecer. Presenta estos acontecimientos insertándolos en las dos tramas principales que componen la novela: La que ella escribe y la que ella lee (el manuscrito de Nasim).

La parte que ella escribe. Sulaima nos acerca a sus miedos en el presente, en el tiempo en que transcurre la historia. Es decir, casi cuatro años y medio después del estallido de la revolución de 2011 en Siria. Nos ofrece una visión panorámica sobre cómo ha afectado la guerra a cada uno de los personajes que nos va presentando. Un mismo mal con distintos rostros y manifestaciones. En un guiño magistral, la autora nos pone delante la vida de Nasim y nos adentra en el manuscrito que este ha dejado sin terminar. Es un manuscrito o una novela inconclusa, básicamente porque ninguna revolución atisba su fin.

La parte que ella lee. Nasim escribe y Sulaima lee. Una novela sin final. Una búsqueda circular, ahondando en la infancia, en los orígenes de los miedos, en otra guerra, en la masacre de 1982 en Hama. La lectura nos ofrece pistas para conectar pasado y presente, para dar coherencia a lo que une la infancia y la madurez. Para entender que la violencia asienta su furia sobre los que la padecen y, en el momento menos pensado, los múltiples monstruos de ese pasado, que no ha muerto del todo, salen de la oscuridad y se convierten en una realidad andante, donde la barbarie y la sinrazón se adueñan con absoluta impunidad del espacio público.

Si tuviéramos que sacar alguna lección de Los que tienen miedo, con mucha probabilidad sería poner énfasis en que leer en tiempos de miedo y de guerra puede, al menos, mitigar nuestro pánico y puede, ¡cómo no!, abrir una puerta en nuestra imaginación para asomarnos al mundo más allá de sus desgracias e infortunios. Porque leer, tal y como insinúan Sulaima y Dima Wannous, es sobre todo una forma de resistencia y también es solo uno de los nombres que le damos al universo.

[Dima Wannous (Damasco, 1982) se dio a conocer con la colección de relatos Tafasil (Detalles) en 2007. Tras publicar en 2008 su primera novela, Kursi (Silla), fue incluida en la iniciativa Beirut39, que reunió a 39 escritores del mundo árabe menores de 39 años. En 2017 publicó Al Jaifún (Los que tienen miedo). Ha estudiado en Siria y Francia, ha trabajado como periodista en Líbano y actualmente vive en Londres].

[Mohamed El Morabet]

 

Los que tienen miedo

 

 

Quince años antes

 

 

Estaba sentada en la sala de espera de la consulta de Kamil hace exactamente quince años.
¿Lees lo que escribo ahora, Kamil? ¿Te dice algo el número? ¡Quince años, Kamil! Es lo que nos hace exclamar «¡Todos estos años!». Y tú, tú hablándome en sueños de cuatro años y medio como si fueran «todos estos años».

Estaba sentada en esa minúscula consulta que se alargaba, se extendía y se expandía en función del número de pacientes, de los que muy pocos habían solicitado cita con más de una semana. Muchos acudían incluso de urgencia desde las afueras de Damasco. Se sentaban en las pocas sillas disponibles o se acomodaban en el suelo de las estrechas escaleras del pasillo. Yo fumaba un cigarrillo y observaba a los que tenía alrededor. La secretaria médica, envuelta en una dulzura poco frecuente, leía los apuntes fotocopiados y estudiaba con atención, preparando los exámenes del semestre. De vez en cuando, probablemente aburrida a pesar de su dulzura, me miraba y me sonreía. ¿Podía una ser dulce y aburrirse al mismo tiempo? Era una secretaria joven que estudiaba y trabajaba a la vez para mantener a su familia, damnificada como la mayoría de las familias. Desde que su marido murió hacía años, su madre padecía todo tipo de enfermedades. Antes era una mujer enérgica, bella, de cuerpo firme, que rezumaba vitalidad a pesar de sus cincuenta años. Al morir su amado, empezó a sufrir problemas de presión arterial, diabetes, renales, del tiroides, lo que la convirtió en una masa débil extendida sobre la cama. La hermana divorciada de Laila vivía con ellas en compañía de su hija de dos años. Su único hermano enloqueció años atrás. Tenía veintiuno cuando se enamoró de una compañera de la Facultad de Bellas Artes, donde también estudié yo. Era hija de un oficial de bajo rango que vivía en el barrio de Al Maza 86. En la universidad, le echó el ojo el hijo del director de una de las secciones de los servicios secretos. Laila no me contó de qué sección, el dato no era relevante. Se encaprichó de ella y le propuso que le acompañara a la residencia de su padre. La residencia es el término que usaban los hijos de los altos cargos para referirse a una finca en las afueras de Damasco que las autoridades otorgaban a dichos responsables para que disfrutaran con sus familias durante su tiempo libre. La chica rechazó la oferta y alegó que tenía una relación con el hermano de Laila. Una mañana secuestraron al hermano cuando salía de su casa en la zona de Barzé. Desapareció durante toda una semana. Regresó siendo un cuerpo sin alma. «Lo colgaron durante días por los pies, boca abajo, hasta quedar vacío de todas sus neuronas». Me acuerdo perfectamente de esa expresión. Me la dijo Laila cuando nos encontramos a solas durante una de mis visitas a la consulta. Me contó que regresó completamente loco. Desde aquel día, su hermano se encerraba bajo llave en su habitación. A veces abría la ventana que daba a una de las calles más concurridas de Barzé y gritaba a la gente: «¿Habéis visto a Hafez al-Asad? Si acaso lo veis, avisadle. Decidle que no saldré de mi habitación hasta que venga a visitarme en persona». Nadie hacía caso a sus palabras. Estaba loco. A veces se sacaba el pene y meaba por la ventana sobre algún transeúnte, sin importarle los insultos y las maldiciones.

