Forastero en el matrimonio

Emir Kusturica

Publicado por

M'Sur

@MSur_es

Es la identidad colectiva de los autores de la revista M'Sur. Aparece normalmente en las colaboraciones de artistas, escritores o músicos que, por ser esporádicos, no disponen de usuario propio en la revista.

Publicado el 16 Abr 2020

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Vuelven los Balcanes

emir kusturica
Emir Kusturica (Andricgrad, 2013) | Medija centar Beograd / CC

Me pregunto si ya existe una joven generación que asocia el nombre de Emir Kusturica a la imagen de un polémico nacionalista serbio en lugar de pensar en un inmortal cineasta. Para la selección de cuentos recogidos en Forastero en el matrimonio, sin embargo, vendrá bien deshacerse de ambos juicios. Para empezar, aunque publicado en 2013, con la polémica serbio-ortodoxa-musulman-nacional ya firmemente adherida al nombre de Kusturica, el volumen ubica todas las narraciones en los años setenta, en la época de adolescencia del autor, cuando el mundo aún estaba intacto. Si intacto es un término que se puede aplicar a la Yugoslavia de Tito. Si ustedes han visto Papá está de viaje de negocios, seguramente encontrarán similitudes.

Pero por otra parte, tampoco conviene que abran este tomo de cuentos con la ilusión de encontrar las imágenes del inmortal cineasta transformadas en escritura. O quizás, pero no del todo. Tendrán escenas visuales, sí, movidas, agitadas, como filmadas cámara al hombro. Pero más un clarooscuro que el color onírico de las mejores obras de Kusturica, más brutas, quizás, más de pies en el barro. Menos Arizona Dream y más toques de Underground.

Decídanlo ustedes mismos. Una cosa les puedo asegurar: vale la pena. No solo porque es el mundo del adolescente Emir Kusturica en Sarajevo relatado a través de los ojos de un adolescente en Sarajevo. También porque al menos en un aspecto será lo que usted espera: Balcanes puro y duro.

La editorial Acantilado ha cedido a MSur las primeras páginas del relato Forastero en el matrimonio que da título al volumen. Ya en librerías.

[Ilya U. Topper]

 

Forastero en el matrimonio

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A mi padre, Braco Kalem, le encantaba contar las valientes hazañas realizadas por las mujeres. Sus heroínas preferidas eran Juana de Arco, Marie Curie, Valentina Terechkova… Cuando evocaba el papel desempeñado por una madre en la historia, la emoción le oprimía el pecho, le palpitaba la camisa en la zona del corazón, se desanudaba la corbata y al final estallaba en sollozos.

—La madre de Momo Kapor usó su cuerpo como una pantalla para proteger a su pequeño Momčilo de una bomba fascista lanzada sobre Sarajevo. ¡Él salvó su vida y la camarada Kapor murió en la explosión!

Las lágrimas le corrían por las mejillas. De tanto mirarle, yo también me puse a llorar… ¡Sí, a llorar! Sin saber a ciencia cierta qué me conmovía, mi padre o aquella historia de una madre.

Mi padre no estaba hecho según las normas JUS. Medía un metro sesenta y siete y llevaba tacones de cuatro centímetros; siempre mandaba hacer sus trajes al sastre y se cercioraba de que los pantalones le disimulasen los tacones. Desde que estaban de moda las patas de elefante casi no se le veía la punta de los zapatos. Como pude comprobar durante las celebraciones del 2 9 de Noviembre, al lado de una mujer de talla mediana asumía un aire de manifiesta superioridad. En realidad miraba sin pestañear, y las mujeres le brindaban una sonrisa. A veces les costaba sostenerle la mirada. Como si perturbarse el ritmo de su respiración.

—¡Vamos, camarada Kalem, se lo ruego! Me incomoda usted…

Aunque las señoras tuvieran debilidad por mi padre, yo empezaba a entender por qué las mujeres no figuraban en las primeras filas de los grandes cambios, las revoluciones y otras guerras. No fue hasta después, cuando se dieron cuenta de que en sus actos faltaban las mujeres, cuando los hombres se hicieron los caballeros. Mis conocimientos sobre la historia de la humanidad eran insuficientes. En el instituto, en tercero, sólo se estudiaba la sustitución del matriarcado por el patriarcado. Hasta entonces las mujeres habían ejercido su dominio sobre hombres y animales. Era la época en que el hombre cazador había perdido su supremacía. Desde entonces habían quedado suspendidas las cuentas entre hombres y mujeres. Esa situación se había prolongado miles de años sin que interviniese ningún reglamento. ¡Hoy celebramos el 8 de Marzo y las hazañas de Mara, la partisana! A mi padre también le gustaba hablar bien de ella. Pero ¿por qué a mí? ¡Sabía muy bien que a mí me importaba un rábano!

