Caminos monumentales

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Laura J. Varo

@ljvaro

Periodista (Melilla, 1983). Vive entre Andalucía y Melilla como periodista freelance.

Publicado el 20 Feb 2020

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Migrantes en los alrededores de Tánger (Ago 2018) | © Laura J. Varo

Melilla / Nador / Ceuta | Febrero 2020

“Ya no somos bienvenidos”. Abdelgadar, padre sirio de 29 años, está sentado en la terraza de un restaurante de comida rápida en el remodelado paseo marítimo de Nador. Su mujer, Batula, arropa al bebé Abdelbasset, de cinco meses, el menor de una prole de tres hijos nacidos en el exilio. Hace un mes, la familia al completo llegó a Marruecos a través de Oujda, en la frontera con Argelia, tras pasar dos años trabajando allí. Llevan huyendo desde 2014, cuando salieron de Alepo hacia Turquía, en plena batalla por el control de la ciudad siria.

“Hemos venido aquí para ir a España”, ratifica Abdelgadar. “Estuvimos hasta 10 horas andando con los niños y, cuando llegamos, no se nos permitió ir a Melilla; no tenemos ningún sitio donde quedarnos o al que volver: estamos atrapados en el medio”.

Atrapadas en medio, mucho más en medio, quedaron en enero pasado casi medio centenar de personas que intentaban entrar en Melilla. Fue en el cruce Farhana,uno de los tres puestos de ‘buena vecindad’ instalados en el perímetro melillense y por los que solo pueden cruzar los vecinos de la ciudad autónoma y los de la provincia de Nador. Aquí, las medidas de seguridad son menores que las del paso internacional de Beni Ensar. A las nueve de la noche, las autoridades marroquíes avisaron a las españolas de la llegada de un grupo de migrantes “a la carrera”. Guardia Civil y Policía Nacional cerraron las puertas del lado español.

El grupo quedó atrapado entre la zona marroquí y la tierra de nadie. Imágenes difundidas por la Asociación Marroquí de Derechos Humanos muestran decenas de personas sentadas en el suelo entre los barrotes. La policía marroquí detuvo a al menos 35 personas, entre ellas siete mujeres, dos de ellas embarazadas, y dos menores, según Alarm Phone, una red de activistas que da apoyo logístico a migrantes.

Intentos similares se suceden con cierta frecuencia tanto en Melilla como en Ceuta, el otro enclave español en tierra norteafricana, igualmente rodeado de una valla. Si antes era habitual intentar cruzar en escondido en algún hueco de un coche —desde el salpicadero o los dobles fondos de asientos hasta los bajos y el motor— ahora se han registrado intentos de utilizar el vehículo como herramienta de abrirse paso, conduciendo de forma temeraria.

Con 52 personas a bordo, el conductor de la furgoneta embistió las verjas del paso fronterizo de Ceuta

Lo relata Boubakar Sow, guineano, sentado junto a la entrada del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta. Era una medianoche en pasado noviembe y el joven caminaba bajo la lluvia buscando refugio en un boscaje a las afueras de Tánger. Vio las luces de un coche y empezó a correr. “Pensaba que era la policía. El conductor empezó a llamarme: ‘No corras, ¿quieres ir a Europa? Ven”, recuerda. Se subió. No era el único. El conductor, un ciudadano marroquí de 38 años, fue recogiendo a gente conforme la encontraba por la calle.

“El conductor nos preguntó si queríamos ir a Europa, dijimos que sí, pero no teníamos dinero. Nos dijo que no era mucho, que le diésemos lo que tuviésemos”, relata Tores Baide, guineano de 18 años. Él le dio 150 euros. “Algunos pagaron más, otros menos”, dice. A Suleiman, de Sierra Leona, le salió algo más barato. “Me dijo: ‘Dame lo que tengas en los bolsillos’. En ese momento yo solo tenía unos 500 dirhams [50 euros] y una cadena en el cuello que le di”. Con 34 hombres, 16 mujeres y dos niños a bordo, el conductor enfiló hacia la frontera y embistió las verjas del paso fronterizo de El Tarajal, el principal de Ceuta.

“Todo quedó destrozado, yo grité en cuanto me di cuenta de que estaba en peligro”, dice Suleiman, de Sierra Leona. “Antes de marearme vi cómo casi volcaba. La gente chillaba: ‘¡Pero adónde va este tío!”. El vehículo, desvencijado, con las ruedas reventadas por la barrera punzante que a un agente marroquí le dio tiempo a desplegar, consiguió llegar desde el puesto fronterizo a la cercana playa de la Almadraba. Allí se detuvo. Los ocupantes empezaron a aporrear la puerta de la furgoneta hasta que agentes de la Guardia Civil abrieron. Suleiman se desplomó. “Caí inconsciente por el calor”, cuenta.

