Cuando la droga es la calle

Publicado por

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.

Publicado el 16 Feb 2020

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El edificio de los servicios sociales para la infancia era espacioso, con varias salas, áreas de juego, un futbolín, una esquina con libros, comida gratuita. Estaba en perfectas condiciones para atender a los niños de la calle de la ciudad de Fortaleza, noreste de Brasil. Las asistentes sociales eran amables. Solo faltaba un detalle para convertirlo en un éxito: no había niños.

Los niños de la calle estaban todos fuera. En la calle.

—¿Por qué no vienen? —se preguntó una educadora—. Si aquí les ofrecemos de todo. Algo hay que no funciona. ¿Qué es?

No sé si ustedes lo han vivido alguna vez o si la Europa acomodada de finales del milenio desconoce lo que puede ser la calle. Ese imán. Esa droga. Ese atracción irresistible de hallarse en el lado salvaje de la vida. Afuera. No como los demás, aquellos que tienen la vida resuelta. Aquellos que solo admiran al forajido en las películas del Oeste, desde su sofá. Ser uno mismo aquel forajido es un chute más fuerte que verlo en pantalla, créanme.

Recordé aquel verano en Brasil —era en 1996— cuando los niños de la calle magrebíes de Barcelona y Madrid se convirtieron en protagonistas de las últimas elecciones españolas. O más bien en la pelota que unos y otros se lanzan encima de la red de división ideológica. Para un lado son criminales a los que hay que expulsar en cuanto sea posible, para los otros son niños desprotegidos a los que hay que salvar invirtiendo en más centros de acogida, mejores camas, más espacios.

Sin espacio es difícil empezar, pero no es la cama lo que busca un niño que se ha colado por una valla de Melilla, se ha agarrado a los bajos de un camión, ha estado a punto de morirse aplastado en el ferry. Porque —y esto lo deberíamos tener claro— si este niño viene a España, a solas, no es porque la vida en la calle en Barcelona o en un centro de acogida en Madrid es materialmente mejor que la que podría tener en Marruecos. Si lo fuera, si este fuera el objetivo, ninguno se escaparía del centro.

No es la cama lo que busca un niño que se ha agarrado a los bajos de un camión

No sé si todavía hoy en España existen niños que no solo sueñan con ser marineros y piratas sino que además sueñan con serlo de verdad, o si la generación playstation ha trasferido todos sus sueños a la esfera digital. Claro, hoy ya no es tan fácil enrolarse con quince años en un velero y dar la vuelta al mundo como grumete. Ya no hay veleros. Para un chico de Tánger o Nador solo quedan los bajos de los camiones. Y si fracasa, el pegamento.

Ay, el pegamento. Quizás la más irreversible de las drogas. O eso me dijeron en Tashkent, donde también había niños de la calle, aunque comparados con los de Brasil eran de primera comunión. Pero una vez atrapados por los vapores del diluyente, lo que se les diluía era el cerebro.

Digo niños de la calle, porque es un nombre muy digno, el que emplea en Brasil desde hace 35 años el Movimento Nacional de Meninos e Meninas de Rua, mucho más digno que las siglas MENA (ya patentadas además por los anglófonos para aquello de ‘Africa del Norte y Oriente Próximo’). Digo niños, sin añadir lo de niñas, porque parece que, a diferencia de lo que ocurría en Brasil, en España casi todos son varones. Y he dicho magrebíes porque parece ser que la gran mayoría son de origen marroquí y en menor medida argelino. Al menos en Cataluña, donde un informe de los Mossos analiza los datos de 5.622 menores no acompañados llegados entre 2015 y 2018. También hay algún centenar de Gambia, Ghana y Guinea.

Es curioso: llevamos semanas de debates, pero no sabemos prácticamente nada sobre ellos. Los que los utilizan para reclamar mano dura, expulsiones, España frente a invasiones, desde luego no tienen interés en algo más que el cliché de la ecuación inmigración = delincuencia. Los que devuelven la pelota desde el tejado de enfrente también rehuyen el peligro de tener información. En mis diarios habituales nunca se habla de un delito cometido por estos adolescentes. Siempre son “delitos atribuidos a”. Como si quizás todo fuera maledicencia y el problema no existiera.