Laila pasaba el día en esa pequeña consulta entre gente que, de un modo u otro, se parecía a su hermano. Todos tenían unas historias que no eran menos raras que la suya. Ella estudiaba, a la vez que organizaba las citas, bebía mucho Nescafé con leche y fumaba con voracidad. Por la tarde, regresaba a casa para ocuparse de su madre, esa masa débil y extendida sobre la cama, de su única hermana divorciada, de su sobrina y de su hermano, prisionero de la locura en su habitación. Yo observaba a Laila y reflexionaba sobre aquella dulzura que, a pesar de todo, emanaba de sus ojos malhumorados. Resulta difícil ser la madre, el padre, el médico, el esposo y que tu rostro se mantenga imperturbable y amable. Sin duda, cualquier otra persona habría cambiado de expresión y su rostro acusaría las arduas tareas en las que se veía inmerso, unas veces ceñudo y otras tan determinado. Su mirada, en un abrir y cerrar de ojos, pasaba de la dureza a la ternura.

Estaba ahí sentada, mirando a los pacientes de la consulta, cuando entró un joven de unos treinta años. Alto, ancho de hombros, de rasgos bien definidos, pelo frondoso y negro y de pecho prominente. Tuve envidia de la capacidad de su caja torácica para contener tanto aire. A decir verdad, esa envidia no la tuve la primera vez que le vi, sino meses después. Yo tenía miedo de asfixiarme, me invadía el pánico de que el aire se extinguiera, mientras observaba cómo Nasim inhalaba profundamente todo el aire que podían albergar sus pulmones, tan espaciosos y grandes en comparación con los nuestros, los de la gente normal que tenemos una caja torácica diminuta o, en el mejor de los casos, plana como nuestro vientre. Aquella vez todavía no me había fijado en sus músculos que, duros, prominentes y marcados, traicionaban su obsesión por mantenerlos. Se notaba que los ejercitaba uno a uno. Era invierno y la gruesa capa de ropa escondía aquellos detalles. Pero, en un momento dado, se remangó. Me llamaron la atención sus muñecas. Siempre me ha fascinado esa zona del cuerpo que va de la mano al codo. Esa mínima superficie me transporta a un espacio donde no faltan la comodidad ni el oxígeno. Amo los huesos. Amo las protuberancias de los huesos. No me satisfacen los cuerpos que esconden los huesos bajo una carne flácida. Busco aquellas marcadas protuberancias en las manos, en las muñecas, en la garganta, entre el cuello y el pecho, en los hombros, donde se encaja la clavícula. ¿Clavícula? Cómo puede una palabra tan fatigosa señalar una superficie tan amplia y cálida.

Cuando se sentó y se remangó vi los huesos de sus muñecas detrás de una piel suave, cubierta por una ligera pelusa negra. Le miré los pies. Al tener las piernas cruzadas, su pantalón vaquero quedaba algo subido. Entre las deportivas y el bajo del pantalón pude identificar el tobillo. Desconozco la causa lógica de esa pasión por los huesos. Tampoco le he contado a Kamil que amo los huesos por encima de cualquier otra cosa.

