Cuentos con mecanismo de relojería

Faruk Šehić

Publicado por

M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 21 Feb 2020

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Duende balcánico

faruk sehic
Faruk Šehić (2019) | © Yusuf Elsaadi / Perfil en redes sociales

Faruk Šehić parece tener el duende balcánico. Su prosa poética o sus destellos literarios reflejan genuinamente cómo respira la región y su generación: escepticismo, decadencia, sátira, fuga, nostalgia… Sus entrañas de escritor son un exponente crudo de las profundidades del alma balcánica.

La paradoja es que su faceta de soldado y el trauma sufrido, con el que todavía sigue lidiando, esos recuerdos imborrables de barro y cadáveres, se neutralizan a través de sus fantasías de poeta, de una enorme belleza y sugestión. Es muy especial sentir como lector y como traductor que ese mundo mágico, que inspira muchos de sus textos, y que resulta tan alejado de la realidad, puede ser verosímil en los paisajes balcánicos.

Faruk Šehić (nacido en 1970 en Bihac, en la frontera bosnio-croata de la entonces Yugoslavia), escritor y periodista, vive en Sarajevo. Empezó a publicar poesía a partir de 2000, cuentos cortos en 2004 y se dio a conocer fuera de su país en 2011 con la novela Libro sobre el río Una.  La editorial La Huerta Grande ha cedido a M’Sur un avance de lectura del relato ‘Los soñadores’, parte de la colección Cuentos con mecanismo de relojería, publicado en Bosnia en 2018 y en librerías en España desde enero.

[Miguel Roán]

 

Cuentos con mecanismos de relojería

(Sevdah preapocalíptico)

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Los soñadores

 

 

El hielo será el barniz del invierno. Pronunciaste únicamente esta extraña frase. Nos acompañaban David Bowie y su Absolute Beginners, un televisor gigante, uvas blancas en un recipiente de vidrio, dos latas de cerveza, el frescor agradable del parqué, una cortina en la puerta del balcón; el viento cimbreaba la copa de los álamos blancos. En el pasillo, entre la sala de estar y el dormitorio, había una gran balda con libros. La biblioteca estaba allí situada, en el lapso entre el día y la noche. Justo en este punto me detenía haciendo una parada antes de dormir, sacaba un libro y lo leía de pie, olvidando momentáneamente en qué continente me encontraba. Era la estancia más íntima del apartamento, junto a una habitación eternamente envuelta en la semioscuridad. Afuera había personas, civiles. Ellos hacían, lejos de nosotros, lo que consideraban que tenían que hacer. Y, nosotros, hicimos lo mismo, colmando nuestros pequeños sueños de cada día.

«Pues, te amo, ¿me imagino que eso lo sabrás?»

«¿Cuánto?»

«El que más de toda la ciudad».

«Eso no es suficiente para mí», dijiste.

«Bien, pues el que más de toda Europa».

«Me parece poco».

«El que más de toda la galaxia».

«Eso ya está mejor».

«Sabes cuánto te quiero: resulta difícil describirlo con palabras en el aire, si es que pudiéramos imaginar que éstas permanecen en el aire después de haberse dicho. Las palabras son tan impotentes como un globo pinchado, no queda nada de ellas. Esa es la esencia misma de la que hablan los poetas».

«Te quiero sin reservas. Ahí lo tienes».

«Ahora de nuevo intentas seducirme, siempre te funciona. Pero al final lo único que quieres es follarme».

«¿Qué tiene de malo eso? Nos unimos y nos fundimos en uno. El orgasmo es una poderosa ósmosis. Volamos juntos hasta el noventa y nueve arcoíris que hay en el cielo. Desaparecemos en nada en un segundo interminable. El tiempo se retuerce como la luz en un agujero negro».

«Poeta y filósofo, eso es lo que tú eres, pero no dejaré que me folles, por lo menos no en esta ocasión».

«Eso significa que no me quieres lo suficiente, si no, me darías tu cuerpo».

«No tenemos por qué estar follando siempre, solo piensas en ello. Un poco de atención y ternura, eso es lo que necesito de vez en cuando. El eros de la mente. No tiene que ser todo impulsivo y tenso. Relájate de vez en cuando».