Jurídicamente puede ser correcto. No existe delito sin sentencia judicial, y cuando son menores, esta sentencia no puede ser pública (afortunadamente: suficiente trabajo le ha costado a la humanidad reemplazar el linchamiento por la justicia como para ahora cuestionar las garantías judiciales). Pero sería de ciegos negar que tenemos un problema de delincuencia juvenil protagonizado por inmigrantes marroquíes que han llegado a la Península a solas, siendo niños o adolescentes.

El informe de los Mossos le pone cifras. Un 18 por ciento de los 5600 menores no acompañados tutelados por la Generalitat ha cometido algún delito en los tres años estudiados. Es decir, mil. Con una tasa de reincidencia de 4 delitos al año. Una media que probablemente se desglose en muchos que han cometido solo un delito, no más, y otros, quizás no más que unas decenas o un centenar de chavales, que han convertido la delincuencia en hábito. Y que son los protagonistas de un debate que hemos atrasado demasiado tiempo y que nos acaba de estallar en la cara como un tomate podrido lanzado por Vox.

Porque el fenómeno no es nuevo. Corría el año 1999 cuando yo podía observar a estos chavales – los de una generación anterior – desde mi ventana en una calle de Lavapiés, Madrid. A plena luz del día se abalanzaban, entre varios, a una chica que caminaba por la calle, le arrebataban el bolso, salían corriendo. Llevaban navaja. A mí nunca me miraron, a casi ningún vecino: sus víctimas preferidas eran los inmigrantes chinos. Porque se decía que los comerciantes chinos desconfiaban del sistema bancario español y solían llevar todo su dinero encima.

Se comportan como los más despiadados de los adultos, manejan navajas… y no dejan de ser niños

Un buen día, la cosa estalló. Llegaron a las manos chinos y marroquíes adultos. Alguien puso paz, los comerciantes se sentaron a hablar —haz el negocio y no la guerra— y a partir de ahí ya no hubo más crímenes, ni más chavales marroquíes por las calles de Lavapiés. Habían desaparecido. Al año, un amigo me dijo adónde: “Ahora están todos en Bilbao”. Y yo solo esperaba que en Euskadi contaran con asistentes sociales que hubiesen leído a Paulo Freire y supiesen cómo tratar con niños de la calle.

Porque es posible, claro que es posible. Son adolescentes, se comportan como los más despiadados de los adultos, manejan navajas… pero no dejan de ser niños. Con la misma necesidad de cariño que cualquier niño. Aunque no la mostrarán. Aunque coloquen alrededor de sus emociones una valla del tamaño de la de Melilla, y con más espinos. Romper esta barrera es difícil. Hay quien sabe hacerlo. Con paciencia.

Las educadoras de calle a las que acompañé unos días en Brasil sabían que no se puede sacar a un niño de la calle de un día para otro. Hay que acompañarlo, poco más. Recuerdo el día en que uno de estos chavales, no tendría más de doce años, intentó robar en la calle a la propia psicóloga a cuyos talleres acudía: en la sorda embriaguez del pegamento esnifado la había confundido con una turista. Camufló el gesto al darse cuenta: el lazo de respeto era inquebrantable. Porque los fuera de la ley también tienen una ley, y hay que conocerla, entenderla, antes de ir cambiándola.

La prensa habla mucho de los centros de acogida hacinados, de la falta de espacio, de los condiciones de miseria en las que viven algunos de estos niños tuteladas —vean Melilla: hay mucho que hacer— pero en realidad esto es lo de menos. A un niño de la calle no se le saca de su vida ofreciéndole una cama cómoda y una comida en condiciones. Para eso es tarde. Porque ya tiene una vida propia y se aferrará a ella, una comunidad de semejantes, orgullosos de estar fuera de la ley, orgullosos de vivir sin cama y sin comida en condiciones. Orgullosos de darle dos hostias en plena cara a todos aquellos que piensan que la vida es pasar por el aro y plegarse a las normas. Yo no. Yo soy distinto.

Ellos lo dicen mejor que yo. Circula por internet y hasta en la prensa el llamado ‘rap de los menas’. Se canta en árabe magrebí de Tánger. Con un vídeo rodado en Barcelona que incluye un atraco. Porque sí, porque esta es su vida.

“Estoy harto y cansado, estoy hundido en pecado cometido contra los demás, cada día me encontrarás robando en las Ramblas, maltratado e ilegal, me digo que voy a tropezar, y amanezco hundido en la carcel, soy tangerino y así estoy hecho, y por Dios no lo cambio.