Nasim se sentó con todos sus huesos en la silla metálica forrada con una piel barata de color marrón. Le miré. Ni prestó atención a mi existencia. En realidad, no prestó atención a la existencia de nadie. Encendió un cigarrillo y echó la ceniza al suelo. Laila le miró estupefacta y le dijo con calma: «Tienes el cenicero delante, sobre la mesa». La frase cortó de raíz la larga abstracción que mantenía a Nasim ahogado, como si esta fuera el mar al que tanto temía. Abrió los ojos de par en par y no se disculpó. Le bastó con mirar a su izquierda para encontrar un cenicero de bordes rotos sobre la mesa. Echó la ceniza en él sin prestar atención a la que antes había tirado al suelo. Tampoco la limpió. Como si estuviera en un parque o en la calle. Como si supiera que, tarde o temprano, el aire se encargaría de limpiarla. Como si Laila no estuviera presente. Nasim ni siquiera sospechó que sería ella misma quien, más tarde, tendría que agacharse para limpiarla. Mi cita precedía a la suya. Mientras hablaba con Kamil, presentía que Nasim espiaba mi vida, derramada en las pequeñas fichas de cartón sobre el escritorio donde Kamil apuntaba símbolos inentendibles. Aquel día estaba cargada de tristeza. Había planeado contarle a Kamil un sueño extraño que tuve la noche anterior. Sin embargo, cambié de parecer. ¿Quizás era porque aquel extraño, el de huesos prominentes, estaba justo detrás de la fina puerta de madera? No le conté a Kamil que me vi sentada en la azotea de uno de los antiguos edificios de la baja Damasco. La luna llena resplandecía. Estaba sentada en el borde, indiferente a la posibilidad de caer. Contemplaba la luna, su plenitud me hacía feliz. Al mismo tiempo, me sorprendía de mí misma porque normalmente no me gusta esa fase de la luna. Me disgustan las cosas plenas, redondas, llenas, completas. Me gustan incompletas. Lo incompleto me hace sentir y apreciar la plenitud. Sin embargo, esa noche estaba feliz con esa luna llena y roja, redonda como una torta de pan. Como si su plenitud fuera el reflejo de mi alma. Como si fuera un espejo que reflejara la plenitud de mi persona, yo que siempre me había reprochado y me había castigado por errores no cometidos. Me reprochaba todo lo malo que pasaba en el mundo, como si tuviera parte de responsabilidad. A lo mejor era simplemente por haber nacido. Mi sola presencia en este mundo extraño me responsabilizaba de parte de sus maldades. Entonces mi corazón se derrumbó. Bueno, no se derrumbó de repente. Primero cayó la luna sobre la tierra y sentí que mi corazón la seguía. Noté una intensa pérdida. En ese preciso instante, por el cielo encapotado, después del derrumbe de la luna, pasó delante de mí un coche destartalado conducido por un hombre. Su mujer estaba en el asiento del copiloto. Desconozco si era su mujer, pero el aburrimiento de sus rostros me hizo pensar que sí. ¿Acaso no terminan siendo aburridos todos los matrimonios? El hombre que conducía el coche en el cielo rondaba los sesenta, su mujer también. No le conté a Kamil este sueño. Farfullé y perdí las ganas de hablar. Kamil me exprimía, me interrogaba y sonsacaba las palabras de mi boca. Yo pensaba en aquel joven sentado en la sala de espera. Al salir de la consulta, nuestras miradas se cruzaron. Estaba ido. Su mirada ausente parecía cernirse sobre la puerta, que se abría y cerraba, sin percatarse de las personas que la traspasaban.