Mi afición por los secretos me venía del campo de escultistas de Sutjeska, con el destacamento Sava Kovačević. Quien aspiraba a convertirse en oficial de enlace debía dominar a la perfección la técnica del silencio. Y pasar las de Caín para no quedarse en mero escultista. Para ser promovido a ese grado había que mantener la boca cerrada veinticuatro horas seguidas. A mí me gustaba guardar silencio, ¡cuanto menos hablamos, más pensamos! Por mucho que se dijese que hablar era el mayor logro del género humano, había descubierto que no debía hacerse nunca a tontas y a locas. He ahí el motivo por el que mis primeras experiencias con las chicas fueron fracasos. Por ejemplo, en una cita me había puesto a balar como una oveja, a echar salivazos por los dientes.

—¡Pero di algo!—exclamó ella.
—¿Qué?
—Algo bonito…
—¿Qué encuentras bonito?
—Lo que sea. ¡Podrías decirme… que me quieres!
—¿Cómo? ¡Si ni siquiera es verdad!

Aún no les había contado a mis amigos nada de lo que ocurría en casa. Pero un día algo me llevó a desahogarme con Ćoro y Crni. Estábamos frente a la tienda donde se bebía cerveza esperando a los mariconcillos de Peyton para sacarles el derecho de paso. Me lancé a contar la historia de la madre de Momo Kapor, y de pronto los ojos se me llenaron de lágrimas. Ćoro me atacó enseguida:

—Y éste se nos pone a llorar… ¡Llorona!
—Sólo ha sido una lágrima.
—Un auténtico gamberro no lloriquea nunca. ¡Aunque acabe de morirse su madre!
—¿Y tú no lloraste cuando se murió tu viejo?
—Déjame en paz, ¿eh? Soy tu jefe. ¡Vamos allí arriba!

Le llamábamos Ćoro «el Bizco», porque entornaba los ojos para leer y mirar lejos. Pero se negaba a llevar gafas por miedo a tener pinta de mujer. Era el más fuerte del grupo, se peleaba con chicos más grandes que él, y fue el primero en llevar pantalones a cuadros. Por eso en la escuela todos los maestros le apodaban «el Payaso».

—Si yo soy un payaso, señor director, ¿qué es usted?
¿Payasesco?
—¡Cuida tu lengua!
—¿Y Rod Stewart es un payaso? Él lleva unos pantalones como los míos.
—¡Cuidado con lo que dices!
—Y tiene con que comprarlo todo: ¡la escuela, esta sala de reunión y la revista donde nos ponéis combates de lucha libre!
—¡Cuidado con lo que dices!—repetía timorato el director de la escuela Hasan Kikić.

Crni era el más pequeño, y el más vivo, y nunca se separaba de su puntiagudo destornillador; le servía de palillo de dientes, de limpiaúñas, para destrozar kioscos y para mantener a distancia a los más grandotes de la calle. Siempre caminaba unos buenos diez metros delante de nosotros, y hasta nos precedía en la ascensión de la Crni vrh, la cima negra, como la llamábamos nosotros, y no por los gitanos que vivían en lo alto de Gorica, lo que habría podido creerse, porque en la ciudad les llamaban los morenos. En la otra punta del barrio gitano, en el patio de Orhan Sejdić, se organizaban peleas de perros. Y aquella vez, por lo que se decía, el espectáculo estaba asegurado: un rottweiler y un lobo iban a pelear… ¡a muerte!

—¡Vayan pasando, mi gente, esto no es moco de pavo! ¡No es una estafa! Se enfrentarán un lobo que se ha negado a ser perro y un rottweiler que no tiene miedo de un lobo. ¡Que viva el mejor!

El viento difundía a los alrededores la voz gangosa del animador por el altavoz.

Mientras nos acercábamos a un grupo compuesto por los defensores del rottweiler y los del lobo, me vino a la memoria sin saber por qué la historia de la madre de Momo Kapor.