En esta soledad… a veces la cosa está tranquila, a veces está jodida, a veces robo, y a veces no hay nada. Ni trabajo ni ocupación, en esta soledad no me quedo yo. Que te jodan, fuck, no tengo miedo, de este encierro no saldré.”

Cantar este rap es el primer paso para salir del encierro.

Recuerdo una tarde de aquel verano de 1996, en el mayor teatro de Fortaleza, allí donde otras noches se representaba el Lago de los Cisnes o Madame Butterfly. Aquella tarde, sobre el escenario había unos adolescentes, niños y niñas. Escenificaban su propia vida. La calle. Dormir en la acera. La prostitución. Los robos. La violencia. El pegamento. Y al final, la muerte bajo los disparos de algún policía.

Al acabar la obra hubo aplausos. Los actores y actrices saludaron. Se apagaron los focos. Y aquellos actores y actrices de diez, doce, quince años volvieron a la calle. A dormir en la acera. A la prostitución. A los robos. A la violencia. Al pegamento. Y tal vez a la muerte bajo los disparos de algún policía. Era su vida.

El eslabón más débil de la cadena es un asistente social desbordado por el trabajo

Pero al hacer esa obra de teatro, creada —no escrita: la mayoría no sabía escribir—, dirigida e interpretada por ellos mismos, habían dado un paso que quizás en el futuro les permitiera dejar atrás tanto la obra como la vida que representaba. Habían tomado distancia.

No me sorprendería que el ‘rap de los menas’ haya contado con el apoyo de algún educador de calle español. No lo sé. Nunca hemos visto en la prensa qué piensan de la polémica los educadores, aquellos que conocen de primera mano la vida de estos chavales. Imagino que no es por falta de ganas de opinar, sino porque un trabajador de la función pública que trata con menores debe mantenerse apartado de la prensa. Esto también es razonable.

Pero si ustedes quieren saberlo, lean Capitanes de la arena de Jorge Amado. Ahí está todo. Estos críos de Salvador de Bahía son el reflejo exacto de lo que tenemos hoy en Barcelona. Asaltan, roban, engañan, clavan navajas y sí, también violan. En manada. Con quince años. Es su ley. Hasta que alguien se gana a su capitán, a Pedro Bala, y los rebeldes sin causa ganan una causa más fuerte que la calle.

En el Brasil de 1937 aún hubo causas. En la de 1996, la causa que asumieron muchos niños de la calle al hacerse adultos era sacar a sus semejantes de este ciclo de violencia. No sé cuál podría ser la de Barcelona y Madrid en 2019. Solo tengo claro que no puede ser la de pelear más y mejor contra la banda de enfrente. Porque esto es lo que pasó en el barrio madrileño de Hortaleza, leo: un choque con una banda juvenil que no son ni ‘menas’, ni niños de la calle, ni magrebíes, sino latinoamericanos. Chavales que nadie ha usado como munición electoral, quizás porque la emigración que a la derecha le encanta denigrar es la que permite hablar de invasión, moros, islam y reconquista. Pero fueron los latinos los que asaltaron el centro de acogida de los magrebíes con palos y piedras.

No sé ustedes, pero quizás vaya siendo hora de dejar de usar las siglas mena como artillería pesada. Quizás vaya incluso siendo hora de dejar de cuantificar el problema en números de cama y metros cuadrados de centros y pensar en el factor humano. En que el eslabón más débil de la cadena es un asistente social desbordado por el trabajo, sin capacidad de atender a todos. Quizás sea hora de invertir, sin reparar en gastos, en más, mucho más educadores formados en lo que significa la calle. Esa droga, esa embriaguez, esa rebeldía sin causa que es la calle. Educadores capaces de crear un red entre los propios adolescentes que ponga freno a la violencia y busque una causa mayor.

Nos vendría bien. No solo porque de entre los chavales de dieciséis años que a lo largo del siglo XX se han enrolado en un velero para dar la vuelta al mundo, vapuleados, apaleados, machacados por los vapores del alcohol —entonces aún no existía el pegamento, por fortuna— , náufragos de la vida, ha salido algún premio Nobel de la Literatura. Que ya sería motivo.

Sino también porque lo que no querremos es que la tarea de salvar a estos chavales de la calle y ofrecerles una causa mayor, mucho mayor, se la adjudiquen los imames de las mezquitas. Porque la causa que van vendiendo hoy día los imames ya la conocemos. Y eso sí que no. Prefiero a los capitanes de la arena.

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