«Bien, pues no te echaré un polvo nunca más».

«Ya está él con sus amenazas, veremos quién es el primero que se rinde, siempre eres tú. No podrás aguantarte. Eres el primero que terminas cayendo de rodillas».

«No pongas a prueba mi voluntad, es fuerte, y entonces sufrirás», dije.

«Como si tú no fueras a sufrir».

«De acuerdo, que el dolor sea compartido. ¿Cuál es el problema? Realza el espíritu y fortalece el cuerpo».

«Gilipolleces, y por eso siempre andas con explicaciones. Piensas que eres omnipotente».

«A lo mejor lo soy, a lo mejor no. Nunca se sabe».

«Venga, dame un beso», dijiste.

«¿Nos hacemos un porro?»

«Hazlo».

Me fui a la terraza. La ropa se secó en un monstruo alado de alambres y tubos vacíos. Una sábana blanca como los vestidos de los fantasmas. El cielo azul y arenoso. La luna es un kamikaze estático. La chimenea fálica de color roja y blanca habitaba todo el barrio. Monolito elíptico del progreso: la chimenea de una planta de fundición o de una instalación similar.

Enciendo la punta del cigarrillo; siempre que lo hago, recuerdo esas películas geniales en las que los personajes fuman con arrebato, especialmente las de vaqueros. Me gustaría ser tan fuerte como Lee Marvin. Solo que no es momento para Lee Marvines, el mundo ha estallado y nunca volverá a quedar de una pieza, así nos susurran las pantallas de los televisores. Me pareció que me alineaba con pensamientos grandiosos que pondrían el cosmos cabeza arriba. A menudo me lo parece cuando estoy colocado. Me deshice del filtro y observé cómo la luz se apagaba lentamente como si fuera una lluvia de meteoritos proveniente de un cometa cualquiera.

Te sentaste con las piernas cruzadas en el sillón de cuero. Sobre tus dedos resplandecía una luz roja oscura. Venas prominentes, esmalte color sangre, piel blanca y estirada. Adoro tu sangre. Un día fluiré por tus venas azules. Deseaba besar tus dedos y pies. Una extraña fuerza me atraía hacia ellos. Es como si hubiera visto un aura temblorosa que se extendía desde las piernas y por todo el cuerpo. Parpadeé. No hay manera de describir aquellos ojos. Si existe, entonces son profundos y de color azul oscuro como la melancolía que cae en el crepúsculo de mayo. No hay manera de describir aquel rostro. Lo veo sorprendido, siempre como si fuera la primera vez. Me recuerda a un ideal imaginario que veía en mis sueños infantiles. La cara de una mujer rubia que ríe dulcemente. Luego, los torrentes parpadeantes recorren los nervios. Entonces quiero al mismo tiempo desgarrarte y besarte sosegadamente. Y luego todo vuelve al principio. Besos, una pelea salvaje y suave, palabras lascivas que condimentan el aire. Grito mientras me corro en tu útero. Nos besamos como niños pequeños. Encendemos unos cigarrillos. Máquinas tiernas y eternas.

 

*

«Eres un deprimente».

«¿Quién?, ¿yo?»

«Solo somos dos en la habitación».

Ensimismado, mi rostro expresaba preocupación cuando me detuve delante de un espejo antiguo. La araña encendida formó con mi figura una sombra alargada sobre el suelo, como si se elevara sobre una alfombra mullida. Desde el medio de mi pecho salió un filamento de energía que me surcaba por debajo del brazo, elástico y sutil. Terminaba en tus dedos. Nos atravesaba, enlazados y libres. La cinta es inmensa. Puede rodear el planeta Tierra.