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De los 52 migrantes que iban en la furgoneta, cuatro tuvieron que ser trasladados al hospital por lesiones debidas al ajetreo de la carrera y al golpe que recibió el vehículo al chocar contra la verja. El resto ingresaron en el CETI. El conductor quedó detenido.

No todos los intentos son tan dramáticos. Batula, de 28 años, ya lleva dos intentos solo en diciembre. La primera vez trató de cruzar el paso fronterizo de Beni Ensar por sí misma, camuflada entre decenas de marroquíes que cada día hacen cola en la puerta para trabajar o comprar en Melilla. Los gendarmes marroquíes la echaron para atrás en la primera barrera sin pedirle siquiera la documentación. “Me reconocen como siria por mi aspecto, por la expresión de mi cara”, dice. En la segunda ocasión pagó 200 euros por un pasaporte falso que le proporcionó un intermediario. De nuevo, los agentes la detectaron.

Mohamed Hassan tuvo más suerte. Este yemení logró llegar a Melilla para pedir protección tras abonar 4.400 euros a los traficantes, según relata a las puertas de CETI de la ciudad. Su compatriota Saber aún lo está intentando. Tiene contadas las veces que casi logra entrar en Melilla: 63. “Tres de ellas, el mismo día, por el Barrio Chino”, recuerda. Por este paso de ‘buena vecindad’ cruzan cada día miles de personas dedicadas al porteo, el contrabando transfronterizo permitido por las autoridades españolas y marroquíes. “Los marroquíes te detectan, te paran y te dicen que tienes que ir por Beni Ensar”.

Saber lleva en Nador desde junio de 2018. “Vinimos tres hermanos. Dos están ahora en España, yo soy el mayor y el único que no ha conseguido cruzar”, lamenta. El más joven consiguió escabullirse entre el barullo de la cola fronteriza apenas una semana después de haberse plantado en Marruecos. El mediano, más atlético, no tardó ni 24 horas en saltar uno de los muros que fortifican el perímetro de Beni Ensar y correr hasta la verja del lado español para solicitar asilo. “Ahora hay demasiada presión en la frontera”, explica Saber; “los pasaportes [falsificados] no están funcionando”. La alternativa es saltar el muro, una técnica que los contrabandistas utilizan también para introducir a niños marroquíes en territorio español.

Las Islas Chafarinas al este de Melilla se han convertido en destino de embarcaciones precarias

En los últimos meses, el evidente refuerzo policial en Beni Ensar ha complicado los cruces clandestinos. Y el mar ha dejado de ser una opción, según el joven yemení: esta ruta está ahora copada por traficantes que dan prioridad a subsaharianos que ni siquiera pueden acercarse a la frontera terrestre. Pero el acoso de la marina marroquí en las rutas habituales también complica las cosas. Así, las Islas Chafarinas, un archipiélago de tres islotes al este de Melilla, a apenas cuatro kilómetros de la costa marroquí, bajo soberanía española, se han convertido en un destino cada vez más habitual para embarcaciones precarias. Evita tanto el muy vigilado Estrecho de Gibraltar como los peligros de cruzar todo el mar de Alborán, un trayecto de 160 kilómetros. Pero solo es rentable para mujeres y menores, considerados personas vulnerables a la trata y a quienes el Gobierno no puede devolver a Marruecos en virtud del convenio bilateral de 1992.

Sin embargo, no es exento de riesgos. En noviembre pasado, un grupo de 57 migrantes, entre ellos 44 mujeres, de los que dos estaban embarazadas, se quedó atrapado varios días en uno de los tres islotes, la Isla del Congreso, porque un fuerte temporal impedía al contingente militar, acuartelado en la vecina Isla de Isabel II —único punto habitado del archipiélago— efectuar el rescate. En diciembre, otro grupo, de 24 personas, llegó a la Isla del Rey, también durante una fuerte tormenta. Una mujer falleció durante la travesía, otra, embarazada, pudo ser evacuada a Melilla en helicóptero. El rescate fue posible gracias a la activista Helena Maleno, de la ONG Caminando Fronteras, que había alertado sobre el naufragio.

Refugiados no reconocidos

España se comprometió a acoger a lo largo de 2019 hasta 1.200 refugiados sirios asentados en campos de Líbano, Turquía y Jordania, pero en este acuerdo no entran los que hayan llegado por sus propios medios a la frontera melillense o ceutí. La familia de Abdelgadar y Batula y sus tres hijos ya se ha dejado en torno a 3.000 euros solo para llegar a Nador, paga 15 euros diarios por el hotel en el que vive y no tiene más dinero que el que el padre consiguió ahorrar tras dos años trabajando en Argelia. Intentan no gastar, porque su única meta es pagar por cruzar la frontera. “Nos aguantamos el hambre, tenemos que guardar el dinero para pagar al intermediario, pero solo nos dan largas”, dice Abdelgadar. “El único trabajo de los contrabandistas es sacarle el dinero a la gente”.