—Mi viejo dice que Momo Kapor es un aristócrata por lo que le pasó a su madre.
—¡Por favor! ¡La vida, la muerte, ésas son preguntas! ¡Tu aristocracia me importa una mierda! ¡Pasa de Kapor y de su vieja, y mira lo que tenemos delante!

Ćoro colocó cien dinares en la mano de Orhan Sejdić:

—¡Cien por el lobo…!

Sejdić se apresuró a escribir el nombre de Ćoro en un libro de cuentas y arrambló la apuesta con la otra mano, a la que sólo le quedaban tres dedos. En Gorica Sejdić andaba en lenguas: o su mujer le había mordido porque la había engañado, o el cepillo de carpintero se le había llevado dos dedos. Orhan sonrió y señaló la arena.

Ćoro se abrió paso hasta la primera fila. Y para no faltar a su vieja costumbre propinó un bofetón a su vecino:

—¡Y no dejes que te caiga otro! ¡Lárgate!

No le gustaban los golfos, aunque él no fuese exactamente un ejemplo de lo contrario. No podía evitar llegar a los puños o cometer pequeños hurtos. Los crápulas más mayores pensaban igual que él. Les gustaba hablar de justicia, se extasiaban ante quienes eran inteligentes y chorizos a la vez sin ser por ello unos criminales. Se imaginaban buenos, amables, sin decir palabrotas, leyendo libros, pero el destino les había asignado el vicio como camino vital. La mayoría terminaba en la cárcel. Convencidos de que en la naturaleza los lobos hacían reinar el orden eliminando a la gentuza, hacían lo mismo con los hombres.

—¿Has visto la pinta que tienen?—me dijo Ćoro señalando a unos golfos desdentados—. ¡Ninguno arrancaría una lágrima a su propia madre!

Profirieron bramidos de perro rabioso, hicieron más ruido que el rottweiler y el lobo juntos. Todos agitaban sus billetes como si enarbolasen su estandarte.

—El rey de la selva… Ya me lo dirás—dijo Ćoro señalándome los cuartos traseros y la cola del lobo.

En todo momento el lobo parecía estar a punto de hacerle ganar dinero. El rottweiler cabezón se lanzó, mordió al lobo varias veces. Éste casi no abrió la boca, y respondió al ataque con una dentellada. De pronto los hinchas, hasta los más apasionados, dejaron de bramar; la jauría de granujas interrumpió su griterío de golpe. Aterrizó el hijo de Orhan y muy trastornado balbuceó:

—La po… la po…po…
—¡Mierda!—exclamó Orhan—. ¡La policía!

Luego, ya sin tartamudear, el chaval chilló como la sirena que se activa cada primero de mes:

—¡La pasmaaaa!

En la turba sólo había delincuentes que terminaban sistemáticamente en la cárcel con cada visita de Tito a Sarajevo. Aunque en aquel momento nadie había hecho nada malo, todos se sintieron culpables. Sabían que «estaban limpios», pero que muy pronto dejarían de estarlo. Aquello era evidente también para los policías, que se lanzaron tras ellos por la vertiente de Gorica en una avalancha de porrazos. Lo importante para esa chusma era no acabar en la lechera que se acercaba en una larga nube de polvo.

—¡Joder, mira eso! ¡Mira esos pobres animales!—exclamó un policía que salía de su tristać atusándose el bigote.

Se quedó mirando el lobo, que, lleno de sangre, con los ojos cerrados, agonizaba. Incitado por la histeria colectiva causada por el sálvese quien pueda, el rottweiler de cabeza negra y blanca hincó los dientes en el cuello del lobo y lo zarandeó de un lado a otro antes de soltarlo.

—¡Orhan, te destriparé! ¡Faltan dos billetes de cien!
—Y yo igual—dijeron desde la adobería abandonada—. ¡Te falta darme tres!

El rottweiler se disponía a reanudar su ataque, pero viendo al lobo inmóvil se contentó con arrastrarlo con la punta de los dientes. Luego, satisfecho de su victoria sobre el rey de la selva, se puso a dar vueltas en torno a su víctima buscando la mirada de su amo. Como éste había desaparecido, miró a los policías con la lengua fuera, esperando las felicitaciones.

—¡Ya me dirás qué tipo de lobo es éste para que se haya dejado descuartizar por un rottweiler!—declaró el policía bigotudo.