Las palmas me tiemblan mientras te cubro la cara. Con la punta de los dedos recorro tu rostro. Relajado y sonriente. Comprimo mi ardor en tus ojos, nariz, frente. Recorro tu cabello desde el cuello hacia la coronilla. Te acaricio el pelo, sintiendo la calidez del cuello que magnetiza mis labios, mientras que los tuyos se estiran revelando unos dientes perfectos. En qué pensamos mientras nos estamos besando: en los picos nevados de los Urales. O en las antorchas que nos abrasan. Convirtiendo toda la habitación en un remolino de felpa. Una bola de nieve en la que palpitan dos corazones. Los pezones oscuros quedan erectos bajo tu camiseta interior. Por ahí quiero dispersarme en polvo de polen. Haces dibujos abstractos en mi espalda con las yemas de los dedos. Los escalofríos descienden por la columna vertebral. La purpurina centellea delante de los ojos. ¡Oh, Dios mío!, dijiste así, de esta manera. Antes de que los dos nos sumergiéramos bajo los párpados.

«¿Tienes miedo a la muerte?»

«Sí».

Cientos de pequeños soles se balancean a través de los listones de las persianas de madera. Los solecillos se convierten en espadas que comienzan a parpadear, perdiendo su forma amenazante. En el suelo de parqué surgen brillantes charcos de luz. Utopías palpitantes. Nos estrujamos bajo una sábana roja. Rodeados por las mandíbulas babosas del mundo exterior.

 

*

 

Era hora de marchar. Estación del año extraña. No era una bestia tan rara. Primero morí yo, luego llegó tu momento. Sucede todos los días. La gente va y viene con cargas a sus espaldas. Las estaciones de autobús y tren recuerdan nuestras caras. El chirrido del vagón es nuestra música, toneladas de hierro viajan a la velocidad del viento. Recuerdo todo esto. La cara de la vendedora de la estación a la que compro un sándwich y agua. Filas de coches como columnas de versos. Misteriosas estaciones de tren: Miskolc, Srpske Moravice, Kotoriba. Las hormigas de las ciudades en las que nunca hemos estado cosquilleaban nuestra imaginación. Los buenos espíritus del viaje velaban por nosotros. Nos alimentaban con buenas experiencias —buenas esperanzas—.

Estación del año extraña. Temporada de lagartos, invasiones de saltamontes, de insólitos casuarios. Época del horóscopo europeo que aún no ha dicho la última palabra. Sus primeras fueron: sangre y tierra. Llegará el momento en que la gente dejará en masa las ciudades. Buscarán consuelo en la naturaleza, aliados con la flora y la fauna. Los trabajadores volverán a las raíces, al pueblo. Las fábricas abandonadas existirán solo a causa del romanticismo industrial, la hierba y las bestias salvajes. Llegará el día en el que dar un paseo por las ciudades abandonadas formará parte de la oferta turística de este planeta, para los viajeros intergalácticos. Ese será mi tiempo. Siempre me han gustado las casas abandonadas, los edificios solitarios, las cosas desechadas en los museos que están en relajada descomposición. Todavía no se había inventado el término: Ruin Lust. Entonces los elementos naturales gobernarán las ciudades y entonces el hielo será el barniz del invierno.

En los apartamentos abandonados encontré mi propia armonía. Aquí soñé el silencio y la paz de las vidas ajenas. El viento corre como puede debajo de la puerta blindada y esparce el polvo sobre un apartamento semivacío. El polvo invade el aire y sus partículas centellean al sol. Caen sobre los libros, reposan unas sobre otras. En algún libro continúa nuestra vida incansable. Allí nuestras palabras hacen el amor. Aquí ni el polvo siquiera tiene algo que hacer. Envejecemos, pero somos eternamente jóvenes. A veces, sucede que la sangre emana de las palmas de las manos. Y nos recuerda cuan abrumadora es nuestra preocupación. Esta es nuestra última tentación. Recordando todo lo que pudimos ser y no fuimos. Caminamos bajo la lluvia, caras sonrientes. Cruzamos por debajo del arcoíris. En una hilera de árboles sin final, atravesada por la luz dorada de la tarde, nuestras sombras ocupan su lugar de honor.

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© Faruk Šehić   (2018) · Traducción del serbocroata: Miguel Rodríguez Andreu | Título original del libro: Priče sa satnim mehanizmom | Cedido por La Huerta Grande Editores.

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