Ariel y los cuerpos

Sebastià Portell

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M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 9 Mar 2020

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Más allá del físico

Sebastià Portell | Foto promocional / Cedida por Dos Bigotes Ed.

Millennial y de Mallorca. En concreto de Las Salinas y de 1992. Así se presenta Sebastiá Portell hasta en la foto: un mar muy balear al fondo. Tampoco tiene reparo en marcar un claro perfil de escritor orientado hacia con un tema: el compromiso con el colectivo homosexual pero desde una postura que incluye y admite todas las ambigüedades. Ahí ya apunta la elección del título de su primera novela, El día que va morir David Bowie (2016) y por supuesto su labor como antólogo de volumen Amor sense casa: Poesía LGBTQ catalana. Y se torna evidente —sobre todo en lo que a ambigüedades se refiere— en el libro que se ha lanzado en traducción al castellano esta semana: Ariel y los cuerpos (Ariel i els cossos, 2019, en original). El nombre alude a un genio que en Shakespeare se identifica con pronombre masculino pero ha sido interpretado casi siempre por mujeres durante siglos de teatro.

Y de teatro sabe algo Sebastià Portell: fue dramaturgo antes que novelista (La mort de na Margalida, Un torrent que era la mar…). Imaginamos que es ahí, sobre las tablas, donde más se aprende a valorar el cuerpo como herramienta de expresión al margen de su sexo. No tiene nada que ver pero este invierno pude ver el Baal de Brecht, con una mujer —Stefanie Reinsperger, que a Rubens le habría gustado— en el rol del protagonista. Si ustedes conocen a Brecht, saben que es inimaginable. Si ustedes conocen el teatro, saben que es perfectamente posible. Porque Ariel va más allá de los cuerpos.

[Ilya U. Topper]

 

Ariel y los cuerpos

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Octava sesión

 

Sé que puede sonar extraño, pero nunca llegué a ver el cuerpo de Ariel completamente desnudo.
Tal vez algunas partes. La cara oculta de la luna que es su rostro, sus huesos de cristal bajo la piel, el cuello alargado y sin nuez. Algunas partes, pero otras no. No todas. Ariel siempre ha sido muy prevenido con su intimidad y, pese a dibujar una intimidad minúscula y frondosa en la que yo cabía, había fragmentos de su ser, paréntesis y anotaciones en los márgenes que desconozco. Cavernas de él.

—Este no es el lugar —repetía cada vez que mi mano o mi boca superaban los límites impuestos por la costumbre de nuestros días juntos—. Este no es el lugar, no podemos hacerlo así, de esta manera no. Ahora no.

Y yo seguía deseándole, y os aseguro que él me deseaba, él me decía que me deseaba y lo decía con toda su inconcreción. Me decía:

—Si trescientos cincuenta gramos de amor en estado gaseoso salen de mi ventrículo izquierdo y se dirigen a una velocidad de doscientos treinta kilómetros por hora hacia tu ventrículo derecho, ¿cuánto tiempo tardarás en darte cuenta de que te quiero?

Yo no sabía qué decirle. Callaba y me quedaba mirándolo, y me reía con satisfacción de los esfuerzos que hacía en vano para alcanzar la exactitud. Me reía pensando en las rotondas que su amor podía encontrar entre corazón y corazón. El mundo material era como un pez fuera del agua entre sus dedos, un pez de colores chillones, muy vivos, sin dirección ni horas, que daba saltitos delante de mí y me entretenía a lo largo de los días.

Si no hablo de otra cosa que no sea Ariel durante estos encuentros que me obligáis a tener es precisamente por este pez. Por su cuerpo furtivo, de piel escondida. Por lo misteriosa que me resultaba, y me resulta, su vida sin huellas.

Dicho de otra forma: la huella de la vida de Ariel soy yo. Me preguntáis por qué creo que Ariel tenía este pez entre las manos. Y yo os pregunto: ¿por qué no lo tenéis vosotros? ¿Qué nos ha pasado, a todos, que vamos por la vida pensando que todo está estudiado, todo delimitado, todo estipulado y definido?

Lo sé: durante el tiempo en que nos conocimos, que estoy seguro de que no ha terminado, Ariel nunca me dijo que fuera un hombre. Tampoco que fuera mujer.

De hecho, Ariel nunca me dijo que fuera nada de nada, y no me daba cuenta, no me quería dar cuenta. No me decía «estoy cansado» o «estoy cansada» porque su boca vivía en la poesía: Ariel «derramaba cansancio».

Ariel no decía que estuviera «encantado de haberme conocido» porque sabía que me gustaba más escuchar que «desde el día en que nos conocimos, todo es diferente y mi ventrículo izquierdo late muchas veces al mismo ritmo que el tuyo».

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© Sebastià Portell  (2019) · Título original:  Ariel i els cossos | Traducción del catalán: Bruno Álvarez Herrero, José Monserrat Vicen  (2020)  |   Cedido por Dos Bigotes Editorial.

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