Entre el pequeño y el gran satán

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Publicado el 19 Mar 2020

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Finalmente, sucedió lo que los iraquíes se esperaban. Emergió la barbarie de dos bandos que luchan en terreno iraquí, lejos de sus propias tierras y sus ciudadanos. En un país que fue confiscado, gradualmente, con la ayuda de aquellos que le abrieron sus puertas a los de fuera. Donde les otorgan el derecho al “martirio” y a la santidad a los que quieran, y mancillan como “terroristas” a los que no quieren.

Pero entre su “martirio” y su “terrorismo”, hay plazas pobladas de manifestantes, donde no se quiere a ninguno de los dos bandos, ni al Gran Satán ni al Pequeño Satán. Plazas donde exigen desde el 1 de octubre pasado una nación en la que gocen de los derechos como ciudadanos, donde piden soberanía nacional con el objetivo de poner fin a las bases militares del “Gran Satán”, y la presencia de milicias y políticos, el “Pequeño Satán”.

Llegó la reacción brutal y criminal del régimen, cuyos miembros se dividen entre los leales a un satán y los que siguen al otro. Corrió por la tierra de la patria la sangre de más de quinientos ciudadanos, hubo decenas de miles de heridos y miles de discapacitados y detenidos. A los activistas se los secuestraba, a los niños se los torturaba para obtener confesiones que condenaran a sus padres. El Parlamento y la autoridad religiosa (maryi´iya) al principio pusieron en duda las demandas de los revolucionarios, y cuando se vieron obligados a admitir su autenticidad, el parlamento comenzó a aplazar y diferir resoluciones, aguardando a que la desesperación de los revolucionarios les hiciera renunciar a las protestas en la plaza.

El Gran Satán mató al hijo favorito del Pequeño Satán durante su visita secreta a Iraq

Cuando el primer ministro se vio obligado a dimitir a instancias del pueblo, y se mostraron indicios de que los revolucionarios estaban cerca de lograr la victoria y de acabar con los dos satanes, se diseñaron nuevos escenarios para la lucha y la exhibición pública de fuerza. Además se preparó el terreno para una nueva ronda de negociaciones secretas entre ambos bandos, con la condición de acabar con el levantamiento. Así pues, el Gran Satán mató al hijo favorito del Pequeño Satán, durante su visita secreta “como invitado” —como se nos dijo a nosotros, ingenuos—, y el Gran Satán le dio la sorpresa de no ofrecerle hospitalidad a él y a sus acompañantes [Referencia al asesinato de Qasem Soleimani, el 3 de enero de 2020]. Porque quien se considera con derecho a recibir la hospitalidad de Iraq —“el país anfitrión”, usando la definición del diccionario del nuevo colonialismo y los acuerdos firmados con los dueños de la casa— es el propio Gran Satán.

Al aumentar la amenaza de la escalada del conflicto en Iraq, (observen: no en Teherán ni Washington), y el éxito de los dos satanes en desviar la atención de la ira del pueblo y su reclamación de tener una patria, el primer ministro, ya dimitido, Adil Abdul-Mahdi, dio un discurso en el Parlamento. Abundaba en contradicciones lastimosas, porque él mismo es responsable de crímenes imperdonables contra los revolucionarios. Terminó su intervención presentando una “alternativa”: poner fin a la presencia estadounidense en Iraq, que describió como una presencia extranjera.

En esto, las palabras del ex primer ministro nos traen a la memoria el discurso del ministro de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, en 2004, cuando dijo que el primer problema de Iraq es la presencia de los extranjeros en el país, excluyendo por supuesto a las fuerzas de ocupación estadounidenses; quizás considerara que forman parte de los dueños de la casa. No era tan distinto de lo que hace Adil Abdul-Mahdi ahora, cuando aconseja expulsar a los extranjeros, como si Soleimani y el resto de la cúpula de agentes iraníes en Irak, además de las milicias, fueran ciudadanos iraquíes de pura sangre.

¿Necesitaba el régimen iraquí el asesinato de Soleimani para darse cuenta de que el país está ocupado por EE UU?

No sé cómo a Abdul-Mahdi no le dio vergüenza al hablar sobre la necesidad de mantener la soberanía, cuando sabe perfectamente que las fuerzas de la ocupación estadounidense, las milicias iraníes y los bombardeos turcos siguen violando la soberanía de Iraq de manera regular y colectiva desde hace 16 años. ¿Necesitaba el régimen iraquí el asesinato de Soleimani para darse cuenta de que el país está ocupado por Estados Unidos? ¿Con qué cara reclama venganza, represalias, castigos urgentes declara tres días de luto por el asesinato de seis personas por parte de Estados Unidos, cuando ha guardado silencio absoluto ante el crimen de matar a más de 500 jóvenes manifestantes?