El perro se sentó cerca del lobo y miró al policía. La situación se invirtió en cuestión de segundos, porque todo el mundo había olvidado que el lobo se negaba a ser un perro. Por haberse confiado demasiado pronto en la muerte del lobo, el rottweiler recibió su castigo. El lobo abrió mucho la boca como si fuese a expirar. Un golpe de quijadas combinando potencia y precisión, y la sangre brotó de la yugular del perro mientras sus patas delanteras se agitaban en el aire. La tensión y la presión creciente amenazaban con hacer explotar sus venas hinchadas. Un último temblor, y el perro murió.

Mientras el lobo daba vueltas y descuartizaba a dentelladas la carne del rottweiler, Ćoro, Crni y yo, que rodábamos por la pendiente de Gorica, nos quedamos clavados en el sitio por un disparo al aire.

—¡Un paso más y te meto una bala en el culo!—gritó el Bigotes.
—¡Pero señor—gimió Crni—, yo no he hecho nada, se lo juro!

El Bigotes y otros tres policías nos rodearon y, sin previo aviso, se pusieron a repartir porrazos. Intentábamos protegernos con los brazos levantados sobre la cabeza. «Encalomaron» a un puñado de perturbadores más mayores y los demás lograron huir.

—Chaval—me preguntó el Bigotes agarrándome el brazo con brutalidad—, ¿cómo te llamas?

Yo sacudí la cabeza con un grito de dolor.

—Momo… Momo Kapor.

Ćoro me miró sorprendido. Crni ocultó su sonrisa con la mano. El otro policía y el Bigotes se miraron sin comprender.

—¡Poneos allí contra la valla!—ordenó el Bigotes señalando una casucha—. ¡Los papeles! ¿Dónde están vuestros carnés de identidad?
—Aún somos unos niños. Sólo tenemos catorce años. —¿Tú eres un niño? ¡Con lo cachas que estás podrías con un toro!

Mientras apuntaba el nombre de Crni, el Bigotes se volvió hacia mí.

—Čedo Kapor…, ¿quién es para ti?
La respuesta tronó como un cañonazo: —¡Mi tío!
—¿No te da vergüenza?
—No, soy…

Estaba a punto de decir: Aleksa Kalem, hijo de Braco y Azra Kalem. Por Ćoro y Crni, porque podían confirmar que aquél era mi verdadero nombre.

—¿Qué eres?—me cortó el Bigotes—. Debería darte vergüenza. ¡Si tu tío se entera de que deshonras a la familia Kapor, ya verás lo que es bueno! ¡Vamos, vete a tu casa! ¡Y que no vuelva a verte por aquí! ¡Debería caérsete la cara de vergüenza!

«Es la primera vez que vuelvo a casa con un nombre falso. ¡Pero por usurpación de identidad me tocaría ir al correccional!». Eso era lo que resonaba en mis oídos. Sin embargo me gustaba ser otra persona. ¡Meterme de repente en la piel de un escritor! ¡Genial! ¡Milagroso!

Nuestros milicianos no leían libros. Una suerte, porque de haber sabido el Bigotes que Momo Kapor era el escritor más leído, no sé si habría sobrevivido a la paliza que me habría dado. Me lo pregunto.

Pero ¿cómo habría podido adivinar yo que había un parentesco entre Čedo y Momo Kapor? Čedo era un invitado asiduo en el telediario, abría las centrales hidroeléctricas, el asfaltado de las carreteras, cortaba la cinta en la inauguración de las salas de deporte y las acererías, llevaba la electricidad a los pueblos más remotos de Bosnia-Herzegovina. ¿Cómo habría podido saberlo?

El crujido de la puerta despertó a mi madre.

—¿Qué horas son éstas de volver a casa? ¿De dónde sales?
—De la biblioteca.
—¿De la biblioteca… tú?
—¿Por qué no?
—¿Dónde has visto que las bibliotecas estén abiertas a las diez y media de la noche?
—Han abierto un café literario; de hecho, una librería. Se bebe café y kokta, se leen libros y se comentan.
—¡De forma que gracias a ti podré estar al corriente de las novedades y obtener información de primera mano!
—Momo Kapor ha sacado un nuevo libro.
—Me encanta Beleške jedne Ane (Notas de una tal Ana).
—El verdadero título es Provincijalac (El provinciano).
—¿Cómo es el libro?
—La portada es muy bonita…

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© Emir Kusturica (2013) · Título original:  Sto jada [Cien desgracias]  | Traducción del francés: Nicole d’Amonville Alegría, a partir de la traducción del serbocroata de Alain Cappon (2015) | Cedido por Acantilado

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