Después de muchas semanas de encuentros fortuitos, su cita era antes que la mía. Él salió y yo entré. Al salir, me despedí de Laila y bajé las estrechas escaleras. Me sorprendí cuando lo vi sentado en el último peldaño de aquel edificio de tres pisos. Me saludó justo al pasar por su lado. Me obsequió con una de sus miradas ausentes y dijo con un tono desinteresado: «Te he esperado cincuenta minutos. ¿Te apetece que tomemos un café?». Asentí con la cabeza. Salimos del edificio y caminamos sin dirección fija. No intercambiamos ninguna palabra durante el trayecto que conducía a la calle Hamra, después a la calle Chaalane y finalmente al hotel Al Cham. Se detuvo un segundo y entró sin preguntarme si prefería otro lugar. Le seguí. Escogió una mesa cerca de la ventana. Me senté enfrente. Llamó al camarero y, sin dudar, dijo: «Una cerveza Almaza, muy fría». Ni siquiera me preguntó qué quería tomar. El camarero me miró. «Un café en taza mediana», dije. Nasim seguía sin mirarme. Estaba ocupado observando a los transeúntes desde la ventana. Me sentí incómoda. ¿Qué estoy haciendo aquí, con este hombre extraño de huesos pronunciados?, me pregunté. No conocía ni su nombre, pero resultaba raro preguntárselo después de todo. ¡Cómo podía ser que saliera con un hombre sin siquiera conocer su nombre! Él tampoco me había preguntado el mío. Sin duda, no le interesaba lo más mínimo. Encendió un cigarrillo. Fumaba de forma curiosa. Daba una calada profunda y exhalaba el humo en forma de pequeñas nubes que después volvía a inhalar. Me dediqué a observar esas líneas de humo sin que se me escapara ninguna. Me pareció decidido, fuerte, como si estuviera seguro de sí mismo, como lo estaba yo en el sueño que no le conté a Kamil ese día. ¿Por qué visitaba a Kamil entonces? Me preguntaba si era por consolidar aquella confianza y seguridad en sí mismo. A lo mejor Kamil había hecho de él lo que ahora era. Bebía directamente de la botella. Tomaba varios sorbos seguidos sin dejar que ese líquido dorado respondiera a los efectos de la ley de la gravedad. Medía la cantidad de cada sorbo, hecho que hizo aún más evidente mi impresión de fortaleza y seguridad en sí mismo. En cuanto a mí, ese café templado me estaba dando náuseas. Sentí un mareo que me subía a la cabeza y cubría mi frente con un sudor frío. Los latidos de mi corazón empezaron a golpear mi pecho, mis venas y mi cuello. Abrí el bolso y busqué la caja de Xanax. Partí una pastilla por la mitad y me la puse debajo de la lengua, como me había aconsejado Kamil que hiciera en los momentos de pánico severo. Debajo de la lengua, la pastilla se disolvía con facilidad y el efecto alcanzaba rápidamente la cabeza. Bebí un sorbo de agua. El joven sin nombre había observado todo: cómo abría nerviosa el bolso, sacaba una caja y me tomaba media pastilla antes de tomar un sorbo de agua. Me observó. Me contempló con su habitual silencio. Un silencio que no me era habitual por aquel entonces. Su rostro no se inmutó, ni se encogió ni se alargó. No se sorprendió y tampoco se interesó por la causa de mi repentina preocupación. Hecho que aceleró el efecto de la media pastilla de Xanax. Las preguntas en los momentos de pánico suelen ponerme todavía más nerviosa. La idea de tener que justificarme, explicar y responder a preguntas que me parecen absurdas agudizaba mi pánico. Terminó hasta la última gota de la cerveza y pidió la cuenta. Pagó, se levantó y me dijo: «Gracias por aceptar tomar algo conmigo. Seguro que nos veremos pronto. Me ha gustado conocerte». Y se marchó como si nunca hubiese estado. Me levanté preguntándome por qué daba por hecho que nos volveríamos a ver. ¿Qué le hacía estar tan seguro? Había dicho que le había gustado conocerme. ¿De verdad me había conocido? ¡Si ni siquiera habíamos hablado! Bebió su cerveza, yo mi café, templado y nauseabundo, y se marchó. ¿Pensaba que volveríamos a sentarnos juntos otra vez para tomar una cerveza y un café? ¿Acaso no tenía a nadie con quien tomarse una cerveza?

Volvió a suceder lo mismo varias semanas después. Tras dejar la consulta de Kamil, le encontré sentado en las escaleras fumando. Me dijo: «¿Un café?». En ese momento me pregunté si sería como la última vez, que me invitó a un café y se pidió una cerveza. Esta vez abrevió aún más, ni siquiera pronunció toda la frase: no me preguntó si me apetecía una taza de café. Se contentó con la palabra «café» acompañada de un tono interrogativo y de unos signos de interrogación que volaban en el aire como esas letras amalgamadas que veo girar alrededor de su cabeza. Me bastó con mover afirmativamente la cabeza, aceptando a regañadientes. Empecé a andar y él me siguió. Sin embargo, esta vez añadí: «No me gusta la cafetería del Hotel Al Cham». «¿Qué prefieres?», me preguntó. «Al Marmar», respondí sin dudar. Se giró y me miró sorprendido. Antes de que cambiara de opinión, retrocedió y dijo: «Vale». Desconozco por qué propuse Al Marmar. ¿Lo hice para dejar las cosas claras desde el principio? ¿Acaso era porque él llamaba «tomar café» a cualquier propuesta, aunque al final tomase cerveza? En Al Marmar, de hecho, no hay lugar para un café, tampoco para confusiones.