Solicitar la retirada de las fuerzas estadounidense y exigir el fin de la presencia de las fuerzas extranjeras es lo que debería ocurrir en respuesta al asesinato de un ciudadano iraquí, si el país fuese soberano y respetara la vida de sus ciudadanos. Incluso si la víctima fuera un solo ciudadano. Y es lo que tendría que haber pasado desde hace años, visto que la ocupación estadounidense sembraba una amplia gama de terrorismos al tiempo que le abría las puertas al Pequeño Satán y se disponía la cooperación de los agentes de ambos para propagar las tensiones sectarias y la corrupción y para extender sistemáticamente la ignorancia en lugar de ofrecer concienciación y educación, para difundir la decepción en lugar de la esperanza y la muerte en vez de la vida.

El número de víctimas ha llegado a 1 millón desde 2003. Y ahora, el primer ministro cesante sigue despreciando a los revolucionarios y el sacrificio que ofrecen todos los días, para representar al final una comedia. Una comedia que fue rechazada por los diputados, que se levantaron en el Parlamento y que, en un ejemplo de demagogia ante la población revolucionaria en las plazas desde hace meses y ante los sacrificios de miles de ciudadanos que han sufrido el arresto y la tortura, se pusieron a clamar: “!Sí a Soleimani! ¡No a Estados Unidos!”.

¿Cómo puede este grupo, con historia y presente vergonzosos, trabajar en la liberación del país de sus cadenas y liberar la nación de la cautividad en la que ellos mismos la han hecho caer?

Ambas potencias intercambian los roles, se amenazan, coquetean y se complementan

El significado profundo de la petición de los revolucionarios cuando piden recuperar la nación es el de expulsar a los invasores iraníes y estadounidenses, poner fin a su presencia directa e indirecta, así como a la corrupción, el sectarismo y el sometimiento, equiparable a la mayor lucha mafiosa en cualquier parte del mundo, en una competición por desfigurar el país lanzada por ambos ocupantes. Y esta liberación es algo que no podrá lograr el régimen actual, ya que sus miembros han alcanzado un nivel de corrupción económica, administrativa y moral, incluida la existencia de archivos de extorsión de unos contra otros, que ya no pueden purificarse, ni aunque quisieran.

Al exigir sus derechos, los revolucionarios causaron una gran conmoción en el Gran y el Pequeño Satán, al igual que el fracaso de las dilaciones y los intentos de brindar ilusiones a los ciudadanos para que aceptaran su miserable realidad. Con la ayuda de los políticos locales, ambas potencias intentaron manipular a la población para que se dividiera en dos bandos y cada uno destruyera al otro. Su objetivo: lograr mantener y expandir su presencia, explotar el país, mantener la seguridad de sus propios ciudadanos y quedarse al mando de la nación.

Ambas potencias se intercambian los roles, se amenazan, coquetean y se complementan el uno al otro en un escenario llamado Iraq. El pasado 7 de diciembre negociaron un pacto, anunciado por un mensaje de Trump en Twitter en el que decía: “Gracias a Irán por una negociación muy correcta; ¿veis como podemos llegar a un acuerdo?”. Hoy publica tuits de amenaza. Y podría haber continuado el teatro en el interés de ambas partes, si no fuera por la revolución de octubre, resultado del proceso de todas las manifestaciones y sentadas anteriores contra aquellos que socavaron los sueños por la patria.

Estas protestas son el núcleo de una esperanza que inevitablemente logrará la victoria si los revolucionarios continúan siendo dueños de las plazas, afrontando los graves riesgos a los que están expuestos. Para superar estos se requiere que el resto del pueblo se una a ellos en un movimiento cívico. Especialmente importante sería que lo hicieran los trabajadores de petróleo: ellos pueden detener la expansión de los invasores, sean quienes sean, cortándoles el suministro de la materia por la que quieren quedarse.

Será así como los jóvenes del país podrán construir una nación tan grande como sus esperanzas y aspiraciones, una nación independiente que podrá tratar con el resto de los países del mundo en pie de igualdad, no como esclava.

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© Haifa Zangana | Primero publicado en Al Quds al Arabi · 6 Enero 2020 | Traducción del árabe: Nabil Lounzo

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