La familia no está registrada como solicitante de asilo en Marruecos: los niños no van al colegio, ni tienen atención sanitaria ni asignación económica que ayude con el alojamiento. ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, tiene contabilizados en Marruecos a más de 5.500 solicitantes de asilo de países de Oriente Próximo. Más de 5.000 son sirios; el resto, de Iraq, Palestina y Yemen. Por otra parte, de las 118.000 solicitudes de asilo registradas en España en 2019, solo 2.400 son de sirios, una cifra muy similar a la de los marroquíes que piden asilo. Pero en la estadística de solicitantes de asilo, marroquíes y sirios solo ocupan el séptimo y octavo lugar, según datos de ACNUR, muy por detrás de venezolanos (40.000), colombianos (30.000), hondureños (6.000), nicaragüenses, salvadoreños y peruanos.

En Marruecos, donde ACNUR colabora con el Gobierno para implementar una política nacional de asilo hasta ahora inexistente, los solicitantes no pueden trabajar legalmente ni casi moverse con libertad. Su estatus no está reconocido y son considerados inmigrantes irregulares. En Nador, uno de los puntos con mayor concentración de refugiados, el organismo ni siquiera tiene oficina y todo debe gestionarse a través de la capital, Rabat.

Mazen, yemení licenciado en Farmacia en India, ha recibido un total de 900 dirhams (90 euros) por llevar un año registrado como solicitante desde que llegó, en noviembre de 2018. “No estamos aquí para depender de la ayuda”, responde Saber, su compañero. “Solo queremos llegar a un país que nos acepte para trabajar y legalizar nuestra situación”.

“Ahora, si alguien quiere cruzar a Melilla desde Nador, tiene que pagar 2.000 euros como mínimo”

La presión de las autoridades marroquíes, financiadas por la UE, está aumentando el margen de beneficio de las mafias. “El coste de cruzar el mar para los subsaharianos en el área de Alhucemas y Nador se ha incrementado un 30% comparado con el precio medio en los primeros meses de 2019”, han reportado internamente funcionarios de Frontex, la Agencia Europea de Fronteras. Y aunque esta presión la sienten más los migrantes de África subsahariana, los yemeníes, de piel a menudo más oscuro que el de otros ciudadanos de Oriente Medio, también se quejan de que los obstáculos han encarecido su viaje. “Ahora, si alguien quiere cruzar [a Melilla desde Nador], tiene que pagar 2.000 euros como mínimo”, acusa Nizar, refugiado registrado con ACNUR en Nador, que, pese a su estatus, no tiene otra forma de llegar a Europa si no es gracias a una mafia.

La mayor vigilancia en torno a Melilla ha desplazado parte del flujo migratorio hacia rutas más alejadas y más peligrosas en la costa atlántica como Dajla, en el Sáhara Occidental, o Mehdía y Salé, en Kenitra y Rabat, respectivamente. Desde allí, los migrantes parten hacia Ceuta y Canarias, los únicos dos puntos de entrada en los que el número de llegadas por mar se ha incrementado en 2019. Y no son solo refugiados o migrantes de África subsahariana quienes hacen cola. También se siguen apuntando marroquíes.

Karim se rindió este verano. Llevaba más de medio año planificando un viaje desde Nador a la Península. Este joven marroquí, que oculta su verdadero nombre, había comprado una embarcación en la que viajarían él y otros colegas, había pagado el atraque en el puerto marroquí, había corrompido a facilitadores y guardas que se asegurarían de que ni la Marina Real marroquí ni los gendarmes en tierra les interceptasen en el momento de partir. Hasta que se quedó sin dinero. Cada uno de los que pensaban escapar había invertido más de 2.000 euros. En junio, Karim lo intentó por última vez en una salida programada por otros traficantes: podía entregar in situ los 3.000 euros que pedían o 5.000 a la llegada. “Estás pagando el seguro”, explica. Se decidió por la segunda opción y acabó quedándose en tierra cuando la patera zarpó sin él.

El joven yemení Saber escribe en inglés cuando lo hunde el desaliento: “Qué ardua y dura es la vida / altibajos en eternos bucles vacíos / de sueños tan dulces a tan amarga realidad / ¿son días criminales o momentos cumbre?”. Sus poemas son una suerte de diario de año y medio atrapado en Nador. “Como una bestia enjaulada que observa su festín de alimento / no puede cazar lo que definitivamente está allí / una eterna sinceridad tras caminos monumentales / no sustancia el desvanecimiento de las páginas del destino”.

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