Estábamos los dos de pie en la acera de enfrente de la consulta de Kamil. Eran las siete pasadas. Un barullo de mujeres, niños y vendedores ambulantes de mercancías chinas ocupaba la larga acera de al-Yisr al-Abyad. El ruido ambiente me exasperaba. Intenté parar un taxi. Pasó un buen rato hasta que pudimos encontrar uno. Nasim no se movió de su sitio en la acera mientras yo buscaba un taxi libre en medio de tanto tráfico. Me monté en la parte trasera y él conmigo. Me sorprendió. Normalmente, los hombres se sientan delante. Lo contrario suele provocar el rechazo de los conductores. Lo consideran una humillación, un gesto de poca hombría. Una vez dentro, le dije al taxista: «A Bab Tuma, por favor» y, de repente, su mano cogió la mía mientras miraba por la ventanilla. La agarró distraídamente, sin preocuparse por mirarme a los ojos. No lo pensé mucho, me gustaban sus manos. Ahora su mano cogía la mía y yo no quería desaprovechar la ocasión. Mi mano se rindió a la suya, sujetándola con fuerza para que no se escapara. Su mano estaba caliente y su temperatura aumentó aún más a pesar de que la mía estaba fría. ¿Y su corazón?, ¿sería frío? Mi madre decía: «Mano fría, corazón caliente». Pero nunca la oí decir lo contrario.

No le conté a Laila que habíamos salido varias veces. Tampoco creo que él se lo hubiera contado. De hecho, él y Laila no se llevaban bien desde aquel día en que echó la ceniza al suelo. Jamás me preguntó por qué visitaba a Kamil. Yo tampoco lo hice. Empezamos a vernos una vez al mes, después cada dos semanas y luego no pasaba una semana sin que nos viéramos al menos una vez. Descubrí que era escritor. Busqué sus libros en todas las librerías, tanto en las que conocía como en las que no, pero no encontré ninguno. Su nombre tampoco sonaba a los libreros. Google no existía por aquel entonces. Nuestras vidas estaban condenadas al aburrimiento. Le dije que no había encontrado ningún libro suyo. Sonrió. Nasim no era dado a sonreír con facilidad. Sus labios esbozaron una sonrisa laboriosamente calculada y forzada. Solo se relajaba cuando esta se borraba de su rostro. Más tarde me enteré de que publicaba con seudónimo. «¿Por miedo a que te persigan?», le pregunté. Movió la cabeza negando. «Por miedo al miedo». Punto. No añadió nada más. Sentí unas ganas tremendas de abrazarle. Abrazar a este hombre extraño que tenía delante y del que no sabía nada. Sabía que tenía unos huesos pronunciados y que escribía bajo seudónimo. Sin embargo, en ese instante, supe que mi encuentro con ese hombre cambiaría mi vida. «Miedo al miedo». Yo vivía bajo la realidad de esta expresión. El miedo no tiene una única forma ni un único sentido. Los que sufrimos ese miedo al miedo compartimos el mismo camino. Le pedí que me explicara mejor qué significaba su miedo al miedo, siendo escritor probablemente era el más indicado para ello. ¿Se puede perder la capacidad de imaginar? «Claro, por supuesto, porque responder a tu pregunta no tiene nada que ver con la imaginación». Y se calló.

Nasim teme al miedo. ¡Si hubiera publicado su novela con su nombre, tendría miedo del miedo! No es, por ejemplo, un miedo al secuestro, o a la persecución o al interrogatorio o a la prohibición de viajar, sino un miedo previo al miedo en sí. De hecho, aunque no lo hubieran secuestrado o no lo hubieran interrogado, seguiría teniendo miedo. Él teme enfrentarse a su miedo y a sus temores. Por eso eligió un seudónimo que, de alguna forma, le protegiera. Cuando medité un poco más sobre ello, descubrí que no solo tenía miedo al miedo después de publicar, sino que era un miedo que surgía durante el proceso mismo de escritura. Cuando escribe firmando con su nombre tiene miedo y se convierte en prisionero de su miedo. El seudónimo le permite abrirse más y liberarse de la autocensura. Al fin y al cabo, Nasim no es escritor, es médico. Su seudónimo es el escritor. Pero, ¿por qué no me dijo que era médico y se presentó como un escritor con seudónimo? ¿No pensó en la editorial? El editor podría verse envuelto en algún asunto turbio y delatarlo. No se lo pregunté. Tuve miedo al miedo. Temí asustarle. Y eso que no había leído todavía ni una sola línea de sus tres novelas.

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© Dima Wannous  (2017) · Traducción del árabe fus·ha: Mohamed El Morabet | Cedido por Editorial Sitara

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